Capítulo 18 - Britannia, la Isla del Viento #9
—Centurión, ¿eh? —dijo con una sonrisa torcida—. No te lo crees ni tú.
Seraces inclinó la cabeza con respeto.
—Que los dioses te acompañen, Lucio.
Numes lo abrazó sin pedir permiso. Vibio, tembloroso, intentó cuadrarse, pero Lucio lo detuvo.
—Seguid luchando juntos —dijo—. Eso es lo que os mantiene vivos.
Nicandro, con su calma habitual, añadió:
— Μὴ λήθῃ πόθεν ἥκεις —dijo Nicandro, con una media sonrisa—. No olvides de dónde vienes.
Lucio sonrió.
—Jamás.
Trebonio Léntulo se acercó entonces con un hombre de porte firme, barba corta y mirada dura. Su paso era seguro, casi desafiante, como si el campamento entero le resultara familiar.
—Legionarios —anunció Trebonio—. Este es Gento Aelio Lamia, de la Undécima Legión. Desde este momento, es el nuevo centurión de la Segunda Centuria de la Tercera Cohorte.
Trebonio se marchó, dejando a Aelio ante Viridio, Lucio y la centuria.
Un murmullo contenido recorrió la formación.
La Undécima tenía fama de dura, de templar a sus hombres a golpes de disciplina y campaña.
Marco abrió los ojos con sorpresa; Seraces inclinó la cabeza con respeto; incluso Nicandro dejó escapar un leve silbido, como quien reconoce a un igual peligroso.
Cayo y el resto de decani también observaban con curiosidad y expectación.
—Te dejo a mis chicos, Gento —siseó Viridio a su oído—. Si me entero de algo «raro», te hago un lindo collar con tus testículos.
Lucio miró con una sonrisa ladina a Aelio, asintiendo a cada palabra de Viridio.
Aelio carraspeó y saludó con un gesto marcial a sus dos superiores. Lucio sintió cierta satisfacción por ser la primera vez que un centurión le saludaba, reconociendo su mando.
—No vengo a reemplazar a nadie —dijo Aelio dirigiéndose a los hombres—. Vengo a que sigáis vivos.
La frase cayó como un yunque. Marco, Seraces, Aulo, Numes, Nicandro, Vibio, Sexto y la totalidad de la Segunda Centuria se cuadraron de inmediato, instintivamente, como si el tono del recién llegado les hubiese atravesado la columna.
—Formad en línea —ordenó el centurión—. Quiero ver quién sabe mantenerse firme sin que se lo griten.
Desde la distancia, Lucio y Viridio observaron la escena, y se dirigieron a sus nuevas obligaciones. La centuria tenía nuevo mando. Y la campaña, nuevos caminos por abrir.
La Décima seguía adelante.
El viento cambió antes que la luz. Eira lo sintió en la piel, frío y áspero, arrastrando el olor a hierro que siempre quedaba después de la lucha. Abrió los ojos despacio. El cielo era una franja gris que apenas se movía, como si también él estuviera recuperando el aliento.
El dolor en el costado regresó con la primera respiración profunda.
Recordó el golpe: un escudo romano que la había arrojado contra una roca cuando intentó ayudar a un guerrero caído de su clan.
No había sido un ataque directo, solo el caos de la batalla.
Pero la había dejado sin aire, y luego sin sentido.
A su alrededor, el campo seguía respirando.
No con vida, sino con ese temblor sordo que dejan los cuerpos caídos, las armas rotas y la tierra removida a golpes.
Había humo en la distancia, restos de antorchas apagadas y ramas quemadas.
Y silencio. Un silencio que no era paz, sino agotamiento y lamento.
Se incorporó con esfuerzo. Había visto a los suyos retirarse en desorden antes de perder el conocimiento, algunos arrastrando a los heridos, otros sin mirar atrás.
Nadie la había buscado. Nadie la había llamado por su nombre.
