La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 18 - Britannia, la Isla del Viento
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Capítulo 18 - Britannia, la Isla del Viento

« Britannia … insula natura atque moribus distincta, neque multum ad consuetudinem Gallorum accedens». ( Britannia … una isla distinta por naturaleza y costumbres, que apenas se asemeja a la de los Galos).

N O HABÍA PASADO mucho tiempo desde la victoria psicológica sobre los Germanos del Rin cuando César, aún con el olor del mar en la ropa y la tinta fresca en los dedos, tomó definitivamente una decisión que sorprendió incluso a sus oficiales más cercanos.

Mientras la Décima reparaba sus armas y los carpinteros reforzaban las naves dañadas, el procónsul permanecía encerrado en su tienda, escribiendo sin descanso.

No era un informe rutinario. No era una petición de suministros.

Era algo distinto, más ambicioso, más inquietante.

Lucio lo vio salir al amanecer, con el rostro iluminado por una determinación que no dejaba lugar a dudas.

Había pasado noches enteras estudiando mapas incompletos, interrogando a mercaderes, escuchando rumores sobre una isla más allá del horizonte.

Una tierra que los Galos mencionaban con respeto y temor.

Una tierra que nadie en Roma había pisado jamás.

Cuando César entregó el pergamino sellado a sus mensajeros, lo hizo con la solemnidad de quien abre una puerta hacia lo desconocido. Aquella carta, destinada al Senado, no solo explicaba una intención: justificaba un salto más allá del límite del mundo conocido.

Padres conscriptos: Tras la pacificación de la Galia Céltica y la sumisión de los pueblos del oeste, juzgo necesario extender nuestra vigilancia más allá del límite del Mare Exterum .

No por deseo de gloria, sino por la seguridad de nuestras provincias y de Roma misma.

Diversos testimonios, tanto de mercaderes como de prisioneros, coinciden en afirmar que los pueblos de Britannia han enviado armas, jefes y consejos a los Galos que recientemente se alzaron contra nosotros.

No ignoro que tales informaciones pueden estar teñidas de temor o exageración; pero tampoco ignoro que, si son ciertas, permitirían a nuestros enemigos renovar la guerra en cuanto el invierno les fuera propicio.

He interrogado a hombres que han navegado hasta sus costas.

Hablan de una isla vasta, fértil, rica en ganado y en estaño, habitada por tribus que no se someten a un solo rey y que luchan con carros de guerra movidos con gran destreza.

Dicen también que sus costas son abruptas, que las mareas cambian con violencia y que los vientos son inconstantes.

Todo ello hace que la empresa sea incierta; pero la incertidumbre no debe ser excusa para la inacción.

No pretendo conquistar lo que está más allá del fin del mundo, sino comprenderlo.

Saber quiénes son esos pueblos, qué alianzas buscan, qué fuerzas poseen y qué caminos utilizan para influir en la Galia.

Si Roma desea que la paz lograda este año perdure, debemos impedir que manos invisibles alimenten nuevas rebeliones.

Por ello, solicito que el Senado apruebe los suministros necesarios para una expedición limitada, cuyo fin será reconocer las costas de Britannia , establecer contacto con sus jefes y exigirles garantías de que no prestarán ayuda a los enemigos de Roma.

Si tales garantías se obtienen, no será preciso avanzar más.

Si no se obtienen, sabremos al menos contra quién habremos de luchar en el futuro.

Ruego también que se me permita mantener en servicio las naves construidas para la campaña contra los Vénetos, pues su ligereza y su calado reducido las hacen más aptas para las aguas desconocidas que las naves pesadas de la provincia.

He cumplido con mi deber en la Galia. Cumpliré también más allá del horizonte, si Roma lo ordena. Vale. C. IVLIVS CAESAR, pro cos. [235]

La Décima escuchó los rumores antes de que la orden se hiciera oficial.

Una expedición más allá del horizonte. Una isla de guerreros pintados de azul.

Carros que corrían como bestias vivas. Mareas que tragaban naves enteras.

Algunos legionarios se rieron. Otros callaron. Otros miraron el mar con inquietud.

César, mientras tanto, seguía escribiendo. Cada palabra era un puente tendido hacia lo desconocido.

La carta estaba enviada, y con ella la intención de César de mirar más allá del horizonte.

Pero entre la tinta y el mar había un trecho que solo podía llenarse con hombres, madera y disciplina.

El campamento de la Décima, que semanas antes parecía agotado tras las campañas en la Galia, bullía ahora con una energía nueva, casi inquietante.

Era la calma tensa de quienes se preparan para un viaje que nadie en Roma había hecho jamás.

Viridio y Sexto regresaron al amanecer. Habían vuelto de una misión de inspección rutinaria ordenada por el legatus de la Décima, cubiertos de polvo y con el cansancio de días de cabalgada marcado en los ojos.

No esperaban encontrar lo que vieron: una playa convertida en astillero, decenas de naves en reparación, carpinteros trabajando sin descanso, herreros reforzando clavos y remaches, marineros galos e hispanos enseñando a los legionarios a asegurar cuerdas y velas.

—Por todos los dioses… —murmuró Viridio, deteniéndose en seco—. ¿Qué demonios está tramando ahora?

