La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 20 - El Asedio de los Sueños #4
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Capítulo 20 - El Asedio de los Sueños #4

—Lleva nuestra respuesta —le ordenó César—.

Si te capturan, no entenderán una palabra.

Nos encontramos ya en el último tramo, pero Cicerón debe saber que estamos cerca.

Si no logras romper el cerco para entrar, ata la carta al amentum de tu jabalina y lánzala con fuerza por encima de la empalizada romana [283] .

El jinete guardó el mensaje y partió al galope, aprovechando la oscuridad para sortear las patrullas enemigas.

Antes del amanecer del cuarto día, el emisario ya había cumplido su misión.

Sabiendo que el asedio era impermeable, había hecho silbar la correa de su lanza desde las sombras de la llanura para arrojar el proyectil sobre los muros antes de espolear su montura a la desesperada.

Durante los siguientes dos días, mientras la columna de Lucio avanzaba el último trayecto con extrema cautela para evitar emboscadas en los bosques, el proyectil permaneció inadvertido, confundido entre las astillas de la empalizada.

Fue al amanecer del sexto día, en el campamento sitiado, cuando un legionario de guardia descubrió con extrañeza la jabalina gala clavada firmemente en la madera de una de las torres defensivas.

Cicerón, avisado a toda prisa, desató la tablilla con dedos temblorosos y leyó el texto ante sus exhaustos oficiales: «César está en camino con las legiones; mantened el valor» .

El anuncio corrió por las líneas como un reguero de pólvora, devolviendo la vida a unos hombres que ya se daban por muertos [284] .

Esa misma mañana del sexto día, la columna de Lucio alcanzó por fin las posiciones exteriores del cerco y divisó las primeras señales: árboles talados, humo y un hormiguero de guerreros moviéndose en las laderas.

César ordenó detener la marcha solo para reorganizar la columna.

La Primera Cohorte tomó la vanguardia. Lucio sintió cómo la tensión recorría a sus hombres mientras observaba el imponente terraplén defensivo que bloqueaba el paso.

Desde lo alto, los Nervios comenzaron a lanzar una granizada de flechas y piedras de honda que silbaban sobre sus cabezas.

—¡No os detengáis! —bramó Viridio, cruzando la línea de vanguardia con zancadas firmes hacia la posición de la Primera Cohorte—. ¡Cerrad filas! ¡Formación en testudo !

— Testudinem formate! [285] —secundó Lucio a pleno pulmón, alzando su escudo—. ¡Cubrid los flancos!

El engranaje militar funcionó con precisión quirúrgica.

Los legionarios de la primera fila unieron sus escudos al frente, solapando los bordes de madera y cuero; las filas posteriores los izaron sobre sus cabezas de inmediato, creando un techo compacto y blindado que crujió bajo el impacto de los proyectiles galos.

Protegidos bajo el caparazón de hierro, la centuria de Lucio avanzá con un paso rítmico, pesado y constante, ascendiendo por la ladera hacia la empalizada enemiga mientras las jabalinas contrarias rebotaban inútiles contra las maderas.

A escasos veinte pasos del terraplén, justo donde la rampa se nivelaba, la estructura de la tortuga se abrió a la velocidad del rayo.

—¡Armas arriba! ¡Descarga! —gritó Lucio.

Los hombres de las filas traseras se asomaron con fuerza y lanzaron una salva masiva de pila .

El acero pesado hendió el aire helado e impactó de lleno en la masa de defensores.

Los proyectiles romanos atravesaron los escudos de mimbre de los Nervios, doblándose por el peso e inutilizando sus defensas; muchos cayeron de las plataformas antes de poder reaccionar.

—¡ Gladii en mano! —gritó Viridio, situándose en el vértice del ataque—. ¡Romped el muro!

La Primera Cohorte chocó contra la empalizada con la fuerza de un ariete humano.

Lucio sintió el impacto en los brazos, en los hombros, en los dientes, abriéndose paso por la brecha que el empuje de los veteranos de la Décima acababa de resquebrajar.

Los Galos, desarbolados por la velocidad del asalto y desprovistos de sus escudos dañados por los flejes de los pila , huyeron hacia las colinas.

César prohibió perseguirlos. El objetivo era Cicerón.

El campamento de la guarnición apareció ante ellos como una sombra ennegrecida por el humo.

Las torres estaban dañadas, las empalizadas humeaban, y los legionarios apenas podían mantenerse en pie.

Cicerón salió tambaleándose, con el rostro demacrado.

César lo sostuvo por los hombros. Viridio apartó a un soldado herido para abrir paso.

Lucio observó la escena con un nudo en la garganta.

La Décima entró en el campamento entre vítores apagados. No era celebración. Era alivio. Los supervivientes lloraban sin vergüenza. Los recién llegados compartían agua, mantas, pan duro. Lucio ayudó a un legionario de la guarnición a levantarse; el hombre no podía sostener su propio escudo.

César ordenó reorganizar las defensas, recoger a los heridos y preparar una salida segura. Ambas fuerzas trabajaron juntas durante horas, reforzando muros, levantando torres improvisadas, quemando las empalizadas enemigas para evitar que fueran reutilizadas.

