Capítulo 21 - El Año del Fuego #3
Viridio se quedó un instante más, observando cómo recogía la ánfora caída y limpiaba el aceite derramado con un trapo áspero. Luego, sin apartar la vista de ella, habló en dirección a la taberna.
—Eira —dijo—. Un Falerno.
Eira, que había visto la escena desde su mostrador, arqueó una ceja pero sirvió la copa.
Viridio señaló a Lucio con el pulgar.
—Y para este, una jarra de posca [298] . Ya que es tan «exquisito» con el buen vino.
Lucio resopló, sin poder evitar la sonrisa. Eira dejó la jarra de posca sobre la mesa con un golpe suave.
—Bébela antes de que se caliente —dijo.
Viridio tomó su Falerno sin apartar la mirada del tenderete de Nidia.
—Disciplina —murmuró—. Eso es lo que tiene.
Lucio no respondió. Pero la sonrisa, esta vez, sí se le escapó.
Lucio terminó la posca en silencio, apoyó la jarra sobre la mesa y se despidió con un gesto breve. Tenía que volver al punto de reunión para organizar la escolta de regreso. Viridio lo siguió con la mirada hasta que desapareció entre las tiendas.
Eira salió entonces de detrás del mostrador para recoger la mesa. Lo hizo con movimientos lentos, casi mecánicos, como si quisiera evitar pensar. Viridio, aún con la copa de Falerno en la mano, la observó un instante.
—Lo has mirado con tristeza —dijo, sin dureza.
Eira no respondió de inmediato. Apretó los labios, dejó la jarra vacía junto a la copa y se incorporó.
—Me gustaría —dijo al fin— que me mirara como tú estás mirando a Nidia.
Viridio se atragantó con el vino. Tosió una vez, enrojeciendo, y no por el Falerno. Eira lo miró con una mezcla de ironía y cansancio.
—Dale tiempo —dijo Viridio, recuperando la voz—. Ni yo, después de seis años de guerra con él, sé qué se esconde en su corazón. Ni qué dejó en Roma.
Eira bajó la mirada, pero no apartó las manos de la mesa.
—Solo sé —continuó Viridio— que es de Gades.
Que llegó muy joven a Roma, después de recorrer el norte de África y medio Mare Nostrum.
Y que pudo prosperar como comerciante de salazones y garum en el Emporium con sus familiares.
Pero de ahí… —negó con la cabeza— de ahí no le he podido sacar nada más.
Eira respiró hondo, como si esas palabras confirmaran algo que ya sabía. Viridio dejó la copa sobre la mesa y se ajustó el cinturón.
—El tiempo dirá —añadió—. Siempre lo hace.
Las noticias llegaron primero por los jinetes: Vercingétorix se había replegado hacia Alesia [299] , cargando con lo que quedaba de su caballería y de sus infantes escogidos.
César escuchó el informe sin cambiar el gesto, con el bastón de mando apoyado en la cadera y la mirada fija en las colinas que se alzaban al norte.
—Quiere encerrarse —dijo, más para sí que para los legati —. Cree que allí podremos rompernos los dientes contra las murallas.
Lucio estaba a unos pasos, junto a Viridio, entre el grupo de centuriones llamados a recibir órdenes. Reconocía ese tono en César: no era admiración, pero tampoco desprecio. Era el tono de quien mide a un enemigo como se mide un terreno.
— Magnis itineribus —continuó César, alzando la voz—. Cerramos el paso antes de que los suyos puedan dispersarse. Quiero a Vercingétorix dentro de Alesia. No fuera.
Las órdenes se desgranaron con la precisión de una máquina bien engrasada.
Legiones asignadas a los flancos (en el derecho: VII, VIII, IX y X Equestris ; en el izquierdo: XI, XII, XIII y XIV; con la I y la II en apoyo central), caballería germana desplegada para hostigar a los rezagados, cohortes adelantadas para asegurar los cruces de río.
Viridio recibió su parte sin pestañear: avanzar con la Décima en el ala derecha, asegurar una de las colinas que dominaban el valle y cortar cualquier intento galo de escapar hacia el este.
La marcha fue un castigo para los pies y para los pulmones.
El polvo se pegaba a la piel sudada, las loricae crujían con cada paso, y aun así nadie aflojaba el ritmo.
Lucio sentía el peso del scutum como una piedra húmeda, pero el simple hecho de ver a César cabalgando al frente, sin desmontar, bastaba para que nadie se atreviera a quejarse.
Al caer la tarde, divisaron por fin Alesia: una ciudad fortificada sobre una meseta, rodeada de laderas abruptas y valles estrechos.
Desde la distancia, las murallas parecían una línea oscura recortada contra el cielo rojizo.
Más abajo, en las pendientes, se veían los restos de campamentos galos levantados a toda prisa.
—Buen lugar para morir —murmuró Viridio, sin ironía.
Lucio siguió con la mirada las curvas del terreno. Comprendió que César ya había tomado una decisión.
—No me gusta esta colina —murmuró.
Viridio no respondió.
Las primeras escaramuzas no fueron gloriosas ni largas.
Grupos de jinetes galos intentaron abrirse paso entre las colinas antes de que el cerco se cerrara.
