La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 17 - El Cerco de César #4
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Capítulo 17 - El Cerco de César #4

Hubo asentimientos, protestas ahogadas, suspiros resignados.

—Pero —añadió el cónsul— seguiremos recibiendo informes. Y si la situación se descontrola, actuaremos.

La sesión se levantó. Los senadores salieron en pequeños grupos, discutiendo en voz baja. Algunos miraban al cielo, como si esperaran ver señales. Otros se perdieron entre las columnas del Foro, preocupados por un mar que nunca habían visto y por guerras que no comprendían del todo.

Roma, inquieta, esperaba noticias.

En Armórica, la niebla había regresado al amanecer, espesa como un muro de lana húmeda.

Las naves romanas, aún recién nacidas, flotaban en silencio junto a la orilla, como animales jóvenes que no sabían si debían temer al mar o desafiarlo.

Los hispanos caminaban sobre los tablones comprobando cuadernas, tensando cabos, ajustando remos.

La Décima observaba desde tierra firme, con la mezcla habitual de curiosidad y desconfianza que el mar les provocaba.

Lucio se acercó a la orilla. El agua estaba helada, incluso en primavera. El mar respiraba con un ritmo propio, ajeno a los hombres, ajeno a Roma. A su espalda, los martillos seguían golpeando madera, pero el sonido parecía perderse en la bruma.

—La Décima no embarcará. Protegerá el campamento —dijo Viridio—. Pero la Segunda Centuria sí tendrá ese honor. Yo no iré, el mar no se lleva bien conmigo. Dependeréis del oficial al mando a bordo. ¡No me dejéis en vergüenza, os lo advierto!

Los legionarios de la Segunda Centuria, los chicos de Viridio, asentieron al unísono. El veterano centurión sonrió satisfecho.

—Hoy vendrán —dijo Nicandro, sin apartar la vista del horizonte invisible.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Aulo.

—Lo siento en los huesos. Ayer nos midieron de nuevo —respondió el griego—. Y hoy querrán saber si hemos aprendido algo.

Lucio no respondió. Había sentido lo mismo desde que despertó: una tensión en el aire, como si el mar contuviera la respiración. Los hispanos también lo notaban. Se movían con más rapidez, con más precisión. No hablaban. No bromeaban. Era como si escucharan algo que los demás no podían oír.

El aviso llegó desde una de las torres improvisadas en la playa.

—¡Velas al norte!

La niebla se abrió apenas un instante, lo suficiente para mostrar tres siluetas oscuras avanzando con el viento a favor. Altas, pesadas, con las velas de cuero tensas como alas de un animal gigantesco. Los Vénetos.

—Quieren provocarnos —dijo Seraces.

—O estudiarnos —añadió Marco—. Quieren saber si domamos el mar… o si el mar nos doma a nosotros.

Los hispanos ya estaban embarcando. Sus movimientos eran rápidos, fluidos, casi rituales.

Los legionarios subieron detrás, intentando no perder el equilibrio mientras el casco se mecía bajo sus pies.

Lucio sintió el mismo vértigo que su primera vez: el mar no era tierra, y no perdonaba los pasos torpes.

Desde la penumbra de la crujía, el hortator [227] golpeó el bloque de madera con su mazo. El sonido seco resonó en las bancadas antes de que su voz ronca rasgara el aire.

—¡Remos fuera! —bramó el oficial.

Las maderas crujieron y un centenar de palas se hundieron a la vez en el agua. Las naves romanas avanzaron en formación, cortando la niebla como cuchillas lentas. Los Vénetos viraron con elegancia insultante, manteniendo la distancia. No atacaban. No huían. Solo observaban.

—Nos están guiando —murmuró Nicandro.

—¿Hacia dónde? —preguntó Aulo.

—Hacia donde ellos quieran.

Los hispanos cambiaron el ritmo de los remos. La nave vibró bajo los pies de Lucio. Por un instante, pareció que podrían alcanzarlos. Pero entonces el viento cambió, y las velas vénetas se hincharon con una fuerza brutal. Las naves enemigas se alejaron como sombras vivas, tragadas por la niebla.

—Otra vez —gruñó Marco.

—No buscan combate —dijo Seraces—. Buscan confianza.

Lucio frunció el ceño.

—¿Confianza?

—La nuestra —respondió el galo—. Quieren que pensemos que no podemos alcanzarlos. Que no podemos tocarlos. Que el mar es suyo.

Las naves de la classis regresaron a la orilla cuando el sol ya estaba alto. César esperaba allí, rodeado de ingenieros y de los hispanos más veteranos. No parecía sorprendido por la escaramuza fallida. Tampoco molesto. Observaba el mar como quien estudia un mecanismo complejo.

—¿Han vuelto a jugar con el viento? —preguntó el procónsul.

—Sí, César —respondió uno de los marinos hispanos—. Sus velas de cuero son demasiado fuertes y sus mástiles demasiado altos. Si el viento sopla, no hay trirreme que pueda darles caza. Nos superan en la borda y en velocidad; no podemos abordarlos.

César frunció el ceño, observando el pergamino arrugado sobre la mesa improvisada. Un silencio pesado cayó sobre los legados.

—Entonces no competiremos en su terreno —sentenció César—. Si su fuerza es el viento, hay que dejarlos sin él. Buscad la grieta. ¿Cómo los detenemos?

