La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 18 - Britannia, la Isla del Viento #7
63%

Capítulo 18 - Britannia, la Isla del Viento #7

Una línea de hierro y disciplina avanzando entre la niebla. No eran como los clanes. No eran como los hombres de la isla. Eran algo distinto. Algo que no se detenía. Algo que no dudaba.

Un murmullo recorrió el campamento. Las conversaciones se apagaron. Los hombres se apartaron instintivamente cuando una figura apareció entre los árboles.

El druida [238] .

Su manto estaba cubierto de símbolos trazados con ceniza y arcilla. Llevaba el cabello recogido en nudos y una rama de tejo en la mano. Sus ojos, hundidos y oscuros, parecían ver más allá del bosque, más allá del valle, más allá del tiempo.

Se detuvo frente a Eira. No la tocó. No habló al principio. Solo la observó, como si midiera algo que los demás no podían ver.

—Tu mirada no pertenece a esta isla —dijo al fin, con una voz que parecía salir de la tierra misma—. Y eso traerá dolor.

Branoc dio un paso adelante.

—No le hagas caso, Eira. Está confundiendo presagios.

El druida no lo miró siquiera.

—Los dioses no se confunden —respondió—. Pero los hombres sí.

Eira sintió un escalofrío. No de miedo. De certeza.

El druida levantó la rama de tejo hacia el valle.

—El hierro del sur avanza. No se detendrá. No conoce la duda. No conoce el cansancio. Hoy la tierra beberá sangre.

Y sin esperar respuesta, se volvió y desapareció entre los árboles, como si nunca hubiera estado allí.

Un cuerno sonó en el campamento. Los hombres se reunieron. Los carros se alinearon. Los caballos relincharon, inquietos. Branoc ajustó su escudo y se colocó al frente de los jóvenes guerreros.

—Quédate atrás —ordenó a Eira sin mirarla.

Ella no respondió. Se quedó en el promontorio, observando cómo el clan descendía hacia el valle. Cómo los romanos avanzaban desde el otro lado. Cómo dos mundos se preparaban para chocar.

Y en medio de la formación romana, entre los escudos rectangulares y los cascos brillantes, Eira creyó reconocer una figura. Un hombre que caminaba junto a otro de más edad y una vara en la mano, dando órdenes, señalando el terreno.

La sensación que notaba desde hacía tiempo, le apretaba en el pecho con una intensidad nueva para ella.

El amanecer llegó sin colores. Una luz gris, espesa, se extendía sobre la playa mientras la Décima formaba en silencio.

El aire estaba frío y húmedo; la arena se pegaba a las grebas y a los escudos.

Los hombres respiraban hondo, ajustando correas, revisando hebillas, comprobando que nada había cedido durante la noche.

César dio la orden de avanzar. La columna se puso en marcha sin una palabra. El sonido de miles de sandalias sobre el barro marcaba el ritmo.

Lucio marchaba junto a Viridio. El centurión no hablaba; observaba el bosque, la línea de colinas, la niebla que se movía entre los troncos.

Marco mantenía al contubernium agrupado.

Seraces avanzaba con la vista fija en las sombras.

Aulo mascullaba algo sobre el clima. Nicandro estudiaba la pendiente del terreno.

Numes cargaba dos mochilas sin esfuerzo.

Sexto marchaba con el escudo preparado; la tablilla iba guardada bajo el manto, seca, esperando órdenes.

El resto de la centuria, avanzaba también.

La ladera ascendía cubierta de helechos. A ambos lados, el bosque se cerraba como una muralla. La niebla se movía en hilos bajos, rozando las sandalias. El olor a tierra mojada era intenso.

— Optio —dijo Marco, acercándose—. Vibio está raro.

Lucio miró atrás. Vibio marchaba con la vista fija en el suelo, pero sin perder el paso. El escudo le temblaba ligeramente en la mano.

—Déjalo —dijo Lucio—. Mientras siga en la línea…

Marco asintió y volvió a su posición.

La columna avanzó durante horas. No encontraron carros. Ni jabalinas. Ni señales de movimiento. Solo el crujido del barro bajo las sandalias y el roce de los escudos al balancearse.

—Demasiado limpio —murmuró Aulo.

Seraces levantó la mano.

—Allí.

Entre los árboles, una figura se movió un instante. Un manto oscuro. Un destello de metal. Luego nada.

Viridio no redujo el paso.

—Explorador —dijo.

Lucio ajustó el agarre del escudo. El aire parecía más frío.

Al coronar la ladera, la niebla se abrió. El valle descendía en una extensión de hierba alta, con pequeños bosques dispersos. El viento movía la vegetación en ondas lentas. La humedad se pegaba a la piel.

Viridio levantó la vitis .

—Deteneos.

La centuria se detuvo. El silencio era compacto, como si el valle contuviera la respiración.

— Optio —dijo Viridio—. Reconocimiento en abanico. Treinta pasos.

Lucio dio las órdenes. Los hombres de la centuria se abrieron, por parejas.

Los hombres de la avanzadilla regresaron pronto.

—Nada —dijo Marco—. Ni huellas. Ni movimiento.

Seraces negó con la cabeza.

—La hierba está demasiado recta. Nadie ha pasado por aquí en horas.

Viridio observó el valle largo rato. No dijo nada. Solo bajó el bastón y ajustó la correa del escudo.

Lucio siguió su mirada. La hierba se movía con el viento. La niebla bajaba en remolinos lentos. El aire estaba quieto, pesado.

—Seguimos —dijo Viridio.

La Décima descendió hacia el valle. La niebla se cerró detrás de ellos, tragándose la ladera.

