Capítulo 19 - La Sumisión de los Reyes Britanos #6
Viridio fue el primero en recibirlos. Lucio se encontraba junto a él cuando uno de los jinetes desmontó con visible agotamiento y le entregó un tubo de cuero sellado.
—Mensaje de Quinto Atrio para el procónsul —dijo el mensajero entre respiraciones agitadas—. Procede del campamento naval.
Viridio rompió el sello y leyó rápidamente el contenido. A medida que avanzaba, una leve sonrisa apareció en su rostro curtido.
—¿Qué ocurre? —preguntó Lucio.
—Casivelauno ha jugado su última carta.
Le tendió el mensaje.
Lucio leyó las líneas principales: ataque nocturno de los Cantios, intento de incendiar las naves, asalto simultáneo contra el vallum , rechazo completo de los atacantes y retirada al amanecer.
—Han fracasado —dijo.
Viridio asintió.
—Y apostaría mi paga a que Casivelauno ya lo sabe.
Ambos se dirigieron de inmediato a la tienda de César. El procónsul escuchó el informe sin interrumpirlos. Cuando Viridio terminó, César permaneció unos instantes en silencio.
—Entonces ya está decidido —dijo al fin.
—¿Creéis que intentará escapar? —preguntó Lucio.
César negó con la cabeza.
—No. Si hubiera tenido una salida, la habría encontrado esta noche.
La llegada de la noticia, hizo que la tensión en el campamento que rodeaba el oppidum cambiara de forma perceptible. Ya no era espera: era resolución inevitable.
Con el sol del mediodía, las puertas se abrieron por primera vez desde el inicio del cerco.
Un pequeño grupo de emisarios descendió por la colina portando ramas en alto. No llevaban armas. Los centinelas romanos los condujeron hasta la línea exterior del campamento.
—Casivelauno desea poner fin a la guerra —dijo el más anciano—. Solicita una reunión con el procónsul en un punto neutral entre las líneas.
La petición fue aceptada. Antes de que terminara la jornada, ambos bandos acordaron un encuentro al amanecer en el valle, entre el oppidum y las posiciones romanas.
La mañana siguiente llegó envuelta en una neblina tenue que no ocultaba el oppidum , sino que lo hacía parecer más silencioso, más resignado.
Las empalizadas seguían en pie, pero ya no había movimiento en ellas. Los Britanos observaban desde la distancia, sin gritos ni amenazas. Era el silencio de quienes saben que la guerra ha terminado.
César avanzó hacia el punto acordado acompañado por su escolta y por Mandubracio, que caminaba con la tensión contenida de quien está a punto de recuperar un trono que nunca pudo defender por sí mismo.
Los Trinovantes formaban a un lado, no como guerreros, sino como testigos de un cambio político que los beneficiaba.
Los emisarios britanos aguardaban en un claro cercano, con ramas en alto y sin armas visibles. Entre ellos había nobles de varios clanes, hombres que habían seguido a Casivelauno durante años y que ahora parecían más cansados que orgullosos.
El más anciano habló primero.
—Casivelauno acepta las condiciones —dijo—. Entregará rehenes, cesará toda hostilidad y reconocerá la autoridad de Roma sobre los Trinovantes. Pide solo que su pueblo no sea castigado.
César asintió con gravedad.
—Roma no castiga a quienes aceptan la paz —respondió—. Pero exige que se cumpla lo pactado. Casivelauno conservará su vida y su rango entre los suyos, pero no volverá a levantar armas contra nosotros.
Los emisarios inclinaron la cabeza. No era una humillación, sino una salida digna para un líder que había llevado a su pueblo tan lejos como podía.
César hizo un gesto a Mandubracio para que diera un paso adelante.
—Mandubracio, hijo de Imanuencio —dijo el procónsul—, los Trinovantes te reconocen como su rey. Roma también. Desde hoy serás rex cliens [269] bajo la protección del pueblo romano.
Mandubracio inclinó la cabeza.
—Serviré a Roma con lealtad.
César se volvió hacia los emisarios britanos.
—Transmitid a Casivelauno que la guerra ha terminado.
Los Britanos se retiraron en silencio.
Viridio se acercó a César mientras los legionarios comenzaban a levantar el campamento.
—¿Regresaremos al continente? —preguntó.
—Sí —respondió César—. Casivelauno ha aceptado nuestras condiciones. No hemos venido a gobernar Britannia, sino a demostrar que Roma puede llegar hasta ella [270] .
Lucio miró hacia el mar. El viaje de regreso estaría pronto en marcha.
