Capítulo 21 - El Año del Fuego #5
En las murallas, los Mandubios gritaron de alegría. Los Arvernos golpearon sus lanzas contra la madera. Vercingétorix cerró los ojos un instante. No era alegría lo que sentía. Era alivio. Y también temor. Porque sabía que la batalla que se avecinaba sería la más grande de su vida.
En el exterior, Lucio y Viridio observaron el horizonte. El aire vibraba con los cuernos galos. Las colinas parecían moverse.
—Ya están aquí —dijo Viridio.
Lucio asintió. No era miedo lo que sentía. Era la certeza de que todo lo que habían construido —cada estaca, cada zanja, cada torre— iba a ser puesto a prueba.
Y que, si fallaban, no habría segunda oportunidad.
La llegada de los ejércitos de socorro no trajo silencio, sino un murmullo creciente que se extendió por las colinas como un presagio.
Durante la noche, los romanos escucharon cuernos lejanos, pasos, voces que se mezclaban con el viento.
Al amanecer, el horizonte estaba cubierto de estandartes galos que se agitaban como un bosque en movimiento.
Era un ejército inmenso, reunido desde todos los rincones de la Galia.
En las murallas de Alesia, los Mandubios y los Arvernos gritaban de júbilo. Vercingétorix, no. Observaba en silencio, con los brazos cruzados, midiendo la distancia entre la esperanza y la muerte.
—Atacarán primero por fuera —dijo a sus jefes—. Querrán romper la contravallatio [302] . Es como la llaman esos perros. Cuando César envíe refuerzos, nosotros golpearemos desde dentro.
Sus ojos, sin embargo, no mostraban confianza. Mostraban cálculo. Y un cansancio profundo.
En el exterior, Lucio y Viridio estaban ya en la línea, con la Primera Cohorte desplegada detrás del terraplén.
El aire olía a tierra húmeda, a madera recién cortada y a un miedo que nadie confesaba.
Los legionarios revisaban sus escudos, ajustaban las correas, comprobaban las estacas clavadas en la zanja.
—Hoy no habrá trabajo —dijo Viridio, mirando el horizonte—. Hoy habrá sangre.
El ataque comenzó con un rugido que pareció surgir de la tierra misma. Miles de galos descendieron por las colinas, avanzando en oleadas compactas. Sus cuernos resonaban como truenos. Las primeras flechas romanas silbaron en el aire, pero no detuvieron la marea.
Lucio sintió cómo el suelo vibraba bajo sus pies. Los Galos se acercaban a la zanja exterior, saltando sobre los lilia , tropezando con los cippi , cayendo sobre los stimuli . Algunos gritaban. Otros seguían avanzando, empujados por los que venían detrás.
— Scuta tollite! —ordenó Viridio—. ¡Segunda línea, pila preparados!¡A mi orden! ¡LANZAD!
El cielo se oscureció por miles de pila , que volaban con mortífera precisión.
Los Galos, al protegerse con sus escudos, veían como quedaban inutilizados y tenían que desprenderse de ellos.
Muchos encontraron carne. Una segunda oleada de jabalinas romanas se abatió sobre los Galos, que no dejaron de avanzar.
Muchos resbalaban con la sangre de sus compañeros, pero seguían adelante.
El impacto fue brutal. Los Galos chocaron contra la empalizada como una ola contra un acantilado.
Lanzas, piedras, hachas. Los romanos respondieron con pilum , con gladius , con todo lo que tenían.
Lucio sintió el golpe de un escudo enemigo, el peso de un cuerpo que caía sobre él, el olor metálico de la sangre.
La primera oleada retrocedió, dejando un rastro de cuerpos enredados en las trampas. Pero no hubo respiro. Otra oleada llegó. Y otra. Y otra. Las colinas parecían no agotarse nunca.
En las murallas de Alesia, Vercingétorix observaba el combate exterior. Sus hombres esperaban su señal. Sabían que cuando la diera, tendrían que lanzarse contra la línea interior, donde los romanos eran menos y estaban más dispersos.
—Aún no —dijo el arverno, sin apartar la vista—. Esperad a que César mueva sus reservas.
Y César las movió. Desde lo alto de una colina, el procónsul observaba el avance galo con el rostro impasible. Cuando vio que la línea exterior empezaba a ceder, levantó el brazo.
—Germanos —dijo.
Los jinetes germanos descendieron por la pendiente como una tormenta. No gritaban. No pedían gloria. Solo cargaban. Su impacto contra el flanco galo fue tan violento que la oleada se quebró como una rama seca. Los Galos retrocedieron, desordenados, intentando reagruparse.
—Ahora —dijo Vercingétorix.
El ataque interior comenzó con un estruendo de cuernos. Los Arvernos y Mandubios descendieron desde la fortificación, cruzando las puertas abiertas de Alesia. Avanzaron hacia la línea interior romana, donde las cohortes estaban más separadas y las torres más distantes.
Lucio escuchó el sonido desde lejos. Un cuerno grave, profundo, que no venía del exterior, sino del interior del cerco.
—Viridio… —dijo, con la voz tensa.
Viridio ya lo había entendido.
—Nos atacan por los dos lados.
El caos se extendió por la línea romana. Mensajeros corrían entre las cohortes. Los centuriones gritaban órdenes. Algunos tramos resistían. Otros cedían. La presión era insoportable.
