La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 17 - El Cerco de César #8
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Capítulo 17 - El Cerco de César #8

—Están donde César quiere que estén: escondidos como alimañas —respondió Sexto, ajustándose el correaje empapado mientras contemplaba una columna de humo negro a lo lejos—.

No necesitas degollar a un enemigo si logras que tenga miedo de mirar al cielo por si apareces.

Las tierras de los Ubios ya son nuestras sin haber gastado una cohorte entera.

Esto es política, Marco. Una lección escrita con fuego.

Durante dieciocho días eternos, la centuria de Viridio escoltó al procónsul a través de un paisaje desolado de campos calcinados y sumisiones pactadas bajo la lluvia del norte.

Cuando César consideró que el terror psicológico se había asentado con la suficiente firmeza en el corazón de Germania, detuvo a su montura frente a la vanguardia.

—Es suficiente —declaró el procónsul, con la mirada tan gélida como el paisaje que dejaba atrás—. Regresamos a la Galia. Que recuerden que el Rin ya no los protege.

El camino de vuelta fue una marcha forzada que los devolvió a la cabecera del puente. Pero si construirlo bajo la amenaza enemiga había sido un tormento, ver lo que el jefe ordenó a continuación desató las quejas más agrias en el contubernium .

—¿Que lo tiremos? —Aulo miró a Viridio con los ojos desorbitados, su hacha de carpintero colgando de la mano—. ¿Diez días rompiéndonos el lomo, cargando robles que pesaban más que un mulo, para que ahora deshagamos el trabajo como críos que rompen un juguete?

—Órdenes del procónsul —repuso Viridio con sequedad, aunque su mirada reflejaba el mismo cansancio—. César no le va a dejar un camino pavimentado a los bárbaros para que nos sigan los pasos. Moveos. Cuanto antes caigan esos maderos, antes pisaremos suelo firme.

—Esto es el colmo de la ironía legionaria —masculló Marco, propinando un hachazo violento al travesaño que él mismo había ayudado a fijar una semana antes—.

Nosotros nos matamos a construirlo, y ahora nos matamos a derribarlo.

Si el de arriba quiere asustar a los Germanos, podría haberlos obligado a ellos a desmontarlo por nosotros.

Entre el estruendo de la madera crujiendo y los enormes troncos desplomándose sobre las aguas turbulentas del Rin, Nicandro se apoyó un momento en su herramienta, enjugándose el sudor de la frente a pesar del viento helado.

Miró a los muchachos con una sonrisa torcida, preñada del cinismo viejo de su estirpe.

—No os quejéis, romanos —dijo Nicandro, entornando los ojos mientras observaba los restos de la calzada ser arrastrados por la corriente—.

Ya lo decían en mi tierra: «Kárfē tà megála lúousin» .

Las briznas de paja sostienen las grandes cosas.

Nosotros fuimos la paja que sostuvo el capricho de César sobre este río.

Y ahora que el mundo sabe que puede cruzarlo, el puente ya no importa; importa el miedo que se queda flotando en el agua.

Viridio contempló la caída del último tramo con un indisimulado suspiro de alivio. El Rin volvía a ser una frontera salvaje, pero la línea del destino ya estaba trazada.

El final del verano, sin embargo, no traería la paz de los cuarteles de invierno.

Con el barro de Germania pegado a las caligae y el eco del hacha aún resonando en sus oídos, la Segunda Centuria vio cómo la mirada de César se desviaba de inmediato hacia el oeste, hacia la bruma impenetrable del canal.

Las naves reparadas en Armórica se concentraban en los puertos de los Morinos.

Britannia [234] , la isla envuelta en mitos al otro lado del océano, era el siguiente paso de un procónsul que no conocía límites, y el Senado de Roma estaba a punto de recibir una sacudida que cambiaría las reglas del juego para siempre.

En Roma, el invierno de aquel año de incertidumbre política se abría paso con lentitud, pero en los pasillos del Senado el frío había llegado mucho antes.

El mármol parecía más nítido, las sombras más largas, y los murmullos más afilados.

Los despachos enviados por César al término del verano, que habían cruzado las calzadas desde el remoto septentrión, se habían recibido en la urbe con una mezcla de alivio y profundo recelo.

El último de ellos, portado por correos exhaustos, acababa de caer sobre la Curia como un rayo en mitad de la sesión.

El primero en leerlo en voz alta fue un senador anciano, de voz temblorosa pero clara. El pergamino crujió cuando lo desplegó, y un silencio sepulcral se adueñó del recinto.

—«…juzgué necesario que el Rin dejara de ser un escudo para los bárbaros.

