Capítulo 17 - El Cerco de César #6
Las pértigas y los garfios volaron de nuevo bajo los gritos de Acurato. Los marinos se coordinaron con los remiges . Los cabos cayeron uno tras otro. Las velas se desplomaron como gigantes derrotados.
Una tercera nave véneta intentó huir. Seraces la señaló.
—Esa lleva a un jefe.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Lucio.
—Porque no ataca. Observa.
Los hispanos remaron con una ferocidad casi animal. La nave romana alcanzó a la véneta por la popa. Nicandro lanzó un gancho que se clavó en la borda enemiga con un sonido seco.
—¡A por ella!
El abordaje fue un torbellino. Lucio vio a un hombre con un torque de plata gritar órdenes. Seraces lo señaló.
—Ese.
Numes se abrió paso entre los combatientes como un ariete humano. El jefe véneta retrocedió, pero no lo bastante. Lucio llegó a tiempo de ver cómo el abisinio lo derribaba de un empujón brutal.
El jefe cayó. Los Vénetos vacilaron. Y en el mar, un instante de duda es una sentencia.
—¡Rendiros o morid ahora! —gritó Seraces en galo.
Algunos soltaron las armas. Otros saltaron al agua. La nave quedó en silencio, salvo por el crujido de la madera y el jadeo de los hombres.
—Se acabó —dijo Seraces.
Lucio miró el Mare Exterum . Las naves vénetas hundidas flotaban como sombras rotas. El viento había cambiado. Ya no era enemigo.
En la distancia, César observaba desde la nave capitana.
Su mirada se posó en el joven Décimo Bruto, el artífice de aquella victoria imposible, y el procónsul sonrió con una satisfacción genuina, depositando una mano afectuosa sobre el hombro de su legatus más brillante.
Lucio vio el gesto desde su propia borda; era la estampa de la lealtad absoluta coronada por el triunfo.
Numes se sentó en la borda, respirando hondo, con la mirada fija en el horizonte. No sonreía, pero había en sus ojos una calma nueva, como si por fin hubiera encontrado un lugar donde su fuerza tenía sentido.
La batalla naval había terminado. Y las reglas del juego habían sido romanas.
El regreso a tierra firme fue un lento desfile de maderos astillados, velas desgarradas y legionarios que, tras el subidón de la sangre, comenzaban a cobrar conciencia del mareo.
En la cubierta de una de las naves, mientras los hombres de la Segunda Centuria recogían el equipo y ayudaban a desembarcar a los heridos, el centurio classiarius Pío Acurato se acercó a Lucio.
El marino vestía su coraza ligera salpicada de salitre y sangre enemiga, y observaba el orden del destacamento con franca admiración.
Sabiendo que la centuria había embarcado sin sus oficiales principales, buscó directamente al gaditano, cuya templanza en el combate no le había pasado desapercibida.
—Los chicos de Viridio se han batido como verdaderos leones marinos, Lucio —dijo Acurato, apoyando una mano en el hombro del decanus —.
Ni un titubeo al saltar al abordaje, a pesar de que el tablón se movía como un caballo desbocado.
Te lo digo en serio: si alguna vez os cansáis de tragar el polvo de las calzadas de la Galia, os hago un hueco en la marina mañana mismo.
Hombres con ese aplomo nos hacen falta en las cubiertas.
Lucio, que a pesar de sus raíces marineras en Gades agradecía volver a vislumbrar la solidez del puerto, esbozó una sonrisa torcida y declinó el ofrecimiento con un gesto respetuoso pero cargado de ironía militar.
—Agradezco tus loas en nombre de la Segunda, centurión, y no niego que el balanceo tiene su encanto —respondió Lucio, ajustándose el correaje empapado—.
Pero me temo que tendremos que seguir calzando las caligae en tierra firme.
Si aceptara tu oferta, en cuanto el centurión Viridio se enterase de que le he mudado los chicos a la marina, no esperará a que Neptuno nos ahogue; me cortará el pescuezo a mí primero con su propio gladius .
Le tiene un pánico devoto a todo lo que flote, y prefiere que nos maten los bárbaros antes que vernos criar branquias.
Acurato soltó una carcajada limpia y franca, asintiendo con la cabeza ante la bien conocida reputación de terquedad del centurión legionario.
—Cada uno a sus cadenas entonces, romano. Buen trabajo hoy.
Pero el mar no fue el único que cobró su tributo.
Al día siguiente, bajo un cielo plomizo, la Décima formó en la playa frente al campamento improvisado.
Los líderes de los Vénetos, aquellos orgullosos senadores que habían osado apresar a los legati de Roma, permanecían encadenados sobre la arena mojada.
César los observó desde su estrado, con la misma frialdad con la que había medido las mareas.
No hubo piedad, ni discursos, ni términos de rendición.
Por orden directa del procónsul, los verdugos de la legión decapitaron uno a uno a los miembros del senado véneto frente a sus familias.
El resto del pueblo, miles de hombres, mujeres y niños, fueron agrupados a latigazos por los auxiliares para ser vendidos en masa como esclavos [231] .
Lucio contempló la carnicería en silencio, sintiendo el olor de la sangre mezclado con el salitre del océano. César había dejado claro su mensaje a toda la Galia: Roma aceptaba la guerra, pero castigaba la rebelión con la extinción.
