La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 17 - El Cerco de César #5
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Capítulo 17 - El Cerco de César #5

La sesión del Senado había terminado, pero los grupos de senadores seguían discutiendo bajo el pórtico de la Curia.

Algunos hablaban de impuestos, otros de alianzas, otros del precio del trigo.

La guerra en la Galia era solo uno de tantos asuntos, aunque aquel día parecía haber despertado más inquietud de la habitual.

—César se excede —decía un optimate de barba gris—. No se puede gobernar una provincia como si fuera un reino personal.

—Mientras gane batallas, Roma lo tolerará —respondió otro, encogiéndose de hombros.

—¿Y si pierde? —preguntó un tercero.

—Entonces diremos que siempre lo supimos.

Rieron, pero la risa sonó hueca. El eco se perdió entre las columnas.

Fue entonces cuando una mujer cruzó el pórtico con paso decidido.

Vestía con sobriedad, pero llevaba la cabeza alta, como quien no teme a los poderosos.

Algunos senadores la reconocieron y se apartaron con respeto.

Sabían que no era patricia, pero sí parte de la gens Decimia, la influyente, y muy próspera, familia de mercaderes del Aventino.

Era Livia, la madre de Lucio Decimio Mergo.

Se acercó a un grupo de senadores que aún comentaban los informes llegados de la Galia.

—Perdonen —dijo con voz firme—. ¿Han oído algo más sobre la campaña? ¿Alguna noticia reciente? Mi hijo sirve en las legiones de César.

Los senadores se miraron entre sí, incómodos. Uno de ellos carraspeó.

—Solo lo que se ha leído en la sesión, señora. César avanza. Craso también. Nada más.

Livia asintió, pero su expresión mostraba que aquella respuesta no le bastaba. Dio un paso atrás, respiró hondo… y entonces oyó una voz joven a su derecha.

—Disculpe… ¿ha dicho que tiene un hijo en la Galia?

Livia se volvió. Un muchacho de rostro pálido, con el brazo izquierdo envuelto en un vendaje limpio y el derecho apoyado en un bastón corto, la observaba con timidez. Tenía la mirada de alguien que había visto demasiado para su edad.

—Sí —respondió ella—. Lucio Decimio Mergo. De la Décima Legión.

El joven tragó saliva.

—Yo… yo serví con él. Soy Servio. Servio Atratino Pulario.

Livia abrió los ojos, sorprendida.

—¿Lo conociste?

—Compartimos centuria —dijo Servio—. Hasta que… —miró su brazo vendado— hasta que me licenciaron.

Livia dio un paso hacia él.

—¿Está vivo? ¿Lo viste? ¿Sabes algo?

Servio asintió con una mezcla de orgullo y tristeza.

—Estaba vivo cuando terminó la campaña contra Ariovisto —dijo Servio, con un hilo de voz que mezclaba orgullo y melancolía—. Fue entonces cuando me licenciaron. Después de eso… ya no supe más. Pero hasta ese momento, su hijo luchaba bien. Muy bien.

Livia cerró los ojos un instante, dejando escapar un suspiro que llevaba meses retenido.

—Gracias —dijo—. Gracias, muchacho.

Servio bajó la mirada, incómodo ante tanta emoción.

—Ojalá pudiera decirle más, domina . Pero lo último que supe es que la Décima marchaba hacia el Mare Britannicum [229] , al norte de Armórica. Después… nada.

Livia asintió. No era mucho, pero era más de lo que tenía al llegar.

En ese momento, una voz femenina sonó a pocos pasos.

—Señora Livia. Qué sorpresa verla por aquí.

Livia se volvió. Una joven de rostro hermoso, mirada firme y túnica impecable se acercaba acompañada de un joven patricio de porte arrogante. Era Fadia, la hija del mercader de vinos de Falerno.

—Fadia —respondió Livia, con una sonrisa contenida—. No esperaba encontrarte en el Senado.

—Mi acompañante tenía asuntos que tratar —dijo la joven, señalando al patricio—. Y ya sabe cómo es Roma: siempre hay algo que ver.

El patricio inclinó la cabeza con una cortesía fría.

—Encantado.

Fadia miró entonces a Servio, al vendaje, al bastón. Su expresión no cambió.

—¿Buscando noticias de la guerra, señora? —preguntó con un tono suave, pero distante.

—Sí —respondió Livia—. De mi hijo.

Fadia asintió lentamente.

—Lucio… sí, recuerdo que marchó hace años. El tiempo pasa deprisa. Roma no se detiene.

El patricio sonrió, como si la frase le resultara divertida.

Livia sintió un leve pinchazo en el pecho. Servio frunció el ceño, incómodo.

—Espero que regrese pronto —añadió Fadia, con una cortesía tan perfecta que dolía—. Aunque… ya sabe cómo son estas campañas. Largas. Inciertas.

Hizo una leve reverencia.

—Que los dioses la acompañen, señora.

Y se alejó con el patricio, sin mirar atrás.

Servio observó la escena en silencio. Luego miró a Livia.

—No haga caso, domina . Roma sigue su curso… pero los hombres que vuelven de la guerra también cambian el curso de Roma.

Livia respiró hondo. El sol comenzaba a ponerse sobre el Foro, tiñendo de oro las columnas.

—Gracias, Servio —dijo—. Por todo.

El joven inclinó la cabeza. Y por un instante, Livia sintió que no estaba tan sola en aquella ciudad inmensa.

En el norte, el viento había cambiado al amanecer.

