Capítulo 20 - El Asedio de los Sueños #2
—Os ofrezco algo más que mi palabra. Os ofrezco un salvoconducto.
Se volvió hacia la puerta abierta del praetorium .
—Si partís, ningún eburón os atacará. Lo juro por los dioses de mi pueblo.
Los tribunos guardaron silencio.
Incluso Cota vaciló un instante.
Ambíorix percibió la duda y decidió apretar más.
—No he venido como enemigo. Si lo fuera, ya tendríais guerreros rodeando estas empalizadas. He venido porque César me ayudó cuando nadie más lo hizo. Esta es la única forma que tengo de devolver aquella deuda.
Nadie respondió.
Finalmente, el eburón inclinó de nuevo la cabeza.
—He dicho cuanto debía decir.
Se dio media vuelta y abandonó el praetorium sin esperar respuesta.
Los presentes escucharon durante unos segundos el sonido de los cascos alejándose hacia la puerta del campamento.
Luego volvió el silencio.
Sabino fue el primero en romperlo.
—¿Y si tiene razón?
Cota clavó la mirada en él.
—Eso es exactamente lo que quiere que nos preguntemos.
La nieve había comenzado a cubrir los claros del bosque cuando Ambíorix convocó a los principales jefes eburones.
La reunión tuvo lugar lejos de los caminos, en una arboleda sagrada donde los robles formaban un círculo natural alrededor de una gran piedra ennegrecida por antiguos sacrificios. El fuego ardía en el centro, proyectando sombras inquietas sobre los rostros de los presentes.
Nadie hablaba en voz alta. Todos conocían el motivo de aquella convocatoria.
Ambíorix permaneció de pie junto al fuego. Esperó hasta que el último de los jefes tomó asiento antes de dirigirles la palabra.
—Induciomar ha muerto —dijo.
Nadie respondió.
—Y precisamente por eso Roma cree que ha vencido.
Algunos asintieron en silencio.
—Las legiones están dispersas. Sus campamentos se encuentran separados por jornadas enteras de marcha. César está lejos. Labieno vigila a los Tréveros. Y los romanos creen que el invierno los protege.
Uno de los ancianos golpeó el suelo con el extremo de su bastón.
—Los romanos siempre regresan.
—Sí —respondió Ambíorix—. Pero primero deben sobrevivir al invierno.
El murmullo que recorrió el círculo fue breve.
Otro jefe, más joven, se inclinó hacia delante.
—¿Hablas de atacar un campamento?
—Hablo de destruir una legión.
El silencio fue inmediato.
Incluso los hombres más veteranos intercambiaron miradas de incredulidad.
—¿Una legión? —repitió uno de ellos—. Ni siquiera los Nervios lo consiguieron cuando Roma era más débil.
Ambíorix observó las llamas durante unos instantes.
—No la derrotaremos en una batalla.
Levantó entonces la vista.
—La obligaremos a derrotarse a sí misma.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Fue Catuvolco, el anciano rey que compartía con él el gobierno de los Eburones, quien habló por primera vez [276] .
—Explícate.
Ambíorix asintió.
Tomó una rama y trazó varias líneas sobre la nieve acumulada junto al fuego.
—Aquí está el campamento de Sabino y Cota.
Marcó un punto.
—Aquí los bosques.
Otro punto.
—Y aquí el valle.
Los presentes siguieron el dibujo en silencio.
—No iremos contra sus murallas. No desperdiciaremos hombres contra sus fosos. Les diremos que un gran ejército germano ha cruzado el Rin y que toda la Galia se ha levantado. Les ofreceremos una salida.
Uno de los jefes soltó una carcajada incrédula.
—¿Y esperas que un romano crea eso?
—No todos los romanos son César.
La respuesta provocó algunas sonrisas sombrías.
Ambíorix continuó:
—Si permanecen en el campamento, no podremos tocarlos. Pero si abandonan las empalizadas… si marchan cargados con su equipaje… si entran en el valle…
No terminó la frase.
No era necesario.
Los hombres reunidos alrededor del fuego comprendieron el resto por sí mismos.
Catuvolco observó el dibujo largo rato.
—Y si no aceptan abandonar el campamento.
—Entonces esperaremos.
Ambíorix sonrió apenas.
—Pero aceptarán.
El anciano rey estudió el rostro de su compañero.
Por primera vez aquella noche, pareció convencido.
—Entonces que los dioses decidan.
—No —corrigió Ambíorix—. Esta vez decidiremos nosotros.
El fuego crepitó entre ambos.
Y mientras la nieve seguía cayendo sobre los bosques de los Eburones, el plan que cambiaría el curso del invierno comenzó a tomar forma.
La marcha comenzó al amanecer, cuando la escarcha todavía no se había retirado de las hojas y el aire cortaba la piel como una lámina fina.
La columna romana abandonó el campamento en silencio, no como una decisión unánime, sino como una solución impuesta por la duda: quedarse era arriesgarlo todo; partir, aceptar la palabra de un hombre en quien ya no podían confiar del todo.
—Si esto es una mentira, no habrá vuelta atrás —murmuró uno de los tribunos mientras ajustaba el correaje.
Sabino lo oyó, pero no respondió. Cota caminaba unos pasos más adelante, mirando el terreno como si pudiera obligarlo a confesar su intención.
—No me gusta este valle —dijo finalmente.
—A mí tampoco —respondió Sabino—. Pero es el único paso.
Los estandartes avanzaban al frente, seguidos por las primeras cohortes en formación cerrada.
Tras ellas venían las mulas de carga, los carros y el largo tren de bagajes que convertía cualquier desplazamiento en una pequeña ciudad en movimiento.
Sabino insistía en mantener el orden; Cota, en vigilar los flancos.
Ninguno de los dos discutía ya la decisión tomada la noche anterior, pero la desconfianza seguía viva entre ellos, como una herida que no había dejado de sangrar.
Ambíorix no acompañó la columna.
Había partido antes, alegando la necesidad de reunir a los jinetes que debían escoltar la marcha. Su ausencia no levantó sospechas. Al contrario, reforzó la sensación de seguridad: si los Eburones iban a traicionarles, su rey no habría desaparecido tan cuidadosamente del camino.
El valle apareció tras una última línea de colinas bajas. No era un lugar peligroso a simple vista. Amplio en su entrada, cerrado en su fondo por laderas cubiertas de bosque, con un curso de agua helado que serpenteaba entre la nieve. Los exploradores no informaron de presencia enemiga.
—Es el único paso —dijo uno de los tribunos.
Sabino detuvo su caballo un instante. Cota hizo lo mismo a su lado.
—Entonces es el que tomaremos —dijo al fin Sabino.
—O el que nos obliga a entrar —añadió Cota en voz baja.
La columna se alargó al entrar en el valle. La vanguardia avanzó con cierta confianza; el centro comenzó a comprimirse por la estrechez del terreno; la retaguardia aún no había abandonado el llano cuando los primeros ecos llegaron desde las alturas.
—¡Formación! —gritó Sabino.
—¡No en este terreno! —respondió Cota al instante.
No fue un cuerno. No fue una orden. Fue un grito sin forma definida, como si el bosque entero hubiera decidido hablar a la vez.
Las jabalinas cayeron después.
— Scuta tollite! —rugió un centurión.
Al principio, pocas. Después, una lluvia irregular que se volvió constante en cuestión de segundos. Procedían de ambos lados del valle, ocultas entre los árboles y la pendiente nevada. Los romanos intentaron formar, pero el espacio no lo permitía: las filas se rompían antes de consolidarse.
—¡Hacia delante, hacia la salida! —ordenó Sabino.
—¡Manteneos firmes, no rompáis la línea! —contradijo Cota.
Ambas órdenes se cruzaron en el aire sin llegar a encontrarse, y la columna obedeció a las dos a la vez, lo que la destruyó más rápido que cualquier ataque.
Entonces los Eburones descendieron.
No lo hicieron como un ejército regular, sino como una masa dispersa que conocía cada roca, cada árbol, cada sombra del terreno. Golpeaban y retrocedían, desaparecían entre los bosques y reaparecían más abajo, más cerca, más rápido de lo que el ojo romano podía seguir.
—¡No persigáis! ¡Reagrupaos! —gritaba Cota.
—¡No hay espacio para reagrupar! —le devolvió un tribuno con la voz rota.
La nieve, que hasta entonces había sido un obstáculo menor, se convirtió en enemigo. Los escudos pesaban más. El terreno resbalaba. Las formaciones se deshacían antes de cerrarse.
Cota cayó primero en una de las pendientes, rodeado de hombres que intentaban abrir espacio con las espadas cortas.
—¡COTA! —se oyó desde la línea romana, pero el grito se perdió en el valle.
Sabino permaneció en el centro de la columna, intentando aún coordinar lo imposible.
—¡Manteneos conmigo! —ordenaba—. ¡Formad aquí!
Pero ya no había columna, solo grupos aislados que luchaban por separado.
Los tribunos comenzaron a morir uno a uno.
—¡Estandarte atrás! —gritó alguien.
El signifer cayó antes de poder obedecer.
Cuando la tarde empezó a oscurecer el fondo del valle, la resistencia había dejado de ser una línea para convertirse en fragmentos. Ya no había maniobra, solo supervivencia.
Sabino cayó finalmente cerca de la salida del valle, rodeado por los últimos hombres de su escolta.
—Retirada… —alcanzó a decir, pero nadie pudo ejecutarla.
No hubo negociación. No hubo retirada. Solo el cierre definitivo de un círculo que nunca debió abrirse.
Los Eburones no persiguieron más allá de lo necesario. No era una batalla para ser prolongada, sino consumada.
Cuando el silencio volvió, lo hizo de forma gradual, como si incluso el bosque necesitara tiempo para aceptar lo ocurrido.
Ambíorix apareció al borde del valle cuando la lucha ya había terminado.
No descendió entre los cadáveres. No cruzó el terreno quebrado. Se limitó a observar desde la altura, donde el viento arrastraba aún el eco de los gritos.
Un jefe eburón se acercó a él, esperando una señal.
—¿Perseguimos? —preguntó.
Ambíorix tardó en responder.
—Que nadie persiga más allá del valle —dijo al fin— Que la Galia despierte.
El hombre asintió y desapareció entre los árboles.
Ambíorix permaneció solo.
El invierno seguía cayendo, imperturbable.
Y en algún lugar más allá de los bosques, Roma empezaba a entender que el error no había sido la marcha.
Sino haberla aceptado.
La Galia había dejado de contener el aliento. Ahora respiraba fuego.