Capítulo 20 - El Asedio de los Sueños #3
Los primeros grupos de Nervios aparecieron en las colinas que rodeaban el castrum hibernum al caer la tarde.
No avanzaban en formación ni mostraban enseñas: se movían como cazadores, en silencio, observando.
Quinto Tulio Cicerón, como legatus de la Undécima Legión, observaba la cresta desde la torre de la porta praetoria junto a su estado mayor.
Le bastó una mirada al horizonte para comprender que los veteranos de la Undecima iban a enfrentarse a algo mucho más grave que un simple hostigamiento.
—Son Nervios, domine —dijo el tribuno, ajustándose el capote de lana—. Reconozco los escudos altos. Y no vienen solos; distingo grupos de Eburones y Atuátucos entre los árboles.
—Ambíorix los ha cohesionado —murmuró Cicerón, con el rostro serio—. No han venido a saquear las tierras colindantes. Vienen a por nosotros.
Al amanecer del día siguiente, regresaron en número mayor.
Luego más. Y más. Para el tercer día, las laderas estaban cubiertas de figuras inmóviles, como si el bosque mismo hubiera decidido acercarse al perímetro romano.
Cicerón ordenó reforzar las empalizadas, revisar las reservas de grano y doblar las guardias.
Nadie en la guarnición ignoraba los oscuros rumores que llegaban del norte sobre el destino de Sabino y Cota, pero nadie sabía aún la magnitud real del desastre.
Los primeros ataques fueron breves, casi tácticos: una lluvia de jabalinas, un intento de incendiar una torre, un asalto nocturno contra una puerta secundaria.
Los legionarios resistieron con disciplina, pero cada golpe revelaba la misma intención: probar las defensas, medir la respuesta, desgastar.
Cicerón no se engañó. Aquello no era un asedio improvisado. Era un cerco calculado.
Intentó enviar mensajeros hacia el campamento de César.
El primero no regresó. El segundo tampoco.
El tercero apareció una mañana, clavado a un tronco frente a la empalizada, con las manos atadas y la boca llena de nieve.
El centurión primus pilus entró en la tienda de campaña de Cicerón con la coraza salpicada de escarcha.
—Han interceptado la tercera patrulla, legatus —informó el veterano, con la voz ruda—. Al jinete lo han colgado a la vista de la Novena Cohorte. ¿Ordeno salir a recuperar el cuerpo?
—No —respondió Cicerón sin levantar la vista de sus mapas—. Es lo que buscan, que rompamos la cohesion del vallum . Que lo descuelguen los exploratores en un relevo de guardia, sin tambores ni lamentos. Nadie comenta el mensaje en los contubernia .
Los Nervios demostraron entonces una pericia técnica que heló la sangre de los defensores. Utilizando espadas para cortar la hierba y cargando la tierra en sus propios sagula [277] , levantaron una empalizada propia, un foso y un terraplén de circunvalación que cortaba cualquier vía de escape.
—Están usando nuestra propia ingeniería contra nosotros —advirtió el tribuno, observando las obras enemigas—. Han aprendido de nuestras campañas anteriores. Miren allí: están montando torres de asedio móviles.
—Y las moverán en cuanto el suelo se congele —asintió Cicerón—. Aseguren los puestos de tiro.
La nieve cayó durante tres días seguidos.
Las tiendas se hundían bajo el peso. Los legionarios dormían con la armadura puesta, reparando las brechas de la empalizada bajo el fuego constante de los proyectiles enemigos.
Los ballistarii [278] mantenían las máquinas de torsión cubiertas con pieles engrasadas para evitar que el hielo inutilizara los tendones y las cuerdas.
Cicerón recorría el campamento sin descanso, hablando con los centuriones, relevando a los heridos, animando a los hombres con una serenidad que su propia salud, cada vez más resentida, no acompañaba.
Una noche, los Nervios lanzaron un ataque masivo. Al grito de guerra de miles de gargantas se sumó una lluvia de arcilla incandescente y flechas de fuego lanzadas con hondas, que prendieron de inmediato las techumbres de paja de los barracones. El viento extendió el humo, cegando a los defensores.
—¡Sostened el foso! —se oían los gritos del primus pilus en el sector de la Sexta Cohorte—. ¡No cedáis un palmo de la pasarela!
Desde lo alto de una de las torres de madera, un scorpio [279] comenzó a batir con precisión milimétrica la base del terraplén.
Un dardo de hierro atravesó el pecho del primer galo que portaba una antorcha; otro guerrero recogió la tea del suelo de inmediato y cayó fulminado por un segundo impacto antes de dar dos pasos.
Un tercero avanzó arrastrando los cadáveres de los anteriores, solo para ser cosido a la madera por la biela de torsión.
Los sirvientes de la máquina cargaban y disparaban sin pausa, sosteniendo la sección a ciegas entre el humo denso, hasta que el fuego de supresión barrió por completo el embudo de asalto.
