La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 19 - La Sumisión de los Reyes Britanos
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Capítulo 19 - La Sumisión de los Reyes Britanos

«Primo per omnes partes perequitant et tela coniciunt atque ipso terrore equorum et strepitu rotarum ordines plerumque perturbant…». (Primero recorren todas partes y lanzan proyectiles, sembrando el terror con el ímpetu de los caballos y el estrépito de las ruedas…).

H ABÍA PASADO CASI un año desde la retirada de Britannia , y la Galia volvía a llenarse del rumor constante de las legiones en movimiento.

Los caminos estaban más transitados que nunca: columnas de infantería, destacamentos de caballería, carros de suministros, auxiliares recién llegados y el incesante ir y venir de los lixae que seguían a los ejércitos como una sombra inevitable.

César había ordenado preparar una nueva expedición a la isla, esta vez más ambiciosa, más calculada y con la intención declarada de someter a los reyes britanos que aún se resistían a reconocer la autoridad de Roma.

En los campamentos de verano, los centuriones repasaban listas, ajustaban turnos y supervisaban la llegada de nuevos reclutas.

La Décima, endurecida por años de campaña, se reorganizaba con la precisión de una máquina veterana.

Lucio, pilus prior de su cohorte, revisaba los informes de los exploratores mientras Viridio, como primus pilus , organizaba los preparativos con la misma naturalidad con que otros respiran: la legión no tenía secretos para él.

La noticia de la segunda expedición había corrido rápido entre los soldados y también entre quienes vivían de ellos.

Los mercatores afilaban sus cuentas, los herreros ambulantes reforzaban correas y hebillas, y las tabernas móviles se multiplicaban en torno a los campamentos, cada una con su propio público fiel.

Entre ellas destacaba una en particular, famosa por un vino sorprendentemente limpio y por la firmeza con que su dueña mantenía el orden entre clientes demasiado animados.

Por ahora, Roma miraba de nuevo hacia el norte. Y la legión se preparaba para cruzar el mar una vez más. Corría el mes de Quintilis, bajo el consulado de Lucio Domicio Enobarbo y Apio Claudio Pulcro [252] .

El campamento hervía desde antes del alba.

Los herreros golpeaban el hierro con un ritmo que parecía marcar el pulso de toda la legión, mientras los auxiliares galos descargaban sacos de grano y ánforas de aceite.

El olor a cuero recién engrasado se mezclaba con el humo de los fogones y con el murmullo constante de miles de hombres preparando una nueva campaña.

Entre las tiendas de oficiales, los carros de suministros y los puestos improvisados de mercaderes, destacaba una estructura de madera y lona que atraía a soldados, lixae y esclavos por igual: la taberna ambulante de Eira.

Había crecido desde el año anterior, cuando abandonó Britannia .

Ahora tenía un mostrador firme, bancos bajos hechos con tablones recuperados y una lona teñida que ofrecía sombra en las horas de más calor.

Dos jóvenes esclavos galos, hermanos de ojos claros y gesto serio, atendían las ánforas mientras Eira supervisaba cada movimiento con una autoridad que nadie discutía.

Su latín, aunque marcado por un acento áspero, era claro y suficiente para hacerse entender. Y cuando no lo era, su mirada bastaba.

—Nada de vino aguado —ordenó a uno de los muchachos, señalando una jarra sospechosamente ligera—. Si quieren agua, que vayan al pozo.

El esclavo asintió con rapidez. Eira no levantaba la voz, pero su presencia imponía más que los gritos de muchos centuriones.

Había aprendido a sobrevivir entre romanos, y lo hacía con una mezcla de firmeza y prudencia que la había convertido en una figura respetada.

No toleraba pendencias, ni trampas en los dados, ni borrachos provocadores. Y la Décima lo sabía.

A esa hora, la taberna estaba llena de actividad.

Un grupo de veteranos de la Octava Cohorte discutía sobre el estado de las naves que se estaban reparando en el puerto cercano.

Un miles [253] recién llegado de Roma preguntaba por el precio del vino, sorprendido de que no oliera a vinagre.

Y un par de lixae negociaban con uno de los esclavos la compra de pan y queso para la jornada.

Entonces apareció Lucio.

No entró de inmediato. Se detuvo a unos pasos, observando el movimiento con la expresión concentrada de quien tiene mil asuntos en la cabeza.

Llevaba el casco bajo el brazo, la coraza ajustada y el manto recogido sobre el hombro.

Su rango se notaba en la forma en que los soldados se apartaban sin que él lo pidiera.

—Vino —dijo, sin elevar la voz.

Eira hizo un gesto a uno de los muchachos.

El esclavo tomó una jarra y llenó una copa con vino oscuro, espeso, de aroma fuerte.

Cuando la dejó sobre el mostrador, Lucio vio el sello en la arcilla del tapón: un racimo estilizado y, bajo él, las letras claras de la gens Fadia .

El vino de Falerno que producía Numerio Fadio.

El padre de Fadia.