No era una brisa suave, sino una corriente tensa, cargada de sal y de un rumor profundo que parecía surgir del fondo del mar.

Los hispanos lo notaron antes que nadie.

Se movían con rapidez, ajustando cabos, revisando los garfios de hierro, comprobando los cuchillos largos que colgaban de sus cinturones.

— Σήμερον ἡ θάλασσα κρίνει —dijo Nicandro, sin levantar la voz—. Hoy es el día en que el mar decide.

Lucio sintió un escalofrío. No era miedo. Era la certeza de que algo estaba a punto de romperse.

El aviso llegó desde la torre de vigía.

—¡Velas al oeste! ¡Muchas!

La niebla se abrió como un telón arrancado de cuajo.

Decenas de naves vénetas avanzaban con las velas de cuero tensas, altas como murallas móviles.

El sol se reflejaba en los bronces de las proas, en los escudos colgados de los costados, en los ojos pintados que parecían mirar a los romanos con desprecio.

Los hispanos empujaron la nave en la que embarcarían los hombres de Lucio al agua.

A su lado, Numes —silencioso como siempre, pero con una fuerza que parecía brotarle de los hombros— ayudó a estabilizar el casco mientras los legionarios subían.

Lucio lo vio asentir una sola vez, como si el abisinio hubiera estado esperando este momento desde que llegaron al Mare Exterum .

Los remos entraron en el mar al unísono, y la nave avanzó con un ritmo firme, casi ritual.

Numes levantó la mano de repente.

—Algo no va bien —dijo, con su voz grave.

—¿Qué ves? —preguntó Aulo.

—El agua —respondió Numes—. Está cambiando de color. Hay una corriente que no debería estar aquí.

Seraces lo miró con atención, sorprendido de que alguien más lo hubiera notado.

—Tiene razón —dijo un galo—. Los Vénetos quieren arrastrarnos hacia su giro de viento.

Las naves enemigas se acercaron en abanico, confiadas, seguras de su dominio. Una de ellas viró con elegancia insultante, mostrando el costado como un desafío.

—Ahí —dijo Nicandro—. Esa es nuestra.

Los hispanos cambiaron el ritmo. La nave romana aceleró, cortando el agua con un rugido de remos. Lucio sintió el impacto del mar en la cara, frío y brutal. La nave véneta se acercaba, enorme, imponente.

En mitad del estruendo, las largas pértigas ideadas por Bruto se alzaron desde la cubierta romana como aguijones hambrientos. Los marinos hispanos las manejaban con precisión, apuntando hacia las alturas del mástil enemigo.

—¡Buscad las drizas! —gritó Pío Acurato, el centurio classiarius [230] , sosteniéndose con fuerza del armazón de la borda.

Las hoces modificadas mordieron los cabos gruesos que sostenían la vela véneta.

Eran como tendones tensos. En cuanto el hierro afilado se asentó en las cuerdas, el hortator abajo, en la crujía, bramó una orden y las bancadas de remeros ciaron con furia, impulsando la nave romana en dirección contraria.

El sonido fue seco. Un latigazo ensordecedor. Las cuerdas se segaron bajo la brutal tensión y la inmensa vela de cuero se desplomó de golpe, sepultando a los defensores galos bajo su propio peso.

La nave véneta perdió el viento. Se ladeó, herida de muerte en su movilidad. Los marineros enemigos gritaron, atrapados bajo el cuero pesado y el maderamen derribado.

—¡Garfios de abordaje! —rugió entonces Acurato, señalando el casco enemigo—. ¡Asegurad las amarras! ¡Ahora, legionarios, saltad!

Los legionarios saltaron. Lucio sintió el vértigo del salto, el choque del casco enemigo bajo sus sandalias, el olor a cuero mojado y a madera vieja. Los Vénetos que lograban zafarse del velamen los recibieron con gritos agudos, con lanzas cortas y cuchillos curvos.

El combate fue brutal. No había espacio para maniobras. Solo golpes, empujones, cuerpos chocando. Lucio esquivó una lanza, sintió otra rozarle el brazo, hundió el gladius en un costado, retrocedió, volvió a avanzar.

Un Véneta se lanzó sobre él con un cuchillo. Lucio lo bloqueó con el escudo, pero resbaló sobre la cubierta mojada. El enemigo alzó el arma para rematarlo.

Numes apareció como un muro. Lo embistió con el hombro, lo levantó del suelo y lo arrojó por la borda sin decir una palabra.

—Gracias —jadeó Lucio.

Numes solo asintió, ya buscando al siguiente enemigo.

La nave enemiga empezó a hundirse por un costado. Los hispanos gritaban órdenes. Los legionarios retrocedían hacia su nave. El mar rugía bajo ellos.

—¡Retirada! —ordenó Acurato—. ¡Ya está, volved a las líneas!

Lucio saltó de vuelta. Los remos entraron en el agua. La nave romana se alejó mientras la véneta se inclinaba, tragada por el mar.

Pero la batalla no había terminado.

En el horizonte, otras naves vénetas maniobraban para rodear a la flota romana. Sus velas, aún intactas, parecían alas de bronce bajo el sol.

—Van a intentar cerrarnos —dijo Seraces.

—No si les quitamos el viento primero —respondió Nicandro.

Las naves romanas viraron en formación, como una muralla móvil. Los hispanos tensaron los brazos. Los remos golpearon el agua con furia. El choque fue inevitable.

Una nave véneta embistió por el flanco. La madera crujió. Lucio cayó de rodillas. Aulo lo levantó de un tirón.

—¡Arriba! ¡Arriba!