La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 18 - Britannia, la Isla del Viento #6
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Capítulo 18 - Britannia, la Isla del Viento #6

La Décima descendió hacia la playa. El viento olía a sal, a madera rota, a desastre. Y mientras los legionarios corrían para salvar lo que quedaba de la flota, Lucio se dio cuenta que Britannia no era solo una campaña difícil.

Era una trampa.

La tormenta había dejado la playa irreconocible.

Maderos astillados, cuerdas rotas, restos de naves clavados en la arena como huesos blanqueados.

La Décima trabajaba sin descanso desde el amanecer, arrastrando tablones, reforzando empalizadas, levantando terraplenes.

El viento seguía soplando con fuerza, como si Britannia quisiera expulsarlos del todo.

Lucio, ahora optio , supervisaba a su antiguo contubernium mientras Marco organizaba los turnos de carga.

Numes levantaba vigas que habrían requerido dos hombres.

Seraces ajustaba cuerdas con precisión casi quirúrgica.

Aulo y Nicandro discutían sobre la mejor forma de apuntalar un poste.

Vibio trabajaba en silencio, sin levantar la vista.

Sexto anotaba en sus tablillas el material recuperado y el perdido.

Viridio se acercó a Lucio.

—El procónsul quiere verte.

Lucio sintió un nudo en el estómago. Hacía semanas que no hablaba con César. Desde antes del desembarco. Desde antes de la tormenta. Desde antes de convertirse en optio .

—¿Ahora? —preguntó.

—Ahora —respondió Viridio—. Y no lo hagas esperar.

Lucio dejó a Marco al mando y cruzó la playa entre grupos de legionarios exhaustos. El campamento improvisado se extendía como una herida abierta: tiendas remendadas, fogatas apagadas por la lluvia, montones de madera húmeda esperando ser reutilizada.

César estaba de pie junto a los restos de una nave, observando el mar con los brazos cruzados. Su capa, pesada por la humedad, se movía apenas con el viento. Dos tribunos permanecían a su lado, pero se apartaron cuando Lucio se acercó.

— Optio Decimio —dijo César sin girarse—. Acércate.

Lucio se detuvo a un paso de él.

—Procónsul…

César señaló los restos de la classis .

—Esto no es obra de los Britanos. Es obra del mar. Y el mar no entiende de tratados ni de campañas. Solo de fuerza.

Lucio no respondió. No era una pregunta.

—He leído el informe de Viridio —continuó César—. Dice que cerraste una brecha durante la emboscada. Que sostuviste la línea cuando otros vacilaron. Que evitaste que la centuria fuera arrollada.

Lucio mantuvo la mirada fija en el horizonte.

—Hice lo que debía.

César lo miró entonces, por primera vez desde que Lucio llegó. Sus ojos eran fríos, calculadores, pero no hostiles.

—Eso es lo que distingue a un soldado de un hombre común —dijo—. Hacer lo que debe, incluso cuando nadie lo ordena.

Lucio no supo qué responder. César no esperaba respuesta.

—Necesito hombres así —continuó el procónsul, sonriendo—. Britannia no nos dará una batalla limpia. Nos dará barro, lluvia, emboscadas y traiciones. Y quiero saber quién estará en la línea cuando llegue el momento.

Lucio asintió.

—Estaré donde me ordene, procónsul.

César esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible.

—Lo sé. Por eso estás aquí.

Se volvió hacia los tribunos.

—Quiero un informe completo de las naves que pueden salvarse antes del anochecer. Y que Viridio prepare a su centuria para la inspección al alba.

Los tribunos se marcharon. César se quedó un instante más, mirando el mar.

—Decimio —dijo sin mirarlo—. No dejes que esta isla te robe la voluntad. A otros ya se la ha arrebatado.

Lucio pensó en Vibio. Pensó en los hombres que habían caído en la escaramuza. Pensó en la figura silenciosa que lo observaba desde las colinas.

—No lo haré.

César asintió una sola vez.

—Puedes retirarte.

Lucio regresó hacia la playa. Marco lo esperaba, cubierto de arena y sudor.

—¿Qué ha dicho? —preguntó.

Lucio tomó aire.

—Que sigamos trabajando.

Marco soltó una carcajada amarga.

—Eso ya lo sabíamos.

Lucio miró el mar embravecido. La tormenta había pasado, pero la sensación de peligro seguía allí, suspendida en el aire como una amenaza invisible.

Britannia no había terminado con ellos.

La noche cayó sobre la playa como un manto pesado. No había estrellas. No había luna. Solo nubes bajas que se movían rápido, empujadas por un viento frío que traía olor a sal, a madera húmeda y a tormenta reciente. Las hogueras apenas daban luz: la lluvia fina las apagaba una y otra vez.

La Décima trabajaba en silencio. No era un silencio disciplinado, sino uno nacido del cansancio. De la resignación. De la certeza de que Britannia no quería que estuvieran allí.

Lucio caminaba entre los hombres, revisando empalizadas, comprobando cuerdas, ajustando estacas. Era su primera noche como optio en un contexto real, y sentía el peso del cargo como una piedra en el pecho.

—Marco —dijo—. Refuerza ese tramo. Si el viento cambia, se vendrá abajo.

Marco asintió sin discutir. Su rostro estaba cubierto de arena y sudor, pero sus manos no temblaban. Era un decanus sólido, fiable, el tipo de hombre que sostenía a los demás cuando todo se tambaleaba.

—Numes, conmigo —ordenó Marco—. Aulo, trae más cuerdas. Seraces, revisa los nudos.

