La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 18 - Britannia, la Isla del Viento #5
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Capítulo 18 - Britannia, la Isla del Viento #5

Llevaban casi tres semanas en Britannia .

Tres semanas de bruma, de marchas lentas, de carros que aparecían y desaparecían en las colinas, de jabalinas lanzadas desde la niebla, de enemigos que nunca daban batalla.

Era una guerra sin rostro, sin líneas, sin gloria.

Una guerra que desgastaba más la mente que el cuerpo.

La Décima avanzaba hacia el interior siguiendo un valle estrecho. El terreno era húmedo, irregular, cubierto de matorrales que ocultaban cualquier movimiento. Los Britanos lo conocían como si fuera una extensión de su propio cuerpo. Los romanos, no.

—Nos están llevando donde quieren —murmuró Seraces.

—Y nosotros seguimos —respondió Nicandro—. Como ciegos.

Lucio, al frente del contubernium , mantenía la línea con una disciplina férrea.

Marco, siempre detrás de él, se había convertido en el hombre que sostenía a los demás cuando flaqueaban.

Vibio caminaba en silencio, hundido en sus propios pensamientos.

Sexto avanzaba con las tablillas protegidas bajo el manto, intentando que la humedad no borrara los nombres de los heridos que llevaba anotando desde hacía días.

Viridio levantó el puño.

—¡Alto!

El valle se abría en un claro estrecho rodeado de árboles. Demasiado silencioso. Demasiado perfecto.

Lucio avanzó unos pasos, evaluando el terreno.

—Centurión —dijo en voz baja—. Si yo fuera ellos, atacaría aquí.

Viridio no respondió. Pero su mirada se endureció.

Entonces ocurrió.

Un grito agudo, casi un silbido. Luego otro. Y otro. Desde los árboles surgieron decenas de figuras pintadas, lanzando jabalinas con precisión mortal. Los carros descendieron por la ladera como bestias desbocadas, las ruedas chirriando, los caballos relinchando.

—¡Escudos! ¡Formación! —gritó Viridio.

La centuria intentó reaccionar, pero el ataque había sido demasiado rápido. Un legionario cayó con una jabalina clavada en el cuello. Otro tropezó al intentar levantar el escudo. La línea se rompió.

Sexto se protegió detrás de un tronco, apretando las tablillas contra el pecho mientras intentaba gritar los nombres de los heridos para que Lucio los oyera entre el caos.

Lucio no pensó. Actuó.

—¡Conmigo! ¡A la izquierda! ¡Cerrad la línea! —rugió, empujando a los suyos hacia la brecha.

Marco lo siguió sin dudar, arrastrando a Numes y Aulo con él. Vibio bloqueó un proyectil que habría alcanzado a Seraces. El carro más cercano giró bruscamente hacia la brecha.

—¡Lucio! —gritó Marco.

Lucio se adelantó, clavó el pilum en el suelo y lo sostuvo como una lanza improvisada. El caballo frenó en seco, desviándose lo justo para evitar el impacto. El auriga lanzó una jabalina que rozó el casco de Lucio.

Viridio vio todo desde el centro de la formación. Vio la brecha. Vio a Lucio cerrarla. Vio a Marco sostener a los hombres. Vio que, sin ellos, la centuria habría sido arrollada.

—¡Segunda Centuria, conmigo! ¡Avanzad! —ordenó.

Los romanos empujaron hacia adelante, recuperando terreno. Los Britanos, al ver que la sorpresa había fallado, se retiraron tan rápido como habían aparecido, perdiéndose entre los árboles.

El silencio volvió. Un silencio tenso, lleno de respiraciones agitadas y el olor metálico de la sangre.

Viridio se acercó a Lucio. No habló de inmediato. Lo observó. Observó a Marco. Observó la brecha cerrada, los hombres vivos gracias a ellos.

—Lucio —dijo al fin—. Desde este momento, eres mi optio .

Lucio parpadeó, sorprendido.

—Centurión… yo…

—Te lo has ganado —interrumpió Viridio—. Y lo necesito. No volveré a permitir que una brecha nos coja sin un segundo al mando. No puedo esperar eternamente a que me manden a un optio novato que no conozco.

Viridio se volvió hacia Marco.

—Y tú, Marco. Lucio deja vacante su puesto. Desde ahora, eres decanus del contubernium .

Marco abrió los ojos, incrédulo.

—¿Yo?

—Tú —respondió Viridio—. Nadie mantiene la línea como tú.

Los hombres del contubernium intercambiaron miradas. No había dudas. No había protestas. Era lo justo.

Lucio respiró hondo. El peso del nuevo cargo cayó sobre sus hombros como una capa invisible. No era solo un ascenso. Era una responsabilidad. Una que no había buscado, pero que había aceptado sin darse cuenta.

En lo alto de una colina cercana, una figura observaba la escena. Una mujer joven, envuelta en un manto oscuro. Eira. No entendía las palabras, pero entendía lo que había visto: un hombre que se ponía entre la muerte y los suyos sin dudar.

Lucio no se percató de su presencia. Su atención estaba en Viridio, en la centuria, en el peso de la nueva responsabilidad.

Eira, en cambio, no apartó la vista.

—Los dioses lo han marcado —murmuró.

Y desapareció entre los árboles.

La escaramuza había terminado hacía poco. La centuria avanzaba despacio, reorganizándose, mientras Viridio enviaba pequeños grupos a reconocer los alrededores. Lucio, recién ascendido a optio , caminaba unos pasos por delante, evaluando un pequeño arroyo que descendía entre dos colinas.

