La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 21 - El Año del Fuego #6
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Capítulo 21 - El Año del Fuego #6

Vercingétorix se detuvo a unos pasos. Lo observó un instante. Luego se quitó el manto y lo dejó caer. Después dejó caer también su espada. El sonido del metal contra la tierra resonó más que cualquier cuerno.

No habló. No pidió clemencia. No ofreció excusas. Se arrodilló.

César no respondió con palabras. Solo hizo un leve gesto a los centuriones. Vercingétorix fue llevado bajo custodia, sin resistencia. Los jefes galos lo siguieron, cabizbajos.

En las murallas, los Mandubios observaban la escena con una mezcla de alivio y vergüenza. Sabían que su destino estaba sellado. Sabían que la ciudad no sería perdonada.

Lucio contempló la rendición en silencio. No sintió alegría. No sintió orgullo. Sintió el peso de algo que iba más allá de la victoria. Algo que tenía que ver con la inevitabilidad de la historia.

Viridio habló al fin.

—Ha terminado.

Lucio negó con la cabeza.

—Para nosotros, sí. Para él… no.

Porque Vercingétorix no moriría allí. No moriría en Alesia. Moriría años después, en Roma, en un desfile que celebraría la victoria de César. Una muerte lenta, ritual, que empezaba ese mismo día.

Las puertas de Alesia volvieron a cerrarse. No para resistir, sino para esperar el juicio de los vencedores [303] .

Cuando la Primera Cohorte regresó al campamento, junto con el resto de la Décima Legión, el sol ya estaba cayendo detrás de las colinas.

No marchaban en formación. Caminaban. Arrastraban los pies sobre la tierra endurecida, cubiertos de polvo, sangre seca y humo.

No había vítores. No había celebraciones.

Solo el peso de lo que habían hecho y de lo que habían visto.

Lucio avanzaba junto a Viridio, con el escudo colgado a la espalda y el gladius envainado.

Cada músculo le dolía. Cada respiración le recordaba un golpe, un empujón, un cuerpo que había tenido que apartar para seguir vivo.

El campamento, sin embargo, los recibió con un murmullo contenido: voces bajas, pasos apresurados, el olor familiar de los fuegos encendidos.

Los lixae habían salido a recibirlos. Entre ellos, Nidia. Llevaba el cabello recogido de cualquier manera y las manos manchadas de harina y hollín. Cuando vio a Viridio, frunció el ceño con una mezcla de alivio y enfado.

—Llegas tarde —dijo, cruzándose de brazos.

Viridio se detuvo, desconcertado por un instante. Luego soltó un resoplido cansado.

—He estado ocupado.

—Ya. Matando medio mundo —respondió ella—. Pero podías haber mandado a alguien a decir que seguías vivo.

Algunos legionarios sonrieron. Viridio no. Viridio bajó la mirada, como si la reprimenda pesara más que la batalla.

—No pensé en eso —admitió.

—Pues piensa —dijo Nidia, y le puso en las manos un cuenco de caldo caliente—. Porque si te mueres sin avisar, te busco en el Orco y te remato yo [304] .

Viridio no respondió. Solo asintió, torpe, y bebió.

Lucio siguió caminando. No buscaba a nadie. No esperaba a nadie. Pero la vio antes de que ella lo viera a él.

Eira estaba junto a su carreta, limpiando una jarra con un paño húmedo. No llevaba armas. No llevaba adornos. Solo la ropa sencilla de los que viven entre los romanos sin pertenecer a ellos. Cuando levantó la vista, sus ojos se encontraron.

No sonrió. No corrió hacia él. No dijo su nombre.

Pero dejó de respirar un instante.

Lucio se detuvo a unos pasos. No sabía qué decir. No sabía si debía decir algo. Eira dejó la jarra en la mesa improvisada y se acercó despacio, como si temiera que un movimiento brusco pudiera romper algo que aún no tenía forma.

—Estás vivo —dijo ella, con una voz que no era alivio ni reproche, sino constatación.

—Sí —respondió Lucio.

Eira lo observó. Vio la sangre seca en su túnica, el polvo en su rostro, la rigidez en sus hombros. Vio también algo más: el cansancio profundo de quien ha estado demasiado cerca de la muerte.

—Pensé que no volverías —dijo ella.

Lucio no respondió. No porque no quisiera, sino porque no sabía cómo. Eira bajó la mirada un instante, como si buscara palabras en la tierra.

—He estado aquí —añadió—. Esperando. No por ti. Por… por saber.

Lucio asintió. No era una declaración. No era una confesión. Era algo más honesto que cualquiera de las dos.

—Ha terminado —dijo él.

Eira negó suavemente.

—Para ti, quizá. Para mí… no lo sé.

El silencio entre ambos no fue incómodo. Fue necesario. Como si los dos entendieran que lo que había ocurrido en Alesia no podía traducirse en palabras sencillas.

—Descansa —dijo ella al fin—. Mañana será otro día.

Lucio asintió y siguió su camino hacia su tienda en la cohorte. Eira lo observó alejarse, con una expresión que no era tristeza ni esperanza, sino una mezcla de ambas, contenida, firme, sin dramatismos.

En el campamento, las antorchas empezaban a encenderse. La noche caía sobre Alesia, pero la guerra, para otros, aún no había terminado.

