La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 17 - El Cerco de César #2
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Capítulo 17 - El Cerco de César #2

Lucio empujó a Marco hacia atrás y levantó el escudo justo cuando un guerrero belga se abalanzaba sobre él.

El choque fue brutal. El nervio era más alto, más ancho, más rápido.

Lucio retrocedió un paso, clavó los pies en el barro y hundió el gladius bajo las costillas del enemigo. El hombre cayó sin un sonido.

El campamento era un caos. Hombres sin casco, sin escudo, sin formación. La Décima intentaba reagruparse, pero la avalancha era demasiado rápida. Los Nervios descendían como un torrente, sin miedo, sin pausa, sin orden aparente, pero con una ferocidad que superaba cualquier disciplina romana.

Lucio vio a Seraces derribar a un enemigo con un golpe seco. Vio a Numes levantar a un compañero herido. Vio a Nicandro retroceder paso a paso, cubriendo a dos reclutas. Vio a Sexto proteger la línea sin una palabra, sin perder el control.

Y entonces vio algo más.

Un grupo de nervios había roto la formación de la Novena y avanzaba directamente hacia el estandarte de la Décima.

—¡A mí! —gritó Lucio.

Corrió hacia ellos, seguido por Aulo y Marco.

El choque fue bestial. Lucio sintió el impacto en el hombro, el sabor metálico de la sangre en la boca, el rugido de los Nervios tan cerca que parecía que le gritaban dentro del cráneo.

Golpeó, retrocedió, volvió a golpear. No había pensamiento, solo instinto.

Un cuerno sonó a la derecha. No era romano.

Los Nervios habían rodeado el campamento.

Lucio sintió un escalofrío. Estaban atrapados.

Y entonces lo vio.

César.

Llegaba a pie, sin casco, con la capa ondeando al viento y la espada desenvainada.

Había visto que la Duodécima se desmoronaba y que los centuriones caían uno tras otro.

Sin vacilar, le arrebató el escudo a un legionario de las últimas filas y se abrió paso hasta la vanguardia a empujones.

Su presencia no era heroica: era urgente, necesaria, feroz.

Gritaba a los centuriones por su nombre, ordenándoles abrir las filas de las cohortes para que los hombres tuvieran espacio para golpear.

—¡Décima! ¡Conmigo! —rugió, plantándose firmemente en el barrizal, exponiéndose a las jabalinas enemigas como si fuera un recluta más.

Lucio sintió cómo algo se encendía en su pecho. No era valor. Era obediencia. Era la vergüenza insoportable de ver a su procónsul morir combatiendo en primera línea mientras ellos retrocedían.

La Décima se cerró en torno a César. Los hombres se alinearon, levantaron escudos, avanzaron como un muro de hierro. Los Nervios chocaron contra ellos, pero esta vez la formación resistió. El empuje romano comenzó a recuperar terreno palmo a palmo [210] .

Viridio apareció junto a César, cubierto de sangre que no era suya.

—La Novena está rota —dijo—. La Séptima aguanta, pero no por mucho.

—Entonces avanzaremos nosotros —respondió César—. Si caemos aquí, cae toda la Galia.

Lucio no escuchó más. Solo vio cómo César se lanzaba hacia adelante, y la Décima con él.

El combate se volvió más estrecho, más denso, más desesperado. Los Nervios no retrocedían. Morían donde estaban, aferrados a sus armas, mordiendo, empujando, golpeando con una ferocidad que parecía inagotable.

Lucio sintió que el brazo se le dormía. Cada golpe era un latigazo. Cada respiración, un esfuerzo. Pero seguía. Todos seguían.

Y entonces, desde el flanco izquierdo, llegó un sonido que no esperaba.

Caballos.

La caballería romana, retrasada desde el amanecer, irrumpió en el valle como una tormenta. Los Nervios, sorprendidos por primera vez, vacilaron. Solo un instante. Pero fue suficiente.

César levantó la espada.

—¡Ahora!

La Décima avanzó con un rugido. La línea nervia se quebró. No se desbandó: se quebró como una rama demasiado tensa. Algunos retrocedieron hacia la colina. Otros siguieron luchando hasta caer. Otros intentaron cruzar el río y fueron arrastrados por la corriente.

Cuando el sol comenzó a caer, el valle estaba cubierto de cuerpos.

Lucio se dejó caer de rodillas. No sabía cuánto tiempo había pasado. No sabía cuántos golpes había dado. No sabía cuántos había recibido. Solo sabía que estaba vivo.

Viridio pasó junto a él, apoyándose en una lanza rota.

—Has mantenido tu línea —dijo—. Eso ha salvado vidas.

Lucio no respondió. No podía.

César se acercó poco después, acompañado de dos legati . Su capa estaba desgarrada. Su espada, mellada. Pero su mirada era firme.

—La Décima ha resistido —dijo—. Y gracias a eso, hemos ganado.

No era un elogio. Era un hecho.

Lucio levantó la vista. A su alrededor, la Décima estaba exhausta, cubierta de barro y sangre, pero en pie. Seraces respiraba con dificultad. Numes tenía un corte en la ceja. Nicandro limpiaba su arma con manos temblorosas. Aulo se apoyaba en Marco para no caer. Y Sexto daba gracias a los dioses.

Vibio estaba sentado en una roca, mirando el río. No lloraba. No sonreía. Solo respiraba.