El golpe fue seco, inesperado, como una piedra en el pecho. Eira no entendió el cambio en su rostro, pero lo percibió. Lucio tomó la copa sin mirar el sello, bebió un sorbo y la dejó sobre el borde del mostrador, absorto en pensamientos que no compartió.

Nunca había recibido una carta de Fadia. Ni una palabra desde hacía años. Él había escrito, sí, aunque no tantas veces como debería. Las campañas no dejaban espacio para la constancia. Pero aun así… nada. Silencio. Un silencio que ahora, con el sello de los Fadio frente a él, pesaba más que nunca.

Y tampoco tenía noticias de su madre. Livia solía escribirle al menos una vez por campaña, aunque fuera para reprenderlo por no hacerlo él. Pero desde hacía meses, nada. Ni una tablilla. Ni un mensajero. Nada.

Lucio apretó la copa entre los dedos. Luego la dejó con suavidad, como si temiera romperla.

—¿Todo bien? —preguntó Eira, sin saber por qué lo hacía.

Lucio tardó en responder.

—Tengo que escribir a Roma —dijo al fin—. A mi tío Publio Decimio Lépido. Él sabrá algo.

Eira lo observó un instante, incapaz de descifrar qué sombra le había cruzado la mirada.

—¿Qué es lo que te preocupa? —insistió, más suave de lo que pretendía.

Lucio la miró entonces, no con dureza, pero sí con una distancia que no dejaba lugar a dudas.

—No es asunto tuyo —respondió, sin elevar la voz.

No fue un desprecio, pero bastó. Eira apartó la vista como si hubiera recibido un golpe. No dijo nada más. Él tampoco.

—No lo mires así —murmuró uno de los veteranos, sin levantar la vista de su jarra—. Ese no se fija en nadie. Ni en sí mismo.

Eira no respondió. Sirvió otra jarra, limpió el mostrador y siguió trabajando. Pero sus ojos, por un instante, se perdieron en la dirección por la que Lucio había desaparecido.

Esa misma tarde, en su tienda, Lucio redactó la carta con la sobriedad de un soldado que no sabe si volverá a ver su hogar.

Lucio Decimio Mergo Praesul a Publio Decimio Lépido, salud.

Hace meses que no recibo noticias de mi madre, ni tampoco de Fadia Silana. Te ruego que me informes de su estado, si algo sabes. La campaña nos llevará de nuevo a Britannia y no sé cuándo podré escribir otra vez.

Vale.

Selló la tablilla, la entregó a un mensajero que partía hacia el sur y volvió a sus obligaciones.

El campamento seguía vivo, rugiendo como una bestia en movimiento. La segunda expedición a Britannia estaba en marcha, y cada hombre, cada esclavo, cada lixa y cada comerciante sentía en el aire la mezcla de expectación y temor que precede a las grandes campañas.

El sol caía oblicuo sobre las laderas del Aventino, iluminando las fachadas de las domūs con un brillo dorado que anunciaba el final del día.

En la casa de Publio Decimio Lépido, el aire olía a pergamino, aceite de oliva y a los restos de un guiso que los esclavos habían retirado hacía poco.

La vivienda, amplia pero sin ostentación, reflejaba el carácter de su dueño: sobrio, práctico, atento a los negocios más que a las apariencias.

Publio estaba sentado en el tablinium , revisando cuentas del comercio de salazones y garum que la familia mantenía en el Emporium .

Dos esclavos copiaban cifras en tablillas de cera mientras un tercero ventilaba la estancia con un abanico de plumas.

El día había sido largo: un cargamento procedente de Gades había llegado con retraso, y los estibadores del puerto exigían un pago adicional por la descarga nocturna.

Fue entonces cuando el portero anunció la llegada de un mensajero procedente de la Galia.

Publio levantó la vista. No esperaba nada de allí. No desde hacía meses.

—Hazlo pasar.

El mensajero entró, entregó la tablilla sellada y se retiró sin decir palabra. Publio reconoció el sello al instante: la marca de su sobrino, Lucio Decimio.

Un mal presentimiento le recorrió el pecho. Rompió el sello con el pulgar y leyó en silencio.

Publio cerró los ojos un instante. La tablilla le pesaba en la mano como si fuera de plomo.

Livia… La esposa de su primo, el padre de Lucio, había muerto aquella primavera, tras una enfermedad breve y cruel.

Él mismo había organizado el funeral, discreto, como ella habría querido.

Y Fadia… hacía más de un año que no sabía nada de la muchacha.

La relación comercial entre los Decimios y los Fadio se había enfriado hasta casi desaparecer.

Numerio Fadio Silano era un hombre orgulloso, difícil, y los últimos envíos de vino habían llegado con retrasos y excusas.

—Traedme una tablilla nueva —ordenó.

Los esclavos se apresuraron. Publio apoyó el estilete sobre la cera fresca y comenzó a escribir con una lentitud que no era habitual en él. Cada palabra parecía costarle.

Publio Decimio Lépido a Lucio Decimio Mergo Praesul, salud.

Recibo tu carta con pesar. Tu madre, Livia, falleció esta primavera. Partió en paz, rodeada de la familia. Cumplí con las exequias en tu nombre.