Cuando cayó la noche, el cerco había desaparecido. Pero la amenaza no. Lucio lo sabía. Viridio también. César, mientras observaba las colinas, no dijo nada. No hacía falta. La Galia entera estaba en movimiento.

Eira recibió las primeras noticias al día siguiente, en la retaguardia de la columna, donde los lixae avanzaban más despacio.

Un mulio [286] que regresaba con una mula coja contó que «la Décima había roto el cerco» y que «Cicerón seguía con vida».

No sabía más. No podía saber más. Eira sintió que las piernas le temblaban, pero se obligó a seguir atendiendo a los clientes de su taberna ambulante.

No era alegría. Era alivio. Y también miedo.

Porque si César había tenido que marchar así, significaba que el invierno que se avecinaba no sería como los anteriores. Significaba que la guerra había cambiado.

El campamento quedó en silencio mucho antes de lo habitual. No era la calma de la seguridad, sino la tensión de quienes han sobrevivido a algo que aún no saben medir.

En el centro del praetorium , César permanecía de pie frente a una mesa cubierta de tablillas, informes y restos de cera rota. No había convocado formalmente consejo, pero ninguno de los presentes había considerado prudente retirarse.

Lucio observaba desde un extremo, aún con la armadura sin limpiar. Viridio estaba junto a la entrada, inmóvil, como si su función fuera recordar que el exterior seguía existiendo.

—Dos legiones comprometidas en el mismo invierno —dijo uno de los tribunos.

Nadie corrigió la palabra «comprometidas».

César no levantó la vista.

—No son dos accidentes —respondió.

El silencio se tensó un poco más.

Señaló la tablilla que había llegado de Cicerón, aún manchada en los bordes.

—Esto no es un ataque. Es un método.

—¿Un método? —preguntó otro oficial, con cautela.

Por fin César alzó la mirada.

—Un enemigo que no busca derrotarnos en campo abierto no está evitando la guerra. Está cambiando la forma de librarla.

Viridio frunció el ceño.

—¿Ambíorix?

César no respondió de inmediato.

—Ambíorix ha demostrado algo más grave que su traición —dijo al fin—. Ha demostrado que una legión puede ser destruida sin ser vencida en batalla.

El peso de la frase cayó en la sala sin necesidad de explicaciones.

Lucio sintió que varios oficiales evitaban mirarse entre sí.

—Si eso se acepta —continuó César—, entonces ninguna guarnición es segura. Ninguna marcha es neutral. Ningún invierno es refugio.

Se acercó a la mesa y apoyó la mano sobre el mapa extendido de la Galia.

—No estamos ante una revuelta localizada.

Marcó lentamente varios puntos con el dedo.

—Estamos ante una coordinación que todavía no entendemos.

Un tribuno intentó objetar.

—Pero los Eburones no tienen la capacidad…

—La tenían Sabino y Cota —lo interrumpió César, sin alzar la voz.

El oficial calló.

Viridio dio un paso adelante.

—¿Orden de concentración, entonces?

César asintió.

—Replegar guarniciones expuestas. Reforzar posiciones clave. Ninguna unidad debe permanecer aislada durante el invierno.

Hizo una pausa breve.

—Y ningún aliado galo debe ser considerado fiable sin control directo.

La última frase no fue una orden militar. Fue una ruptura.

Lucio lo comprendió antes que el resto: aquello no era solo una campaña contra los Eburones. Era el inicio de una guerra distinta dentro de la Galia entera.

Viridio no discutió la orden. Solo inclinó la cabeza.

—Se hará.

César volvió la vista hacia el exterior del campamento, donde la nieve seguía cayendo con una indiferencia absoluta.

—Ambíorix ha enseñado algo peligroso —dijo—. Ahora todos lo van a aprender.

El silencio que siguió no fue de respuesta, sino de comprensión.

Y por primera vez desde el inicio del invierno, Roma dejó de moverse como un conquistador.

Y empezó a moverse como un ejército que teme al territorio que ocupa.

El invierno terminó sin celebraciones [287] .

Cuando el tiempo de campaña volvió a abrir los caminos, César reunió a los legati , tribunos centuriones en el patio ennegrecido de Atuatuca.

No habló del desastre del año anterior. No habló de Sabino ni de Cota.

Señaló el mapa con el extremo del bastón.

—No esperaremos a que vuelvan a intentarlo.

Viridio, como primus pilus , se mantuvo a su lado. Lucio escuchó desde la segunda línea, con el resto de los centuriones. Las órdenes eran claras: avanzar en columnas ligeras, cortar rutas, impedir que los Eburones se reagruparan.

Las primeras aldeas aparecieron vacías. Hogares abandonados a toda prisa, carros volcados, huellas que se perdían en los bosques.

César ordenó quemarlas sin detener la marcha.

La Décima avanzó entre humo y madera húmeda que ardía despacio.

Lucio mantenía a su centuria en formación, vigilando los flancos.