En Roma, la primera señal de que algo había ocurrido en la Galia se evidenciaba en el murmullo creciente de la plebe en los mercados.

Los tratantes de vino de Massilia hablaban de rutas interrumpidas; los arrieros de la Provincia mencionaban columnas de prisioneros vistas desde lejos; los escribas del Foro decían que los mensajeros de César tardaban más de lo habitual.

No había confirmaciones, solo indicios que se acumulaban como polvo en los pórticos.

Publio Decimio Lépido escuchó los rumores desde la entrada de su almacén en el Emporium .

El olor a salazones y ánforas recién descargadas se mezclaba con el murmullo de los estibadores.

Un cliente le había dicho que la Décima había combatido en primera línea.

Otro aseguraba que César había estado a punto de perder el cerco. Ninguno sabía nada con certeza.

—¿Y de los hombres? —preguntó Publio, intentando mantener la voz firme.

El comerciante encogió los hombros.

—Dicen que hubo muchas bajas. Pero también dicen que la Décima aguantó. Ya sabe cómo son estas cosas.

Publio asintió, aunque no era una respuesta. Desde hacía mucho tiempo esperaba una carta que no llegaba. Había escrito a Lucio, había escrito a los oficiales de la legión, había escrito incluso a un tribuno que conocía de vista. Ninguna respuesta. Ninguna señal. Solo silencio.

—Si está vivo, volverá —dijo una voz a su lado.

Publio se volvió. Era Servio, el joven mutilado que había servido con Lucio años atrás. Llevaba la manga vacía recogida y el rostro marcado por una determinación que no tenía antes de perder la mano.

—¿Qué sabes tú? —preguntó Publio, sin brusquedad.

—He estado en el Campus Martius —respondió Servio—. Preguntando por la Décima. Por los supervivientes. Por los que han sido licenciados. Nadie sabe nada aún. Pero cuando lleguen los informes oficiales, los colgarán allí.

Publio lo observó. Había algo en aquel muchacho que no era compasión ni cortesía. Era lealtad. Una lealtad que no había perdido con la mano.

—Lucio era mi compañero… y mi amigo. Mi hermano —añadió Servio—. No voy a dejar de buscar su nombre en esas tablillas.

Publio respiró hondo. No era consuelo, pero era algo. En Roma, a veces, «algo» era lo único que se podía esperar.

—Si te enteras de cualquier cosa… —dijo Publio.

—Vendré a decírselo —respondió Servio, sin dudar.

El joven se alejó entre las columnas del mercado, avanzando con paso firme pese a su mutilación. Publio lo siguió con la mirada. Luego volvió al interior del almacén, donde los trabajadores seguían descargando ánforas como si nada hubiera cambiado.

Pero algo había cambiado. Alesia había caído. César había vencido. Y en algún lugar de la Galia, vivo o muerto, Lucio Decimio seguía sin dar señales.

Roma continuaba su vida. Los carros avanzaban por el Forum Boarium , los pregoneros anunciaban subastas, los senadores discutían en voz baja. Pero para Publio, cada sonido parecía lejano, como si la ciudad entera estuviera cubierta por un velo de incertidumbre.

—Volverá —murmuró para sí, sin saber si era un deseo o una plegaria.

Y Roma, indiferente, siguió respirando.

La guerra no terminó con Alesia. Terminó después, en lugares que no aparecían en los mapas y que apenas merecían una línea en los informes.

Uno de ellos era Uxellodunum, una fortaleza encaramada a un espolón de roca, rodeada de barrancos y bosques que parecían protegerla del mundo entero.

Allí se habían refugiado los últimos rebeldes, hombres que no esperaban victoria, pero tampoco rendición.

Lucio no estaba con César cuando llegó la noticia, pero la escuchó repetida en cada campamento: los Galos de Uxellodunum, liderados por el cadurco Lucterio y el senón Drapes, habían jurado resistir hasta el final.

No enviaban emisarios. No pedían condiciones.

Solo lanzaban flechas desde lo alto de la roca y desaparecían entre los muros como si la fortaleza los devorara.

César marchó hacia allí con una parte del ejército, siendo recibido por sus legati , Cayo Caninio Rébilo y Cayo Fabio, que ya habían iniciado el asedio.

No buscaba gloria. Buscaba cerrar la guerra.

Cuando vio la posición, comprendió que un asalto frontal sería un desperdicio de vidas.

Recorrió el perímetro en silencio, observando cada grieta de la roca, cada sendero, cada manantial.

Sus legati lo siguieron a corta distancia, esperando el veredicto.

No habló hasta que terminó la vuelta completa.

—La altura los hace fuertes, pero también los condena —observó Cayo Fabio, señalando los riscos—. Cortar los accesos de grano llevará meses, César. Tienen silos profundos dentro del oppidum .

—Y las pendientes son demasiado pronunciadas para las torres de asedio —añadió Cayo Caninio—. Si intentamos aproximar los ramales, nos masacrarán desde las almenas antes de tocar el pie de la muralla.

César contempló la escarpadura un instante más. Su mirada no estaba fija en las piedras de la fortaleza, sino en la base de la montaña, donde el agua brotaba fresca.

—No tomaremos la fortaleza —dijo al fin—. Tomaremos el agua.