La caballería germana, lanzada por César como una cuña de hierro, los rechazó una y otra vez.
Desde su posición en la ladera, Lucio veía cómo los Germanos cargaban sin gritos, sin alardes, solo con la brutal eficacia de quien ha hecho de matar un oficio.
Una partida de infantería ligera intentó aprovechar un barranco para escapar hacia el bosque.
Viridio recibió la orden de cortarles el paso.
La Primera Cohorte de la Décima descendió por la pendiente con el orden de una maniobra de instrucción, pero con la urgencia de quien sabe que cada hombre que se escapa puede volver armado y acompañado.
El choque fue breve. Los Galos, sorprendidos por la rapidez de la maniobra, apenas tuvieron tiempo de formar.
Lucio sintió el impacto del primer escudo contra el suyo, el olor agrio del sudor y del miedo, el peso del gladius hundiéndose entre costillas.
Cuando todo terminó, el barranco estaba sembrado de cuerpos y de escudos abandonados.
—No corren mal —dijo Viridio, limpiando la hoja en el manto de un muerto—. Pero corren tarde.
Al amanecer del día siguiente, el cerco estaba prácticamente cerrado.
Las legiones ocupaban las alturas que rodeaban Alesia, cada una con su espacio marcado, sus fosos iniciales trazados, sus centinelas desplegados.
Desde las murallas, los Galos miraban hacia abajo con una mezcla de rabia y desconcierto.
No veían un campamento romano al uso, sino un anillo de hombres y estandartes que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
César reunió a sus legati en una pequeña elevación desde la que se dominaba el valle. Lucio y otros centuriones veteranos fueron llamados a escuchar, no a opinar. Viridio se colocó en la segunda fila, lo bastante cerca como para oír cada palabra.
—No vamos a asaltar Alesia —dijo César, señalando la ciudad con el bastón—. Sería regalarles hombres. Vamos a encerrarlos. A ellos y a cualquiera que venga a socorrerlos.
Con la punta del bastón, dibujó en el suelo un círculo alrededor de una piedra que representaba la ciudad.
—Una línea hacia dentro, para que no salgan. Otra hacia fuera, para que nadie entre. Zanjas, empalizadas, torres, trampas. Quiero que, cuando lleguen sus aliados, encuentren no un campamento, sino una muralla de hombres y madera.
Lucio sintió un escalofrío que no tenía que ver con el relente de la mañana. Aquello superaba cualquier asedio que hubiera visto. César no pensaba tomar la ciudad. Pensaba encerrarla.
—Trabajaremos día y noche —añadió César—. El que se retrase, cava el doble. El que se queje, cava el triple.
Algunos legati sonrieron. Viridio no. Sabía que no era una broma.
Cuando la reunión terminó, la Décima recibió su tramo de responsabilidad: una sección de ladera que descendía hacia un valle estrecho, con un arroyo en el fondo.
No era el peor lugar, pero tampoco el más fácil.
Había que trazar zanjas en terreno pedregoso, levantar empalizadas donde el suelo se desmoronaba y asegurar pasos que, en caso de ataque, serían embudos de sangre.
—Has oído a César —dijo Viridio, mirando a sus centurias—. No hay huecos. No hay retrasos. No hay quejas.
Lucio asintió. Mientras los primeros legionarios clavaban las estacas que marcarían la línea de los fosos, miró una vez más hacia Alesia.
Desde allí, Vercingétorix debía de estar observando lo mismo que él: un ejército que no se contentaba con rodear, sino que empezaba a construir algo más grande que un campamento.
Algo que, si funcionaba, se recordaría durante siglos.
Desde las murallas de Alesia, los Galos observaban el movimiento romano con una mezcla de inquietud y desconcierto.
Al principio creyeron que César preparaba un campamento más, otro de esos recintos ordenados que los legionarios levantaban en una tarde.
Pero a medida que avanzaba el día, la magnitud de lo que veían empezó a inquietarlos.
Los Mandubios, dueños de la ciudad, se agrupaban en las torres más altas.
Algunos señalaban con el brazo, otros discutían en voz baja.
Los Arvernos de Vercingétorix, más disciplinados, guardaban silencio, pero sus ojos seguían cada movimiento de las cohortes romanas que se desplegaban por las colinas.
—No están levantando un campamento —dijo un guerrero veterano, apoyado en el parapeto—. Están marcando el terreno.
Otro negó con la cabeza.
—¿Para qué? No van a asaltar la ciudad. No pueden. No con estas pendientes.
El veterano no respondió. Señaló hacia el valle, donde grupos de legionarios clavaban estacas en línea recta, como si estuvieran trazando los cimientos de un edificio invisible.
—Mira cómo trabajan —dijo—. No es un campamento. Es algo más.
En la plaza interior, Vercingétorix escuchaba los informes que llegaban desde las murallas.
No se movía. No hablaba. Solo observaba el horizonte, donde el polvo levantado por las legiones formaba una bruma constante.
Sabía leer a César. Sabía que aquel silencio, aquella falta de ataques, aquella precisión geométrica… no eran señales de debilidad.
—¿Qué pretende? —preguntó uno de sus jefes.
Vercingétorix tardó en responder.