La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 18 - Britannia, la Isla del Viento #8
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Capítulo 18 - Britannia, la Isla del Viento #8

La niebla volvió a espesarse. Los gritos del combate resonaban en el valle. Hostio, desarmado y custodiado, observaba la batalla desde atrás, con la respiración entrecortada.

Su juicio sería breve. Y su castigo, público.

—Volved a la línea.

Los hombres obedecieron.

La niebla volvió a cerrarse. Los Britanos cargaron de nuevo. Y la Décima respondió.

Desde la ladera, Eira observaba la escena. No entendía el castigo, pero sí la fuerza de aquella formación que no retrocedía. Su clan gritaba más abajo, preparándose para otra carga.

Lucio volvió a su puesto junto a Marco. Viridio regresó a la primera fila, la vitis manchada de barro.

— Optio —dijo—. Aguantamos aquí.

Lucio asintió.

La batalla continuó.

La niebla se había levantado lo justo para mostrar el desastre.

El flanco izquierdo seguía inestable. Los Britanos, al ver la brecha contenida, redoblaron la presión.

Los carros giraban más cerca, lanzando jabalinas desde ángulos imposibles.

La hierba alta ocultaba movimientos rápidos. El aire olía a hierro y tierra mojada.

Viridio observó el terreno. La línea resistía, pero algo no encajaba. Los Britanos no estaban retrocediendo: estaban esperando . Y entonces lo vio.

En la retaguardia romana, a menos de doscientos pasos, un grupo de guerreros britanos emergía de la niebla, avanzando en silencio, sin gritos, sin carros.

Una maniobra envolvente. Y en su trayectoria, protegido solo por una escolta mínima, estaba el legatus legionis [240] de la Décima: Quinto Trebonio Léntulo.

Si caía el legatus , la Décima quedaría sin mando. Y si la Décima se quebraba, toda la línea romana se vendría abajo.

Viridio no dudó.

—Lucio —dijo—. Conmigo.

El optio entendió al instante. No era una orden táctica. Era una decisión desesperada.

—Marco, Seraces, Aulo, Numes, Nicandro, Vibio, Sexto… Los de mi derecha, conmigo.

Los hombres se reagruparon. No había tiempo para formar cuña. No había tiempo para nada. Los Britanos ya corrían hacia Trebonio, que intentaba reorganizar a su escolta.

— Currite! [241] —ordenó Viridio.

Corrieron cuesta abajo, atravesando la niebla como una flecha. Los Britanos vieron el movimiento y aceleraron. Trebonio retrocedió un paso, sorprendido por la rapidez del ataque enemigo.

Sexto corría unos pasos por detrás, sin perder de vista la formación improvisada. Fue él quien vio primero a un segundo grupo de britanos que intentaba rodearlos por la izquierda, ocultos entre la niebla. Señaló con el brazo, sin alzar demasiado la voz para no romper el ritmo de avance.

—¡Viridio, por el flanco! —advirtió.

La alerta llegó justo a tiempo. Lucio desvió a dos hombres hacia ese lado, bloqueando la maniobra enemiga antes de que alcanzara la retaguardia del grupo. Sin aquella advertencia, los Britanos habrían caído sobre Trebonio por un ángulo ciego.

Viridio llegó primero. Se interpuso entre el legatus y los Britanos justo cuando uno de ellos, enorme, cubierto de pintura azul, levantaba una lanza larga para lanzarla a quemarropa.

—¡Atrás! —gritó Viridio.

La lanza voló. Viridio no tuvo tiempo de levantar el escudo. Lucio se lanzó contra él, desviando el proyectil con el borde del escudo. La lanza pasó rozando la mejilla de Trebonio y se clavó en el suelo.

Los Britanos chocaron contra ellos como una ola.

Marco bloqueó un golpe de hacha que habría partido el casco de Trebonio.

Seraces hundió su gladius en el costado de un guerrero que intentaba rodearlos.

Aulo cayó, pero Numes lo levantó de un tirón.

Nicandro cubría la retaguardia repartiendo tajos cortos y precisos, como una furia griega.

Viridio avanzó un paso más, empujando con el escudo, abriendo espacio. Su voz cortó el ruido del combate.

— Impellite! [242]

Los hombres empujaron. La formación improvisada resistió. Lucio recibió un golpe en el hombro que lo hizo girar, pero se mantuvo en pie. Nicandro bloqueó una lanza con el escudo y remató al atacante con un golpe seco.

Trebonio, aún aturdido, observaba la escena sin comprender cómo aquel grupo de legionarios había llegado tan rápido.

Viridio vio al líder enemigo: un guerrero enorme, con un torque de bronce y una espada curva.

Avanzaba directo hacia Trebonio. Viridio se lanzó contra él.

El choque fue brutal. La espada del britano golpeó el escudo de Viridio con tal fuerza que lo hizo retroceder un paso.

Viridio respondió con un tajo bajo, cortando el tendón de la pierna del guerrero.

Este cayó de rodillas. Viridio hundió el gladius en su pecho.

Los Britanos, al ver a su líder caer, vacilaron. Lucio aprovechó el momento.

—¡Adelante!

Empujaron como una muralla viva. Los Britanos retrocedieron. Luego huyeron entre la niebla.

Trebonio respiró hondo. Miró a Viridio. Luego a Lucio. Luego a los hombres que habían formado aquel pequeño muro.

—Me habéis salvado la vida —dijo Trebonio, sin adornos.

La batalla menor había terminado.

