La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 21 - El Año del Fuego #2
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Capítulo 21 - El Año del Fuego #2

Una lluvia de piedras y jabalinas cayó sobre ellos desde una cornisa oculta.

Los hombres de Lucio levantaron sus scuta como pudieron, pero el ángulo era malo y el terreno peor.

Uno de los legionarios perdió pie y cayó varios metros, arrastrando a otro consigo.

Lucio intentó reorganizar la línea, pero otra voz —esta vez de un centurión de otra cohorte— gritó una orden distinta, señalando hacia un flanco que Lucio no podía ver.

—¡A ese lado! ¡Reforzad ese lado!

Los hombres dudaron. Lucio también. No sabía si seguir la indicación o mantener la dirección que llevaba.

El polvo, los gritos y la pendiente convertían cada decisión en un riesgo.

Finalmente, avanzó unos pasos para ver el flanco indicado, pero solo encontró más confusión: cohortes mezcladas, estandartes fuera de lugar, auxiliares germanos intentando subir por un corte imposible.

Los Arvernos aprovecharon cada hueco. Guerreros ligeros descendieron por senderos que los romanos no habían visto y atacaron los grupos dispersos.

Lucio sintió cómo la línea se deshacía a su alrededor.

Intentó reagrupar a los suyos, pero algunos habían seguido la orden del otro centurión, otros habían retrocedido para evitar quedar aislados, y otros simplemente no podían avanzar más por la pendiente.

Un golpe seco en el escudo lo hizo retroceder. Una piedra lanzada desde arriba. Otra cayó a pocos pasos, rebotando contra la roca. El aire estaba lleno de polvo y de fragmentos de madera astillada.

Entonces escuchó la orden que no quería oír:

—¡Retirada! ¡Retirada inmediata!

No era una retirada ordenada. Era un descenso forzado, castigado por cada piedra suelta y cada jabalina que caía desde las alturas.

Lucio bajó como pudo, ayudando a un legionario que había perdido el casco y sangraba por la ceja.

Otros descendían a trompicones, algunos sin escudo, otros sin saber si sus compañeros seguían vivos más arriba.

La retirada no terminó en la pendiente. Continuó durante horas, a trompicones, con grupos que se reagrupaban y se disolvían según la presión enemiga.

Lucio descendió con los suyos hasta un llano pedregoso donde los oficiales intentaban recomponer las cohortes.

Viridio estaba allí, cubierto de polvo, con la voz ronca de tanto gritar órdenes.

Señalaba posiciones, empujaba a los rezagados, obligaba a los heridos leves a mantenerse en pie para no colapsar la línea.

—Lucio, aquí —dijo al verlo—. Reúne a los que queden. No esperes a los demás. Vendrán cuando puedan.

Lucio asintió. El optio apareció con el resto de la centuria, exhaustos, algunos sin escudo, otros con la coraza rota.

Silo, el veterano hispano, tenía un corte en la mejilla que no recordaba haberse hecho.

Emilio, el novato, temblaba sin darse cuenta.

Lucio los alineó como pudo, sin exigir más de lo que sus cuerpos podían dar.

El campamento improvisado se extendía en un caos de tiendas medio levantadas, carros volcados y heridos que llegaban sin saber a qué cohorte pertenecían.

Los médicos trabajaban sin descanso. Un oficial de ingenieros, Fabio, discutía con un tribuno sobre la imposibilidad de mantener la posición si los Galos descendían de nuevo.

Fue entonces cuando Lucio lo vio. César había llegado al sector, rodeado de tribunos y mensajeros.

No llevaba escolta ostentosa, solo el manto recogido y el rostro tenso.

Caminaba entre los hombres sin detenerse, observando, evaluando, midiendo el desastre.

Lucio sintió un nudo en el estómago: no era miedo, era la mezcla de admiración y vergüenza que solo se siente ante alguien a quien se respeta profundamente.

César se detuvo junto a Trebonio, que sostenía un mapa manchado de polvo. Lucio estaba lo bastante cerca para oírlo.

—No insistiremos aquí —dijo César, con la voz baja pero firme—. La posición no es sostenible. Replegad las cohortes. Mantendremos la disciplina en la marcha. Que nadie se quede atrás.

No era un reproche. No era una excusa. Era un juicio frío, inmediato, necesario.

Lucio sintió que aquella frase pesaba más que cualquier derrota.

Viridio inclinó la cabeza en señal de respeto, y César continuó su camino.

Antes de volverse, su mirada se cruzó un instante con la de Lucio, devolviéndole de golpe la memoria de aquel encuentro en Gades.

Fue un destello apenas imperceptible, pero suficiente para infundir en el centurión una chispa de la vieja confianza.

Entonces, el procónsul se irguió y continuó su marcha sin mirar atrás.

La marcha comenzó al caer la tarde. Ya no era una retirada caótica, sino un repliegue disciplinado, duro, silencioso.

Los Galos hostigaban desde las colinas, lanzando piedras y jabalinas desde distancias seguras.

La Décima avanzaba con los escudos levantados, protegiendo a los heridos en el centro de la columna.

Lucio caminaba junto a Viridio, atento a cualquier ruptura en la formación.

—No te quedes en lo que ha pasado hoy —dijo Viridio, sin mirarlo—. La campaña no ha terminado. Y César tampoco.