El valle estaba cubierto por una niebla baja que se movía en hilos densos.

La Décima avanzaba en formación cerrada, con los escudos ligeramente inclinados hacia la izquierda para protegerse del viento húmedo que venía del bosque.

El silencio era extraño: ni pájaros, ni carros, ni voces.

Solo el roce de las sandalias sobre la hierba mojada.

Viridio levantó la vitis . La columna se detuvo.

—Lucio —dijo sin apartar la vista del frente—. Línea más compacta. Marco, cierra huecos. Cayo, a retaguardia.

Los hombres ajustaron posiciones. Vibio respiraba rápido, pero mantenía el escudo firme. Seraces observaba la hierba alta. Aulo tensaba la mandíbula. Nicandro estudiaba el terreno. Numes cargaba dos mochilas sin esfuerzo. Sexto se colocó detrás de Nicandro, gladius preparado.

Un sonido seco rompió el silencio. Una piedra golpeó un escudo en la segunda fila. Luego otra. Y otra más.

— Scuta tollite! —ordenó Lucio.

La primera lluvia de proyectiles cayó desde la niebla. Piedras, jabalinas cortas, lanzas ligeras. La formación aguantó. Los golpes resonaron en los escudos como martillazos.

—No avanzan —murmuró Marco.

Viridio entrecerró los ojos. No daba tiempo de lanzar una andanada de pila .

—Están esperando que rompamos la línea.

Un cuerno sonó a la derecha. Otro respondió desde la izquierda. La niebla se abrió un instante y dejó ver siluetas moviéndose entre la hierba: carros, guerreros con pinturas azules, escudos redondos, lanzas largas.

—Vienen —dijo Seraces.

Los Britanos cargaron desde ambos flancos. Los carros avanzaban en círculos amplios, levantando barro y hierba. Los guerreros gritaban, golpeando sus escudos con las lanzas.

—¡Firmes! —ordenó Viridio.

La primera oleada chocó contra la línea romana. El impacto fue brutal. Escudos contra escudos. Lanzas contra hierro. Gritos. El olor a sudor y tierra mojada se mezcló con el del metal recién abierto.

Lucio bloqueó una lanza y respondió con un corte rápido al muslo del atacante. Marco empujó a un guerrero hacia atrás con el escudo. Numes clavó su gladius bajo una axila. Sexto recibió un golpe en el casco que lo hizo tambalear, pero se mantuvo en pie.

Los carros giraban alrededor, lanzando jabalinas. Una de ellas se clavó en el escudo de Vibio, que retrocedió un paso.

—¡Vibio, conmigo! —gritó Lucio.

El legionario volvió a la línea, respirando con dificultad.

Un grito llegó desde la izquierda. No era britano. Era romano.

—¡La centuria de Hostio se rompe! —avisó Nicandro.

Viridio giró la cabeza. A través de la niebla, se veía a un centurión retrocediendo, escudo en alto, sin mirar atrás. Su línea se abría como una herida. Los Britanos entraron por el hueco y la centuria se desmoronó en segundos.

—Cobarde… —murmuró Marco.

Viridio no dudó.

—Lucio, conmigo. Marco, mantén la línea.

Viridio y Lucio corrieron hacia el flanco izquierdo. La niebla se abrió un instante y mostró la masacre: legionarios dispersos, algunos intentando reagruparse, otros cayendo bajo las lanzas britanas. El centurión seguía retrocediendo, sin dar órdenes, sin mirar a sus hombres.

—¡Centurión Hostio! —gritó Viridio—. ¡Vuelve a la línea!

Hostio no respondió. Retrocedía más rápido ahora, casi corriendo.

Viridio apretó la vitis .

—Lucio, cubre mi derecha.

Entraron en la brecha. Viridio golpeó con el escudo a un britano y lo derribó. Lucio bloqueó una lanza y empujó al atacante hacia atrás. Dos legionarios heridos se unieron a ellos, jadeando.

—¡Reagrupad! —ordenó Lucio—. Coniungite scuta! [239]

La línea empezó a cerrarse. Viridio avanzó un paso más, cortando el avance enemigo.

—¡Segunda Centuria, conmigo!

Los hombres respondieron. La brecha se cerró. Los Britanos retrocedieron unos pasos.

Hostio seguía huyendo.

Viridio alcanzó a Hostio en tres zancadas. Lo agarró por el brazo y lo giró con violencia. El centurión tenía la mirada perdida, el escudo a medio bajar, las piernas temblorosas.

—Has abandonado a tu centuria —dijo Viridio, sin gritar.

Hostio abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. La niebla se arremolinaba a su alrededor como si quisiera ocultarlo.

—Lucio —ordenó Viridio—. Desármalo.

El optio no dudó. Le arrebató el escudo, luego el gladius . Hostio no opuso resistencia. Solo respiraba rápido, como si acabara de correr una milla.

—Quedas arrestado —dijo Viridio—. Lo presentaré ante el legatus cuando la línea esté asegurada.

Hostio tragó saliva.

—Viridio… yo…

—Calla —respondió el centurión—. Ya hablarás ante quien corresponde.

Lucio lo empujó hacia atrás, donde dos legionarios de la Segunda Centuria lo sujetaron por los brazos. Hostio no levantó la vista.

Viridio recogió la vitis del suelo y volvió a la brecha.

—¡Segunda Centuria, seguidme! —ordenó.

Los hombres avanzaron para cerrar el hueco. Los Britanos retrocedieron unos pasos, sorprendidos por la rapidez con que la línea romana se recomponía.