La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 19 - La Sumisión de los Reyes Britanos #5
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Capítulo 19 - La Sumisión de los Reyes Britanos #5

César desmontó y avanzó unos pasos, acompañado por su escolta. El viento traía el olor de la madera húmeda y del humo de los fuegos britanos. No había movimiento en las murallas, pero sí una tensión palpable, como si todo el oppidum contuviera la respiración.

—No habrá asalto —dijo César—. No lo necesitan. Y nosotros tampoco.

Mandubracio lo miró, sorprendido.

—¿No atacaremos?

—No —respondió César—. Cerraremos todas las salidas. Los Trinovantes ocuparán el flanco oriental. La Décima y la Séptima el occidental. La Octava cubrirá el sur. Nadie entra. Nadie sale.

Viridio comprendió al instante.

—Los ahogaremos sin tocar sus murallas.

César asintió.

—Casivelauno no teme morir luchando. Pero sí teme que sus clanes lo abandonen. Y cuando vea que los Trinovantes están con nosotros, sabrá que no tiene a dónde huir.

La orden se transmitió por las legiones. Los romanos comenzaron a levantar empalizadas, zanjas y torres de observación. No era un asedio clásico: era un cerco rápido, diseñado para quebrar la voluntad del enemigo antes de que pudiera reaccionar.

Al caer la tarde no llegó ningún emisario. Las puertas del oppidum permanecieron cerradas y las empalizadas siguieron tan silenciosas como durante el resto del día.

Viridio observó las murallas mientras los legionarios terminaban las últimas zanjas.

—Aún no ha terminado —dijo.

César asintió.

—No. Casivelauno todavía busca una salida.

La noche descendió sobre el valle envuelta en niebla. Desde las alturas llegaban luces aisladas y el lejano eco de cuernos britanos. Poco antes del amanecer, varios jinetes abandonaron el oppidum por una puerta secundaria y desaparecieron hacia el este.

Mandubracio los vio partir.

—Mensajeros.

—Sí —respondió César—. Y no cabalgan para pedir paz.

En el valle del Mosela, la tensión había alcanzado un punto crítico.

Induciomar, aprovechando la ausencia de César, había logrado reunir a varios clanes Tréveros y se movía con una audacia que no había mostrado en años.

Sus jinetes hostigaban a los aliados de Roma, cortaban rutas menores y trataban de sembrar la idea de que los romanos estaban debilitados.

Labieno, sin embargo, no era un legatus fácil de intimidar. Desde su campamento fortificado, observaba los movimientos enemigos con una mezcla de paciencia y cálculo. Sabía que Induciomar no atacaría directamente: necesitaba provocar una reacción, obligar a los romanos a cometer un error.

Fue entonces cuando llegó un mensajero galo, acompañado por un pequeño séquito. Era Cingétorix [266] , el aristócrata trévero que había apostado su futuro a la alianza con Roma. Su presencia en el campamento era un mensaje en sí mismo.

—Induciomar ha perdido el control de varios clanes —dijo Cingétorix—. Su autoridad se basa en el miedo, no en el respeto. Si actuáis ahora, muchos se apartarán de él.

Labieno lo escuchó en silencio. Conocía bien la política tribal: un jefe podía ser fuerte por la mañana y estar acabado al caer la noche.

—¿Qué propones? —preguntó el legado.

—Mostrad fuerza —respondió Cingétorix—. No un ataque total, sino un golpe preciso. Algo que demuestre que Roma sigue aquí, incluso sin César.

Labieno asintió lentamente.

—Entonces lo haremos. Pero no para protegeros a vosotros —dijo—, sino para proteger la Galia de quienes creen que pueden desafiar a Roma cuando el procónsul cruza el mar.

Esa misma noche, la caballería romana salió del campamento en silencio.

No buscaban una batalla, sino una demostración.

Al amanecer, atacaron un destacamento trévero que Induciomar había enviado a hostigar a un clan aliado.

El golpe fue rápido, preciso y devastador.

Los Tréveros huyeron en desorden, y la noticia se extendió por el valle como un incendio.

Labieno observó el regreso de sus jinetes con una expresión que no era de orgullo, sino de certeza.

—Induciomar ya no controla a su pueblo —dijo—. Y cuando César regrese, encontrará la Galia en orden.

Cingétorix inclinó la cabeza, comprendiendo el mensaje oculto: Roma no necesitaba a César para mantener su autoridad. Pero su regreso lo consolidaría todo.

Y ese regreso estaba ya muy cerca.

Casivelauno había enviado mensajeros hacia el este, a los Cantios, ordenándoles atacar el campamento naval romano. Si conseguían amenazar las naves o cortar la retirada de César, aún podía forzarse una salida.

La costa aún estaba envuelta en la oscuridad cuando los primeros gritos rompieron el silencio del campamento naval.

Los contubernia de guardia de la Novena Legión fueron los primeros en advertir el movimiento: sombras descendiendo desde las colinas, antorchas cubiertas para no delatar su número, el sonido irregular de pasos sobre la grava húmeda.

—¡Movimiento en el sector oriental del vallum ! —gritó un vigía desde la empalizada [267] .