En el plazo de diez días, mis ingenieros levantaron un puente de madera de orilla a orilla.

He cruzado el gran río, he castigado a los Sugambros y asegurado la sumisión de los Ubios.

Tras dieciocho días en suelo germano, he regresado a la Galia y ordenado la total demolición de la estructura.

El Rin vuelve a ser la frontera de la República».

Un estallido de exclamaciones ahogadas y murmullos indignados recorrió las bancadas. Algunos senadores se pusieron en pie, gesticulando airadamente. Cruzar el Rin no era solo una victoria militar; era profanar un límite mítico, una temeridad que desafiaba a los mismos dioses.

—César ha cruzado el fin del mundo conocido —susurró un senador joven, pálido de asombro.

—César está loco de ambición —respondió un veterano de la facción optimate —. Ha llevado las armas de Roma más allá de lo lícito. ¿Quién le autorizó a invadir Germania?

Pompeyo, sentado en uno de los bancos laterales, escuchaba en silencio.

No se movió, pero sus dedos se apretaron sutilmente sobre los pliegues de su toga.

Su propio prestigio como conquistador de Oriente palidecía ante la audacia de un hombre que construía puentes sobre ríos colosales solo para demostrar que podía hacerlo.

Cuando el tumulto amenazó con descontrolarse, Pompeyo se levantó despacio.

—Roma debe alegrarse —dijo, forzando una calma que no sentía—. El procónsul ha demostrado a las tribus germánicas que ningún río los mantendrá a salvo si osan amenazar nuestras provincias. César ha cumplido con su deber protegiendo la frontera.

—¿Cumplir con su deber? —replicó Marco Porcio Catón, levantándose como un resorte, con el rostro encendido por la indignación—.

¡Ha cometido un acto de arrogancia impía!

Deberíamos entregar a César encadenado a los Germanos para purgar la falta de haber roto la paz y profanado ese río sagrado.

¡El poder militar está fuera de todo control!

El anciano lector alzó las manos, pidiendo orden, y volvió a desenrollar el remate del despacho.

—Hay más aún —anunció, y la Curia contuvo el aliento—.

Una nota adicional del procónsul. «Mientras las legiones se repliegan a sus cuarteles de invierno, he ordenado concentrar la flota de Armórica en los puertos de los Morinos.

Llegado el final del verano, pretendo obtener garantías de las tribus de Britannia , pues mis informes confirman que han prestado auxilio constante a los rebeldes galos».

El anuncio cayó como una losa. Si el Rin había escandalizado a los senadores, la mención de la isla envuelta en brumas al otro lado del Mare Britannicum desató el pánico político.

—¿ Britannia ? —bramó un senador anguloso—. ¿Ahora pretende saltar el Océano? ¿Qué más quiere conquistar ese hombre?

—Lo que Roma le permita —respondió una voz desde el fondo, ahogada por el clamor general.

Pompeyo alzó una mano, tratando de contener la marea de protestas. Sabía que no podía detener a César por la fuerza sin desencadenar una crisis mayor, y que el pueblo de Roma aclamaría el cruce del Rin como una hazaña inigualable.

—César nos avisa de sus intenciones, no pide permiso para su gloria —sentenció Pompeyo, con voz sombría—.

Si hay traición en la isla del norte, es justo que se investigue.

No discutamos lo que ya ha hecho en el Rin.

Discutamos el informe detallado que el procónsul nos enviará en cuanto sus naves estén listas.

Aguardemos a sus despachos oficiales antes de emitir un juicio.

La sesión concluyó en un ambiente de profunda agitación.

La fórmula de agradecimiento que se redactó para las actas fue fría, protocolaria, desprovista de entusiasmo, pero la ratificación de los suministros era inevitable.

Nadie se atrevía a cortar los víveres a un comandante que acababa de someter Germania.

Cuando los senadores abandonaron la Curia en corrillos tensos, Pompeyo permaneció un instante más a la sombra de las columnas, mirando hacia el norte invisible.

—Primero el Rin… y ahora el Mare Exterum —murmuró para sí mismo—. Un invierno entero para construir naves, y una primavera para cambiar el destino de la República.

Luego se marchó, sin prisa, sintiendo que el tablero de juego se movía bajo sus pies a una velocidad vertiginosa.

Roma respiraba, inquieta, conteniendo el aliento ante la audacia de su hijo más peligroso.

Por fin, el año del consulado de Cneo Cornelio Léntulo Marcellino y Lucio Marcio Filipo había llegado a su conclusión, abriendo las puertas al nuevo año consular de Cneo Pompeyo Magno y Marco Licinio Craso, cuyos auspicios prometerían arrastrar a las legiones más allá del fin del mundo.