En la Galia, las noticias que llegaban desde Britannia recorrían los caminos con una rapidez sorprendente. Comerciantes, mensajeros y aliados repetían la misma historia: Casivelauno estaba cercado y César imponía sus condiciones más allá del mar.
Entre los Tréveros, aquellas noticias actuaban como una cuña. Durante semanas, Induciomar había insistido en que la ausencia del procónsul demostraba la debilidad de Roma. Ahora muchos comenzaban a preguntarse cuánto tiempo tardaría en regresar.
Labieno observaba aquellos cambios con la paciencia de quien sabe que algunas victorias no se consiguen con la espada.
Una tarde recibió a Cingétorix en su tienda de mando. El aristócrata trévero parecía más tranquilo que en ocasiones anteriores.
—Los clanes discuten entre ellos —dijo—. Algunos ya no quieren seguir a Induciomar.
—¿Porque temen a Roma? —preguntó Labieno.
—Porque temen equivocarse.
Labieno apoyó las manos sobre la mesa.
—Eso suele ser peor.
Cingétorix asintió.
—Los hombres siguen a los jefes mientras creen que pueden ganar. Cuando empiezan a dudar, buscan otro camino.
Durante unos instantes ninguno habló. Fuera de la tienda se escuchaban los golpes de los herreros y las voces lejanas de los centinelas.
—¿Y qué hará Induciomar? —preguntó finalmente Labieno.
—Lo que hacen todos los hombres acorralados —respondió Cingétorix—. Intentará parecer más fuerte de lo que es.
Labieno dejó escapar una leve sonrisa.
—Entonces cometerá un error.
Los días siguientes transcurrieron sin grandes enfrentamientos.
Los jinetes tréveros seguían apareciendo en los caminos y desapareciendo entre los bosques, pero cada vez eran menos.
Algunos clanes enviaban discretamente emisarios al campamento romano.
Otros simplemente permanecían inmóviles, esperando ver hacia dónde se inclinaba la balanza.
Labieno no los presionó. Le bastaba con mantener sus legiones preparadas y dejar que las noticias procedentes de Britannia hicieran el resto.
Una mañana, mientras observaba el Mosela desde la empalizada, recibió un nuevo informe. Lo leyó en silencio y luego lo dobló cuidadosamente.
—¿Buenas noticias? —preguntó Cingétorix.
—Las mejores —respondió Labieno—. Nuestros enemigos han empezado a perder la fe.
El trévero miró hacia el río. Al otro lado se extendían los territorios de los clanes que aún dudaban.
—Entonces la guerra está terminando.
—No —corrigió Labieno—. Está terminando para unos y comenzando para otros.
Y mientras las aguas del Mosela seguían su curso hacia el Rin, ambos se percataban de que el regreso de César estaba ya muy próximo.
Eira desembarcó entre los primeros. Su taberna ambulante había viajado desmontada en la bodega de la nave, y los auxiliares la ayudaron a sacarla como si fuera parte del equipo oficial del ejército.
Para muchos, lo era. Su fama de servir vino sin agua y de mantener la paz entre legionarios la había convertido en una presencia habitual, casi necesaria.
Mientras los soldados descargaban ánforas y equipo, Eira buscó con la mirada entre las filas que descendían por las pasarelas. No sabía en qué nave venía Lucio, pero sabía que vendría. Y cuando lo vio, sintió que el ruido del campamento se apagaba.
Lucio avanzaba con la disciplina de siempre, el rostro serio, la mirada fija en el campamento. No buscaba a nadie. No esperaba a nadie. En su mente, Roma seguía siendo un punto lejano donde Fadia Silana lo aguardaba, silenciosa y fiel, como él había imaginado durante toda la campaña.
Eira se colocó en su camino. No para interceptarlo, sino para que la viera. Y él la vio.
Se detuvo. No hubo sorpresa, pero sí un leve endurecimiento en su expresión, como si algo dentro de él se tensara.
—Eira —dijo, con una voz que no sabía si era bienvenida o advertencia.
Ella sostuvo su mirada sin apartarse.
—No iba a quedarme en Britannia —dijo—. No después de lo que he visto. No después de ti.
Lucio respiró hondo. Aquellas palabras lo golpearon más de lo que habría admitido. Pero su mente se aferró a un nombre que llevaba años repitiéndose en silencio.
—Eira… yo… —empezó a decir, buscando una distancia que no sabía cómo mantener.
Ella dio un paso más cerca.
—No te pido nada —dijo—. No quiero nada que no quieras darme. Pero no voy a alejarme. No ahora. No después de cruzar un mar para seguirte.