Lucio no respondió. Pero aquellas palabras se le quedaron grabadas.

El convoy de heridos avanzó entre las tiendas con el ritmo irregular de los carros cargados de cuerpos vendados y hombres que gemían entre dientes.

Lucio y Viridio habían escoltado la columna desde la línea avanzada, cumpliendo la orden de César de evacuar a los más graves antes de reorganizar la defensa.

Cuando entregaron el convoy a los médicos y al prefecto de campamento, les dijeron que esperaran unos minutos: la escolta de regreso aún no estaba lista.

Lucio aprovechó ese breve respiro para acercarse a un grupo de legionarios que reconoció al instante.

Eran los suyos: su antiguo contubernium de la Segunda Centuria de la Tercera Cohorte.

Marco, como optio , estaba sentado sobre un escudo, limpiando la sangre seca de su antebrazo.

Nicandro, decanus , revisaba las correas de un herido.

Seraces y Numes, intactos pese a su tamaño y fuerza, conversaban en voz baja.

Vibio, más delgado y con la mirada cansada, levantó la cabeza al verlo.

Aulo y Sexto yacían en camillas cercanas, con vendas gruesas en el torso y el muslo. Faltaba uno.

—Tito Valerio cayó en la subida —dijo Marco, sin que Lucio preguntara—. Una lanza en el costado. No sufrió.

Lucio inclinó la cabeza. Tito había sido el recluta más joven cuando todos ellos se alistaron en la Décima, un muchacho callado que aprendía rápido. Recordó cuando Viridio lo amenazó con cavar letrinas porque temblaba. No había nada más que decir.

—No es lo mismo sin ti, centurión —dijo Vibio, con una mezcla de respeto y cansancio—. Gento… bueno… Gento es Gento.

Seraces gruñó algo en egipcio. Numes soltó una carcajada breve.

—Gento manda como si todos fuéramos sordos —añadió Marco—. Y cuando no grita, golpea. No escucha. No mira. Solo empuja.

Nicandro levantó la vista, con esa calma suya que parecía venir de otro mundo.

—Un centurión que no mira a los ojos —dijo— es como un cuchillo sin filo: corta, sí, pero no sirve para trabajar.

Los demás asintieron. Era un aforismo de Nicandro, de los suyos: seco, práctico, inevitable. Y no lo dijo en griego.

Lucio se agachó junto a Aulo y Sexto, que respiraban con dificultad pero estaban conscientes.

—Volveremos a vernos en la línea —dijo Lucio.

—Si Gento no nos mata antes —murmuró Sexto.

Lucio sonrió apenas. Luego se incorporó y se reunió con Viridio, que lo esperaba unos pasos más allá.

Aquel breve respiro los llevó, casi sin pensarlo, hacia la zona donde la taberna ambulante de Eira —conocida entre los legionarios por servir vino sin aguar y sin engaños— ofrecía un rincón de calma en medio del caos.

A pocos pasos, bajo una lona bien tensada, Nidia, una vendedora de aceite de oliva de Narbo Martius [297] , atendía su tenderete de ánforas pequeñas marcadas con su sello.

Su puesto era un punto de paso constante: soldados, auxiliares y calones se acercaban a comprar o a pedir un chorro para cocinar.

Viridio llegó con paso firme, como siempre.

Había un pequeño tumulto: dos legionarios borrachos discutían por una deuda de dados, empujándose entre los puestos.

Uno de ellos tropezó con una de las ánforas de Nidia, que rodó por el suelo dejando un reguero brillante.

Nidia salió de detrás del mostrador con una aceitera de bronce en la mano, sin prisa, sin miedo.

—Fuera de mi tenderete —dijo, sin levantar la voz.

El legionario más joven abrió la boca para replicar, pero Nidia ya había dado un paso adelante. La aceitera golpeó el suelo a un palmo de su pie, con un sonido seco que hizo callar a los que estaban cerca.

—He dicho fuera.

Los dos legionarios retrocedieron. Uno murmuró una disculpa; el otro ni siquiera se atrevió a mirarla. Se alejaron tambaleándose hacia la zona de tiendas.

Viridio observó la escena con los brazos cruzados. No intervino. No hizo falta. Pero cuando los borrachos se marcharon, dio un paso hacia Nidia.

—Tienes que avisar antes de… —empezó a decir.

Nidia se giró hacia él, con la aceitera aún en la mano.

—¿Avisar a quién? —preguntó, sin agresividad, pero con una firmeza que no admitía réplica—. Si quieres mandar, manda en los tuyos. Aquí mando yo. Y si alguien toca mis ánforas, lo saco a golpes. ¿Algún problema con eso?

Viridio frunció el ceño, sorprendido por el tono. No estaba acostumbrado a que nadie le hablara así. Nidia continuó, sin apartar la mirada: —Y si no te gusta, puedes irte a beber vino aguado a otra parte. Aquí no lo servimos.

Viridio se quedó quieto. No ofendido. No humillado. Solo… detenido. Como si alguien hubiera puesto una mano invisible sobre su pecho.

—Ninguno —dijo al fin.

Nidia asintió, satisfecha, y volvió a su tenderete como si nada hubiera ocurrido.