La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 19 - La Sumisión de los Reyes Britanos #2
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Capítulo 19 - La Sumisión de los Reyes Britanos #2

Sobre Fadia Silana, nada sé desde hace tiempo. La relación entre nuestra casa y la de Numerio Fadio Silano no prosperó como esperábamos, y no he tenido tratos recientes con ellos.

Cuídate en Britannia .

Vale .

Selló la tablilla con su anillo y la entregó al mensajero, que partiría esa misma noche hacia el norte.

Publio lo observó marcharse por el atrium , con el peso de la noticia aún clavado en el pecho.

Sabía que la carta tardaría semanas en llegar.

Sabía también que, en tiempos de guerra, muchas no llegaban nunca.

Al caer la noche, Publio descendió al Emporium para supervisar la descarga del cargamento gaditano.

El puerto bullía de actividad: gritos de estibadores, olor a pescado salado, lámparas de aceite reflejándose en el Tíber.

Nadie allí sabía nada de Lucio, ni de Livia, ni de Fadia. El mundo seguía girando.

La carta, entretanto, avanzaba hacia el norte en manos de un mensajero cansado, atravesando caminos inseguros, aldeas hostiles y campos donde la guerra dejaba su huella.

Nunca llegaría a su destino. Se perdería en algún punto de la Galia, devorada por los avatares de la campaña.

El campamento de Portus Itius [254] era un hervidero.

Las naves se alineaban en la playa como bestias de madera listas para lanzarse al mar, mientras carpinteros, marineros y legionarios trabajaban sin descanso.

El viento traía olor a mar, brea y sudor.

César quería partir cuanto antes, y cuando César quería algo, la Décima se movía como un solo cuerpo.

Viridio no había dormido más de dos horas en tres días. Como primus pilus , supervisaba desde el reparto de raciones hasta la carga de los caballos. Su voz resonaba entre los carros, firme, incansable, sin perder nunca la paciencia ni la autoridad.

—Lucio, revisa de nuevo las listas de la Primera Cohorte. No quiero sorpresas cuando estemos en alta mar. Y manda recado a los de la Cuarta, Sexta y Novena. No me han hecho llegar sus registros.

Lucio asintió sin discutir. Desde su ascenso, su jornada empezaba antes del alba y terminaba bien entrada la noche. Revisaba tablillas, contaba hombres, comprobaba armas, organizaba turnos. Y aun así, siempre parecía haber algo más que hacer.

— Optio Marco —llamó Lucio—, asegúrate de que los nuevos reclutas entienden el orden de embarque. No quiero a nadie corriendo como gallinas cuando den la señal.

Marco, orgulloso de su nuevo rango, respondió con un gesto rápido y desapareció entre los hombres.

Un tribuno joven, de rostro demasiado limpio para la campaña, se acercó con aire preocupado.

—Centurión Decimio, el legatus quiere saber si la Décima estará lista antes del mediodía.

Lucio no se molestó en ocultar el cansancio.

—Dígale al legatus que la Décima siempre está lista antes que nadie.

El tribuno tragó saliva y se marchó sin replicar. Viridio, que había escuchado, sonrió apenas.

—Te estás volviendo insolente, Lucio.

—Me estoy volviendo práctico —respondió él.

Viridio soltó una carcajada breve.

—Eso también.

La mañana avanzó entre órdenes, golpes de martillo y el crujido de las cuerdas tensadas. Un intérprete galo, llamado Cavaros, se presentó ante Viridio para confirmar que los remeros estaban listos. Era un hombre de mirada astuta, acostumbrado a moverse entre romanos sin perder su identidad.

—Los hombres están preparados, primus pilus —dijo en un latín áspero—. Pero el viento cambiará al caer la tarde.

—César no espera al viento —respondió Viridio—. El viento espera a César.

Cavaros inclinó la cabeza, sin saber si era una broma o una orden.

Al mediodía, la señal sonó. Las cohortes avanzaron hacia las naves con disciplina férrea. Lucio caminaba al frente de la Segunda Centuria de la Primera Cohorte, vigilando cada movimiento. Viridio supervisaba desde la playa, asegurándose de que nada quedara atrás.

El embarque fue rápido, casi impecable. Cuando la última rampa se retiró, César apareció en la orilla, montó en su nave y levantó la mano. Un rugido recorrió la flota.

Las velas se desplegaron. El mar se abrió ante ellos.

La travesía fue dura. El viento cambió, tal como Cavaros había predicho, y las naves se balancearon con violencia.

Muchos legionarios vomitaron por la borda.

Lucio, acostumbrado al mar desde su juventud en Gades, resistió con esfuerzo.

Viridio, en cambio, se aferraba a la borda con los nudillos blancos, luchando por mantener la compostura.

Odiaba el mar con toda su alma, pero no permitiría que nadie lo viera doblarse.

—No digas nada —gruñó Lucio cuando Viridio intentó incorporarse.

—No pienso decir nada —respondió el primus pilus , con la voz tensa—. Si abro la boca, vomito.

Lucio soltó un bufido que podría haber sido una risa. Viridio no respondió. Estaba demasiado ocupado intentando no morir.

Al amanecer del día siguiente, la costa de Britannia empezó a perfilarse entre la niebla, aún incierta, como una línea oscura más soñada que real.

Un murmullo recorrió las naves cuando los vigías confirmaron tierra.

Las velas se ajustaron, los remeros apretaron el ritmo, y la flota se fue cerrando en formación irregular tras una larga noche de travesía.

César, en la proa de su nave, observaba en silencio, calculando la distancia y el viento, mientras las primeras embarcaciones comenzaban a alcanzar la costa.

Desembarcaron sin oposición. La playa estaba desierta, pero el bosque cercano parecía observarlos con ojos invisibles. La Décima formó con rapidez. Viridio dio las órdenes. Lucio las ejecutó.

Horas después, ya con el campamento avanzado, los oficiales se reunieron en la taberna improvisada de Eira, que había llegado con los lixae y comerciantes que seguían al ejército.

La lona era nueva, el mostrador más sólido, y el vino…

el vino seguía siendo mejor que en la mayoría de los campamentos romanos.

Eira atendía con eficacia, aunque su mirada se desviaba hacia Lucio más veces de las que ella misma admitía.

—Falerno para los oficiales —pidió un centurión veterano, llamado Hostilio, recién transferido desde la Séptima.

—Para mí no —dijo Lucio, antes de que Eira pudiera servirle.

El silencio fue inmediato. Hostilio lo miró como si hubiera oído una blasfemia.

—¿No quieres Falerno? ¿Tú?

—No hoy.

Eira se detuvo un instante. No sabía por qué, pero sintió un nudo en el estómago. Sirvió a los demás y dejó frente a Lucio una copa de vino corriente.

Viridio observó la escena con atención. No el vino. No la negativa. Sino la mirada de Eira. Un brillo contenido, una tensión apenas perceptible.

Cuando los demás se enfrascaron en una discusión sobre la resistencia de los carros britanos, Viridio se inclinó hacia Lucio.

—Esa muchacha te mira como si fueras la única luz en este maldito campamento.

Lucio tensó la mandíbula.

—No es asunto mío.

—Pero sí es asunto tuyo lo que tú sientes —insistió Viridio, en voz baja.

Lucio lo miró entonces, y por primera vez desde que era su superior, la respuesta fue brusca.

—Mi corazón ya está ocupado —dijo—. Por otra mujer. Y por la legión.

Viridio no replicó. No porque no tuviera palabras, sino porque entendió que Lucio había levantado un muro que ni él podía cruzar.

Fuera, el viento del norte soplaba entre las tiendas. Britannia los esperaba.

La lona de la taberna se cerró tras ellos, dejando atrás el murmullo de voces, el olor a vino y el brillo inquieto de los ojos de Eira.

Viridio y Lucio caminaron en silencio entre las sombras del campamento.

Las antorchas proyectaban figuras alargadas sobre las tiendas, y el viento del norte traía el olor húmedo de la costa.

Ninguno de los dos habló. La respuesta brusca de Lucio aún flotaba entre ellos como una cuerda tensa.

Un tribuno joven apareció corriendo desde la zona del praetorium [255] .

— Primus pilus , centurión Decimio —dijo, respirando con dificultad—. César convoca a todos los oficiales. De inmediato.

Viridio asintió sin una palabra. Lucio hizo lo mismo. El tribuno se marchó a toda prisa, dejando tras de sí un rastro de polvo y urgencia.

El praetorium se alzaba en el centro del campamento, protegido por un doble anillo de centinelas. La tienda de César, amplia y reforzada, estaba iluminada por lámparas de aceite que proyectaban un resplandor dorado sobre los estandartes. Dentro, el ambiente era denso, cargado de expectación.

Los oficiales ya estaban reunidos: Quinto Trebonio, con su expresión siempre calculadora; Marco Antonio [256] , apoyado en una lanza, observando todo con una mezcla de interés y desafío; Quinto Cicerón [257] , serio, con las manos cruzadas a la espalda; Hostilio, el veterano de la Séptima; y Cavaros, el intérprete galo, que permanecía en un discreto segundo plano.

Viridio y Lucio tomaron su lugar entre los centuriones de la Décima.

César entró sin anuncio. No necesitaba ninguno. Su sola presencia bastó para que todos enderezaran la espalda.

—Hemos venido a Britannia con cinco legiones —dijo sin preámbulos—. La Séptima, la Octava, la Novena, la Décima y la Duodécima. Y con dos mil jinetes. Más de seiscientas naves han cruzado el mar para traernos hasta aquí [258] .

Un murmullo de aprobación recorrió la tienda. Era una fuerza como Britannia jamás había visto.

—Labieno permanece en la Galia —continuó César—. Su misión es mantener el continente bajo control. La nuestra es someter esta isla.

Trebonio dio un paso adelante.

—Los exploradores informan de que Casivelauno [259] ha reunido a varios reyes menores bajo su mando. Sus carros de guerra son rápidos y peligrosos.

—Lo sé —respondió César—. Y sé también que no podrán detenernos.

Marco Antonio sonrió de lado.

—Mi hermano Marco me ha escrito —dijo Quinto Cicerón entonces, rompiendo el silencio—. Está entusiasmado con esta campaña. Le ha pedido a Trebacio que le lleve un carro de guerra britano.

—Trebacio no ha venido —gruñó Hostilio—. Así que tendrá que conformarse con una descripción [260] .