La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 17 - El Cerco de César
49%

Capítulo 17 - El Cerco de César

«Horum omnium fortissimi sunt Belgae, propterea quod a cultu atque humanitate provinciae longissime absunt». (De todos ellos, los más valientes son los Belgas, debido a que están más alejados de la cultura y la civilización de nuestra provincia).

El norte olía distinto. Más húmedo, más frío, más primitivo…

Lucio caminaba al frente de su contubernium , aún sin terminar de acostumbrarse al peso invisible del rango.

No era un puesto de honor, pero sí de responsabilidad.

Seraces y Numes marchaban detrás, atentos a cada orden.

El hermano Vibio superviviente avanzaba en silencio, con la mirada fija en el suelo.

Su duelo era una sombra que todos respetaban.

—Dicen que los Belgas han reunido un ejército enorme —murmuró Marco.

—No enorme —respondió Aulo—. El más grande que se ha visto en la Galia desde que hay memoria.

Numes frunció el ceño.

—¿Cuántos?

—Cien mil, doscientos mil… depende de quién lo cuente —dijo Nicandro—. Los Galos exageran, pero incluso la mitad sería suficiente para tragarse a media República.

Seraces intervino con calma.

—En Alejandría decimos que un ejército no se mide por su número, sino por su disciplina.

—Eso lo decían los Ptolomeos cuando perdían batallas —replicó Nicandro, sin malicia.

Seraces sonrió.

—Y aun así, lo decían.

La columna se detuvo en una elevación natural. Desde allí, el paisaje se abría hacia el norte: colinas suaves, bosques interminables y un horizonte gris que parecía no terminar nunca. Los legati se reunieron alrededor de César, que observaba el terreno con los brazos cruzados.

—Mirad eso —dijo Aulo.

Una nube de polvo se levantaba en la distancia. No era una tormenta. Era movimiento. Mucho movimiento.

—¿Son ellos? —preguntó Marco.

—No —respondió Lucio—. Son los nuestros.

Y tenía razón. Desde el sur, desde el oeste, desde los caminos secundarios, llegaban legiones enteras: la Séptima, la Octava, la Novena, la Undécima, la Duodécima, la Decimotercera.

Auxiliares hispanos, honderos baleares, arqueros cretenses, jinetes númidas, ingenieros, carros de suministros.

Un río de hierro que se unía a otro río aún mayor.

—Nunca había visto algo así —dijo Lucio.

—Nadie en esta legión lo ha visto —respondió Aulo, entrecerrando los ojos—. Ni siquiera Viridio.

Los Galos aliados comenzaron a llegar también: Remos, Heduos, Santones, Pictones y Lemovices, que habían enviado pequeños contingentes para mostrar buena voluntad ante Roma.

Algunos traían carros, otros lanzas largas, otros simples cuchillos.

Todos hablaban de lo mismo: los Belgas habían jurado no rendirse, no negociar, no retroceder. Habían jurado expulsar a Roma o morir.

Lucio aprovechó la pausa para ejercer su rango. Ordenó a Seraces revisar las correas de los escudos, a Numes reforzar la empalizada improvisada, a Marco y Aulo distribuir el agua. Vibio se quedó quieto, mirando el horizonte.

—Tú también tienes tarea —dijo Lucio, acercándose.

Vibio lo miró con ojos vacíos.

—¿Cuál?

—Seguir vivo —respondió Lucio.

Vibio no sonrió, pero asintió. Era suficiente.

Al caer la tarde, César reunió a los centuriones. La Décima observó desde la distancia cómo el procónsul hablaba, señalaba el mapa, marcaba rutas, discutía posiciones. Su voz no llegaba, pero su gesto sí: firme, seguro, decidido.

Viridio regresó con el rostro serio.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Lucio.

Viridio lo miró un instante, evaluando cuánto debía decirle a un decanus .

—Ha dicho que nos enfrentamos al mayor ejército que ha visto la República en décadas —respondió—. Y que si vencemos, la Galia será nuestra. Si perdemos…

—No habrá nadie para contarlo —dijo Aulo.

Viridio asintió.

—Exacto.

La noche cayó sobre el campamento. Las hogueras se encendieron una tras otra, iluminando miles de cascos, miles de sombras, miles de hombres que sabían que estaban a punto de entrar en una guerra distinta a todas las anteriores.

Desde la colina, Lucio contempló el espectáculo: un mar de fuego extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, y más allá, en la oscuridad, el rumor de un enemigo innumerable.

Roma avanzaba hacia el ejército más grande de la Galia. Y la Galia avanzaba hacia Roma.

El día siguiente llegó envuelto en una neblina baja que se extendía sobre los campos como un velo húmedo.

La Décima avanzaba en silencio, siguiendo el curso de un arroyo que serpenteaba entre colinas suaves.

El aire olía a tierra mojada y a hierba aplastada por miles de sandalias.

El cansancio acumulado de la marcha se notaba en cada gesto, pero nadie se quejaba.

El rumor de que estaban cerca del Sabis [208] corría de boca en boca.

Lucio caminaba al frente de su contubernium , atento al terreno.

A su derecha, Sexto avanzaba en silencio, con la tablilla protegida bajo el manto para que la humedad no arruinara la cera.

Seraces observaba cada detalle del paisaje con la precisión de un escriba frustrado por no tener manos libres; Numes avanzaba con paso firme…

—Dicen que el río está cerca —murmuró Marco.

