Capítulo 20 - El Asedio de los Sueños
«Territa quaesitis ostendit terga Britannis… tunc quoque, Gallia, libera eras». (Mostró las espaldas aterradas a los Britanos a los que había buscado… entonces también, Galia, eras libre).
E L INVIERNO HABÍA caído sobre la Galia con un silencio que no era paz.
Tras la campaña en Britannia , las legiones se dispersaron por sus castra hiberna , y César, ocupado en reorganizar el territorio, aún no había regresado al interior.
En su ausencia, los rumores crecían como maleza: movimientos entre los Tréveros, mensajeros que no regresaban, jefes que hablaban demasiado bajo y demasiado tarde.
Labieno conocía ese silencio. No era el de la calma, sino el de la espera. Y la espera, en la Galia, siempre anunciaba algo peor.
Los informes llegaban desde el Mosela con una regularidad inquietante.
Induciomar, que nunca había aceptado la sumisión, recorría los clanes con la obstinación de quien sabe que el tiempo juega a su favor.
Los jóvenes Tréveros se reunían en los claros del bosque.
Los ancianos callaban. Los druidas no aparecían en los mercados.
Induciomar no actuaba a ciegas. Había enviado emisarios a los Remos, a los Nervios y a los Eburones, tanteando alianzas, prometiendo que Roma estaba debilitada tras la campaña en Britannia .
Sus hombres interceptaban correos, hostigaban a los comerciantes que viajaban bajo protección romana y difundían rumores de que César no regresaría hasta la primavera.
Era una guerra de sombras, pero cada sombra tenía un propósito.
En los vados del Mosela, grupos de jinetes tréveros practicaban maniobras al amanecer, como si se prepararan para una campaña que nadie había declarado.
En los poblados, los herreros trabajaban más horas de las habituales, y los almacenes de grano se cerraban con una cautela que no era propia del invierno.
Incluso los druidas, siempre prudentes, habían empezado a hablar de señales en el cielo y de un tiempo propicio para recuperar la libertad.
Labieno recibió también noticias de que Induciomar había convocado a los jefes menores en un santuario del bosque de Arduenna [272] .
No era una asamblea abierta, sino un consejo restringido, de los que solo se celebraban cuando un pueblo se preparaba para romper un juramento.
Ningún romano fue invitado. Ningún aliado quiso asistir.
Y ninguno de los que acudieron habló después.
Labieno no necesitaba más señales. La rebelión no había estallado aún, pero respiraba bajo la tierra.
Aquella tarde, mientras la lluvia golpeaba suavemente las cubiertas de cuero del praetorium , reunió a sus tribunos.
—Induciomar vuelve a presentarse cada día ante el campamento —dijo uno de ellos—. Cabalga fuera del alcance de nuestras armas, nos provoca y luego desaparece.
—Quiere que salgamos —añadió otro—. Quiere arrastrarnos a una emboscada.
Labieno observó el mapa extendido sobre la mesa.
—Lo sé.
Los oficiales intercambiaron miradas.
—Entonces seguiremos detrás de las empalizadas —dijo el primero.
Labieno levantó la vista.
—Eso es lo que quiero que crea Induciomar.
El silencio que siguió fue breve.
—¿Pretendéis tenderle una trampa? —preguntó un tribuno.
—No. Pretendo dejar que se tienda la suya.
Una leve sonrisa recorrió algunos rostros veteranos.
—Mañana volverá —continuó Labieno.
—¿Y si no lo hace?
—Volverá. Los hombres orgullosos siempre vuelven cuando creen que el miedo les pertenece.
Las órdenes se transmitieron antes del anochecer. Parte de la caballería permanecería oculta. Los exploratores vigilarían todos los accesos. El campamento aparentaría la misma pasividad de los días anteriores.
Al amanecer, Induciomar apareció de nuevo.
Cabalgaba al frente de varios cientos de jinetes tréveros, recorriendo el perímetro romano con arrogancia calculada. Sus hombres lanzaban insultos en lengua gala y agitaban las lanzas hacia las empalizadas.
Desde las defensas, los legionarios observaban sin responder.
—Está demasiado confiado —murmuró un oficial junto a Labieno.
—Eso espero —respondió el legado.
Durante horas, los Tréveros repitieron la misma maniobra. Se acercaban. Gritaban. Retrocedían. Volvían a acercarse.
Induciomar estaba convencido de que los romanos no abandonarían la seguridad del campamento.
Entonces sonó la señal.
Las puertas se abrieron de golpe.
La caballería romana salió en tromba, seguida por los jinetes germanos aliados. El movimiento fue tan repentino que durante unos instantes los Tréveros quedaron inmóviles, incapaces de comprender lo que sucedía.
—¡Ahora! —gritó Labieno.
La llanura se llenó de cascos, barro y acero.
La formación trévera se quebró casi de inmediato. Lo que había comenzado como una exhibición de fuerza se transformó en una retirada desordenada.
Induciomar comprendió el peligro demasiado tarde.
Espoleó su caballo hacia un vado del río, intentando alcanzar la protección del bosque. A su alrededor, los nobles que formaban su escolta trataban de abrirle paso.
—¡Es él! —gritó uno de los germanos.
Varios jinetes cambiaron de dirección al mismo tiempo.
La persecución fue breve.