Sexto no respondió. Sabía que la respuesta estaba en la tienda del procónsul, donde se encontraban Tito Labieno y Quinto Trebonio, entre otros oficiales.

Los dos se presentaron ante César sin demora. El interior de la tienda olía a pergamino, aceite de lámpara y sal. César no levantó la vista cuando entraron; estaba revisando un mapa extendido sobre la mesa, donde las costas de Armórica se perdían en un trazo incierto hacia el noroeste.

—Habéis tardado menos de lo que esperaba —dijo sin preámbulos.

—Los caminos estaban despejados, procónsul —respondió Sexto.

—Bien. Ya he recibido el informe de todos los legati por otros mensajeros. No necesito que me repitáis nada.

Viridio frunció el ceño. Había esperado, al menos, un reconocimiento por la marcha forzada.

César alzó la vista y lo miró directamente.

—Centurión Viridio, tengo una orden para ti.

Viridio tragó saliva. Aquella mirada no admitía rodeos.

—A sus órdenes, procónsul.

—La Décima embarcará hacia Britannia . Y tú embarcarás con ella.

El silencio cayó como una piedra.

—Procónsul… —empezó Viridio, incómodo—. Yo… el mar…

—Lo sé —interrumpió César—. Y no me importa.

Viridio abrió la boca, pero no encontró palabras.

—Escúchame bien —continuó César, con voz baja pero firme—. Si rehúsas embarcar, te licenciaré en el acto. Con deshonor. Y no volverás a vestir la coraza de Roma.

El golpe fue seco, brutal. Viridio palideció como si fuera un espectro.

—Procónsul… yo he servido con lealtad…

—Y seguirás haciéndolo —dijo César—. En tierra o sobre el agua. La Décima te necesita. Yo lo necesito. No pienso discutirlo.

Viridio bajó la cabeza. No era miedo lo que lo vencía, sino la certeza de que César no amenazaba en vano.

—Obedeceré —dijo al fin.

César asintió una sola vez.

—Bien. Ahora id a vuestra cohorte. Hay mucho que preparar.

Cuando salieron de la tienda, Sexto respiró hondo.

—Podría haber sido peor —intentó bromear.

—¿Peor? —Viridio lo miró con una mezcla de rabia y resignación—. ¿Qué puede ser peor que embarcar?

—Ahogarse —respondió Sexto.

Viridio gruñó.

—Gracias. Justo lo que necesitaba oír.

Al llegar a la cohorte, los hombres los recibieron con vítores y preguntas. Lucio se adelantó, sorprendido de verlos tan pronto.

—¿Qué ha dicho César?

Viridio lo miró como si le hubieran clavado un gladius en el pie.

—Que vamos a embarcar.

Hubo un murmullo general. Algunos se rieron. Otros no.

Lucio, sin embargo, no sonrió.

—Entonces habrá que prepararse.

Viridio lo miró con una mezcla de respeto y fastidio.

—Tú no sabes lo que es el mar, muchacho.

—¿No? —respondió Lucio—. Pero sé lo que es obedecer. Y con los Vénetos lo he demostrado… en el mar.

El silencio que siguió fue casi solemne.

Un centurión de la cohorte se acercó entonces, con un pergamino en la mano.

—Lucio Decimio —dijo—. El procónsul quiere verte ahora. Habrá cambios en la cohorte y necesita hablar contigo personalmente.

Lucio sintió un vuelco en el estómago. No esperaba oír su nombre en ese contexto, y durante un instante temió haber cometido algún error grave durante la campaña.

—¿Cambios, señor? —preguntó.

—Cambios —repitió el centurión, sin añadir nada más.

Viridio lo miró de reojo, con una mezcla de cansancio y picardía.

—Eso huele a ascenso.

—O a problemas —respondió Lucio.

—En Roma es lo mismo —gruñó Viridio.

Vibio, que había escuchado desde unos pasos atrás, no dijo nada, pero Lucio vio en su mirada una mezcla de respeto y expectativa. Era un hombre que, llegado el momento, estaría preparado para más, aunque ese momento aún no había llegado.

Lucio se presentó en la tienda de César. Los guardias le dejaron pasar, pues ya estaban avisados.

—Procónsul, se presenta el decanus Lucio Decimio, Segunda Centuria, Tercera Cohorte, de la Décima —dijo, golpeándose con el puño en el pecho.

—Lucio, hace muchos años hace ya que nos conocemos. Sabes cómo pienso. Quiero preguntarte algo.

—Adelante, domine —respondió Lucio, intrigado.

—Sabes que mañana cruzaremos a lo desconocido —dijo, César—. Me preocupa Viridio. Es uno de mis mejores centuriones, pero en el mar no es el mismo. Quiero saber si puedo contar contigo por si le pasa algo, y te hagas cargo de su centuria…

—Los dioses no querrán que ocurra nada. Estoy seguro. Pero contad conmigo —contestó muy lentamente—. Pero que Viridio no se entere de esto. No quiero verlo humillado.

—Tu lealtad te ennoblece, Lucio. Descuida que no se enterará. No por mí —le aseguró el procónsul—. Ahora, vuelve con tu contubernium .