La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 18 - Britannia, la Isla del Viento #3
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Capítulo 18 - Britannia, la Isla del Viento #3

Una muchacha. Joven. Ojos claros. Cabello oscuro recogido en trenzas. No llevaba armas. Solo observaba. Pero no con miedo. Con una atención tan intensa que parecía atravesar el agua y la distancia.

Lucio no sabía quién era. No sabía que se llamaba Eira. No sabía que volvería a verla.

Solo supo que, por un instante, el caos del mar y de la batalla pareció detenerse.

Un carro avanzó de golpe, rompiendo la visión. El guerrero lanzó una jabalina que pasó a un palmo del casco de Lucio.

—¡A tierra! —gritó Viridio, recuperando su voz de centurión—. ¡A tierra o moriremos aquí!

La Décima avanzó. No en formación. No con elegancia. Sino con furia.

Y cuando los primeros pies romanos pisaron la arena de Britannia , el mundo pareció contener el aliento.

El primer choque había sido colosal, pero breve.

Los Britanos, tras hostigar a los romanos en el agua y en la arena, se retiraron con la misma rapidez con la que habían aparecido.

Los carros se alejaron entre nubes de arena, girando y zigzagueando como si la playa fuera un escenario preparado para ellos desde hacía generaciones.

—No les interesa una batalla larga —dijo Seraces, limpiándose la sal del rostro—. Solo querían ver cómo respondemos.

—Pues creo que ya lo saben —gruñó Aulo, escupiendo agua—. Y yo sigo sin saber si les hemos gustado.

Numes soltó una carcajada profunda.

—A nadie le gusta un romano empapado.

Viridio, jadeante, se apoyó en su escudo. Tenía la mirada perdida unos segundos, como si aún sintiera el vaivén del mar. Pero cuando vio a los hombres de su centuria dispersos, recuperó su voz de mando.

—¡Segunda Centuria, reagrupad! ¡Escudos al frente! ¡Línea en la arena, ya!

Los legionarios de la Segunda Centuria obedecieron, torpes al principio, pero recuperando la disciplina que el mar les había arrebatado.

Lucio ayudó a Vibio a levantarse; Marco sacó a un legionario que había quedado atrapado bajo un escudo; Nicandro revisó el filo de su gladius como si nada hubiera ocurrido.

Sexto, empapado hasta los huesos, intentaba salvar una tablilla que había quedado cubierta de agua salada.

—Esto es un desastre —murmuró.

—Es Roma —respondió Lucio—. A veces es orden, otras caos.

La playa era un maremágnum de huellas, restos de jabalinas, escudos golpeados y naves aún ancladas demasiado lejos. Los marineros gritaban órdenes para asegurar los barcos antes de que la marea cambiara. El viento traía el olor de la hierba húmeda y del humo lejano.

Entonces, una nueva tuba sonó desde el mar.

—César —dijo Seraces.

Las naves del procónsul se acercaban. Cuando la suya quedó lo bastante próxima, César saltó al agua sin esperar pasarela. Avanzó con paso firme, como si el mar no fuera más que un charco. Dos de sus guardias lo siguieron, cargando el manto y el equipo.

Viridio se irguió de inmediato.

—¡Segunda Centuria, formad! ¡Procónsul en la playa!

Los hombres de la Segunda Centuria, empapados y exhaustos, lograron formar una línea aceptable mientras el resto de la cohorte hacía lo propio bajo sus propios centuriones.

César los observó en silencio. No había reproche en su mirada, pero tampoco elogio. Solo cálculo.

—Han hecho lo que debían —dijo al fin—. Y lo han hecho bajo condiciones que ningún romano había enfrentado antes.

Viridio tragó saliva. Lucio vio cómo el centurión recuperaba un poco de color.

—Procónsul —dijo Viridio—. Los Britanos se han retirado hacia las colinas. Carros, infantería ligera. No buscan combate decisivo.

César asintió.

—Lo tendrán cuando yo quiera dárselo. Por ahora, asegurad la playa. Construid un perímetro. Reunid a los heridos. Y que nadie se aleje más de cien pasos sin permiso.

—A la orden —respondió Viridio.

César se volvió hacia el interior. La bruma se levantaba poco a poco, revelando colinas verdes, senderos estrechos y grupos dispersos de figuras que observaban desde la distancia.

Lucio siguió su mirada. Entre esas figuras, distinguió de nuevo a una mujer joven en lo alto de una pequeña elevación, rodeada de otras mujeres y muchachos. No parecía asustada. Solo atenta. Como si intentara comprender quiénes eran aquellos hombres que habían llegado desde el mar.

Lucio no sintió nada más que curiosidad distante. Su corazón seguía anclado en Roma, en un nombre que aún pronunciaba en silencio: Fadia.

La joven no apartó la vista.

—Lucio —dijo Vibio, señalando los carros que se alejaban—. ¿Crees que volverán?

—Sí —respondió Lucio—. Y no tardarán.

Viridio levantó la voz.

—¡Segunda Centuria, a trabajar! ¡Estacas, zanjas, perímetro! ¡Quiero nuestra sección asegurada antes de que caiga la luz!

Los hombres se pusieron en marcha. Marco clavó la primera estaca con un golpe seco que resonó como un martillazo en la madera de un astillero. Numes cargó troncos como si fueran haces de paja. Seraces inspeccionó el terreno. Nicandro murmuró algo en aqueo sobre dioses que no conocían a Roma.