Una lanza alcanzó a Induciomar por la espalda. El jefe trévero se inclinó sobre la silla, luchando por mantenerse erguido. Otra arma golpeó al caballo, que se encabritó violentamente.
Ambos cayeron.
Cuando los perseguidores llegaron hasta él, la huida había terminado.
El combate continuó unos minutos más, dispersándose entre los árboles y los campos inundados por las lluvias del invierno. Después, el silencio regresó al valle.
Labieno se acercó al cuerpo sin prisa. No sonrió. No había alegría en aquello, solo la sensación de haber eliminado una amenaza antes de que creciera.
—Que lo vean —ordenó—. Que sepan que Roma sigue aquí.
Los Tréveros quedaron descabezados. Pero la Galia, lejos de calmarse, pareció contener el aliento. La muerte de Induciomar no apagó el fuego: solo lo desplazó hacia otro lugar.
Y en ese lugar, Ambíorix [273] ya estaba esperando.
La noticia de la muerte de Induciomar empezó a extenderse por los bosques del norte. Para muchos pueblos, aquello no fue un aviso, sino una invitación. Entre ellos, ninguno escuchó con más atención que Ambíorix.
Ambíorix no lamentó la caída del trévero.
Comprendió de inmediato lo que significaba: un vacío, una grieta en la estructura de poder que Roma había impuesto, una oportunidad que solo podía aprovecharse en invierno, cuando las legiones estaban dispersas y los caminos se volvían traicioneros.
Los Eburones, que conocían cada vaguada y cada sendero oculto bajo la escarcha, eran dueños de la estación fría.
Durante semanas, Ambíorix recorrió los poblados de su pueblo.
No hablaba de rebelión abierta; hablaba de prudencia, de previsión, de la necesidad de actuar antes de que Roma lo hiciera.
Los jóvenes se entrenaban en los bosques, los ancianos afilaban armas que llevaban años colgadas en las paredes, y los druidas murmuraban que los dioses habían devuelto a la Galia un tiempo propicio.
Nadie pronunciaba la palabra «guerra», pero todos la escuchaban.
Cuando consideró que el terreno estaba preparado, Ambíorix dio el primer paso.
El campamento romano se alzaba cerca de Atuatuca [274] , sobre una suave elevación, protegido por el vallum y las zanjas que los legionarios habían levantado siguiendo una rutina tan antigua como el propio ejército.
Desde las empalizadas, los centinelas observaron con desconfianza al pequeño grupo de jinetes que se aproximaba portando ramas en señal de paz.
—Eburones —murmuró uno de ellos.
La noticia llegó rápidamente al praetorium , donde Quinto Titurio Sabino y Lucio Aurunculeyo Cota revisaban los últimos informes recibidos de las patrullas [275] .
—¿Cuántos son? —preguntó Cota.
—No más de una docena.
Sabino frunció el ceño.
—¿Y al frente va Ambíorix?
—Sí, legatus .
Los dos oficiales intercambiaron una mirada.
Ambíorix no era un desconocido. Hacía años que mantenía relaciones con Roma. Había recibido favores de César. Había jurado lealtad. Precisamente por eso su presencia resultaba inquietante.
—Que entre —ordenó Cota.
Poco después, el rey eburón cruzó las puertas del campamento acompañado únicamente por unos pocos nobles de confianza. Caminaba sin armas visibles y con una expresión grave que parecía impropia de quien acudía a negociar.
Se detuvo ante los dos legados e inclinó ligeramente la cabeza.
—Sabino. Cota.
—Ambíorix —respondió Cota—. No esperábamos tu visita.
—Precisamente por eso he venido.
Durante unos instantes guardó silencio, como si le costara ordenar las palabras.
—Os debo mucho. César me trató con generosidad cuando otros habrían exigido más de mi pueblo. No lo he olvidado.
Sabino observó al eburón con atención.
—Entonces habla claro.
Ambíorix asintió.
—La Galia entera se está levantando.
El silencio cayó sobre la estancia.
Uno de los tribunos presentes soltó una breve carcajada incrédula, pero Ambíorix ni siquiera volvió la cabeza.
—Mensajeros de los Nervios, de los Atuatucos y de pueblos más lejanos han recorrido los caminos durante semanas. Han fijado una fecha común. Cuando llegue, todos atacarán a la vez.
—¿Y por qué nos lo cuentas? —preguntó Cota.
—Porque no quiero que muráis aquí.
La respuesta fue tan inmediata que varios oficiales se miraron entre sí.
Ambíorix avanzó un paso.
—Escuchadme bien. No puedo detener lo que se acerca. Ni siquiera soy dueño ya de las decisiones de mi pueblo. Los jóvenes exigen guerra. Los nobles hablan de libertad. Si permanecéis en este campamento, quedaréis aislados cuando llegue el ataque.
Sabino apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Y qué propones?
—Marchad. Ahora. Antes de que sea demasiado tarde.
—¿Adónde?
—Al campamento más próximo. Al de Labieno. Al de Cicerón. A cualquier lugar donde podáis reuniros con más tropas.
Cota negó lentamente con la cabeza.
—Nos pides que abandonemos un campamento fortificado basándonos únicamente en tu palabra.
Por primera vez Ambíorix dejó entrever una sombra de impaciencia.