Capítulo 19 - La Sumisión de los Reyes Britanos #4
Labieno estudiaba el mapa en silencio cuando un oficial entró apresuradamente.
—Han llegado nuevos informes de los Tréveros, señor.
Labieno alzó la vista.
—Habla.
—Induciomar [265] continúa reuniendo guerreros. Nuestros exploradores dicen que envía emisarios a las tribus vecinas. Creen que la ausencia de César les da una oportunidad.
Labieno apoyó ambas manos sobre la mesa.
—No. Lo que creen es que les da tiempo.
Tomó una ficha de madera y la desplazó sobre el mapa hasta el valle del Mosela.
—Y el tiempo es precisamente lo que vamos a quitarles.
Los oficiales presentes guardaron silencio mientras él señalaba varios puntos.
—Refuercen los puestos de observación. Doblen las patrullas de caballería. Quiero saber quién entra, quién sale y quién se reúne con quién. Si Induciomar pretende levantar la Galia, primero tendrá que hacerlo bajo nuestros ojos.
Los oficiales asintieron y comenzaron a retirarse para transmitir las órdenes.
Cuando quedó solo, Labieno observó durante unos instantes el mapa. Más allá del mar, César combatía en una tierra desconocida. Allí se decidiría una campaña. En la Galia, sin embargo, se decidiría algo más importante: si el trabajo de años resistiría la primera señal de debilidad.
Con gesto sereno, recolocó una de las fichas romanas.
—Venid si os atrevéis —murmuró.
El paisaje había cambiado de forma casi imperceptible.
Las masas de bosque quedaban atrás, sustituidas por colinas amplias y onduladas que permitían ver más lejos de lo habitual en Britannia .
Desde la posición de la Primera Cohorte, Lucio distinguía cómo los auxiliares se adelantaban por las crestas, ocupando cada altura antes de que las legiones la alcanzaran.
El viento del norte arrastraba un olor a tierra mojada y a hierba recién aplastada por el paso de miles de hombres.
Viridio estudiaba el horizonte con una atención que no dejaba lugar a dudas. No era el terreno lo que le inquietaba, sino la forma en que los Britanos parecían retirarse sin desorden, como si quisieran que los romanos avanzaran por aquel corredor natural entre colinas.
—Nos están guiando —dijo el primus pilus, sin apartar la vista—. No retroceden: señalan el camino.
Lucio siguió la dirección de su mirada. Sobre una elevación lejana, algo metálico destelló un instante bajo la luz gris. No era un reflejo casual. Era movimiento.
—Quieren que lleguemos a un punto concreto —dijo Lucio.
Viridio asintió.
—Y cuando un enemigo te invita a avanzar, es porque ha preparado la bienvenida.
El sonido llegó antes que la visión: un estrépito irregular, como madera golpeando madera, acompañado del galope de caballos.
Luego, sobre la cresta de una colina baja, aparecieron los carros de guerra britanos.
Descendían en abanico, los aurigas controlando a los caballos con una destreza feroz, mientras los guerreros sobre las plataformas levantaban las lanzas.
—Carros —anunció Viridio—. Manteneos firmes.
Los carros descendían cada vez más deprisa. Lucio distinguía los rostros pintados de los guerreros y el brillo de las hojas de las lanzas.
—Primera línea, pila preparados —ordenó Viridio.
Los legionarios adelantaron el pie izquierdo. Decenas de brazos se alzaron al unísono.
—¡Ahora!
Una nube de hierro cruzó el aire. Los proyectiles cayeron entre los carros que avanzaban. Uno de los caballos relinchó al recibir el impacto y se desplomó rodando por la pendiente. Otro carro giró bruscamente para evitar los cuerpos caídos.
Pero la mayoría continuó avanzando.
Entonces llegó el estrépito de las ruedas y el galope.
Los carros cargaron sin buscar el choque directo.
Se acercaban a gran velocidad, lanzaban jabalinas y giraban bruscamente para volver a cargar desde otro ángulo.
El ruido era ensordecedor: ruedas reforzadas con hierro, cascos golpeando la tierra, gritos de guerra que se mezclaban con el silbido de las lanzas.
Lucio levantó el escudo justo a tiempo para desviar un proyectil que habría atravesado su coraza. La vibración le recorrió el brazo entero. A su alrededor, la Segunda Centuria resistía sin romper la formación, como un bloque de hierro.
—Aguantad —ordenó Viridio—. No los persigáis. Que se cansen ellos.
Los auxiliares galos respondieron con una lluvia de jabalinas que obligó a los carros a abrirse más. No era suficiente para detenerlos, pero sí para frenar su ímpetu. Tras varias cargas, los Britanos se retiraron hacia las colinas, reorganizándose con rapidez.
César llegó entonces con su escolta. Observó el terreno, los carros alejándose, la formación intacta.
—No buscan derrotarnos —dijo—. Buscan retrasarnos.
Un tribuno se acercó a él.
—Procónsul, han llegado emisarios de los Trinovantes. Mandubracio solicita audiencia.
César asintió.
—Conducidlos a mi tienda. Si Casivelauno pierde aliados, pierde margen.
Viridio se volvió hacia Lucio.
