La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 21 - El Año del Fuego
81%

Capítulo 21 - El Año del Fuego

«Vercingetorix deditur, arma proiciuntur. […] Caesari ad Alesiam res conficitur, Galliaque omnis pacata videtur». (Se entrega Vercingétorix, se arrojan las armas. […] Para César, en Alesia se termina el asunto, y toda la Galia parece estar pacificada).

D URANTE AQUEL INVIERNO , mientras Roma miraba hacia Oriente y contaba sus muertos, en el corazón de la Galia comenzaban a celebrarse reuniones que ningún magistrado romano había ordenado y que ningún informador sabía explicar por completo.

Los jefes de los Arvernos se reunieron lejos de las calzadas y de las ciudades sometidas, en un lugar donde las noticias de Roma llegaban deformadas por la distancia y el rumor.

Nadie habló primero en la sala comunal, aunque todos los jefes arvernos estaban ya en sus asientos, rígidos, atentos, cada uno aferrado al peso de su linaje mientras el fuego central ardía con desgana y el humo bajo se acumulaba bajo las vigas ennegrecidas.

Los hombres habían llegado desde aldeas dispersas, desde valles y cumbres, trayendo consigo agravios antiguos y la memoria reciente de incendios romanos.

Cada gesto era observado, cada postura evaluada.

La muerte de Celtillo [293] seguía flotando sobre la asamblea como una sombra que nadie nombraba, pero que todos sentían.

El anciano que presidía la reunión se inclinó hacia adelante. Sus manos, marcadas por la edad, descansaban sobre un bastón de fresno. Tardó en hablar, como si buscara en los rostros una señal que no encontraba.

—Los romanos han tomado más tierras —dijo al fin—. Y piden más tributo. Más hombres. Más obediencia.

Nadie respondió. Solo el crujido del fuego acompañó sus palabras.

—Han quemado tres aldeas en el sur —añadió—. Dicen que eran refugio de rebeldes.

Un jefe de barba gris murmuró sin levantar la vista:

—Refugio… o familias que no pudieron huir.

Otro replicó desde el fondo, con voz baja pero firme:

—Roma no pregunta. Actúa.

El anciano continuó, enumerando pérdidas, nombres, cosechas. Nadie lo interrumpió. Nadie mostró aprobación. La sala escuchaba como quien escucha una lluvia que ya conoce, una lluvia que no sorprende, pero que cala igual.

El murmullo que nadie quería iniciar llegó desde la entrada.

Un guardia apartó la piel que hacía de cortina y dejó pasar a un joven alto, de rostro afilado y mirada firme.

No llevaba adornos, ni collares de rango, ni armas ostentosas.

Solo un manto oscuro y una lanza sencilla.

Aun así, su presencia alteró el aire de la sala como si hubiera entrado una ráfaga de invierno.

Algunos jefes bajaron la vista. Otros tensaron la mandíbula. El anciano del bastón de fresno no dijo nada, pero su gesto se endureció.

—Vercingétorix [294] —murmuró alguien.

El joven avanzó hasta situarse frente al fuego. No pidió permiso para hablar.

—Los romanos no se detendrán —dijo—. No lo hicieron con mi padre. No lo harán con vosotros.

Un murmullo recorrió la sala. El nombre de Celtillo no fue pronunciado, pero su sombra se alzó entre los presentes como un reproche.

—Tu padre quiso ser rey —respondió un jefe de barba trenzada—. Y por eso murió. No traerás su ambición a esta asamblea.

Vercingétorix sostuvo la mirada sin retroceder.

—Mi padre quiso que la Galia fuera una sola. Roma lo llamó ambición. Vosotros lo llamasteis traición.

El anciano golpeó el suelo con el bastón.

—Esta asamblea no te reconoce. No hoy. No mientras tu nombre despierte viejos temores. Vete.

Vercingétorix inclinó la cabeza y salió sin una palabra más. Pero mientras la piel de la entrada volvía a caer en su sitio, varios jefes intercambiaron miradas que no habían compartido antes.

La noche cayó sobre Gergovia [295] con un viento más frío que el habitual.

En las horas siguientes, mensajeros discretos abandonaron la ciudad por distintos caminos.

Algunos jefes enviaron hombres de confianza para seguir al joven expulsado.

Otros ordenaron vigilar los movimientos romanos en el sur.

La asamblea había terminado sin decisión, pero el silencio que la había dominado ya no era el mismo.

Dos días después, los primeros rumores llegaron desde las aldeas del este: Vercingétorix había reunido a jóvenes guerreros, había tomado posiciones en las colinas y había empezado a recibir apoyos de clanes menores. No era un ejército, pero tampoco era un grupo aislado. Era algo que crecía.

Una semana más tarde, los rumores se convirtieron en certezas. Vercingétorix había sido proclamado jefe por varios clanes, y su nombre corría de boca en boca con una mezcla de temor y esperanza. Los Arvernos que lo habían expulsado comprendieron que la decisión ya no les pertenecía.

