La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 19 - La Sumisión de los Reyes Britanos #7
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Capítulo 19 - La Sumisión de los Reyes Britanos #7

Lucio bajó la mirada un instante. No era rechazo. Era conflicto. Era la imagen de Fadia en Roma, intacta en su memoria, enfrentándose a la presencia viva de Eira ante él.

—No sé qué puedo ofrecerte —dijo al fin—. No sé qué va a pasar cuando regresemos a Roma.

Eira entendió. No necesitaba que él pronunciara el nombre. Sabía que había otra. Lo había visto en su mirada cada vez que se quedaba en silencio junto al fuego.

—No te pido que elijas —respondió ella—. Solo que no me apartes. Lo demás… lo demás ya llegará. Si los dioses así lo quieren…

Lucio levantó la vista. Eira no lloraba, no temblaba, no suplicaba. Era firme, serena, decidida. Una mujer que había cruzado un mar por voluntad propia.

—No te apartaré —dijo él, con una honestidad que lo sorprendió.

Eira asintió. No sonrió. No hacía falta. Entre ambos, el silencio tenía un peso nuevo: no era promesa, pero tampoco era distancia.

Era el comienzo de algo nuevo y diferente.

En Roma, la noticia llegó sin alterar la calma de la burocracia.

Como todas las que llegaban desde todos confines conocidos.

Un mensajero del Senado entregó los informes sellados procedentes de la Galia y se retiró sin más palabras.

La campaña en Britannia había concluido.

Casivelauno había aceptado las condiciones.

Mandubracio era reconocido como rex cliens .

Las legiones habían regresado a la Galia.

En la Curia, los escribas registraron los datos con la precisión habitual.

No había debate ni celebración: solo la constatación de un hecho militar que, para Roma, era uno más entre muchos.

El nombre de César aparecía en las tablillas, pero no en los discursos.

Su ausencia física lo hacía menos presente, pero no menos influyente.

Un senador de los optimates revisó el informe con gesto neutro.

—Ha sido rápido —dijo—. Más rápido de lo que esperábamos.

Otro, más joven, respondió sin levantar la vista de la tablilla.

—Rápido, sí. Pero no decisivo. Britannia no es una provincia. No aporta tributos. No cambia nada aquí.

El primero cerró la tablilla con un chasquido seco.

—Lo que cambia es la percepción. Mientras César siga acumulando victorias, aunque sean menores, seguirá acumulando prestigio. Y mientras no regrese a Roma, seguirá siendo imprevisible.

En una sala lateral, un funcionario del Senado ordenaba los informes recién llegados. Uno de ellos, más grueso que los demás, contenía las comunicaciones de Labieno desde el Mosela. El funcionario lo hojeó con rapidez.

—Los Tréveros vuelven a moverse —murmuró—. Y César aún no ha llegado a la Galia interior.

Su colega, más veterano, respondió sin levantar la vista de su tablilla: —Cuando esté allí, lo notarán todos. No hace falta que lo anunciemos nosotros.

El funcionario asintió. La maquinaria administrativa de Roma avanzaba con lentitud; la de César, con una velocidad que la ciudad no podía igualar.

En el exterior, el Foro seguía su ritmo habitual. Los comerciantes discutían precios, los clientes negociaban, los magistrados cruzaban la plaza rodeados de lictores. Nadie hablaba de Britannia . Nadie mencionaba a Casivelauno. Para la ciudad, era un asunto lejano, casi irrelevante.

Pero en los despachos del Senado, en las tablillas recién archivadas, en los murmullos de los optimates , había una certeza silenciosa: César no había vuelto a Roma, pero su ausencia seguía pesando.

En una sala anexa a la Curia, lejos del bullicio del Foro, dos hombres revisaban los mismos informes que los escribas acababan de archivar. Pompeyo sostenía la tablilla con una mano, sin mostrar emoción alguna. Craso, sentado frente a él, hojeaba otra con gesto distraído.

—Breve campaña —dijo Pompeyo al fin—. Limpia. Sin complicaciones.

Craso asintió, sin levantar la vista.

—Y sin beneficios. Lo que llaman tributo allí es incierto y lejano. Britannia no aporta riqueza, ni botín, ni rutas nuevas.

Pompeyo dejó la tablilla sobre la mesa.

—Pero aporta prestigio. Y César no deja de acumularlo.

Craso sonrió apenas, con una ironía que no ocultaba su desinterés.

—Prestigio remoto. El pueblo no sabe dónde está Britannia . Y los que lo saben, no les importa.

Pompeyo no respondió de inmediato. Miraba el sello roto del informe, como si en él pudiera leerse algo más que una victoria menor.

—Lo que importa —dijo al fin— es que regrese pronto a la Galia. Si la deja sola demasiado tiempo, otros llenarán el vacío.

Craso cerró su tablilla con un chasquido.

—Volverá a tiempo. Siempre lo hace. Y cuando esté allí, los Tréveros dejarán de ser un problema.

Pompeyo asintió, aunque su expresión seguía siendo inescrutable.

—Mientras no regrese a Roma —dijo—, el equilibrio se mantiene.

Craso se levantó, ajustándose la toga.

—Roma puede esperar. Oriente no [271] .

Ambos abandonaron la sala sin más palabras. Los informes quedaron sobre la mesa, fríos, precisos, archivados. En ellos se hablaba de Britannia , de rehenes, de clanes sometidos. Pero en Roma, lo que importaba no era la isla lejana, sino el hombre que no había vuelto.