La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 17 - El Cerco de César #3
51%

Capítulo 17 - El Cerco de César #3

—Huele a mundo nuevo —respondió Nicandro.

Cuando la columna alcanzó la última elevación, el paisaje se abrió de golpe. Ante ellos se extendía una inmensidad gris y viva, un horizonte que no terminaba en ninguna parte. El Mare Exterum rugía contra las rocas como un animal encadenado. La Décima se detuvo sin que nadie diera la orden.

—Por los dioses… —susurró Seraces.

Lucio no dijo nada. El mar se movía como si respirara.

Las olas subían y bajaban con una cadencia que no tenía nada que ver con el Mare Nostrum .

Era un latido lento, profundo, que hacía vibrar el suelo bajo sus sandalias.

A lo lejos, una línea blanca marcaba el límite de una marea que avanzaba y retrocedía con una fuerza que parecía capaz de tragarse un campamento entero [215] .

—¿Eso es normal? —preguntó Aulo.

—Aquí sí —respondió un guía Armoricano, encogiéndose de hombros—. El mar sube y baja como quiere aquí, en Armórica [216] .

Lucio observó la costa. No era como las playas del sur: aquí había acantilados, rocas negras, corrientes que se arremolinaban como si buscaran presas. Y, más allá, en una ensenada protegida, vio algo que le heló la sangre.

Barcos. Decenas de ellos.

No eran naves romanas. Tenían cascos altos, casi verticales, como murallas flotantes. Las cuadernas parecían reforzadas con maderos gruesos, y las velas… las velas eran de cuero oscuro, tensas como piel de toro [217] .

—Esos son los Vénetos —dijo el guía galo que los acompañana, con un respeto que rozaba el miedo [218] .

Lucio tragó saliva. Aquellos barcos parecían hechos para sobrevivir a tempestades que habrían destrozado cualquier nave romana.

—¿Y nosotros contra eso? —preguntó Marco.

—Nosotros —respondió Viridio, que acababa de llegar—. Y César.

Como si lo hubieran invocado, el procónsul apareció en lo alto de la colina, acompañado de varios legati . Observó el mar en silencio, con los brazos cruzados. No era la mirada de un hombre sorprendido, sino la de alguien que ya estaba calculando distancias, corrientes, vientos y posibilidades.

—Los Vénetos han capturado a nuestros enviados —dijo uno de los legati —. Exigen que devolvamos a sus rehenes antes de liberarlos.

César no apartó la vista del mar.

—Entonces construiremos una flota —dijo.

Lucio parpadeó. ¿Una flota? ¿Allí? ¿En ese mar que parecía querer devorar el mundo?

Pero César ya estaba dando órdenes. Mensajeros corrieron hacia el interior. Se enviaron avisos a los pueblos aliados. Se requisaron maderas, herramientas, cuerdas, clavos. Y, días después, comenzaron a llegar hombres que no vestían como legionarios.

—¿Quiénes son esos? —preguntó Aulo.

— Remiges hispanos —respondió Nicandro—. Gente del Mare Exterum . Saben manejar mares que a nosotros nos matarían [219] .

Lucio los observó. Eran hombres de brazos gruesos, piel curtida y miradas tranquilas. No parecían impresionados por el mar. Tampoco por los barcos vénetos.

—¿Y quién manda todo esto? —preguntó Marco.

—César nombrará un praefectus classis —dijo Viridio—. Alguien que convierta esta locura en una fuerza naval [220] .

—He oído decir que el procónsul ha nombrado a Décimo Bruto —comentó Nicandro—. Un aristócrata de secano, mandando en el mar [221] .

—¡Lo que nos faltaba para que Neptuno nos reciba cordialmente! —remató Servio, negando con la cabeza.

La Décima fue destinada a proteger los astilleros improvisados. Lucio vio cómo los carpinteros romanos discutían con los marineros hispanos, cómo los armoricanos señalaban las mareas, cómo los ingenieros medían y recalculaban una y otra vez. Era un caos, pero un caos que avanzaba.

—Nunca pensé que vería esto —dijo Seraces—. Una classis romana naciendo en el fin del mundo [222] .

Lucio tampoco. Pero allí estaba: madera recién cortada, velas tensadas, remos alineados, cascos que empezaban a tomar forma. Y, al fondo, los barcos vénetos observando desde la ensenada, inmóviles como depredadores esperando el momento de atacar.

El Mare Exterum rugió de nuevo. La marea subió un palmo en cuestión de minutos.

Lucio sintió un escalofrío.

—Esta campaña no se parece a ninguna otra —dijo.

—No —respondió Viridio—. Y por eso la ganaremos. Porque nadie espera que podamos hacerlo.

El viento sopló desde el oeste, trayendo consigo el olor del cuero mojado de las velas vénetas.

La guerra del mar había comenzado.

El mensajero llegó al amanecer, cubierto de polvo hasta las pestañas.

Había cabalgado durante días, cruzando bosques, ríos y llanuras para entregar un solo pergamino.

Publio Craso lo recibió en silencio, sin ceremonias.

El joven legatus tenía el rostro afilado por el cansancio y la ambición, y cuando rompió el sello de César, sus ojos se endurecieron.

—Así que empieza —murmuró.

Los tribunos se acercaron. El mensajero, aún jadeante, se mantuvo firme.

—¿Noticias de Armórica? —preguntó uno de ellos.

—César construye una flota —respondió Craso [223] , enrollando el pergamino—. Y nosotros avanzamos hacia Aquitania [224] .