Y la guerra en el norte, finalmente, había terminado.
Mientras de daban los acontecimientos de la batalla final contra los Vénetos, el campamento de César en Armórica olía a humo, sal y cuero mojado.
Las classes llevaban horas mar adentro, combatiendo más allá del horizonte, y la playa había quedado extrañamente silenciosa, como si el viento evitara nombrar lo que allí ocurría.
Entre las tiendas, los hombres que no habían embarcado se movían con una mezcla de inquietud y alivio.
Sexto salió de la tienda de los escribas con un estuche de cuero bien sujeto al cinturón. Aún sentía en la nuca el peso de la mirada de César.
—No es un mensaje para Craso —le había dicho el procónsul—. Es para ti y para Viridio. Quiero que viajéis juntos. Y que lleguéis.
Sexto había asentido, nervioso.
—¿Debo memorizarlo, procónsul?
—No. Solo obedecerlo.
Ahora, en el claro entre las tiendas, Sexto encontró a Leo Viridio sentado sobre un tonel, con los codos apoyados en las rodillas y el rostro aún más pálido de lo habitual.
—Centurión Viridio —dijo Sexto.
Viridio lo miró con desgana.
—Si vienes a preguntarme por qué no estoy en una nave, te lo diré antes de que abras la boca: porque los dioses me odian cuando estoy sobre el agua.
Sexto respiró hondo.
—César me ha ordenado viajar a Aquitania. Al campamento del legatus Craso. Y… que el centurión Viridio venga conmigo.
Viridio gruñó.
—Claro. Si algo puede empeorar, empeora.
Sexto bajó la voz.
—Dijo que es un excelente centurión mientras sus pies tocan tierra firme. Que con Craso será más útil que mareándose en las classes .
Viridio apretó los labios.
—Eso lo dijo Nicandro.
—No, centurión —respondió Sexto—. Lo dijo César.
Viridio se quedó un instante en silencio. Luego soltó una carcajada ronca.
—Ese hombre tiene la lengua más afilada que un gladius . Bien. Si el procónsul quiere que vigile a Craso, lo haré. Y si de paso me mantiene lejos de las naves, casi se lo agradeceré.
Se levantó, ajustó el cinturón y tomó el casco.
—¿Cuándo salimos?
—En cuanto los caballos estén listos —respondió Sexto—. Nos esperan muchos días de camino.
Viridio miró hacia el norte, donde la línea del mar apenas se adivinaba tras las dunas.
—Mejor muchos días de polvo que un solo día de mareo.
Montaron poco después. Mientras se alejaban del campamento, Sexto volvió la cabeza una vez. La playa estaba vacía, y el viento traía un rumor lejano, como si el Mare Exterum respirara con dificultad.
—Que los dioses los guarden —murmuró.
—Y que no vuelvan a pedirme que suba a una de esas cosas —añadió Viridio.
El camino hacia el sur se abrió ante ellos, largo y seco. Pasaron bosques, ríos, aldeas galas que los miraban con recelo. Por la noche, Sexto repasaba mentalmente las instrucciones de César: no eran tácticas, sino logísticas. Llegar. Llegar rápido. Llegar juntos.
—No me gustan estas tierras —dijo Viridio una noche, junto a un fuego pobre—. Demasiadas colinas. Demasiados sitios donde esconder una emboscada.
—Craso estará acostumbrado —respondió Sexto.
—Craso está acostumbrado a mandar —replicó Viridio—. No a que lo rodeen.
Días más tarde, el campamento de Craso apareció al fin, extendido sobre una meseta, con las empalizadas recortadas contra el cielo y las tiendas alineadas con una disciplina casi obsesiva.
—Ahí lo tienes —dijo Viridio—. El hombre al que no debo dejar que hundan.
—Eso no lo dijo César —murmuró Sexto.
—No hacía falta.
Entraron por la puerta principal tras identificarse con la guardia. El polvo del camino se mezcló con el polvo del campamento, y por un momento Sexto tuvo la sensación de no haber llegado a ninguna parte, solo de haber cambiado de polvo.
Los condujeron a la tienda de mando. Craso estaba inclinado sobre un mapa, rodeado de tribunos. Al verlos entrar, levantó la vista.
—¿Viridio? —dijo, sorprendido—. Pensé que estabas con César.
—Lo estaba, legatus —respondió el centurión—. Pero el procónsul ha decidido que soy más útil aquí. En tierra.
Craso alzó una ceja, divertido.
—¿Otra víctima de las classes ?
Viridio resopló.
—Digamos que el mar y yo no nos llevamos bien.
Sexto dio un paso al frente y ofreció un segundo estuche de cuero, más pequeño y sellado.
—Mensaje nuevo, legatus .
Craso rompió el sello. Leyó en silencio. Sus ojos se estrecharon.
—Quiere que aceleremos —dijo finalmente—. Que no esperemos a que Adiatuno se desgaste. Que lo obliguemos a rendirse o a luchar cuanto antes.
Viridio frunció el ceño.
—¿Y la advertencia sobre la trampa del barranco?
—Eso ya lo sabemos —respondió Craso—. Esto es distinto. César teme que los Vénetos ganen tiempo. Necesita que Aquitania caiga antes de que puedan recibir ayuda o levantar a otras tribus.
Sexto añadió, con voz firme: