Capítulo 17 - El Cerco de César #7
—El procónsul ordena no dispersar fuerzas, no perseguir escaramuzas y no aceptar rendiciones dudosas. Adiatuno intentará engañarnos. Debemos forzarlo a mostrar su verdadera intención.
Craso asintió lentamente.
—Bien. Entonces no esperaremos. Prepararemos las máquinas. Y cuando Adiatuno haga su jugada… lo aplastaremos.
Miró a Viridio.
—Y tú, centurión, estarás en la línea.
Viridio sonrió con una mezcla de alivio y ferocidad.
—Aquí no me mareo, legatus . Aquí puedo luchar.
Fuera, el sol comenzaba a caer sobre las colinas donde los Sotiates aguardaban. El cerco se estrechaba. Y, entre Armórica y Aquitania, las decisiones de un solo hombre empezaban a cerrarse a favor de Roma.
La noche cayó sobre Aquitania con un silencio espeso, casi ritual. Desde las empalizadas romanas, el oppidum de los Sotiates parecía dormido, pero Leo Viridio no se dejaba engañar. Había visto demasiadas noches así.
—No me gusta —murmuró—. Cuando un enemigo deja de moverse, es porque ya ha decidido cómo matarte.
Sexto, a su lado, tragó saliva.
—Craso dijo que Adiatuno intentará una salida falsa.
—Craso dijo muchas cosas —respondió Viridio—. Pero esta… esta la creo.
El viento cambió. Un olor a humo fresco llegó desde el oppidum .
—Ahí está —dijo Viridio—. Empieza.
Un cuerno sonó en la oscuridad. Luego otro. Y otro. Ecos que rebotaban entre las colinas. Las sombras se movieron tras las murallas enemigas. Antorchas. Gritos. El sonido de madera rompiéndose.
—Están quemando parte de la empalizada —dijo Sexto.
—Para que pensemos que huyen —respondió Viridio—. Pero no huyen. Vienen.
Como si sus palabras hubieran sido una orden, una oleada de guerreros salió del oppidum . No corrían hacia el sur, donde el valle ofrecía una salida fácil. Corrían hacia el este, hacia el punto más estrecho del cerco romano.
—¡A las armas! —rugió Viridio—. ¡Formad línea!
Los legionarios se movieron como una máquina bien engrasada. Escudos al frente. Lanzas bajas. El sonido del metal chocando llenó la noche.
Adiatuno apareció entre los suyos como un lobo entre perros. Alto, con un torque de bronce que brillaba bajo las antorchas, avanzaba sin miedo, empujando a los suyos hacia la brecha.
—Quiere romper por aquí —dijo Viridio—. Sabe que si lo consigue, se nos escapa entre las colinas.
—¿Qué hacemos? —preguntó Sexto.
Viridio desenvainó su gladius .
—Lo que César quiere: no dejarlo pasar.
El choque fue bestial. Los Sotiates embistieron como un martillo humano. Los escudos romanos temblaron, pero no cedieron. Viridio avanzó un paso, luego otro, empujando con el hombro, golpeando con el canto del escudo, hundiendo el gladius donde encontraba hueco.
Sexto no luchaba, pero tampoco retrocedía. Anotaba mentalmente cada orden, cada movimiento, cada grito. Sabía que César querría un informe exacto.
Adiatuno llegó hasta la primera línea. Su hacha cayó sobre un escudo romano, partiéndolo en dos. El legionario cayó de rodillas. Adiatuno levantó el arma para rematarlo.
Viridio se interposo.
El golpe del hacha chocó contra su escudo con un estruendo seco. Viridio retrocedió un paso, pero no cayó. Adiatuno gruñó, sorprendido.
—Ven, bárbaro —dijo Viridio—. Aquí no hay mareas que me tumben.
Adiatuno atacó con furia. Viridio bloqueó, esquivó, retrocedió medio paso, avanzó otro. El centurión no era rápido, pero era sólido como una muralla. Y Adiatuno, por el tiempo que dura un suspiro, dudó.
Viridio lo vio. Y atacó.
El gladius entró bajo el brazo del jefe sotiate, allí donde la coraza de cuero dejaba un hueco.
Adiatuno soltó un gruñido sordo y cayó de rodillas sobre la tierra batida, soltando el hacha.
Viridio alzó el brazo para descargar el golpe de gracia, pero un rugido unísono y salvaje frenó el metal en el aire.
De las sombras de la brecha no surgió una retirada, sino una horda de hombres con grandes escudos oblongos que se arrojaron al frente en un frenesí suicida. Eran sus soldurii , la guardia de corps juramentada de Adiatuno.
—¡Cierren filas! —bramó Viridio, parando un tajo descendente que casi le dobla la muñeca—. ¡No cedáis ni un paso!
El combate se volvió frenético. Los soldurii no luchaban para ganar; luchaban para morir con su rey o salvar su cuerpo de la deshonra, empujando con un desprecio absoluto por sus propias vidas.
Se interponían ante las espadas romanas con el pecho desnudo, arrastrando a Adiatuno hacia atrás a base de pura ferocidad, mientras sembraban el suelo de cadáveres propios.
Bajo el empuje desesperado de aquel círculo de hierro y sangre, las líneas romanas tuvieron que asentarse a golpes para no verse desbordadas.