El sonido del agua era lo único que rompía el silencio. Lucio se inclinó para comprobar si era potable. No oyó pasos. No oyó hojas. Solo sintió una presencia.

Cuando levantó la vista, ella estaba allí.

La joven de la colina. La misma que había visto —sin reconocerla— entre la bruma. De pie, a pocos pasos, envuelta en un manto oscuro. Sus ojos claros lo observaban con una mezcla de cautela y determinación.

Lucio se incorporó lentamente.

—No deberías estar aquí —dijo en latín, sabiendo que no lo entendería.

Eira no respondió. Pero tampoco retrocedió. Dio un paso más, despacio, como quien se acerca a un animal herido que podría atacar o huir.

Lucio levantó una mano, no para amenazarla, sino para marcar distancia.

—Vuelve con los tuyos —añadió, señalando la colina.

Eira siguió su gesto, pero no se movió. Sus ojos volvieron a él. Había curiosidad. Había algo más. Algo que Lucio no supo interpretar.

Un crujido de ramas rompió el momento.

Branoc apareció en lo alto de la colina, seguido por otros jóvenes del clan. Al ver a Eira tan cerca del romano, su rostro se endureció.

—¡Eira! —gritó en su lengua—. ¡Apártate de él!

Ella no se movió.

Branoc bajó la colina de un salto, furioso.

—¿Qué haces? —escupió—. ¿Hablas con un perro del sur? ¿Con un invasor?

Eira lo miró sin miedo.

—No hablaba —respondió—. Solo miraba.

—¡Mirar también es traición! —gruñó Branoc.

Lucio no entendía las palabras, pero sí el tono. Dio un paso atrás, sin bajar el escudo, sin mostrar amenaza.

—No quiero problemas —dijo en latín.

Branoc lo entendió por el gesto, no por la lengua. Escupió al suelo.

—Lárgate, romano.

Lucio retrocedió lentamente, sin darle la espalda. Cuando estuvo a una distancia segura, se volvió y regresó hacia la centuria.

Eira lo siguió con la mirada. No se movió hasta que él desapareció entre los árboles.

Branoc la agarró del brazo.

—No vuelvas a acercarte a él —advirtió—. O el clan pensará que ya no eres una de los nuestros.

Eira retiró el brazo con calma.

—No me apartaré —dijo.

Branoc la miró como si no la reconociera.

—Entonces ya has elegido.

Y se alejó, dejando a Eira sola en la colina, mirando hacia donde el romano había desaparecido.

Tras el último encuentro, los Britanos desaparecieron. No se replegaron: se desvanecieron. Como si la tierra los hubiera absorbido. Durante dos días, la Décima avanzó sin encontrar resistencia. Ni carros. Ni jabalinas. Ni sombras en las colinas.

—Esto no es normal —murmuró Seraces.

—Están preparando algo. Demasiada paz —respondió Nicandro.

Lucio, ahora optio , caminaba junto a Viridio.

Aún no se había acostumbrado al nuevo puesto.

Sentía el peso de cada mirada, de cada orden, de cada decisión.

Marco, como nuevo decanus , mantenía al contubernium unido con una firmeza silenciosa.

Sexto avanzaba con las tablillas bajo el manto, intentando registrar los movimientos de la centuria sin que la humedad borrara la tinta.

—Centurión —dijo Lucio—. No me gusta este silencio.

Viridio asintió.

—A mí tampoco. Pero el procónsul quiere avanzar. Y avanzaremos.

El tercer día, al llegar a una colina desde la que se veía el mar, comprendieron por qué los Britanos habían desaparecido.

La flota no estaba.

O, mejor dicho, no estaba entera.

Decenas de naves habían sido arrancadas de sus anclas y arrojadas contra las rocas. Otras flotaban destrozadas, como esqueletos de madera. Algunas habían desaparecido por completo.

Una tormenta había barrido la costa durante la noche. Una tormenta que la Décima no había visto desde el interior. Una tormenta que había destruido casi toda la flota.

—Por todos los dioses… —susurró Aulo.

—Estamos atrapados —dijo Numes.

Viridio apretó los dientes.

—No estamos atrapados. Estamos en campaña. Y César no retrocede.

Pero incluso él sabía que aquello era un golpe terrible.

Un mensajero llegó jadeando desde la playa.

—¡Centurión! ¡El procónsul ordena regresar! ¡La flota está perdida! ¡Necesita a la Décima para fortificar la playa!

Viridio no dudó.

—Segunda Centuria, ¡media vuelta! ¡Marcha rápida!

Lucio repitió la orden con voz firme. Marco reorganizó al contubernium . Sexto corrió con las tablillas contra el pecho, intentando que la bruma no borrara los nombres que acababa de escribir. Vibio, que llevaba días hundiéndose en silencio, levantó el escudo sin que nadie se lo pidiera.

Mientras descendían la colina, Lucio miró una última vez hacia el interior. Entre los árboles, creyó ver una figura. Un manto oscuro. Una silueta inmóvil.

Eira.

No sabía por qué estaba allí. No sabía si lo seguía, si lo observaba o si simplemente había coincidido. Pero la vio. Y ella lo vio a él.

Branoc apareció detrás de ella, furioso, gritándole algo en su lengua. Eira no se apartó. No bajó la mirada. No retrocedió.

Lucio no entendió las palabras. Pero entendió el gesto: el desprecio. La ruptura. El rechazo del clan hacia ella.

Viridio lo llamó.

— Optio , ¡conmigo!

Lucio se volvió y siguió al centurión. Cuando miró de nuevo hacia la colina, Eira ya no estaba.