Horas después, con la línea asegurada y los muertos retirados, César llegó al campamento. No necesitó que nadie le explicara lo ocurrido: había visto la maniobra desde la distancia. Y había visto a Viridio interponerse entre el legatus y la muerte.

Ordenó reunir a la Décima en formación completa.

Hostio, desarmado y custodiado, fue conducido ante el tribunal. César ocupaba su asiento en la plataforma. A su derecha, el legatus legionis , Quinto Trebonio Léntulo. Los tribunos detrás. La legión entera en silencio.

—Centurión Hostio —dijo César—. Se te acusa de cobardía en presencia del enemigo, de abandonar tu puesto y de causar la destrucción parcial de tu unidad. ¿Tienes algo que decir?

Hostio bajó la cabeza.

—No, procónsul.

César asintió una sola vez.

—La sentencia es fustuarium [243] . Que la Décima borre su nombre de sus filas.

Un murmullo recorrió la Décima. No de sorpresa. De asentimiento.

—Formad un círculo —ordenó César.

Las centurias rodearon a Hostio. Viridio presentó a los ejecutores. Los golpes cayeron como martillos. La hierba se manchó de sangre. El silencio era absoluto.

Cuando terminó, César levantó la mano.

—Leo Viridio, da un paso al frente.

El centurión obedeció.

César lo observó un instante, sin prisa, dejando que toda la Décima sintiera el peso del momento.

—El primus pilus [244] de esta legión, Mario Minucio Rústico, cayó hoy en combate —anunció César—. Murió cumpliendo con su deber, manteniendo la línea cuando la brecha amenazaba con tragarse a toda la cohorte. Su puesto queda vacante.

Un murmullo recorrió las filas. Nadie ignoraba lo que significaba aquello.

César continuó:

—He visto con mis propios ojos cómo te interpusiste entre la muerte y mi legatus . He visto cómo mantuviste la disciplina cuando otros flaquearon. Y he visto cómo tus hombres te seguían sin dudar, incluso cuando la niebla ocultaba al enemigo.

Quinto Trebonio Léntulo dio un paso adelante.

—Procónsul —dijo con voz firme—. Si yo sigo con vida, es por este hombre. Ningún otro centurión de la Décima ha demostrado hoy mayor juicio, valor y rapidez.

Un par de centuriones veteranos intercambiaron miradas. Uno de ellos, de rostro curtido y cicatrices antiguas, dio un paso al frente.

—Procónsul —dijo con cautela—. Con todo respeto… hay hombres con más años de servicio. Con más campañas. Con más…

César lo interrumpió sin elevar la voz.

—¿Dudas de mis ojos? ¿Dudas de mi juicio? ¿O dudas de los méritos de Viridio?

El silencio cayó como una losa. El centurión veterano bajó la cabeza. Los demás lo imitaron.

—He visto lo suficiente —dijo César—. No busco antigüedad. Busco hombres que mantengan viva una legión.

El aire pareció cambiar en la formación. Nadie se movió, pero ya no era el mismo silencio: era un silencio de asentimiento, no de espera.

La Décima ya no aguardaba explicación. Solo órdenes.

—Leo Viridio Britano —dijo—. Desde este momento, eres primus pilus de la Décima Legión. Te has ganado ese agnomen [245] con motivos de sobra.

Trebonio le entregó la vitis de Mario Minucio Rústico. Viridio la tomó con solemnidad, sin una palabra, como si el peso del mando pasara a su brazo antes que a su nombre.

César se volvió entonces hacia Lucio.

—Lucio Decimio Mergo, da un paso al frente.

El optio obedeció.

—Tú te interpusiste entre la lanza y tu centurión. Mantuviste la cohesión de tus hombres en el momento más crítico. Y tu actuación en el rescate de Trebonio ha sido decisiva. Por ello, desde este momento, quedas nombrado centurión de la Segunda Centuria de la Primera Cohorte.

Un murmullo de sorpresa recorrió la formación. Ser nombrado centurión ya era un honor. Serlo en la Primera Cohorte era otra cosa. Lucio quedaba así como pilus prior [246] , segundo solo tras el primus pilus .

César lo observó un instante más, como sopesando algo que solo él veía claro.

—Y llevarás un agnomen ganado con hechos, no con palabras —añadió—. Desde hoy, serás Lucio Decimio Mergo Praesul [247] . Te lo has ganado al ponerte delante de los tuyos cuando más te necesitaban.

Trebonio le entregó una vitis . Lucio la tomó con respeto, consciente de que muchos hombres más veteranos que él jamás empuñarían aquella vara.

Lucio se cuadró.

—A sus órdenes, procónsul —respondió con la voz firme.

César asintió.

—La Décima necesita hombres así. Y los tiene.

Los legionarios de la Décima estallaron en vítores, haciendo resonar los scuta bajo el golpe de sus armas. Sobre todo los de la Tercera Cohorte: dos de los suyos habían sido recompensados a lo más alto.

Tras la disolución de la formación, la Segunda Centuria de la Tercera Cohorte se reunió en torno a Viridio. Nadie sabía qué decir. Él rompió el silencio.

—Habéis luchado como legionarios de la Décima —dijo—. No puedo pedir más. Pero mi puesto ya no solo está aquí. Ahora cargaré con más hijos de Marte.

Marco, con los ojos húmedos, golpeó el pecho con el puño.

— Primus pilus —dijo—. Ha sido un honor.

Viridio asintió, sin permitir que la emoción le quebrara la voz.

—El honor ha sido mío.

Lucio se acercó a su contubernium . Aulo le dio un empujón amistoso.