Vibio estaba sentado junto a una hoguera apagada, mirando la arena como si buscara algo que había perdido allí. Lucio se acercó.

—Vibio —dijo con suavidad—. Necesito que te levantes. Tenemos que reforzar la línea norte.

Vibio tardó en reaccionar. Cuando levantó la vista, sus ojos estaban enrojecidos, pero no por el humo.

—Mi hermano habría odiado esta isla —murmuró.

Lucio no sabía qué decir. No había palabras para eso. Solo puso una mano en su hombro.

—Levántate. Te necesito.

Vibio asintió lentamente y se incorporó. No era fuerza lo que le faltaba. Era voluntad.

Sexto, sentado bajo un toldo improvisado, intentaba escribir en sus tablillas, pero la humedad borraba la tinta una y otra vez. Frustrado, las guardó bajo el manto y se levantó para ayudar a los demás.

Viridio recorría la playa como un lobo inquieto. No hablaba. No descansaba. Observaba cada sombra, cada movimiento, cada sonido. Cuando vio a Lucio, se acercó.

—¿Cómo están los hombres? —preguntó.

—Cansados —respondió Lucio—. Pero trabajan.

Viridio asintió.

—La fatiga es un arma. Y los Britanos lo saben. Si yo fuera ellos, atacaría esta noche. Otra cosa, no solo tu antiguo contubernium es tu responsabilidad, sino toda la centuria. Si no estoy, TÚ mandas. —dijo, poniendo su índice en el pecho de Lucio, recalcando cada palabra.

Lucio miró hacia la oscuridad más allá de las empalizadas. No se veía nada. Pero se sentía algo. Una presencia. Una espera.

—¿Crees que vendrán? —preguntó.

Viridio no respondió de inmediato.

—Vendrán cuando crean que somos débiles —dijo al fin—. Y esta noche lo parecemos.

Un cuerno sonó a lo lejos. No era romano. Era un sonido grave, antiguo, que parecía salir de la tierra misma. Los hombres se detuvieron. Algunos miraron hacia el bosque. Otros hacia el mar.

—¿Ha sido…? —preguntó Aulo.

—Sí —respondió Seraces—. Ellos.

Lucio levantó la voz.

—¡Escudos a mano! ¡Nadie abandone su puesto!

Los legionarios obedecieron sin discutir. El sonido del cuerno se repitió, más cercano esta vez. Luego otro, desde otra dirección. Y otro más.

Britannia hablaba.

Viridio se volvió hacia Lucio.

—Mantén a todos firmes. Si atacan, será rápido. La mitad, que vayan descansando. Por turnos.

Lucio asintió. Su corazón latía con fuerza, pero su voz no tembló.

—Marco, mi… digo, tu contubernium , línea norte. Cayo tú y los tuyos, al sur. Los de Laberio y Cestio, este y oeste. Paconio, Axio, Carrinas y Atilio, descansando. Relevo cada cuatro divisiones de la clepsidra. Paconio con Marco; Axio con Cayo; Carrinas con Laberio; Atilio con Cestio.

Los hombres se movieron como una máquina cansada pero disciplinada.

El viento cambió. Trajo olor a humo. A hierba quemada. A cuerpos mojados.

Y entonces, de repente, silencio.

Un silencio tan profundo que parecía absorber el sonido del mar.

Lucio apretó el escudo.

Viridio levantó el bastón de mando.

—Están ahí —susurró.

Pero no atacaron.

Los cuernos sonaron una última vez, más lejanos, como si se retiraran hacia el interior.

—Nos están midiendo, como siempre. Como si no nos conocieran ya… —dijo Nicandro—. Como cazadores.

Lucio respiró hondo. No sabía si sentirse aliviado o inquieto.

—Volved al trabajo —ordenó—. No bajéis la guardia.

Los hombres obedecieron. La noche siguió su curso, pesada, interminable. Y mientras la Décima trabajaba bajo la lluvia, Lucio sintió que Britannia los observaba desde la oscuridad.

No era una isla. Era un enemigo.

El clan había levantado su campamento en un claro protegido por robles viejos y raíces retorcidas.

El aire olía a humedad, a hierba pisoteada y a hierro.

Los hombres afilaban lanzas y revisaban los carros.

Las mujeres preparaban vendas, ungüentos y agua caliente.

Nadie hablaba en voz alta. Era la calma tensa que precede a la sangre.

Eira caminaba entre las sombras del bosque, observando a los suyos. No encajaba allí. No desde hacía días. No desde que se había acercado al romano en el arroyo. Las miradas que recibía eran frías, desconfiadas, como si llevara una marca invisible.

Branoc la vio y se acercó con paso duro.

—No deberías estar aquí —dijo—. Las mujeres se quedan atrás.

Eira no respondió. Miraba hacia el este, hacia donde el bosque descendía en colinas suaves. Sabía que los romanos estaban allí. Sabía que avanzarían pronto.

—¿Sigues pensando en él? —escupió Branoc—. ¿En el romano?

Eira lo miró por fin. Sus ojos eran tranquilos, pero firmes.

—No pienso en él —dijo—. Pienso en lo que viene.

Branoc bufó.

—Lo que viene es muerte. Y si te quedas mirando a los romanos como una niña, morirás la primera.

Eira no respondió. No valía la pena discutir. Caminó hacia el borde del claro, donde los árboles se abrían hacia un pequeño promontorio. Desde allí, podía ver el valle. Y más allá, entre la bruma, sombras moviéndose en formación.

Los romanos.