La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 18 - Britannia, la Isla del Viento #2
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Capítulo 18 - Britannia, la Isla del Viento #2

La cohorte empezó a dispersarse para revisar equipo, asegurar correas y preparar los escudos para el salitre del mar. El viento que venía desde la playa traía un olor extraño, mezcla de algas, madera húmeda y hierro. Un olor que no pertenecía a la Galia.

Lucio lo sintió como un presagio. No sabía qué encontrarían al otro lado del horizonte, pero algo le decía que no regresarían siendo los mismos.

Y en algún lugar de esa isla desconocida, una joven que aún no conocía miraba el mar desde un acantilado, sin saber que su destino estaba a punto de cruzarse con el de un legionario romano.

El embarque comenzó antes del amanecer, cuando el cielo aún era una franja gris sobre el mar.

Las naves, alineadas como bestias inquietas, golpeaban suavemente contra los pilotes mientras los legionarios subían por las pasarelas con el equipo a la espalda.

El olor a brea, cuerda húmeda y madera recién reforzada impregnaba el aire.

Viridio se detuvo al pie de la pasarela. No era miedo lo que lo paralizaba, sino una repulsión profunda, casi física, hacia el mar. Lo miró como si fuera un enemigo antiguo.

—No me gusta esto —murmuró.

—¡Todo un centurión de Roma, temblando como una plañidera! —soltó Pío Acurato, el centurio classiarius , mofándose a carcajadas—. No me esperaba eso de ti, Viridio…

Viridio no contestó. Las venas de su cuello hablaban por él. Acurato se volvió hacia unos remiges hispanos, no dejando de estremecerse por la risa.

Nicandro, que pasaba en ese momento ajustándose el cinturón, soltó una de sus sentencias en aqueo, seca como un golpe de lanza: — Ὁ μὴ τολμῶν, οὐ ζῇ . El que no se atreve, no vive.

Viridio lo fulminó con la mirada.

—Nicandro, como vuelvas a soltarme una de tus malditas frases de pescador griego, te enderezo la espalda a golpes de vitis . Y no estoy de broma.

Nicandro sonrió apenas, como quien acepta el riesgo.

—Entonces embarca, centurión. Así no tendrás que oír otra.

Viridio gruñó algo ininteligible, pero subió a la nave como quien entra en una tumba.

Sexto, que ya estaba a bordo, lo recibió con una sonrisa nerviosa.

—No es tan terrible —intentó decir.

La nave se balanceó ligeramente. Viridio palideció.

—Retiro lo dicho —añadió Sexto, levantando las palmas de las manos en señal de disculpa.

Los marineros galos e hispanos gritaban órdenes rápidas, tensando cuerdas, ajustando velas, asegurando remos. Los legionarios, poco acostumbrados a obedecer voces que no fueran latinas, se movían torpes, incómodos, aferrándose a lo que podían.

Lucio, en cambio, se mantenía firme en la borda. Había cruzado mares más amplios y más traicioneros que aquel, desde las costas de Hispania hasta Alejandría, pasando por Creta y Sicilia. El vaivén no lo intimidaba: lo conocía.

—¿No te afecta nada? —preguntó Sexto, con la cara ya verdosa.

—He visto mares peores —respondió Lucio—. Este solo está enfadado.

A su lado, Seraces observaba el horizonte con una calma casi sacerdotal.

—El mar es un dios —dijo el egipcio—. Y los dioses se enfadan cuando los hombres olvidan su lugar.

Numes, enorme incluso en la cubierta estrecha, soltó una carcajada profunda.

—Si este dios quiere pelear, que venga. Yo lo espero.

La nave se inclinó de golpe. Numes tuvo que agarrarse a un mástil para no caer.

—Quizá no tanto —añadió, recuperando el equilibrio.

Lucio sonrió. Aquel contubernium , tan distinto al que había conocido años atrás, tenía algo de familia improvisada.

La tuba sonó, larga y grave, extendiéndose sobre el mar como una orden que ninguna ola podía contradecir.

Las naves comenzaron a avanzar.

El mar del norte no era como el de Sicilia ni como el de Hispania. Era más oscuro, más pesado, más imprevisible. Las olas no golpeaban: empujaban. El viento no soplaba: mordía.

Viridio se aferró a la borda con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—Si vomitas —dijo Aulo—, apunta hacia afuera.

Viridio no respondió. Estaba demasiado ocupado intentando no morir.

Sexto, sentado con las piernas cruzadas, escribía en una tablilla mientras la nave subía y bajaba como una hoja en un vendaval.

—¿Cómo puedes escribir así? —preguntó Lucio.

—Si dejo de hacerlo, pienso —respondió Sexto—. Y si pienso, me doy cuenta de que estamos en medio de un mar que odia a los romanos.

Seraces asintió.

—El mar no odia. Solo recuerda.

—Pues que se olvide de nosotros —gruñó Viridio.

Las horas pasaron entre golpes de ola, órdenes gritadas y el crujido constante de la madera. Algunos legionarios vomitaron. Otros rezaron. Otros se quedaron inmóviles, como si el movimiento los hubiera convertido en estatuas.

Numes, pese a su tamaño, resistía sorprendentemente bien.

—En mi tierra —dijo—, los ríos son anchos como ciudades. Esto no es tan distinto.

—Es distinto —replicó Viridio—. Esto quiere matarnos.

La niebla llegó sin aviso. Una pared blanca, espesa, que envolvió las naves y apagó el mundo. Los marineros se movieron con rapidez, ajustando velas y remos. Los legionarios se quedaron en silencio, escuchando el sonido del mar como si fuera un animal respirando a su alrededor.