—Esto se está acelerando —dijo—. Y cuando los Britanos aceleran, es porque algo los empuja. Pero a nosotros, nos están haciendo perder tiempo…
Lucio miró hacia la colina por donde habían desaparecido los carros.
—O porque se preparan para desaparecer del todo —respondió—. Y eso sería peor.
El campamento de Casivelauno estaba en plena actividad. Los jefes de los clanes se reunían alrededor de un fuego grande, mientras los aurigas revisaban los carros con manos rápidas y tensas. El líder britano escuchaba en silencio los informes de los guerreros que habían participado en el choque.
—Los romanos no se rompen —dijo uno de ellos—. Aguantan. No persiguen. No se dejan arrastrar al bosque.
—Esas lanzas pesadas atraviesan escudos y caballos —añadió otro—. Tuvimos que abrirnos más de lo previsto.
Casivelauno no parecía sorprendido. Había visto a los romanos resistir antes. Sabía que no eran un enemigo que se quebrara con facilidad.
—Entonces no perderemos más hombres en llanuras abiertas —dijo al fin—. Si quieren avanzar, que lo hagan. Pero no hacia donde ellos elijan.
Se volvió hacia el mapa rudimentario trazado sobre la tierra húmeda: líneas que representaban ríos, colinas, bosques. Señaló un punto más al norte, donde el terreno se estrechaba entre dos colinas y un río.
—Nos replegaremos aquí. Los carros cubrirán la retirada. Los clanes se reagruparán. Y desde allí los llevaremos hacia nuestro territorio interior.
Uno de los jefes frunció el ceño.
—¿Hacia la fortaleza?
Casivelauno asintió.
—Sí. Allí tenemos provisiones, defensas y terreno que conocemos mejor que nadie. Si los romanos quieren seguirnos, tendrán que hacerlo lejos de sus naves y de sus suministros.
Los jefes intercambiaron miradas. No era una retirada cobarde: era una maniobra calculada.
—Los Trinovantes ya no están con nosotros —añadió Casivelauno—. Pero los demás clanes sí. Y mientras los tengamos unidos, aún podemos decidir cómo se lucha esta guerra.
Los carros empezaron a alinearse para cubrir el movimiento. Los caballos, inquietos, golpeaban el suelo con los cascos.
—Que nadie mire atrás —ordenó Casivelauno—. Hoy cedemos terreno. Mañana elegiremos dónde luchar.
Mientras, en la Galia la lluvia había cesado, pero el aire seguía cargado de humedad. Labieno observaba a los jinetes tréveros que patrullaban las colinas cercanas. Había algo distinto en su movimiento: menos disperso, más coordinado. Como si respondieran a una orden común.
Un exploratore llegó al galope, respirando con dificultad.
—Señor —dijo—. Induciomar ha reunido a varios clanes. No es una simple asamblea. Están armados. Y se mueven hacia el sur.
Labieno no perdió tiempo.
—¿Cuántos?
—No lo sabemos aún. Pero más que en días anteriores.
El legatus miró hacia el horizonte. Sabía que Induciomar no se atrevería a atacar directamente un campamento romano bien defendido. Pero sí podía hostigar, cortar rutas, intimidar a los aliados de Roma.
—Que la caballería se prepare —ordenó—. No vamos a esperar a que él decida dónde quiere luchar.
El centurión a su lado asintió.
—¿Lo interceptaremos?
—Lo observaremos primero —respondió Labieno—. Y cuando sepamos qué pretende, entonces actuaremos. Induciomar quiere aprovechar la ausencia de César. No se lo permitiremos.
El mensajero se retiró. Labieno montó a caballo y se dirigió hacia la salida del campamento.
—Si la Galia quiere probar suerte —murmuró—, que lo haga. Pero no en mis tierras.
El avance hacia el interior de Britannia había dejado atrás las colinas abiertas.
Ahora el terreno se estrechaba entre bosques dispersos y barrancos poco profundos, como si la tierra misma quisiera conducir a los romanos hacia un punto inevitable.
César lo percibió de inmediato: no era una retirada desordenada, sino un repliegue calculado.
Los Trinovantes marchaban junto a la columna romana, no como aliados orgullosos, sino como hombres que habían apostado su futuro a la victoria de otro.
Mandubracio, joven y tenso, caminaba cerca de la escolta del procónsul, observando cada movimiento con la ansiedad de quien sabe que su vida depende de la decisión correcta.
—Casivelauno no luchará en campo abierto —dijo Mandubracio—. No lo ha hecho nunca. Os llevará a su territorio interior. Allí se siente fuerte.
César asintió sin apartar la vista del horizonte.
—Y allí lo obligaremos a decidir si quiere seguir siendo rey o convertirse en fugitivo.
La marcha se detuvo al llegar a un valle estrecho.
Al otro lado, sobre una elevación natural reforzada con empalizadas y terraplenes, se alzaba el oppidum de Casivelauno.
No era una fortaleza imponente, pero sí un refugio difícil de tomar sin un asedio prolongado.
Desde las murallas, los Britanos observaban en silencio, sin gritos ni provocaciones.
Viridio estudió las defensas con la mirada fría del veterano.
—No quieren que entremos —dijo—. Quieren que nos cansemos intentando hacerlo.