La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 21 - El Año del Fuego #4
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Capítulo 21 - El Año del Fuego #4

—Encerrarnos —dijo al fin—. No quiere tomar Alesia. Quiere que muramos dentro.

Un murmullo recorrió la sala. Algunos protestaron, otros negaron con incredulidad. Pero el arverno no apartó la mirada del horizonte.

—César no asedia ciudades —continuó—. Asedia pueblos enteros. Y si está trazando líneas… es porque piensa levantar muros. No contra nosotros. Contra todos los que vengan a ayudarnos.

En las murallas, los Mandubios empezaron a comprenderlo también. Veían a los romanos medir distancias, cavar zanjas, cortar árboles, arrastrar troncos. Veían cómo cada cohorte ocupaba un tramo, cómo cada tramo se unía al siguiente, cómo el anillo empezaba a cerrarse.

—Nos están rodeando —dijo un joven, con la voz quebrada.

—No —respondió el veterano, sin apartar la vista—. Nos están enterrando en vida.

Al amanecer del día siguiente, cuando el eco del cuerno galo aún parecía flotar sobre las colinas, los buccinatores llamaron a las legiones a formar.

No para marchar, sino para construir. César había dado la orden durante la noche: levantar una línea continua de fortificaciones alrededor de Alesia, y otra más amplia hacia el exterior.

Un doble anillo. Una prisión para los sitiados y un muro contra los que vinieran a liberarlos.

Lucio observó el terreno asignado a la Décima.

La ladera descendía en un ángulo incómodo hacia un valle estrecho, con un arroyo que serpenteaba entre piedras húmedas.

El suelo era duro, pedregoso, y las raíces de los arbustos se enredaban como dedos que no querían soltar la tierra. No era un tramo muy agradecido.

—Aquí no se cava —dijo un legionario joven, golpeando el suelo con la pala.

Viridio pasó a su lado sin detenerse.

—Pues cava igual. Y si no puedes, excava. Y si no puedes excavar, rompe la piedra. Pero la zanja estará antes del anochecer.

El legionario no replicó. Nadie replicaba cuando Viridio hablaba así.

Las órdenes eran claras: una zanja de cuatro metros de ancho y tres de profundidad, seguida de un terraplén reforzado con estacas, y detrás una empalizada continua.

Más arriba, torres cada ochenta pies. Más abajo, trampas: lilia , fosas cónicas con estacas en el fondo; cippi , troncos afilados enterrados en ángulo; stimuli , pequeñas púas ocultas bajo la tierra removida.

Un jardín de muerte para quien intentara cruzarlo [300] .

Lucio clavó la pala en el suelo y sintió cómo el metal chocaba contra la roca. El golpe le recorrió el brazo hasta el hombro. A su alrededor, decenas de hombres hacían lo mismo, marcando el ritmo con resoplidos y maldiciones ahogadas. El sol aún no había salido y ya estaban sudando.

—Esto no es un campamento —dijo Vibio, que había sido enviado desde la Tercera Cohorte para reforzar a la Primera en los trabajos—. Es una ciudad.

—No —respondió Lucio, sin dejar de cavar—. Es una muralla. Y la estamos levantando alrededor de un ejército entero.

En lo alto de la colina, César recorría la línea a caballo, acompañado de sus legati . No daba discursos. No los necesitaba. Señalaba un punto, hacía una pregunta, recibía una respuesta, y seguía adelante. Su presencia bastaba para que nadie aflojara el ritmo.

Al mediodía, la primera zanja empezaba a tomar forma. Los hombres trabajaban por turnos, pero los turnos eran breves y el descanso escaso. El agua del arroyo se enturbiaba con la tierra removida. El aire olía a sudor, a madera recién cortada y a hierro caliente.

Desde las murallas de Alesia, los Galos observaban.

Algunos gritaban insultos. Otros lanzaban flechas que caían lejos, sin fuerza.

Pero la mayoría guardaba silencio. Veían algo que no habían visto nunca: un ejército que no se limitaba a rodear, sino que estaba construyendo un segundo Alesia, más grande, más ordenado, más implacable.

Por la tarde, llegaron los jinetes germanos con un grupo de prisioneros: Galos que habían intentado romper el cerco por un barranco. César los interrogó brevemente y los envió bajo custodia. Luego ordenó reforzar ese punto con una torre adicional.

—No habrá huecos —dijo, sin levantar la voz.

Viridio transmitió la orden a sus centurias. Lucio supervisó la colocación de las estacas. Los carpinteros trabajaban con la velocidad de quien sabe que cada minuto perdido puede costar una vida. Las hachas golpeaban los troncos con un ritmo casi ritual.

Al caer la noche, la línea interior empezaba a ser visible: una sombra oscura que serpenteaba por las colinas, interrumpida por antorchas y por el brillo de los cascos.

La línea exterior, más amplia, apenas estaba trazada, pero ya había hombres midiendo distancias, marcando el terreno, clavando estacas en la oscuridad.

Lucio se dejó caer sobre un tronco cortado. Tenía las manos llenas de ampollas, los brazos entumecidos y la espalda rígida. Viridio se sentó a su lado, con el manto cubierto de polvo.

—¿Cuánto falta? —preguntó Lucio.

Viridio miró la oscuridad, donde cientos de antorchas se movían como luciérnagas disciplinadas.