Los romanos resistieron durante horas, combatiendo a ciegas contra las siluetas que trepaban por el vallum …
En los días siguientes, los rumores de los prisioneros se filtraron como agua entre las tablas: que Sabino había muerto; que Cota había caído luchando; que la Decimocuarta había sido destruida; que Ambíorix guiaba en persona a las hordas que los rodeaban.
Nadie sabía qué era cierto. Nadie sabía qué era exageración.
Pero todos sabían que estaban completamente solos.
Cicerón confiaba en que la fortuna permitiera que César reaccionara a tiempo.
Observando las laderas desde la torre, sabía que las posibilidades eran ínfimas; el mensajero que los galos habían ejecutado frente a sus caras era la prueba de que el cerco era impermeable.
Ignoraba si alguna de sus cartas desesperadas había logrado burlar las patrullas enemigas o si yacían perdidas en el fango junto a los cuerpos de sus jinetes.
No había margen para el optimismo: si ninguna de aquellas tablillas había alcanzado el castrum de César, la guarnición entera estaba condenada.
A varios días de marcha, Lucio y Eira escucharon las primeras noticias en boca de un comerciante nervio que había abandonado su poblado hacia el sur.
No hablaba con claridad. No sabía fechas.
No sabía nombres. Solo repetía que «los romanos habían sido barridos en el norte».
Lucio intentó obtener más detalles, pero el hombre temblaba demasiado para responder.
Eira observó el rostro de Lucio mientras escuchaba. No dijo nada. No era necesario. Ambos comprendieron que el invierno que se avecinaba no sería como los anteriores. La Galia entera parecía contener un grito que aún no había estallado.
En su campamento, Cicerón seguía resistiendo. Pero cada día que pasaba, el cerco de los Nervios se estrechaba un poco más.
Las primeras noticias llegaron a César mientras inspeccionaba los cuarteles del norte.
No eran informes completos, sino fragmentos trágicos: un aliado que hablaba de una gran revuelta en la Galia Bélgica; un speculator [280] que aseguraba que Atuatuca había caído y que las legiones de Sabino y Cota habían sido exterminadas; un mensajero exhausto que confirmaba que los Nervios y los Eburones marchaban ahora hacia el sur, directos a cercar el campamento de Cicerón.
Nada encajaba del todo, pero todo apuntaba al colapso del frente septentrional.
Lucio escuchó los rumores mientras revisaba la formación de la Primera Cohorte.
Viridio, a su lado, no dijo nada, pero su expresión endurecida bastaba para entender que algo grave se avecinaba.
El campamento se alteró cuando llegó el mensaje de Cicerón: una carta escondida en un pilum , entregada por un esclavo galo enviado por el noble Verticón que apenas podía mantenerse en pie [281] .
Al leer los caracteres griegos que describían la desesperada situación, el rostro de César se mudó en una máscara de piedra.
—Formación inmediata —ordenó César a sus oficiales con una chispa fría en los ojos—. Salimos, magnis itineribus … ahora [282] .
La Décima respondió como un solo cuerpo.
Los centuriones corrieron a sus puestos, los legionarios recogieron los scuta aún húmedos por la escarcha, y los signiferi levantaron los estandartes sin necesidad de que nadie los llamara.
Lucio tomó su posición al frente de la Segunda Centuria de la Primera Cohorte.
Viridio se situó junto a César, como correspondía al primus pilus .
La marcha comenzó sin descanso. La nieve alcanzaba las pantorrillas y el viento cortaba la piel como un látigo.
Lucio avanzaba con la mandíbula apretada, marcando el ritmo de su centuria.
Cada paso era un esfuerzo, cada respiración un dolor.
Pero nadie aflojaba. La presencia de César, caminando a pie entre los hombres, sin capa y sin escolta visible, era suficiente para mantener la columna unida.
Viridio recorría la línea de vanguardia, corrigiendo posiciones, ajustando intervalos, animando a los hombres con frases breves. Lucio lo observaba de reojo: incluso en aquel infierno blanco, el primus pilus parecía hecho de hierro.
La marcha se convirtió en una sucesión de imposibles.
Cruzaron ríos helados sin puentes, abrieron sendas en bosques donde no había caminos, avanzaron de noche guiados por antorchas que el viento apagaba una y otra vez.
Los exploratores regresaban con informes contradictorios: aldeas abandonadas, señales de humo, movimientos enemigos en las colinas.
La Galia entera parecía moverse contra ellos.
Al caer la noche del tercer día de marcha, tras haber acortado distancias a paso forzado y encontrándose ya a una distancia que un jinete podía cubrir en unas horas de cabalgada, César mandó llamar a uno de sus hombres de confianza de la caballería gala.
Le entregó una pequeña tablilla sellada, escrita en caracteres griegos.