Capítulo 18 - Britannia, la Isla del Viento #4
Lucio avanzó unos pasos, evaluando el terreno. No era optio , no oficialmente. Pero Viridio lo observaba con atención, como si esperara algo de él.
—Si yo fuera ellos —dijo Lucio—, atacaría desde esa colina. El viento les favorece. Y el terreno nos obliga a estrechar la formación.
Viridio asintió, sin decir nada. Pero sus ojos lo dijeron todo.
—Segunda Centuria —ordenó—. Escudos a la izquierda. Lucio, mantén la línea. Marco, asegúrate de que nadie quede rezagado.
Marco respondió con un simple gesto de cabeza, firme, seguro. No era decanus , pero actuaba como el hombre en quien todos confiaban cuando había que cargar peso, sostener un escudo o empujar a un compañero hacia adelante.
Un silbido cortó el aire.
—¡Jabalinas! —gritó Aulo.
Los proyectiles cayeron desde la colina, pero la centuria, y toda la Décima Legión, desde la Primera Cohorte hasta la Décima, ya estaba preparada.
Cinco mil hombres que se movían como uno solo.
Los escudos se alzaron como una muralla.
Marco gritó a los hombres de atrás: —¡Escudos juntos! ¡No dejéis huecos!
Vibio reaccionó con precisión, pese a su estado. Numes bloqueó un proyectil con el escudo y lo devolvió colina arriba con un gruñido.
Los Britanos no bajaron. No querían combate. Solo hostigar. Probar. Desgastar.
Cuando desaparecieron entre la bruma, Viridio bajó el escudo y miró a Lucio.
—Bien visto —dijo.
Lucio no respondió. Pero sintió algo nuevo: la mirada de los hombres. No de camaradas, sino de soldados que empiezan a confiar en alguien.
En lo alto de una colina lejana, una figura observaba la escena.
La misma mujer joven, envuelta en un manto oscuro.
No entendía las palabras de los romanos.
No entendía su disciplina, ni su forma de moverse, ni su silencio.
Pero entendía algo más profundo: que aquel hombre que había visto en la playa no era como los demás.
Lucio no la vio. Su mente estaba en la centuria, en Viridio, en la campaña…
La joven no apartó la vista.
—Segunda Centuria —ordenó Viridio—. Avanzamos.
Y la columna se puso en marcha, adentrándose en una tierra que no quería ser conquistada.
La bruma no se había disipado del todo cuando Eira regresó a la colina desde la que había observado a los extranjeros. El viento traía el olor de la hierba húmeda y del mar, mezclado ahora con otro aroma: cuero mojado, hierro, sudor. Un olor que no pertenecía a Britannia .
Los jóvenes del clan se habían reunido alrededor de los carros, comentando lo ocurrido en la playa el día anterior. Algunos se burlaban de los romanos, de su torpeza en el agua, de su incapacidad para moverse sin hundirse. Otros, más prudentes, guardaban silencio.
Eira no se unió a ellos. Caminó hacia un pequeño promontorio desde el que se veía el sendero por el que los extranjeros avanzaban hacia el interior. No podía verlos ya, pero sabía que estaban allí, moviéndose como una sombra que se adentraba en la tierra.
—No deberían haber venido —dijo una voz a su lado.
Era Branoc, uno de los jóvenes guerreros del clan, orgulloso y temerario. Llevaba el rostro pintado y el cabello recogido en trenzas rígidas.
—Nadie los llamó —respondió Eira.
Branoc escupió hacia la hierba.
—Son hombres del sur. Siempre quieren más tierra, más tributos, más esclavos. No entienden que esta isla no se rendirá.
Eira no respondió. Sus ojos estaban fijos en la línea de colinas donde había visto desaparecer a los romanos.
Recordó al hombre que había observado en la playa.
No sabía su nombre. No sabía nada de él.
Pero había algo en su forma de moverse, en su calma, en su mirada fija en la orilla, que la había inquietado.
—¿Qué miras? —preguntó Branoc, frunciendo el ceño.
—Nada —mintió Eira.
Branoc la observó un instante, desconfiado, pero no insistió. Señaló hacia el este, donde los carros se preparaban para moverse de nuevo.
—El jefe quiere que sigamos a los extranjeros. No para luchar. Para ver cuántos son, cómo marchan, qué buscan.
Eira asintió. Era lo sensato. Los romanos no eran como los pueblos vecinos. No eran una tribu más. Eran algo distinto. Algo que no encajaba en las historias que los ancianos contaban junto al fuego.
—Dicen que vienen de un mundo donde las ciudades son más grandes que nuestros bosques —dijo Branoc, con una mezcla de burla y temor.
—Las historias exageran —respondió Eira, aunque no estaba segura.
Branoc se alejó para unirse a los guerreros. Eira permaneció en la colina unos instantes más, observando cómo la columna romana desaparecía entre la bruma del interior. Luego descendió hacia el campamento britano, donde los carros ya se preparaban para moverse.
Los aurigas dieron un grito y los caballos se lanzaron hacia adelante.
Los jóvenes guerreros corrían junto a ellos, tomando posiciones en las lomas que flanqueaban el sendero.
Eira no solía acompañarlos tan lejos, pero algo en su interior la empujó a seguirlos.
