La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 19 - La Sumisión de los Reyes Britanos #3
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Capítulo 19 - La Sumisión de los Reyes Britanos #3

—Y también me ha pedido que le describa la isla —añadió Quinto Cicerón—. Dice que César le ha escrito desde aquí, y que espera mis cartas [261] .

César no sonrió, pero sus ojos brillaron un instante.

—Tendrá su descripción cuando hayamos terminado —dijo—. Y no antes.

Se acercó al mapa extendido sobre la mesa. Señaló con el dedo un punto al este.

—Los Trinovantes [262] han enviado mensajeros. Su joven príncipe, Mandubracio [263] , busca nuestra protección. Casivelauno mató a su padre y tomó su reino. Si protegemos al muchacho, tendremos un aliado. Y una base segura.

—¿Y después? —preguntó Trebonio.

—Después iremos a por Casivelauno —respondió César—. Uno por uno, sus aliados caerán. Y cuando esté solo, se rendirá. O lo destruiremos.

El silencio que siguió fue pesado, casi solemne.

—Esta vez —dijo César, alzando la voz— no hemos venido a explorar. Hemos venido a someter.

Viridio sintió cómo la tensión recorría a los centuriones. Lucio, a su lado, mantenía la mirada fija en el mapa, como si ya viera el camino que debían recorrer.

César dio un paso atrás.

—A primera luz, marchamos.

La reunión terminó. Los oficiales salieron en silencio, cada uno con sus pensamientos. Viridio caminó junto a Lucio sin decir nada. El viento nocturno agitaba los estandartes. En la distancia, el bosque britano parecía observarlos.

La campaña había comenzado.

Eira no pudo dormir. La taberna, ya cerrada, olía a humo apagado y a vino derramado. Afuera, el campamento romano vibraba con un rumor constante: herreros trabajando, centinelas cambiando turno, caballos inquietos por el viento húmedo que venía del bosque.

Se sentó junto al pequeño brasero y frotó sus manos, aún temblorosas. Había visto marchar a los oficiales, a Viridio con su paso firme, y a Lucio… Lucio sin mirarla una sola vez al salir.

—¿Qué te importa? —se dijo en voz baja.

Pero sí le importaba. Más de lo que quería admitir.

Recordó la forma en que Lucio había rechazado el vino de Falerno, la tensión en su rostro, la sombra de algo que no entendía. Y recordó también cómo la había mirado días atrás, en la playa, con una mezcla de sorpresa y cautela.

Se llevó una mano al pecho, molesta consigo misma.

—¿Me he enamorado de un romano? —susurró, como si decirlo en voz alta pudiera disiparlo.

El silencio no respondió. Solo el viento, que agitó la lona de la taberna como si quisiera arrancarla.

Eira cerró los ojos. Sabía que al amanecer las legiones marcharían hacia el interior. Y que Lucio marcharía con ellas.

Y, en ese instante, sintió lo que antes no notaba desde que los romanos habían llegado a su isla: miedo.

En lo profundo del bosque, donde la luz de la luna apenas penetraba, los jefes britanos se reunieron alrededor de un fuego bajo. El olor a tierra húmeda y hojas podridas llenaba el aire. Los carros de guerra estaban alineados entre los árboles, sus ruedas reforzadas con hierro brillando débilmente.

Casivelauno escuchaba en silencio. Era un hombre de rostro duro, tatuado, con los ojos fijos en la oscuridad como si pudiera ver a través de ella.

—Han desembarcado cinco legiones —dijo un mensajero, jadeante tras el viaje—. Y más jinetes de los que jamás hemos visto.

Otro jefe golpeó el suelo con la lanza.

—Los Trinovantes han enviado emisarios a los romanos. Mandubracio busca su protección.

Un murmullo de ira recorrió el círculo.

Casivelauno levantó la mano. El silencio fue inmediato.

—Que los Trinovantes se escondan bajo el manto de César si quieren —dijo—. Nosotros no. Nosotros lucharemos.

Se volvió hacia los carros.

—Mañana atacaremos sus avanzadas. Que sientan el bosque. Que sientan nuestra tierra bajo sus pies. Que sepan que Britannia no se entrega.

Los guerreros golpearon sus escudos en señal de aprobación. El sonido se perdió entre los árboles, como un presagio.

En la Galia, Tito Labieno recorría a caballo las murallas de un campamento recién reforzado. El cielo estaba cubierto y el aire olía a lluvia. A su alrededor, los auxiliares galos trabajaban en silencio, clavando estacas y tensando cuerdas.

Un centurión se acercó.

—Los jinetes de los Tréveros [264] se están moviendo de nuevo, señor. Hay rumores de que podrían alzarse.

Labieno frunció el ceño.

—Los Tréveros siempre están alzándose. Mantén a la caballería lista. Si intentan algo, quiero saberlo antes de que ellos mismos lo sepan.

El centurión asintió y se alejó.

Labieno miró hacia el norte, hacia el mar que separaba la Galia de Britannia . Sabía que César estaba allí, con cinco legiones y más de seiscientas naves. Sabía también que su propia misión era igual de crucial.

—Que César conquiste la isla —murmuró—. Yo mantendré el continente.

Y espoleó su caballo, desapareciendo entre la niebla.

La niebla se había levantado apenas lo suficiente para permitir la marcha.

El suelo húmedo amortiguaba los pasos de miles de hombres, y el bosque, denso y oscuro, parecía observarlos en silencio.