Quinto Atrio salió de su tienda sin armadura completa, abrochándose el cinturón mientras tomaba el casco de manos de un ayudante.

—No es una simple incursión —murmuró al ver la masa oscura que descendía hacia el campamento—. Es un ataque contra las naves.

El prefecto de la guarnición, veterano de la Novena, llegó a su lado sin aliento.

—Intentarán llegar al muelle. Si lo consiguen, incendiarán la flota antes del amanecer.

Atrio asintió sin apartar la vista del exterior del vallum.

—La Primera Cohorte al sector oriental. Auxiliares hispanos al perímetro del muelle. Los classiarii de la flota asegurando las naves y las pasarelas, preparados para rechazar cualquier intento de incendio. El resto de la Novena sostiene el centro del campamento. Nadie rompe la empalizada.

Las buccinae sonaron de inmediato, cortando la noche en largos lamentos metálicos. La guarnición corrió hacia las posiciones mientras las estacas del vallum crujían bajo el peso de los hombres que se encajaban tras ellas.

En el muelle, los classiarii ya empujaban las pasarelas hacia el agua, cortando cuerdas y alejando pequeñas embarcaciones varadas cerca de la orilla, para impedir que los Cantios las utilizaran para acercarse a las naves.

El olor a pez y madera húmeda se mezclaba con el humo de las antorchas apagadas a toda prisa.

Los Cantios llegaron como una oleada desordenada, gritando, con escudos ligeros y lanzas cortas. No buscaban un combate prolongado: buscaban el fuego, el caos, la ruptura del campamento que protegía las naves.

Pronto quedó claro que no todos perseguían el mismo objetivo. Mientras la mayoría avanzaba contra el vallum , varios grupos se desviaron hacia la línea de playa, cargando haces de ramas secas y antorchas protegidas bajo capas de cuero. No pretendían abrir una brecha: pretendían alcanzar las naves.

—¡Preparad pila ! —ordenó Atrio—. ¡Lanzad… AHORA!

La primera descarga cayó cuando los atacantes aún estaban a distancia de tiro. El impacto fue inmediato: hombres derribados, escudos partidos, caballos desbocados que se estrellaban contra la arena húmeda. El vallum resistió sin ceder un palmo.

Mientras, junto al muelle, la situación era distinta.

Aprovechando la oscuridad, varios Cantios lograron acercarse a las embarcaciones varadas.

Al detectar la maniobra, los classiarii romanos acudieron a la carrera.

Se luchó entre cuerdas, remos y cascos apoyados sobre la arena.

Una antorcha cayó sobre una cubierta embreada.

Durante un instante, una llama recorrió la borda como una serpiente de fuego, pero fue sofocada de inmediato con mantas mojadas antes de que las llamas pudieran extenderse.

Pero los Cantios siguieron avanzando.

Una segunda oleada chocó contra la empalizada. El combate se concentró en los puntos de acceso del campamento, donde los empujes eran más violentos. Atrio, espada en mano, derribó a un guerrero que había logrado saltar al interior del vallum y lo devolvió al exterior con un golpe seco.

—¡Sostened la posición! —rugió—. ¡Las naves no arden esta noche!

Como si quisieran desmentirlo, una columna de humo se elevó brevemente desde la playa.

Atrio se volvió instintivamente hacia el muelle.

Durante un instante creyó que una de las naves había prendido.

Entonces vio a los marineros romanos derribar a los atacantes y arrojar la antorcha al agua.

El humo se disipó tan rápido como había aparecido.

El combate se fragmentó en choques breves a lo largo del perímetro del campamento.

Cada intento de penetración era rechazado por la disciplina de la Novena, que rotaba posiciones sin romper la cohesión defensiva.

Los auxiliares hispanos contraatacaban allí donde los Cantios lograban presión, mientras los legionarios mantenían el núcleo como un muro continuo de hierro.

En un punto del vallum , un grupo de Cantios logró empujar hasta el borde interior de la empalizada. Atrio acudió allí con su escolta personal y la situación se quebró en segundos: los atacantes fueron arrojados de nuevo hacia el exterior entre gritos y golpes secos de escudo.

El prefecto escupió sangre y barro.

—No pasan.

Quinto Atrio no respondió. Solo observaba el movimiento irregular del enemigo, cada vez menos coordinado, cada vez más desesperado.

Al despuntar el alba, la presión comenzó a ceder. La organización de los Cantios se rompió entre el cansancio, la oscuridad y la imposibilidad de forzar el vallum .

Los últimos grupos comenzaron a retirarse hacia las colinas, dejando atrás armas rotas y cuerpos dispersos en la orilla.

El prefecto respiró hondo, apoyándose en la empalizada.

—Han retrocedido.

Quinto Atrio guardó la espada con calma.

—No —respondió—. Han fracasado. Mandad mensajeros a César: informad de todo lo sucedido [268] .

El campamento naval volvió a quedar en silencio, salvo por el golpe constante de las olas contra la playa.

El sol ya había disipado la bruma matinal cuando dos jinetes aparecieron por el camino del este. Sus caballos estaban cubiertos de espuma y barro. Los centinelas los identificaron de inmediato como mensajeros romanos y los condujeron sin demora al interior del campamento.