Cuando regresó a Gergovia, no lo hizo solo. Lo acompañaban jefes que no habían estado en la asamblea, guerreros de las montañas, emisarios de pueblos vecinos. No venía a pedir reconocimiento. Venía a ofrecerlo.

—La Galia se levanta. Los Bituriges ya han enviado hombres. Los Cadurcos también. Con vosotros o sin vosotros.

El anciano del bastón de fresno no respondió de inmediato. Miró a los presentes, uno por uno, y vio en sus rostros algo que no había visto en años: decisión.

—Entonces que se levante —dijo al fin.

Los jefes arvernos se pusieron en pie. El gesto fue sobrio, casi ritual, una afirmación silenciosa que recorrió la sala como una corriente contenida. El anciano del bastón de fresno inclinó la cabeza, aceptando lo que ya era inevitable.

—Que partan los mensajeros —ordenó uno de los jefes más veteranos—. Que cada pueblo sepa lo que hemos decidido.

Las puertas se abrieron y varios jóvenes salieron a la noche con antorchas encendidas.

El viento las inclinó hacia el este, como si marcara un camino.

Desde la altura de Gergovia, las luces descendieron por los senderos y se dispersaron en distintas direcciones, llevando la noticia a valles, bosques y llanuras.

En las aldeas del norte, los vigías romanos vieron moverse señales que no entendieron. En los campamentos dispersos, los centuriones anotaron movimientos inusuales de jinetes galos. En el cuartel de invierno, un tribuno comentó en voz baja: —Algo se está reuniendo ahí fuera.

Otro respondió sin apartar la vista del mapa:

—Los informes no coinciden —dijo el oficial—. Pero todos señalan que los clanes se están moviendo más de lo habitual.

Más al norte, César revisaba informes contradictorios. Algunos hablaban de incendios en las montañas; otros, de reuniones nocturnas; otros, de clanes que antes estaban enfrentados y ahora enviaban emisarios entre sí. Ninguno mencionaba un nombre, pero todos apuntaban en la misma dirección.

—No es una revuelta local —dijo uno de sus legati —. Esto tiene otra forma.

César no respondió. Observaba el mapa extendido sobre la mesa, con sus líneas de ríos y bosques, y comprendía que el equilibrio que había mantenido durante años empezaba a inclinarse.

La Galia se movía. Y él estaba lejos, demasiado lejos, en una región fría, montañosa, difícil de abastecer, rodeado de pueblos que aún no habían decidido si seguirían siendo aliados o se unirían a la corriente que crecía en el sur.

Mientras los mensajeros arvernos cruzaban la noche, la distancia entre César y el corazón de la Galia se volvió más ancha que cualquier río.

No era un aislamiento visible en un mapa, sino uno que se sentía en el aire, en los informes, en la forma en que los soldados miraban hacia los bosques.

Un aislamiento que anunciaba que el invierno no sería tranquilo.

El año del tercer consulado de Pompeyo, ejercido en solitario, comenzaba bajo malos presagios para Roma [296] .

La ofensiva no llegó como una declaración abierta, sino como un desgaste constante.

Lucio avanzaba con los suyos por aldeas vacías, campos quemados y caminos donde solo quedaban huellas recientes que se perdían en las colinas.

Los Galos no ofrecían batalla: aparecían en las crestas, lanzaban una descarga rápida y desaparecían antes de que los legionarios pudieran formar.

Era una guerra que obligaba a caminar más que a luchar, y que agotaba a los hombres antes de que vieran un enemigo de frente.

En una de aquellas jornadas, mientras la columna se reordenaba tras una emboscada menor, llegó un mensajero con órdenes urgentes.

Lucio reunió a los hombres que tenía más cerca —no toda su centuria, apenas una fracción dispersa por el terreno— y dejó al optio al mando del resto.

La orden era avanzar hacia una altura secundaria, una maniobra que debía ejecutarse con rapidez para apoyar un movimiento mayor que nadie terminaba de explicar.

El ascenso comenzó entre señales confusas.

Desde abajo llegaban gritos que se mezclaban con los ecos de la colina.

Algunos estandartes se movían hacia la derecha, otros hacia la izquierda.

Lucio intentó mantener cohesionados a los suyos, pero cada tramo del sendero obligaba a estirarse, a romper la formación, a avanzar casi de uno en uno.

A mitad de la subida, un tribuno apareció entre el polvo, jadeando, y señaló hacia un barranco que Lucio no había visto en el mapa improvisado que les habían mostrado horas antes.

—Por ahí, rápido —ordenó—. El resto ya está en posición.

Lucio dudó. No veía a nadie en aquella dirección.

Tampoco escuchaba señales que confirmaran que «el resto» estuviera donde el tribuno decía.

Pero la orden era clara, y el terreno no permitía detenerse a discutir.

Hizo un gesto a los suyos y avanzaron hacia el barranco, donde el sendero se estrechaba hasta obligarlos a apoyar las manos en la roca para no resbalar.

Fue entonces cuando escuchó el primer grito desde arriba. No era romano.