La Décima avanzaba en cabeza, seguida por la Séptima y la Octava.

Lucio caminaba junto a la Segunda Centuria de la Primera Cohorte, atento a cada sonido entre los árboles.

Viridio, unos pasos por delante, mantenía el ritmo con la serenidad de quien ha guiado a hombres durante media vida.

—Demasiado tranquilo —murmuró Lucio.

Viridio no respondió. Solo levantó la mano, ordenando una breve pausa. Los exploradores galos regresaban con rostros tensos.

—Han visto sombras moviéndose entre los robles —informó uno de ellos—. Rápidas. Silenciosas. No parecen querer mostrarse.

Viridio asintió. Lucio sintió un escalofrío. Los Britanos no estaban huyendo: estaban esperando.

El ataque llegó sin aviso. Un cuerno agudo rasgó el aire, seguido por una lluvia de jabalinas que cayó sobre el flanco izquierdo.

Los legionarios levantaron sus scuta con precisión casi instintiva, formando un muro compacto.

La niebla se agitó y de ella surgieron figuras rápidas, casi espectrales: guerreros britanos con escudos redondos y lanzas cortas, que golpeaban y desaparecían entre los árboles.

—¡Segunda Centuria, conmigo! —ordenó Lucio.

Viridio, desde la vanguardia, levantó el brazo para que el resto de la cohorte mantuviera la formación y no rompiera la línea.

Un pequeño grupo de refuerzo, enviado desde la Tercera Cohorte por petición de Viridio, se unió a la persecución. Entre ellos venía Marco, más robusto que antes y con una cicatriz nueva en la mejilla.

—¿Pensabas que me habías perdido, Lucio? —dijo Marco, desviando una jabalina con el escudo—. Aquí sigo.

Lucio sintió un impulso cálido en el pecho. Marco había sido parte de su contubernium desde los primeros días en la Décima, y verlo allí, todo un optio , sólido como siempre, le devolvió una seguridad que no sabía que había perdido.

—Mantente cerca —ordenó Lucio—. Ya sabes que estos bastardos no luchan como los Galos.

Los Britanos retrocedieron, pero no huyeron. Se movían como si conocieran cada raíz, cada tronco, cada sombra. Atacaban, desaparecían, volvían a atacar desde otro ángulo. No buscaban romper la formación: buscaban cansarla.

Viridio llegó junto a ellos, respirando hondo.

—Esto no es una emboscada —dijo—. Es una prueba. Quieren ver cómo respondemos.

Lucio miró hacia el bosque, donde la niebla volvía a cerrarse.

—Pues ya lo han visto —respondió—. Y volverán.

Viridio asintió.

—Sí. Y la próxima vez no vendrán a pie.

El claro del bosque estaba lleno de actividad contenida.

Los carros de guerra, alineados en semicírculo, parecían animales inquietos esperando la orden de soltarse.

Los aurigas revisaban las riendas y los frenos, mientras los guerreros afilaban sus lanzas con movimientos lentos y tensos.

El olor a madera húmeda y a cuero recién engrasado impregnaba el aire.

Casivelauno llegó montado, sin prisa, observando a cada hombre como si pudiera leer en sus rostros el resultado del primer choque. Los jefes que habían dirigido el hostigamiento se reunieron a su alrededor.

—Hablad —ordenó.

El más veterano de ellos dio un paso adelante.

—Los romanos no se desordenan. Avanzan como un muro. No persiguen más de lo necesario. Y cuando retrocedemos, no nos siguen al bosque.

Casivelauno asintió lentamente. No parecía sorprendido.

—Eso significa que conocen nuestras tierras mejor de lo que deberían —dijo—. O que sus exploradores han aprendido rápido.

Otro jefe intervino.

—Pero tampoco avanzan con confianza. Se detienen. Miran a su alrededor. Saben que estamos cerca.

El líder britano bajó del caballo y se acercó a uno de los carros. Pasó la mano por la madera rugosa, como si evaluara su peso.

—Bien. Entonces no atacaremos sus avanzadas mañana —dijo, mirando a los jefes uno por uno—. No aún. Primero quiero que sientan que no pueden dar un paso sin que los observemos. Quiero que duden. Que se cansen. Que empiecen a cometer errores.

Los aurigas intercambiaron miradas. Aquello no era una retirada: era preparación.

—Los carros entrarán en juego cuando yo lo diga —continuó Casivelauno—. No para asustarlos, sino para romperles el ritmo. Para obligarlos a mostrar dónde son fuertes… y dónde no.

Un silencio tenso siguió a sus palabras. Los caballos resoplaron, inquietos.

—Los Trinovantes han elegido su destino —añadió, sin elevar la voz—. Nosotros elegiremos el nuestro. Y no será el de arrodillarnos.

Los jefes inclinaron la cabeza. No había gritos, ni golpes de escudo. Solo una determinación fría, afilada como las lanzas que sostenían.

Casivelauno volvió a montar.

—Que cada clan vigile los senderos. Que nadie duerma profundamente esta noche. Mañana no atacaremos. Mañana observaremos. Y pasado mañana… —miró hacia el este, hacia donde avanzaban las legiones— …pasado mañana empezaremos a cortarles el camino.

La tienda de mando estaba iluminada por varias lámparas de aceite. Sobre la mesa central, un mapa de la Galia ocupaba casi toda la superficie. Piedras, tablillas de cera y pequeñas fichas de madera marcaban las posiciones de tribus aliadas, destacamentos romanos y posibles rutas de incursión.