El silencio cayó sobre el valle. Un silencio pesado, absoluto, que no tenía nada de paz.

La batalla del Sabis había terminado.

Y la Décima seguía viva.

La primavera avanzaba en el calendario de Roma, pero en los cuarteles en la Galia Cisalpina [211] la estación seguía arrastrando el aliento tardío del invierno.

El frío húmedo aún calaba hasta los huesos, y los caminos, convertidos en ciénagas por el deshielo, devoraban cualquier intento de marcha.

El aburrimiento y la escasez eran enemigos peores que el fango.

En el barracón de la Segunda Centuria de la Tercera Cohorte de la Décima el fuego de un brasero apenas lograba templar el aire que se colaba por las rendijas de la madera.

Lucio avivó las brasas con la punta de un gladius gastado mientras escuchaba el viento azotar el campamento. Frente a él, el centurión Viridio limpiaba su armadura con una mezcla de aceite y arena. Una bota de vino agrio pasaba de mano en mano entre los hombres.

—Dicen que el procónsul se ha marchado al sur, a una ciudad llamada Luca —comentó Aulo, frotándose las manos cerca del fuego—. Ha bajado hasta la frontera de la provincia solo para hablar. ¿Tanta prisa tiene por dejar el barro?

Viridio soltó una risa seca, sin levantar la vista de su lorica.

—César no da un paso sin calcular el terreno, muchacho.

En Roma las cosas queman más que aquí. El Senado quiere cortarle la cabeza en cuanto termine su mandato, y Pompeyo y Craso andan enseñándose los dientes.

Si el procónsul se ha reunido con ellos en Luca, es para meterlos a los dos en una habitación y recordarles quién manda en la República.

Necesita que le prorroguen el mando cinco años más, o volverá a Roma como un ciudadano cualquiera para ser juzgado por sus enemigos [212] .

—¿Cinco años más en este infierno? —masculló un joven optio , propinando una patada a un leño—. Antes nos matará el frío. ¿Habéis oído lo de la Duodécima en los Alpes?

Lucio alzó la mirada, interesado.

—¿Los hombres de Galba? Compartimos línea con ellos en el Sabis. Son duros.

—Pues casi no lo cuentan —intervino otro de los veteranos, apurando el trago de vino—.

Galba intentó abrir el paso del Mons Poeninus para los mercaderes y se metió en la boca del lobo, en un oppidum llamado Octodurus.

Los montañeses rompieron la tregua y los rodearon.

Miles de bárbaros arrojando piedras y jabalinas desde las cumbres.

Pasaron seis horas defendiendo la empalizada sin micron, heridos, extenuados.

Al final, Galba ordenó una salida suicida a la desesperada.

Abrieron las puertas del campamento y salieron rugiendo con sus gladii por delante.

Cortaron diez mil cabezas antes de poder retirarse a la Provincia.

La Duodécima ha quedado diezmada [213] .

Un silencio espeso cayó sobre el barracón. La victoria sobre los Nervios en el Sabis les había hecho creerse invencibles, pero estas tierras seguían cobrándose su tributo de sangre en cada rincón.

El silencio se rompió bruscamente cuando las pesadas mantas de la entrada se agitaron. Un mensajero cubierto de barro y escarcha entró jadeando, portando una tablilla de cera sellada con el cuño de la Séptima Legión.

—¿Qué ocurre? —preguntó Viridio, poniéndose en pie al instante.

—Novedades de los Andes, centurión. Los hombres de Publio Craso se quedaron sin trigo. Envió a varios oficiales a pedir suministros a los pueblos de la costa. A Quinto Velanio y a Tito Silio.

—¿Y bien? —inquirió Lucio, presintiendo la desgracia—. ¿Regresaron con el grano?

—No —respondió el mensajero, tragando saliva—. Los Vénetos los han encadenado. Dicen que no soltarán a nuestros oficiales hasta que les devolvamos los rehenes que nos entregaron el año pasado.

Viridio dejó caer el trapo del aceite. Sus ojos se clavaron en Lucio con una fijeza gélida.

—Han apresado a enviados de Roma —susurró el centurión, y su voz sonó más fría que el viento del exterior—. Han violado el derecho de legación. Los estúpidos bárbaros creen que esto es una negociación entre pastores [214] .

Viridio se puso en pie, ajustándose el cinturón militar. Sabía perfectamente cómo reaccionaría el procónsul cuando la noticia cruzara los Alpes y llegara a su mesa de campaña tras la cumbre de Luca. César perdonaba la guerra, pero no el insulto a la majestad de la República.

—Id preparando la impedimenta y que las sarcinae estén en orden de marcha —ordenó Viridio a la centuria, sintiendo el peso del acero en el costado—. En cualquier momento, el procónsul volverá del sur. Y esta vez no vendrá a pacificar. Vendrá a destruir. Y tendrá prisa…

Tal y como Viridio vaticinó, una semana después se levantó el campamento de invierno y se reorganizaron las legiones. La Décima marchaba ahora hacia el extremo occidental del mundo conocido.

El viento cambió antes de que vieran el mar. Era un aire distinto, húmedo, cargado de un olor que ninguno de ellos había sentido jamás. Lucio levantó la cabeza y frunció el ceño: no era el aroma del Mare Nostrum , ni el de las riberas del Rin. Era algo más vasto, más frío, más antiguo.

—Huele a hierro mojado —murmuró Marco.