—¿Es normal? —preguntó Aulo.

—Para este mar, sí —respondió un marinero galo—. Aquí la niebla aparece cuando quiere. Y se va cuando quiere.

—Como los dioses —murmuró Vibio.

La niebla se abrió de pronto, como si una mano invisible la apartara.

Y allí estaba.

Una línea oscura en el horizonte. Irregular. Salvaje. Ajena.

—Tierra —susurró Sexto.

Lucio sintió un escalofrío. No era miedo. Era la certeza de que estaban a punto de pisar un lugar que ningún romano había visto jamás.

Viridio, aún pálido, levantó la vista.

—Si esa isla no vale la pena —dijo—, juro que me vuelvo nadando.

Lucio sonrió.

—No lo harás.

—¿Por qué no?

—Porque César lo ha ordenado.

Viridio cerró los ojos.

—Odio cuando tienes razón.

Las naves siguieron avanzando hacia la costa desconocida, mientras el viento cambiaba y el olor del mar se mezclaba con algo nuevo: tierra húmeda, hierba, humo lejano.

Britannia los esperaba.

La costa de Britannia se alzaba ante ellos como un muro oscuro. No era una playa tranquila, sino una línea irregular de arena, rocas y colinas bajas cubiertas de hierba. Y sobre esa línea, como sombras recortadas contra el cielo, se movían figuras humanas.

—Nos están esperando —murmuró Seraces.

Lucio entrecerró los ojos. No eran solo hombres. Eran carros. Decenas de ellos. Subían y bajaban por la playa con una velocidad imposible, girando, retrocediendo, avanzando, como si la arena fuera su hogar natural.

—Por todos los dioses… —susurró Sexto—. ¿Qué clase de guerra es esta?

Numes apoyó una mano enorme en la borda.

—Una guerra que quiere asustarnos antes de empezar.

Viridio, aún pálido, tragó saliva.

—Pues lo está consiguiendo.

La tuba sonó. Larga, grave, solemne. Una orden que ninguna ola podía contradecir.

Las naves avanzaron hasta donde el fondo lo permitió. Pero el mar era traicionero: la profundidad cambiaba de golpe, y las naves no podían acercarse más sin encallar.

—¡Al agua! —gritó un centurión desde la nave vecina.

Los legionarios miraron el mar con una mezcla de incredulidad y rabia. El agua les llegaba al pecho. Las olas golpeaban los escudos. El peso de la armadura los hundía.

Los Britanos, desde la playa, lanzaron un grito que parecía venir de otro mundo.

—No podemos formar —dijo Vibio, con la voz tensa.

—No podemos ni caminar —añadió Aulo, que ya había perdido pie dos veces.

Lucio avanzó un paso, el agua helada golpeándole la cintura.

—La Décima no retrocede —dijo.

Pero incluso él sintió la duda en los hombres. No era cobardía: era la certeza de que estaban luchando contra el mar antes de luchar contra el enemigo.

Marco apareció entonces entre los hombres, cargando un haz de cuerdas y herramientas que había traído desde la nave. Sus manos enormes parecían hechas para aquel trabajo.

—He pasado dos días ayudando a reforzar los cascos —dijo, mientras se ajustaba el escudo—. Si estas naves no se hunden, será gracias a mí.

—Pues más te vale que no se hundan ahora —gruñó Viridio, intentando no vomitar.

Marco sonrió, tranquilo como siempre.

—La madera aguanta. Nosotros veremos.

Y se lanzó al agua sin dudar, avanzando con la fuerza de un buey de labor.

Entonces ocurrió.

El aquilifer de la Décima, un veterano de rostro curtido, levantó el estandarte sobre su cabeza. El águila brilló bajo la luz gris.

—¡Salten, compañeros soldados a menos que deseen entregar su águila al enemigo —gritó—. ¡Yo, por mi parte, cumpliré con mi deber con la República y con mi comandante! ( sic ) [236] .

Y sin esperar respuesta, saltó al agua.

El impacto levantó una ola. El hombre avanzó como pudo, hundiéndose, levantándose, aferrado al asta del estandarte como si fuera su propia vida.

—¡Por la Décima! —rugió.

Lucio sintió cómo algo se encendía en el pecho. No era valor. Era orgullo.

—¡A por él! —gritó.

Numes fue el primero en lanzarse, avanzando como un muro viviente. Aulo lo siguió, resoplando como un toro. Vibio apretó los dientes y se abrió paso entre las olas. Nicandro murmuró una oración en aqueo y se lanzó detrás.

Viridio se quedó un instante paralizado. El mar lo golpeaba. El miedo lo atenazaba. Pero vio el águila. Vio a sus hombres. Vio a Lucio.

—¡Maldito sea el mar! —rugió.

Y avanzó.

Los Britanos lanzaron jabalinas desde la playa. Algunas cayeron al agua. Otras golpearon escudos. Una pasó rozando la cabeza de Sexto, que se agachó con un grito.

—¡Esto no estaba en mis tablillas! —protestó.

—Pues escríbelo luego —gruñó Lucio, empujándolo hacia adelante.

Los carros britanos se acercaron a la orilla, girando con una destreza imposible. Los aurigas guiaban a los caballos como si fueran parte de su propio cuerpo. Los guerreros, de pie sobre las plataformas, lanzaban gritos que parecían desgarrar el aire [237] .

Uno de los carros se detuvo en seco. Un guerrero joven, de cabellos claros y rostro pintado, observó a los romanos con una mezcla de desafío y curiosidad.

Y detrás de él, entre los que habían acudido a ver el combate, Lucio la vio.