La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 20 - El Asedio de los Sueños #5
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Capítulo 20 - El Asedio de los Sueños #5

En una jornada gris, los exploratores regresaron con un informe breve: un grupo numeroso cruzaba un valle cercano. César no se movió. Fue Viridio quien dio la orden.

—Primera Cohorte, en vanguardia. Pilus prior , conmigo.

Lucio ajustó el casco y avanzó con su centuria. El terreno estaba blando por el deshielo. Descendieron por una ladera estrecha y vieron a los fugitivos al otro lado del arroyo. No eran muchos, pero estaban armados.

— Scuta tollite! —ordenó Lucio.

La línea avanzó. El choque fue breve. Los Galos intentaron romper por la derecha; Lucio envió a su segundo a cerrar el hueco.

Un guerrero se lanzó contra él con una lanza corta.

Lucio lo desvió con el scutum y lo derribó.

La centuria mantuvo la formación hasta que el último enemigo cayó o huyó hacia el bosque.

Viridio llegó poco después, evaluando el terreno sin desenvainar.

—Bien hecho —dijo, sin levantar la voz—. Reagrupad y seguimos.

Las semanas siguientes fueron una sucesión de movimientos rápidos: columnas que se abrían y cerraban, rastros que se perdían en barrancos, aldeas que ardían detrás de la marcha.

Los Nervios se replegaron hacia el oeste.

Los Atuátucos cerraron sus puertas. La Décima avanzaba sin vítores, sin pausas. Solo órdenes y disciplina.

Tras varias semanas de marcha, César detuvo la columna en un claro arrasado por el fuego. El viento arrastraba ceniza entre los troncos. Los legati se reunieron a su alrededor.

—La Galia calla —dijo César.

Viridio, a su lado, respondió sin apartar la vista del bosque.

—Calla porque observa.

Lucio escuchó el silencio que siguió. No era el final. Solo un respiro.

Las jornadas empezaron a alargarse sin que nadie lo comentara.

La campaña no había tenido un final claro, solo un cansancio que se acumulaba día tras día.

Los Eburones se habían desvanecido entre bosques y barrancos, y la Décima avanzaba sin saber si perseguía enemigos o sombras.

Ambíorix no había aparecido. César no volvió a mencionarlo.

La campaña terminó sin un día señalado. Simplemente, un amanecer llegó sin órdenes de marcha. La Décima levantó el campamento con la misma disciplina de siempre, pero el aire tenía otro peso. Viridio pasó junto a Lucio.

—Volvemos al norte —dijo.

Lucio asintió. No preguntó por qué. Sabía que, si César no perseguía más sombras, era porque algo mayor se estaba gestando en otra parte.

Al caer la tarde, cuando la columna se detuvo junto a un arroyo, Eira apareció entre los seguidores civiles. Había estado atendiendo a los artesanos y muliones durante toda la campaña, moviéndose con la retaguardia. Se acercó a Lucio sin decir nada. Él dejó el casco a un lado.

—¿Ha terminado? —preguntó ella.

Lucio miró el bosque oscuro al otro lado del agua.

—Esto, sí.

Eira entendió el matiz. No era un final. Era un intervalo. Se sentó a su lado, con las manos apoyadas en las rodillas. La luz del fuego les iluminaba apenas el rostro.

—Los hombres hablan de un rumor —dijo ella—. Dicen que en el sur hay movimientos. Que los Arvernos [288] se reúnen.

Lucio no respondió de inmediato, mirando fijamente a las brasas. Había escuchado lo mismo en voz baja entre los centuriones. Nombres que volvían a aparecer. Clanes que antes no se hablaban y ahora enviaban mensajeros.

—Por eso nos acuartela en el norte —respondió él con voz grave—. César quiere que descansemos antes de que estalle el sur.

Eira bajó la mirada hacia el agua. El arroyo arrastraba ramas quemadas de incendios lejanos.

—¿Estás preparado?

Lucio pensó en la marcha interminable, en los bosques vacíos, en los enemigos que no se dejaban ver. Pensó en Ambíorix, en esa sombra que siempre parecía escapar entre los árboles cada vez que creían cercarlo [289] . Pensó en César, en su silencio calculado.

—Nadie lo está —respondió.

Eira no insistió. Se quedó a su lado mientras la noche avanzaba. No había palabras que pudieran cambiar lo que se acercaba. Solo la certeza, compartida sin necesidad de decirla, de que la guerra que venía sería distinta. Más grande. Más peligrosa. Más decisiva.

Cuando el fuego se consumió, Lucio se levantó.

—Mañana partimos.

Eira asintió. No preguntó adónde. Ambos sabían que el destino ya no dependía de ellos. Que la Galia entera estaba moviéndose, como si algo antiguo despertara bajo la tierra.

Y que el año que terminaba no sería recordado por lo que había pasado, sino por lo que estaba a punto de comenzar.

El regreso de César al castrum hibernum no fue celebrado. Tampoco fue silencioso. Fue recibido como se reciben las decisiones que ya han sido tomadas por la propia realidad antes de ser formuladas.

Los informes se acumulaban sobre la mesa del praetorium . Mensajeros agotados, tablillas incompletas, testimonios contradictorios. Todo hablaba de lo mismo, pero nada coincidía del todo. Los Eburones ya no eran un ejército. Tampoco una fuerza centralizada. Eran fragmentos en movimiento.

Viridio dejó el último informe sobre la mesa sin hablar. Lucio permanecía a un lado, observando a César sin atreverse a interpretar su silencio.

El procónsul no leía con prisa. Leía como quien busca no información, sino confirmación.

—No es una campaña —dijo al fin.

Nadie respondió.

César pasó los dedos por el borde de la tablilla más reciente.

—Sabino y Cota fueron el error inicial. Cicerón fue la advertencia. Esto —añadió, señalando el conjunto de informes— ya no es una secuencia de incidentes.

Levantó la vista.