Quizá porque ya no sabían si seguía siendo una de ellos. Quizá porque ya no lo era.
Un crujido la hizo girarse. Branoc apareció entre los matorrales, con la lanza manchada y la mirada encendida por la rabia. Se detuvo al verla.
—Sigues viva —dijo, sin alegría.
Eira no respondió. Branoc la observó un instante más, como si buscara algo que confirmar.
—Te quedaste demasiado cerca de ellos —escupió—. Demasiado tiempo. Los ancianos lo han visto. Todos lo han visto.
Ella sostuvo su mirada sin bajar la cabeza. Branoc negó con desprecio.
—No vuelvas al poblado. No así. No ahora.
Se marchó sin esperar respuesta, cojeando ligeramente, tragado por la bruma.
Eira respiró hondo. El costado le ardía, pero podía caminar. Y debía hacerlo. Desde la colina, vio a los romanos reorganizándose en la llanura: movimientos lentos, metódicos, casi rituales. No celebraban. No gritaban. Solo cumplían.
Observó cómo los romanos se formaban en líneas y cómo el que parecía mandarles les hablaba.
Eira no entendía. Vio luego cómo empujaban a un romano, que agachaba la cabeza ante el hombre que desprendía una especie de majestad.
Cuando el hombre del estrado terminó de hablar, rodearon al que estaba delante, cabizbajo, y un grupo de soldados empezaron a golpearlo con varas hasta que no fue más que un despojo de carne, huesos y sangre, sin un hálito de vida.
Eira lo entendió: ejecutaban a un traidor o un cobarde.
Entre los suyos hubiera pasado algo similar.
Buscó con la mirada al hombre de la calma. Lo encontró entre los suyos y vio cómo era llamado ante el estrado. Le entregaron una vara y los hombres formados respondieron con un estruendo de escudos y lanzas. Antes habían honrado del mismo modo a otro guerrero de más edad.
Él no la vio. Ni siquiera miró hacia la colina. Para él, ella no era más que una figura lejana entre la niebla. Y aun así, Eira sintió que debía recordar ese instante, como si fuera importante para algo que aún no entendía.
Unas horas después, cuando los romanos comenzaron a formar columnas para marchar, Eira tomó su decisión. No volvería al poblado. No soportaría las miradas, ni los susurros, ni el juicio de los ancianos. Y no quería alejarse de aquel romano cuya calma la inquietaba más que cualquier arma.
Bajó por la ladera en dirección contraria al clan, siguiendo el rastro de los carros y animales que siempre acompañaban a las legiones: comerciantes que vendían vino aguado y pan duro, lenas que buscaban soldados con paga reciente, buhoneros, herreros ambulantes, curanderas, esclavos huidos que se mezclaban entre la multitud.
Un mundo que vivía de los ejércitos sin pertenecer a ellos.
Eira se unió a esa corriente humana sin ser vista, envuelta en su manto oscuro. Nadie le preguntó quién era. Nadie le pidió explicaciones. En aquel río de voces, ruedas y animales, era solo una más.
Y mientras la columna romana comenzaba a avanzar hacia la costa, Eira caminó tras ellos, a distancia, sin saber qué buscaba exactamente. Solo sabía que no podía volver atrás.
El cielo seguía cubierto cuando César dio la orden de retirada. No hubo discursos ni gestos solemnes. Solo un movimiento preciso de oficiales y centuriones que recorrieron las líneas transmitiendo la orden. Britannia quedaría atrás, envuelta en bruma y silencio.
Viridio, ya como primus pilus , supervisaba la formación de la Décima con la calma de quien conoce cada engranaje de la legión.
Lucio, como pilus prior , coordinaba a los centuriones de su cohorte, ajustando distancias, revisando escudos, comprobando que nadie quedaba fuera de la columna.
No había espacio para el cansancio ni para la reflexión. Solo para cumplir.