—Todo —respondió—. Y nada. Cuando terminemos este tramo, empezará otro. Y cuando terminemos ese, César querrá más. Hasta que no quede un solo palmo sin cubrir.

Lucio asintió. No había quejas. No había alternativa. Solo trabajo.

En la distancia, desde dentro de Alesia, se escuchó un cuerno galo. Largo, grave, casi un lamento. Viridio lo escuchó sin cambiar el gesto.

—Ellos también saben lo que estamos haciendo —dijo.

Lucio miró hacia la ciudad, apenas visible en la noche.

—Sí —respondió—. Y saben que no vamos a parar.

Y no pararon. Ni esa noche, ni la siguiente, ni la siguiente.

Día y noche, bajo la lluvia, bajo el sol, bajo el viento frío de las colinas, las legiones construyeron un anillo de madera, tierra y hierro que ningún ejército galo había imaginado jamás.

Un anillo que, cuando estuviera completo, sería la tumba de la rebelión.

Pasaron los días, y el doble anillo de fortificaciones creció como una serpiente de madera y tierra que se cerraba sobre Alesia.

Desde las murallas, los Galos veían cómo las zanjas se profundizaban, cómo las torres se alzaban, cómo los romanos trabajaban sin descanso.

Cada amanecer traía nuevas líneas, nuevas estacas, nuevos obstáculos.

Y cada noche, las antorchas romanas dibujaban un círculo de fuego que parecía estrecharse un poco más.

Dentro de la ciudad, el ánimo empezaba a quebrarse.

Los Mandubios, que habían abierto sus puertas a Vercingétorix confiando en su victoria, ahora miraban con inquietud sus graneros.

Las reservas no eran infinitas. Los Arvernos intentaban mantener el orden, pero las discusiones en las calles eran cada vez más frecuentes.

Vercingétorix recorría las murallas a diario. No hablaba mucho. Observaba. Medía. Calculaba. Cada tramo nuevo de la circunvallatio [301] era una herida más en la esperanza de su pueblo. Sabía que César no improvisaba. Sabía que aquel cerco no era un gesto de audacia, sino de convicción.

—No quiere tomarnos por asalto —dijo a uno de sus jefes, mientras señalaba la línea interior—. Quiere que nos consumamos aquí dentro.

El jefe arverno apretó los dientes.

—Nuestros aliados vendrán.

—Sí —respondió Vercingétorix—. Pero cuando lleguen, encontrarán esto.

Desde la muralla, el jefe galo contempló la obra romana. La zanja, el terraplén, la empalizada, las torres, los lilia , los cippi , los stimuli . Un laberinto de muerte. Un muro que no existía las semanas anteriores y que ahora parecía tan sólido como la propia Alesia.

—¿Cuánto tiempo podremos resistir? —preguntó el jefe.

Vercingétorix no respondió. No porque no supiera la respuesta, sino porque no quería pronunciarla.

Mientras tanto, en el exterior, Lucio y los hombres de la Primera Cohorte seguían trabajando y vigilando.

El cansancio era constante, pero también lo era la disciplina.

Cada día llegaban informes de movimientos galos en la distancia: columnas de humo, señales en las colinas, mensajeros interceptados.

Los ejércitos de socorro se estaban reuniendo.

Una tarde, mientras Lucio revisaba la empalizada recién reforzada, un grupo de Mandubios salió de Alesia. No llevaban armas. Solo mujeres, ancianos y niños. Avanzaban lentamente, con las manos en alto, buscando el paso entre las líneas romanas.

Viridio los vio primero.

—No vienen a luchar —dijo, con el ceño fruncido.

Lucio sintió un nudo en el estómago. Sabía lo que significaba aquello. Los Mandubios estaban expulsando bocas que no podían alimentar.

Los Galos se detuvieron ante la zanja. Algunos lloraban. Otros suplicaban. Un anciano cayó de rodillas.

—¿Qué hacemos? —preguntó un optio .

Viridio no respondió. Miró hacia la colina donde estaba el praetorium . César observaba la escena desde lejos, inmóvil.

La orden llegó sin palabras. Los romanos no abrirían el paso.

Lucio apretó los dientes. No era una decisión cruel. Era una decisión militar. Pero eso no la hacía menos dura.

Los Mandubios permanecieron allí durante horas, atrapados entre la ciudad que los había expulsado y el ejército que no los dejaría pasar. Al caer la noche, sus figuras se confundieron con las sombras.

Dentro de Alesia, Vercingétorix recibió la noticia en silencio. No protestó. No se lamentó. Sabía que César no cedería. Sabía que cada día que pasaba, el hambre sería un arma más poderosa que cualquier espada.

—Nuestros aliados deben llegar pronto —dijo uno de sus jefes.

—Llegarán —respondió Vercingétorix—. Y cuando lo hagan, César tendrá que dividir sus fuerzas. Ese será nuestro momento.

Y llegó el día. Al amanecer, desde las colinas del este, se alzó una nube de polvo.

Luego otra. Y otra. Columnas de guerreros galos avanzaban hacia Alesia: Senones, Carnutes, Bituriges, Lemovices, Cadurcos, Arvernos, Parisios, Rutenos, Bellovacos, Nervios, Atrébates, Suessiones y otros pueblos de la coalición.

Miles y miles de hombres. Un mar de escudos y estandartes que brillaban bajo el sol.