Hubo un murmullo entre los oficiales. Aquitania no era un territorio cualquiera. Era vasta, montañosa, llena de tribus orgullosas y curtidas por siglos de guerras internas. Y, sobre todo, estaba lejos. Muy lejos. Tan lejos que muchos en Roma dudaban de que valiera la pena someterla.

—Los Sotiates [225] ya se están moviendo —dijo Craso—. Han reunido guerreros. Nos esperan.

El campamento se puso en marcha antes de que el sol terminara de levantarse.

Las legiones avanzaron hacia el sur, dejando atrás los bosques húmedos de la Galia central.

El paisaje cambió poco a poco: colinas más secas, valles estrechos, caminos que serpenteaban entre rocas rojizas.

El aire olía distinto, más áspero, como si la tierra misma desconfiara de los recién llegados.

—No me gusta este silencio —dijo un centurión veterano.

—A los Sotiates tampoco les gustamos nosotros —respondió Craso.

Al mediodía, divisaron movimiento en una colina cercana. No eran exploratores romanos. Eran sombras rápidas, hombres ligeros, armados con lanzas cortas y escudos redondos. Los Sotiates. Observaban. Medían. Calculaban.

—Quieren saber cuántos somos —dijo un tribuno.

—Y si tenemos miedo —añadió Craso.

El joven legatus ordenó desplegar a la caballería. No para atacar, sino para mostrar presencia. Los jinetes avanzaron en abanico, levantando polvo. Los Sotiates no retrocedieron. Tampoco atacaron. Simplemente se quedaron allí, inmóviles, como estatuas talladas en la roca.

—Son distintos a los Galos del norte —dijo el tribuno.

—Sí —respondió Craso—. Estos no gritan. Esperan.

El sol descendía cuando los Sotiates desaparecieron entre las colinas, tan silenciosamente como habían aparecido. Craso sabía lo que significaba: estaban reuniendo fuerzas. Preparando una emboscada. O un asedio. O ambas cosas.

—Enviaremos un informe a César —dijo Craso, volviéndose hacia su escriba—. Que sepa que Aquitania no será fácil.

El escriba asintió y comenzó a escribir. Craso observó el horizonte. Las colinas parecían más altas a esa hora, como si se cerraran sobre ellos. El viento traía un olor seco, a tierra caliente y a piedra.

—Que sepa —añadió Craso— que estaremos listos.

El mensajero partió de inmediato, galopando hacia el norte. Y mientras su figura se perdía en la distancia, Craso sintió algo que no había sentido en las campañas anteriores: incertidumbre.

Aquitania no era un enemigo menor. Era un mundo aparte.

En Roma, el calor de la tarde caía sobre el Foro como una losa.

Los vendedores recogían sus puestos, los abogados terminaban sus discursos y los curiosos se dispersaban poco a poco.

Pero en la Curia Hostilia , el día no había terminado.

Allí dentro, el aire estaba cargado de murmullos, de túnicas agitadas y de miradas tensas.

—¿Otra campaña? —preguntó un senador de rostro enjuto—. ¿En Armórica, dicen? ¿Contra quién?

—Contra unos marineros bárbaros —respondió otro, con desdén—. Gente que vive en el fin del mundo.

—Y en Aquitania —añadió un tercero, más joven—. Publio Craso ha partido hacia el sur.

El murmullo creció. Algunos asentían, otros fruncían el ceño. Para muchos, la Galia era un nombre lejano, una frontera nebulosa donde César hacía y deshacía a su antojo. Para otros, era una fuente de gloria… o de preocupación.

—César está extendiendo su imperium demasiado lejos —dijo un senador de los optimates , golpeando el bastón contra el suelo—. Primero Helvecia, luego los Belgas, ahora el Mare Exterum y Aquitania. ¿Dónde termina esto?

—Donde Roma lo necesite —respondió un partidario de Pompeyo, con una sonrisa fría.

—O donde César quiera —replicó el optimate .

Un silencio tenso siguió a esas palabras. Todos sabían que el procónsul en la Galia no era un comandante cualquiera. Era un hombre con ambición, con soldados leales y con victorias que empezaban a inquietar a más de uno.

—Hemos recibido informes —dijo un escriba, desplegando un pergamino—. César construye una flota en Armórica. Y Craso avanza hacia Aquitania.

—¿Una flota? —repitió un senador, incrédulo—. ¿En el Mare Exterum ?

—Eso dice el informe.

Hubo risas nerviosas. Otros guardaron silencio. El mar era un monstruo desconocido para la mayoría de los presentes. Que un ejército romano se adentrara en él sonaba a locura… o a grandeza.

—¿Y quién paga todo esto? —preguntó alguien desde el fondo.

—Roma —respondió el escriba, encogiendo los hombros.

—Roma siempre paga —murmuró un anciano, con amargura.

El debate continuó, subiendo de tono. Unos pedían moderación. Otros exigían apoyo total. Algunos insinuaban que César buscaba demasiado poder. Otros recordaban que sin él, la Galia seguiría siendo un mosaico de tribus hostiles.

Finalmente, Cneo Cornelio Léntulo Marcellino, cónsul de aquel año [226] , se levantó. Su sola presencia impuso silencio en la Curia. Era un hombre de porte severo, de los que hablaban poco y solo cuando era necesario.

—César actúa bajo mandato legal —dijo, con voz firme—. Craso también. Mientras cumplan con su deber, Roma no interferirá.