—Siempre dicen muchas cosas —respondió Aulo—. Que los Belgas están a un día. Que están a una hora. Que están detrás de cada colina.

Nicandro añadió:

—Y que son más de los que podemos contar.

Lucio no dijo nada. El silencio era más útil que cualquier comentario.

Al llegar a una elevación natural, la columna se detuvo. Desde allí, el paisaje se abría hacia un valle amplio, cubierto de hierba alta y atravesado por un río estrecho pero profundo. El Sabis. Sus aguas corrían rápidas, golpeando las piedras con un murmullo constante.

—Parece tranquilo —dijo Numes.

—Demasiado —respondió Seraces.

Los exploratores regresaron poco después. Sus rostros no mostraban alarma, pero tampoco seguridad.

—No hemos visto nada —dijo uno de ellos—. Ni movimiento, ni humo, ni huellas recientes. El valle está vacío.

Sexto frunció el ceño.

—Un valle vacío no existe —murmuró—. Solo un valle donde no hemos mirado bien.

—Quizá se han retirado —dijo Marco.

Aulo negó con la cabeza.

—Los Belgas no se retiran. No antes de pelear.

César llegó poco después, acompañado de sus legati . Observó el valle con los brazos cruzados, sin decir nada durante un largo rato. Luego señaló el terreno.

—Aquí acamparemos —dijo—. La Décima y la Novena tomarán la colina sur. La Séptima y la Duodécima asegurarán el cruce del río. Los auxiliares cubrirán los flancos.

Viridio transmitió las órdenes con rapidez. Los hombres comenzaron a levantar el campamento: zanjas, empalizadas, estacas, tiendas. El sonido de las herramientas golpeando la tierra llenó el aire.

Lucio organizó a su contubernium con eficacia.

Seraces trazó líneas rectas en el suelo para la tienda.

Sexto anotó la disposición del terreno y la distancia al río, como si quisiera fijar cada detalle antes de que la batalla lo borrara.

Numes clavó estacas como si fueran simples ramas.

Marco y Nicandro cavaron la zanja. Vibio trabajó en silencio, con una intensidad que rozaba la furia.

—No te desgastes antes de tiempo —dijo Lucio.

Vibio no respondió. Solo siguió cavando.

Al mediodía, el campamento estaba casi listo. Los hombres comían en silencio, observando el valle. El Sabis brillaba bajo la luz gris, tranquilo, engañoso.

—No me gusta —dijo Aulo—. Es demasiado abierto.

—Y demasiado silencioso —añadió Nicandro.

Seraces señaló la colina opuesta.

—Si yo fuera el enemigo, estaría ahí.

—Y si yo fuera César —añadió Sexto—, enviaría más exploratores antes de cruzar.

Nadie respondió, pero varios asintieron sin querer.

—¿Por qué? —preguntó luego Numes.

—Porque desde ahí lo ves todo —respondió Seraces—. Y nadie te ve a ti.

Lucio siguió la línea de la colina con la mirada. La hierba alta se movía con el viento. Nada más.

—Los exploratores no han visto nada —dijo Marco.

—Los Belgas no necesitan ser vistos —respondió Aulo.

La tarde avanzó lentamente. César inspeccionó las defensas, habló con los centuriones, revisó el mapa. Su expresión era impenetrable. Ni miedo, ni prisa, ni duda. Solo cálculo.

Al caer el sol, el campamento se iluminó con pequeñas hogueras. Los hombres comieron raciones frías, demasiado cansados para hablar. El silencio del valle era tan profundo que parecía absorber el sonido.

Lucio se sentó junto a su contubernium . Vibio afilaba su gladius con movimientos lentos. Seraces escribía algo en una tablilla. Numes observaba el río, como si esperara que algo emergiera de él.

Sexto escribía a la luz temblorosa de una hoguera pequeña, trazando líneas rápidas en la cera.

—¿Qué anotas? —preguntó Marco.

—Lo que veremos mañana —respondió Sexto, sin levantar la vista—. O lo que no volveremos a ver.

—Mañana cruzaremos —dijo Aulo.

—Si nos dejan —respondió Nicandro.

Lucio levantó la vista hacia la colina opuesta. La hierba se movía con el viento. Nada más. Pero algo en su interior sabía que no estaban solos.

El Sabis corría tranquilo. Demasiado tranquilo.

Sexto cerró su tablilla con un chasquido suave.

—Mañana escribiré más —dijo—. Si hay algo que escribir.

Y en algún lugar, ocultos entre la hierba alta, miles de belgas aguardaban en silencio.

El grito llegó desde la colina opuesta. No fue un sonido humano, sino un rugido colectivo que hizo vibrar el aire.

Lucio levantó la cabeza justo cuando la hierba alta se abrió como si una mano invisible la desgarrara.

Miles de figuras emergieron de golpe, descendiendo por la ladera con una velocidad imposible.

— ¡Nervios! —gritó alguien [209] .

Y entonces el mundo se rompió.

Una lluvia de jabalinas cayó sobre el campamento. El primer impacto derribó a un legionario de la Novena que aún no había desenvainado. El segundo atravesó una tienda. El tercero golpeó el escudo de Lucio con una fuerza que le entumeció el brazo.

—¡Formad! ¡Formad! —gritó Viridio.

Pero no había tiempo. Los Nervios ya estaban encima.