No quería perder de vista a los extranjeros.
El grupo avanzó por terreno irregular: colinas suaves, matorrales densos, senderos estrechos que solo los Britanos conocían. Desde allí podían ver, a intervalos, el avance romano entre la bruma. Los carros aparecían y desaparecían como sombras, siempre fuera del alcance de las jabalinas.
Tras un ascenso breve pero empinado, Eira llegó a una nueva elevación.
Desde allí, la vista era clara: la columna romana avanzaba en formación, silenciosa, disciplinada.
Y entre ellos, distinguió al mismo hombre que había visto en la playa.
No su rostro, pero sí su porte, la calma con la que mantenía la línea, la forma en que giraba la cabeza para vigilar a los suyos.
No sabía su nombre. No sabía si era un jefe o un simple guerrero. Pero algo en él la obligaba a observarlo.
—Sí. En verdad, los dioses nos están poniendo a prueba —murmuró—. Me pregunto si los suyos no serán más fuertes…
Y permaneció allí, en silencio, mientras los carros se preparaban para hostigar de nuevo a los extranjeros.
El sol caía oblicuo sobre el Foro cuando las primeras voces comenzaron a elevarse en el pórtico de la Curia. No eran voces de oradores, sino de mensajeros, comerciantes y marineros que habían llegado aquella misma mañana desde el norte de la Galia. Traían noticias. O algo que se parecía a noticias.
—Dicen que el desembarco fue un desastre —susurró un senador de túnica impecable—. Que los Britanos los arrojaron al mar.
—Otros dicen que César ya ha tomado media isla —respondió otro—. ¿A quién creer?
—A nadie —intervino un tercero—. Las cartas llegan incompletas. Los informes, contradictorios. Y César no ha enviado ningún mensaje oficial.
Livia avanzó entre ellos sin ser vista. Su rostro estaba sereno, pero sus oídos atentos. Sabía que la verdad, en Roma, siempre llegaba envuelta en intereses.
—He oído que una tormenta destruyó parte de la flota —decía un senador anciano—. Que César tuvo que retirarse a la playa para salvar a sus hombres.
—Y yo he oído que los Britanos no se atreven a enfrentarlo en campo abierto —respondió otro—. Que solo hostigan y huyen.
—Sea como sea —añadió un tercero—, si César no envía un informe pronto, el Senado exigirá explicaciones.
Livia se detuvo al oír un murmullo a su espalda. Reconoció la voz antes de girarse.
—¿Tanto alboroto por una isla llena de niebla? —dijo Fadia, con una sonrisa ligera, casi divertida.
La joven estaba impecablemente vestida, acompañada por el mismo joven patricio con quien Livia la había visto meses atrás. Su porte era seguro, casi altivo. Pero sus ojos, por un instante, se desviaron hacia el grupo de mensajeros con una curiosidad que no logró ocultar del todo.
—Las guerras de César siempre generan alboroto —respondió Livia, midiendo sus palabras.
—Y siempre vuelven con historias exageradas —añadió Fadia, encogiéndose de hombros—. Los soldados cuentan lo que quieren para parecer héroes.
El patricio rió, complacido.
—Si el procónsul fracasa, será un golpe para muchos —dijo él—. Pero no para nosotros.
Fadia sonrió, pero no respondió. Livia la observó con atención. La joven hablaba con ligereza, pero había algo en su postura, un leve endurecimiento en la mandíbula, que delataba una tensión que ella misma no parecía comprender.
—¿Te interesa Britannia ? —preguntó Livia con suavidad.
—¿A mí? —Fadia arqueó una ceja—. No. ¿Por qué habría de hacerlo?
Pero su mirada volvió, fugazmente, hacia el mensajero que sostenía un pergamino húmedo por la lluvia del viaje.
Un grupo de senadores salió de la Curia en ese momento.
—El Senado convocará una sesión extraordinaria —anunció uno—. Necesitamos saber si César ha comprometido recursos sin autorización.
—O si ha sobrevivido —añadió otro, con una sonrisa apenas contenida.
El patricio junto a Fadia soltó una carcajada.
—César siempre sobrevive. Es lo que mejor sabe hacer.
Fadia asintió, distraída. Livia vio cómo sus dedos jugaban con el borde de su manto, un gesto mínimo, casi imperceptible, pero que no encajaba con su aparente indiferencia.
—¿Todo bien? —preguntó Livia.
—Perfectamente —respondió Fadia, demasiado rápido.
En lo alto de las escaleras del templo de Saturno, un esclavo agitó un pergamino recién llegado.
—Noticias de la Galia —anunció.
Los senadores se arremolinaron a su alrededor.
—Habla de un desembarco difícil… de hostigamientos… de una tormenta… y de que César está reorganizando sus fuerzas —leyó el esclavo.
—¿Está vivo? —preguntó alguien.
—Sí, señor. Eso dice la carta.
Un murmullo recorrió el Foro. Fadia no cambió de expresión. Ni alivio, ni preocupación. Solo una leve exhalación, como si hubiera contenido el aliento sin darse cuenta.
Livia la observó en silencio.
La indiferencia de Fadia era real. Pero no completa.
Había una grieta. Pequeña. Oculta. Pero allí.