Finalmente, arropado por el sacrificio de sus hombres más fieles, el cuerpo ensangrentado del jefe fue arrastrado de vuelta tras la seguridad de las empalizadas.
Como si un hilo invisible se rompiera, el resto de los Sotiates rompió la formación, huyendo en desbandada hacia el interior del oppidum .
—¡No los persigáis! —ordenó Viridio, jadeando y limpiando la sangre gala de su visera—. ¡Craso dijo que no dispersáramos fuerzas! Mantened la línea.
Los legionarios obedecieron, plantando los escudos ensangrentados en el fango. La brecha se cerró. La noche volvió a llenarse de respiraciones agitadas y del olor metálico de la carnicería.
Craso llegó poco después, con su escolta.
—¿Ha sido la salida? —preguntó.
—Sí, legatus —respondió Viridio—. Y no volverán a intentarlo. Su jefe está herido.
Craso observó la colina donde el oppidum se alzaba, oscuro y silencioso.
—Entonces mañana rendirán las armas.
—O morirán de hambre —dijo Viridio.
Craso asintió.
—Lo que ocurra primero.
Sexto tomó aire. Sabía que debía recordar cada palabra, cada gesto, cada detalle. César querría saberlo todo.
La campaña de Aquitania estaba decidida [232] .
Los acontecimientos en el norte no daban tregua, pero la voluntad de César se movía más rápido que las estaciones.
Tras la caída de Adiatuno en Aquitania, Sexto y Viridio apenas tuvieron tiempo de sacudirse el polvo del sur antes de recibir la orden de reunirse con el resto de la Segunda Centuria de la Tercera Cohorte.
César los reclamaba en la frontera septentrional.
No como parte de un despliegue masivo de la Décima, que no participaría, sino como su destacamento de confianza; hombres curtidos cuyos rostros ya le eran familiares en la vanguardia.
El reto que los esperaba a orillas del Rin desafiaba la cordura de los soldados de secano.
Frente a ellos, el río corría ancho, profundo y turbulento, una barrera mítica que Roma jamás había osado hollar.
Los Germanos se creían a salvo al otro lado, protegidos por los dioses del bosque. No contaban con la ingeniería romana.
—Diez días —masculló Aulo, hundido hasta las rodillas en el fango helado de la orilla, mientras sostenía un enorme tronco de roble tallado en punta—. El procónsul se ha vuelto loco. Quiere que construyamos un puente donde solo los peces tienen derecho a pasar.
—No es un puente, bruto, es una declaración de intenciones —le corrigió Sexto, tiritando de frío pero con los ojos fijos en las tablillas de cera donde los ingenieros trazaban los ángulos de los pilotes fijos contra la corriente—.
César no solo quiere cruzar. Quiere que el Rin entienda quién es su nuevo amo.
Lucio, habituado a los embates de las mareas del Mare Exterum en su Gades natal, se movía entre los pontones con la soltura de un marinero. Dirigía las cuerdas y los cabos, asegurando los pesados travesaños de madera que debían resistir la brutal presión del agua.
—¡Asegurad ese nudo de gaza, Marco! [233] —gritó Lucio por encima del estruendo del agua y los martillazos—. Si la corriente se lleva este pilote, por las gónadas de Marte, el tramo entero acabará en el fango, y dudo que a Viridio le apetezca aprender a nadar hoy.
A pocos pasos, sobre la plataforma que ya empezaba a ganar terreno al río, Viridio permanecía con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.
Miraba el agua turbia con un recelo inmutable, manteniendo los pies rígidamente clavados en los tablones de madera recién colocados.
No le gustaba el agua, nunca le gustaría, pero por el procónsul caminaría sobre el mismísimo Estigia si fuera necesario.
Numes y Seraces trabajaban a su lado sin descanso, mientras Nicandro arengaba a los hombres en su latín chapurreado con acento heleno para mantener el ritmo de los golpes de maza.
Al décimo día, el milagro de la ingeniería de la República se alzaba completado. Una calzada de madera firme y colosal unía las dos orillas.
Cuando la Segunda Centuria formó en la vanguardia, lista para cruzar el Rin y adentrarse por primera vez en el suelo de Germania, César espoleó a su caballo y pasó junto a ellos.
El procónsul se detuvo un instante, recorriendo con la mirada los rostros exhaustos pero firmes de Viridio y sus chicos.
Una sonrisa de fría satisfacción se dibujó en los labios del romano.
No hacían falta palabras. Sabían que estaban haciendo historia.
Roma había cruzado el fin del mundo, y la cabecera de la gente de ese rudo centurión abría el camino.
Sin embargo, la gloria que Aulo y Marco esperaban al otro lado de la orilla no tardó en diluirse entre la maleza.
No hubo grandes muros que derribar ni formaciones de bárbaros sedientos de sangre cargando contra sus escudos.
Los Sugambros y los Suevos, aterrorizados por la velocidad con la que Roma había domado el río, habían prendido fuego a sus propias aldeas antes de replegarse hacia las profundidades de sus bosques sagrados.
—¡Esto es una maldita burla! —protestó Marco al duodécimo día de marcha, descargando con rabia su gladio sobre un matorral espinoso—.
Llevamos las pantorrillas destrozadas por las zarzas, el frío nos muerde los huesos y lo único que perseguimos son fantasmas y humo.
¿Dónde están los guerreros de los que tanto hablaban en Roma?