Capítulo 20 - El Asedio de los Sueños #6
—Es una forma de guerra.
El silencio en la sala se tensó, pero no se rompió.
Viridio frunció ligeramente el ceño.
—Guerra sin frente —dijo.
—Guerra sin centro —corrigió César.
Lucio sintió que la frase pesaba más que cualquier orden militar.
César se acercó al mapa extendido de la Galia. No señaló los lugares donde habían combatido. Señaló los espacios entre ellos.
—No están intentando ocupar territorio —dijo—. Están intentando hacer imposible que lo ocupemos nosotros.
Viridio lo entendió antes que los demás.
—Dispersión estratégica —murmuró.
—Adaptación —respondió César—. Y si es adaptación, no es un accidente. Es aprendizaje.
Lucio miró el mapa con otra mirada. Por primera vez no vio campañas. Vio intervalos.
—Ambíorix ya no es el problema —añadió César.
La frase cayó sin dramatismo, pero con cierre definitivo.
—Es el origen de algo que ya no depende de él.
César tomó un estilete y lo dejó reposar sobre el borde del mapa.
—Si esto continúa así —dijo—, la Galia dejará de ser un conjunto de tribus enfrentadas a Roma.
Hizo una pausa breve.
—Y pasará a ser un sistema que responde a nuestra presencia.
Viridio no preguntó qué significaba exactamente aquella frase. No hizo falta.
Lucio, en cambio, sí la comprendió: Roma ya no estaba sofocando rebeliones. Estaba entrando en un territorio que aprendía a reaccionar.
César cerró el mapa con un gesto seco.
—Reorganización completa de prioridades —ordenó—. Ninguna tribu debe ser tratada como caso aislado.
Miró a Viridio.
—Quiero saber quién está conectando estos movimientos.
Viridio asintió.
—¿Ambíorix?
César negó lentamente.
—Ambíorix fue el principio de la respuesta. No su causa total.
El silencio volvió a asentarse, más denso que antes.
Por primera vez desde el inicio de la campaña, nadie en la sala pensó en victorias inmediatas.
Solo en escalas.
Solo en lo que podía estar creciendo más allá del borde visible del conflicto.
César se giró hacia la salida.
—La próxima vez que la Galia se mueva —dijo—, no será para resistirnos.
Hizo una pausa mínima.
—Será para decidir qué somos dentro de ella.
Y entonces salió del praetorium sin añadir una sola palabra más.
En Roma, las malas noticias del norte se despacharon en la Curia Hostilia bajo una luz fría de invierno tardío, arrinconadas entre los informes del precio del grano y los disturbios de la Via Appia [290] .
El escriba apenas carraspeó al leer la tablilla que mencionaba a Sabino, a Cota y el desastre de la Decimocuarta Legión en Atuátuca.
Para el Senado, la humillante huida de Ambíorix entre los bosques de Arduenna era un problema menor comparado con el horror que acababa de cruzar el Mare Nostrum .
—¡Siete legiones! —la voz de Marco Porcio Catón tronó en el graderío, quebrando el murmullo creciente de la sala—.
¡Siete legiones masacradas en los desiertos de Oriente y las águilas romanas colgadas en los templos de los Partos!
¿Y qué hacemos aquí? Escuchar cómo el procónsul César pierde quince cohortes en el fango por perseguir sombras [291] .
Catón, vistiendo la toga oscura del luto, dio un paso hacia el centro del mármol. Su mirada cansada se clavó en los senadores más jóvenes.
—La República está pagando el precio de su propia ceguera —continuó, señalando con el dedo índice—.
Hemos entregado el destino de nuestros jóvenes a hombres devorados por la ambición personal.
Exijo una revisión inmediata de los poderes proconsulares de César.
Exijo que rinda cuentas ante este Senado, o los dioses nos seguirán castigando.
Varios optimates jalearon el discurso golpeando con fuerza sus sandalias contra el suelo. Sin embargo, la mayoría de los senadores prefirieron mirar hacia otra parte o ajustar los pliegues de sus togas; el eco de las legiones de César todavía resultaba demasiado cercano para jugar a los valientes.
En primera fila, Cneo Pompeyo Magno escuchaba el estrépito sin parpadear, con las manos apoyadas en las rodillas de su silla curul.
No pronunció una sola palabra para defender a su suegro, pero tampoco se sumó a las hienas que pedían su cabeza.
Su alianza con César pendía de un hilo invisible desde la muerte de Julia, y la desaparición de Craso rompía definitivamente el equilibrio que gobernaba el mundo [292] .
Catón lo miró fijamente, esperando una reacción, pero Pompeyo solo se limitó a acomodarse la ropa.
—Que se remitan informes militares más detallados en cuanto la primavera despeje las rutas marítimas —se limitó a ordenar Pompeyo, con una fría autoridad que dio la sesión por terminada.
No hubo resoluciones, pero en la columnata que miraba hacia el Foro, los murmullos de los libertos y los magistrados crecieron como un runrún inevitable.
La Galia exigía más sangre y Oriente estaba perdido.
Mientras el sol se ponía sobre las colinas, los hombres de toga abandonaban la Curia asumiendo, con un frío temor en el pecho, que el frágil armazón que sostenía a Roma se estaba resquebrajando en todos los frentes a la vez.