Lucio miró una última vez hacia la colina.

La mujer ya no estaba.

El viento cambió, trayendo el olor de la tierra húmeda y del humo de hogares lejanos.

Britannia no los había recibido. Solo los había tolerado.

Por ahora.

El viento del mar traía un olor extraño. No era el olor habitual de las algas, ni el de la madera húmeda, ni el de los fuegos apagados de la noche. Era un olor nuevo, áspero, como hierro mojado y cuero endurecido. Eira lo percibió antes de ver las naves.

—Vienen del sur —dijo una de las mujeres mayores, con la voz tensa.

Eira no respondió. Sus ojos estaban fijos en el horizonte, donde las naves romanas avanzaban como animales de madera, empujadas por velas que parecían alas rígidas. Nunca había visto barcos tan grandes. Ni tantos.

A su alrededor, los jóvenes del clan murmuraban entre sí. Algunos estaban asustados. Otros, excitados. Otros fingían indiferencia. Pero todos miraban hacia el mar.

Los carros de los guerreros corrían por la playa, levantando nubes de arena. Los caballos relinchaban, impacientes. Los aurigas gritaban órdenes. Los guerreros pintados golpeaban sus escudos para hacerse oír por los dioses.

Eira observó la escena con el corazón acelerado. No por miedo. Sino por la sensación de que algo estaba a punto de romperse en su mundo.

Cuando las naves se detuvieron lejos de la orilla, Eira frunció el ceño. ¿Por qué no se acercaban más? ¿Por qué los hombres del sur saltaban al agua como si el mar fuera un enemigo?

—No saben desembarcar —dijo un muchacho a su lado, riendo.

Pero Eira no rió. Había algo en aquellos hombres que no encajaba con la burla.

Los vio avanzar con dificultad, hundiéndose, levantándose, luchando contra las olas. Vio cómo los carros se acercaban para hostigarlos. Vio cómo los guerreros lanzaban jabalinas desde la arena. Vio cómo los romanos intentaban levantar escudos que el mar les arrancaba de las manos.

Y entonces lo vio a él.

No sabía su nombre. No sabía de qué clan venía. No sabía si era un jefe, un guerrero o un simple soldado. Pero lo vio.

Un hombre que avanzaba con calma, incluso cuando el agua le golpeaba el pecho.

Un hombre que no gritaba, que no maldecía, que no parecía temer ni al mar ni a los carros.

Un hombre que ayudaba a los suyos a levantarse, que empujaba a otro para que no cayera, que mantenía la mirada fija en la playa como si ya hubiera estado en lugares peores.

Eira sintió un estremecimiento. No de miedo. De reconocimiento. Como si aquel extranjero llevara consigo un silencio que ella entendía sin palabras.

—Ese —dijo la mujer mayor a su lado—. Ese no es como los otros.

Eira no apartó la vista.

Los romanos lograron llegar a la arena. Los carros se retiraron. Los guerreros se dispersaron entre gritos. Los extranjeros formaron líneas torpes, empapadas, pero firmes.

El hombre que había llamado su atención se volvió un instante hacia el interior, hacia donde ella estaba. No la vio. No podía verla. Estaba demasiado lejos, demasiado concentrado en su propia lucha.

Pero Eira sintió que ese instante la atravesaba como una flecha.

—Volverán a luchar —dijo uno de los jóvenes.

—Sí —respondió Eira, sin apartar la vista de la playa—. Y nosotros también.

El viento cambió, trayendo el olor de los extranjeros. Un olor que no pertenecía a Britannia .

Eira inspiró hondo.

—Los dioses nos están poniendo a prueba —murmuró.

Y comenzó a descender la colina, sin saber que aquel romano al que había observado desde la distancia cambiaría su vida para siempre.

La bruma de la mañana se aferraba a la tierra como un manto húmedo. Tras asegurar la playa, César había ordenado avanzar hacia el interior para reconocer el terreno y obligar a los Britanos a mostrar sus intenciones.

—Segunda Centuria —ordenó Viridio, tras regresar de la reunión de oficiales—. En columna de marcha. Escudos altos. Ningún rezagado. Mi vitis tiene hambre…

Lucio tomó su posición al frente del contubernium .

Como decanus , era su responsabilidad mantener la cohesión del grupo.

Marco caminaba justo detrás de él, atento a los hombres, cargando parte del equipo común sin que nadie se lo pidiera.

Su presencia era sólida, constante, como un pilar silencioso.

—Parece que te has acostumbrado a mandar —bromeó Aulo, dándole un leve empujón a Lucio.

—Mandar no —respondió Lucio—. Mantenerlos vivos.

Marco sonrió por lo bajo, sin levantar la vista.

Vibio caminaba en silencio, la mirada perdida. Desde la muerte de su hermano, su ánimo oscilaba entre la furia y la melancolía. Lucio lo observó de reojo.

—¿Cómo vas? —preguntó.

Vibio tardó en responder.

—Estoy aquí. Eso basta.

El terreno se volvió más irregular. Colinas suaves, senderos estrechos, matorrales densos. Un paisaje que parecía observarlos. De vez en cuando, un carro britano aparecía en lo alto de una loma, giraba sobre sí mismo y desaparecía entre la hierba.

—Nos siguen —dijo Seraces.

—Nos estudian —corrigió Nicandro.

Viridio levantó el puño.

—¡Alto!

La centuria se detuvo. El silencio era tan denso que se podía oír el crujido de las correas de cuero.