La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 18 - Britannia, la Isla del Viento #10
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Capítulo 18 - Britannia, la Isla del Viento #10

El campamento improvisado comenzó a deshacerse con rapidez.

Los legionarios recogían tiendas, aseguraban pertrechos y formaban en columnas compactas.

A su alrededor, como un enjambre inevitable, se movía la multitud que siempre seguía a los ejércitos: los lixae , cargando con herramientas, mantas y mercancías; los calones , esclavos y sirvientes que empujaban carros desvencijados; los mercatores , atentos a cualquier oportunidad para vender vino aguado, pan duro o piezas de metal [248] .

Había lenas que buscaban clientes entre los auxiliares, buhoneros que ofrecían amuletos contra la mala suerte, herreros ambulantes que prometían reparar una correa rota en menos tiempo del que tardaba un centurión en perder la paciencia.

Y entre todos ellos, figuras que nadie identificaba del todo: fugitivos, desertores, curanderas, oportunistas que vivían de la sombra de las legiones sin pertenecer a ellas.

Lucio observó aquel flujo humano mientras avanzaba junto a su cohorte. No era nuevo para él, pero Britannia había añadido un matiz distinto: la sensación de que todos querían marcharse cuanto antes, como si la isla misma los expulsara.

Viridio se acercó a caballo, empapado por la llovizna.

—Las naves estarán listas al anochecer —informó—. César quiere embarcar en cuanto la marea lo permita.

Lucio asintió.

—¿Habrá resistencia?

—No lo creo. Están tan cansados como nosotros.

El primus pilus siguió su camino, revisando la columna con la mirada dura de siempre. Lucio lo observó alejarse. Había aprendido más de él en unas semanas que en años de servicio.

La marcha hacia la costa fue lenta, pesada. El terreno embarrado dificultaba el avance de los carros, y los lixae maldecían mientras empujaban ruedas atascadas. Los legionarios mantenían el paso sin quejarse, acostumbrados a que la disciplina fuese su única protección contra el caos.

Cuando por fin divisaron el mar, el viento soplaba con fuerza. Las naves romanas se mecían ancladas cerca de la orilla, listas para recibir a la legión. César observaba desde un promontorio, inmóvil, como si la tormenta no fuera con él.

Lucio se detuvo un instante para mirar atrás. La isla quedaba envuelta en una niebla espesa, como si quisiera ocultar todo lo que había ocurrido allí. No sintió orgullo ni decepción. Solo la certeza de que la campaña había terminado.

Viridio levantó la mano.

—A embarcar.

La Décima avanzó hacia las naves con la misma disciplina con la que había llegado.

Y mientras los legionarios subían por las pasarelas, la multitud de lixae , calones y mercatores se arremolinaba detrás, intentando asegurar un lugar en los barcos o un hueco entre los carros que regresarían a la Galia por otra ruta.

Entre ellos caminaba una joven britana que no entendía aquel idioma áspero, pero que seguía adelante con una mezcla de temor y determinación.

Dejaba atrás su clan y su tierra; sin padre, sin madre y sin un hogar que la reclamara, la separación le pesó menos de lo que habría imaginado.

Y estaba ese romano que tanto la turbaba y que le hacía el efecto de una llamada que no comprendía… aún.

La retirada no era una derrota. Era una Roma heterogénea en movimiento que se iba a reponerse para su siguiente embestida. Era septiembre del segundo consulado de Pompeyo Magno y Marco Licinio Craso [249] .

El mensajero llegó al Tabularium [250] al caer la tarde, cubierto de polvo y sal. Entregó el pequeño cilindro de madera sin decir palabra. El escriba lo recibió con la misma indiferencia con la que habría tomado cualquier otro informe procedente de las provincias.

Abrió el sello, desenrolló el pergamino y leyó en silencio.

No había adornos ni descripciones. Solo una relación escueta de hechos: desembarco, avance limitado, resistencia dispersa, tormenta, retirada ordenada, rehenes tomados, tributos prometidos.

Y una nota final: «Preparativos en marcha para una segunda expedición».

El cuestor encargado de los asuntos de la Galia entró sin llamar. Tomó el pergamino, lo revisó con gesto práctico y señaló un par de líneas.

—Pérdida de naves. Anótelo en el registro de gastos extraordinarios.

El escriba asintió y comenzó a copiar el informe en la tablilla correspondiente. No preguntó por los hombres, ni por la isla, ni por la tormenta. Su tarea no era comprender, sino ordenar.

Cuando terminó, un lictor se presentó en la sala. Venía en nombre de los cónsules del año, Cneo Pompeyo Magno y Marco Licinio Craso. Solicitaban copia del informe para su lectura inmediata.

El escriba preparó dos transcripciones limpias, las selló con cera fresca y las entregó al lictor. Este las guardó en una caja de madera y se marchó sin demora hacia el Templo de Castor [251] , donde los cónsules atendían los asuntos del día.

En la estancia contigua, el cuestor observó cómo el mensajero se retiraba tambaleándose, agotado por el viaje. Luego miró el estante donde el informe original acababa de ser archivado, idéntico a tantos otros procedentes de Hispania, Siria o la propia Galia.

Roma no discutía aquella campaña. La archivaba. Y ahora, con los cónsules informados, quedaba por ver cómo se lo tomarían los senadores.