Los ingenieros romanos se miraron entre sí, dubitativos, pero un paso al frente de Décimo Bruto rompió la indecisión. El joven praefectus classis señaló con el dedo las drizas y los cabos que sostenían el enorme velamen véneto en el dibujo.

—Si no podemos saltar a sus cubiertas, bajaremos sus velas hasta nosotros, procónsul —propuso Bruto con firmeza—.

Tras consultar con los constructores hispanos, ordenaré a los herreros preparar ganchos de asedio modificados, afilados en el envés como la hoja de una guadaña.

Irán montados sobre pértigas largas, manejadas desde nuestras cubiertas.

Cuando pasemos a su lado, engancharemos sus jarcias y ordenaré a las bancadas remar en dirección contraria.

El propio impulso de nuestras naves tensará los cabos hasta que las hoces los sieguen por completo.

César levantó la mirada hacia su joven legatus , y una lenta sonrisa, fría y calculadora, asomó en sus labios. Los ingenieros asintieron, asimilando la brutal simplicidad del ingenio junto a los técnicos de la flotilla.

—Si el cuero cae —asintió el piloto hispano, cruzándose de brazos—, esos monstruos de roble se quedarán clavados en el agua.

Cuando llegó a sus oídos, ni Viridio ni Lucio entendieron del todo la mecánica de aquel artefacto que Bruto y los suyos empezaban ya a esbozar.

Para ellos, una hoz seguía siendo una herramienta de segador.

Pero observaron la absoluta complicidad entre el procónsul, su praefectus y aquellos curtidos hombres del mar: la certeza de quienes acaban de encontrar la grieta en lo imposible.

Y supo que la próxima vez que los Vénetos aparecieran entre la niebla, no sería para medirlos.

Sería para luchar. Pero las reglas del juego serían romanas.

El campamento de Craso se había asentado en una meseta estrecha, rodeada de colinas que parecían observarlo desde arriba.

Los Sotiates no habían vuelto a mostrarse desde la primera aparición, pero su silencio era más inquietante que un ataque frontal.

Los centuriones reforzaban las empalizadas, los exploratores iban y venían sin descanso, y el legatus estudiaba el terreno con la concentración de un jugador de dados que sabe que la siguiente tirada puede decidirlo todo.

Al caer la tarde, un vigía anunció la llegada de un jinete solitario. Venía cubierto de polvo, con la túnica pegada al cuerpo por el sudor y el cansancio. Pero incluso antes de que desmontara, Craso reconoció el sello que llevaba en el estuche de cuero sujeto al cinturón.

—Ese hombre es de la Décima —dijo uno de los tribunos.

—Y no viene con un mensaje ordinario —respondió Craso.

El jinete se acercó tambaleándose. Era joven, delgado, con los dedos manchados de tinta incluso después de días de viaje. Craso lo observó con atención.

—¿Tu nombre? —preguntó.

—Sexto, procón… —se corrigió de inmediato—. Legatus . Escriba de la Décima Legión, Tercera Cohorte, Segunda Centuria, del contubernium de Lucio Decimio Mergo.

Los tribunos intercambiaron miradas. No era habitual que un simple escriba fuera enviado tan lejos. Craso lo entendió al instante.

—Ven conmigo —dijo.

Entraron en la tienda de mando. Craso cerró la lona tras ellos. Sexto, aún jadeante, sacó el estuche de cuero y lo ofreció con ambas manos, como si temiera que se deshiciera entre sus dedos.

—Es una orden directa de César —dijo—. Solo para sus ojos.

Craso rompió el sello. Leyó en silencio. Sus ojos se estrecharon. Luego volvió a leer, más despacio.

—¿Lo has visto alguien más? —preguntó sin levantar la vista.

—No, legatus . Me ordenaron memorizar el contenido por si el pergamino se perdía. Y destruirlo si era necesario.

Craso asintió. Era exactamente lo que César haría: confiar en un hombre que nadie vigilaría, que pasaría desapercibido, pero que recordaría cada palabra.

—Bien —dijo Craso—. Entonces dime lo que recuerdas.

Sexto tragó saliva.

—César dice que los Vénetos están retrasando la batalla. Que buscan tiempo. Y que si logran mantenerlo ocupado en el norte, otras tribus podrían levantarse. Necesita que Aquitania caiga rápido. Muy rápido.

Craso dejó el pergamino sobre la mesa.

—¿Algo más?

Sexto dudó un instante.

—Sí. Dice que… que no confíe en los movimientos de los Sotiates. Que su líder, Adiatuno [228] , es más astuto de lo que parece. Que intentará atraerle a un terreno cerrado. Y que si eso ocurre, debe actuar sin vacilar.

El silencio llenó la tienda. Craso apoyó ambas manos sobre la mesa. El mensaje no era una simple instrucción: era una advertencia. Y también una presión.

—Dile a César —dijo finalmente— que Aquitania caerá antes de que los Vénetos levanten sus velas por tercera vez.

Sexto asintió, agotado pero firme.

—¿Puedo descansar, legatus ?

—Claro. Has hecho un buen trabajo. Y te necesitaré de nuevo. No regreses aún. Puede que tenga que enviar otro mensaje… uno que no deba pasar por demasiadas manos.

Sexto inclinó la cabeza y salió. Craso permaneció un momento inmóvil, mirando el pergamino. Luego llamó a sus tribunos.

—Adiatuno prepara algo —dijo—. Y nosotros también lo haremos.

La noche cayó sobre el campamento. En las colinas, invisibles, los Sotiates observaban.