En el interior, los Galos avanzaban con furia. Habían esperado días, semanas, para este momento. Sus lanzas golpeaban los escudos romanos con un ritmo frenético. Los legionarios retrocedían paso a paso, intentando mantener la formación.
Lucio sintió que el vallum temblaba. Los Galos del exterior empujaban con escaleras improvisadas. Los del interior golpeaban la contravallatio . Era como estar entre dos mares que chocaban.
—¡Aguantad! —gritó Viridio—. ¡Aguantad, malditos, aguantad!
Pero la línea empezaba a romperse. Un tramo a la derecha cedió. Los Galos se colaron por un hueco. Los legionarios retrocedieron desordenados. Lucio vio cómo un estandarte caía al suelo.
Cuando parecía que todo perdido, sucedió.
César descendía por la colina, montado, con la clámide roja ondeando detrás de él. Solo. No llevaba miedo. Solo una determinación fría que parecía cortar el aire.
—Ahí está —murmuró Viridio.
La presencia del procónsul tuvo un efecto inmediato. Los legionarios se reagruparon. Los centuriones recuperaron el control. Los Galos, que habían avanzado con furia, vacilaron al ver la figura roja entre las líneas romanas.
César levantó el brazo. No gritó. No necesitaba hacerlo. Su gesto bastó.
La Primera Cohorte avanzó. Las demás la imitaron. Los Germanos cargaron de nuevo. Las cohortes de reserva descendieron desde la colina. El hueco se cerró como una herida que se sutura a la fuerza.
Los Galos del exterior retrocedieron. Los del interior también. La presión disminuyó. La línea romana, que había estado a punto de quebrarse, volvió a ser un muro.
Lucio respiró hondo. Tenía sangre en el rostro, en las manos, en el escudo. No sabía si era suya o de otros. Viridio estaba a su lado, jadeando, con la mirada fija en el horizonte.
—Lo hemos hecho —dijo Lucio.
Viridio negó con la cabeza.
—No. Lo ha hecho él.
En las murallas de Alesia, Vercingétorix observó el retroceso de sus hombres. Vio cómo la línea romana se cerraba. Vio cómo el ataque exterior se desmoronaba. Vio cómo la esperanza se deshacía como humo.
No dijo nada. Solo bajó la mirada.
La batalla continuó hasta el anochecer, pero ya no había duda. La coalición gala se retiraba. Los romanos mantenían el cerco. Alesia estaba perdida.
Lucio se apoyó en la empalizada, exhausto. Viridio se pasó una mano por la frente, dejando un rastro de sangre seca.
—Mañana —dijo—, solo quedará la rendición.
La mañana después de la batalla amaneció silenciosa.
No era un silencio de paz, sino de agotamiento.
Las colinas seguían cubiertas de cuerpos, de escudos rotos, de lanzas clavadas en la tierra como restos de una tormenta.
Los romanos mantenían sus posiciones, vigilantes, pero nadie esperaba ya un nuevo ataque.
No había rastro del ejército galo, que se había escabullido durante la noche. Alesia estaba sola.
Lucio y Viridio recorrían la línea interior, observando las murallas de la ciudad. El silencio era casi doloroso. Solo figuras inmóviles en las torres, como sombras que no sabían si debían seguir resistiendo o rendirse.
—Hoy terminará —dijo Viridio, sin emoción.
Lucio asintió. Lo sabía. Todos lo sabían.
Al mediodía, las puertas de Alesia se abrieron.
No con estrépito, sino con un crujido lento.
Un grupo de jefes galos salió primero, sin armas, con los mantos desgarrados y el rostro cubierto de polvo.
Detrás, una columna de prisioneros avanzaba escoltada: guerreros de diversas tribus, incluidos varios Helvecios que caminaban con la mirada hundida.
Uno de ellos, un hombre de hombros anchos con los ojos pintados de negro, se detuvo al pasar frente a Lucio y Viridio. Les sostuvo la mirada, cargada de un odio ancestral, y espetó en un latín rudo, gutural: —¡Al final nos encontramos!
Viridio no se inmutó. Lo reconoció de inmediato, al igual que Lucio.
Era aquel hombre de Divico que tanta sangre hizo perder a Roma con sus escaramuzas años atrás.
Dando un paso al frente, con la frialdad de quien ha visto demasiadas muertes, respondió al guerrero: —¡Pero no como te hubiera gustado, galo!
Tenías que haber comprendido hace tiempo que Roma no se rinde hasta conseguir lo que quiere y que vuestro tiempo estaba sellado por el Destino.
Ante aquellas palabras, el orgulloso guerrero —la pesadilla de la Décima años atrás— agachó la cabeza, derrotado por la verdad implacable del centurión, y comenzó a llorar con amargura mientras era empujado por la escolta.
Tras ellos apareció Vercingétorix. No llevaba armadura, solo un manto oscuro que arrastraba por el suelo.
Su cabello estaba enmarañado, su barba crecida, pero su porte seguía siendo el de un rey.
Avanzó sin escolta, sin mirar a los lados, sin mostrar miedo.
No era un hombre derrotado. Era un hombre que aceptaba el final.
César lo esperaba en una explanada despejada, rodeado de sus legati y tribunos. No había clámide roja esta vez. No había dramatismo. Solo una presencia firme, inamovible.