Capítulo 16 - El Barro de la Galia Céltica #5
Servio se lanzó hacia ellos, pero un germano le interceptó. El joven levantó el escudo, pero el golpe fue demasiado fuerte. El borde de la hoja le alcanzó la muñeca. Hubo un chasquido húmedo. La mano de Servio cayó al suelo, aún aferrada al escudo.
Servio gritó. Un grito agudo, desgarrado, que atravesó el ruido de la batalla.
—¡Servio! —gritó Marco.
Aulo mató al germano de un solo golpe. Lucio arrastró a Servio hacia atrás mientras el joven temblaba, con la sangre brotando a borbotones.
—¡Presión! ¡Presión! —ordenó Lucio, aunque apenas podía oír su propia voz.
La batalla siguió. Larga. Dura. La Décima resistió. Empujó. Avanzó. Y al final, cuando el sol ya estaba alto, los Germanos cedieron. No huyeron: retrocedieron con orden, como si la montaña misma los reclamara.
Cuando todo terminó, el silencio cayó como una manta pesada.
El Vibio muerto yacía con los ojos abiertos. Su hermano, aturdido, seguía respirando, pero no hablaba. Servio estaba pálido, con el muñón vendado, temblando sin control.
—Se acabó —dijo Aulo, con la voz ronca.
Pero no se había acabado. No para ellos.
Al caer la tarde, se levantó la pira funeraria. La legión se formó en silencio. César habló. No gritó. No hizo gestos amplios. Solo dijo lo necesario:
«Legionarios de Roma:
Hoy ardemos con nuestros muertos, pero no para borrarlos, sino para elevarlos. El fuego consume la carne, pero no la memoria. Y la memoria de un soldado romano es más duradera que el bronce.
Estos hombres que hoy entregamos a las llamas no murieron en la sombra ni en la duda. Murieron de frente, con el escudo alzado y el nombre de su cohorte en los labios. Murieron donde un romano debe morir: allí donde su deber lo llama.
El enemigo que enfrentaron no era débil. No era ignorante. No era cobarde. Era un pueblo endurecido por la guerra, nacido en la frontera del mundo civilizado. Y aun así, nuestros muertos no cedieron. Resistieron más allá de la fuerza, más allá del miedo, más allá de lo que un cuerpo puede soportar.
Miradlos ahora. No son ceniza. Son ejemplo. Son medida. Son frontera. Porque allí donde cae un romano, Roma se levanta un poco más alta.
Recordad sus nombres. Recordad su lugar en la línea. Recordad cómo lucharon. No porque fueran perfectos, sino porque fueron nuestros. Porque compartieron el pan, el frío, la sed, la marcha y el sacramentum . Porque cada uno de ellos sostuvo a su compañero cuando la montaña quiso tragarnos.
Hoy lloramos, sí. Pero no lloramos derrota. Lloramos valor. Lloramos lealtad. Lloramos aquello que hace grande a una legión: la certeza de que ningún hombre muere solo mientras la legión lo mira.
Que este fuego los lleve donde van los que han cumplido. Que su ejemplo permanezca en vosotros. Que su sacrificio pese en cada paso que demos hacia adelante.
Y que el enemigo sepa esto: por cada romano que cae, cien se levantan. Y mientras uno solo de nosotros respire, Roma no retrocede.
Honradlos. Seguidlos. Igualadlos si podéis».
El fuego consumió los cuerpos. El humo subió recto hacia el cielo, sin viento que lo desviara.
Después, la centuria de Viridio se reunió alrededor de Servio. El joven estaba sentado, con el brazo vendado, la mirada perdida.
—Has servido bien —dijo Viridio—. Y seguirás sirviendo, aunque no sea con un arma.
Servio no respondió. Solo asintió, con los ojos húmedos.
Al día siguiente, llegaron los reemplazos. Dos tirones jóvenes, nerviosos, con la mirada alerta. Seraces, egipcio, delgado, de ojos oscuros y gesto inteligente. Numes, abisinio, enorme, de piel tan oscura como la noche, con una sonrisa tímida que contrastaba con su tamaño.
El contubernium los recibió con frialdad. No por desprecio, sino por cansancio.
—¿Egipcio, eh? —dijo Nicandro, observando a Seraces.
—De Alejandría —respondió el recluta.
Nicandro asintió, casi con aprobación.
—Entonces conocerás historias mejores que las nuestras.
Seraces sonrió tímidamente.
Numes se acercó a Aulo. Ambos se miraron, como dos toros midiendo al otro.
—Eres grande —dijo Numes.
—Tú más —respondió Aulo.
Y ambos sonrieron.
Lucio estaba guardando su equipo cuando un optio se acercó.
—Lucio Decimio —dijo—. El centurión Viridio quiere verte.
Lucio lo siguió. Viridio estaba de pie, con los brazos cruzados.
Viridio abrió una pequeña caja de madera y extrajo una tablilla encerada. La sostuvo un instante, como si pesara más de lo que aparentaba.
—Estas son tus litterae militaris —dijo—. Tu nombramiento como decanus [206] .
Lucio tomó la tablilla con ambas manos. El sello de cera roja llevaba marcado el signum de César: un águila estilizada, rodeada por el nombre del procónsul. No era grande, pero imponía. Era la prueba de que alguien muy por encima de él había pronunciado su nombre.
Viridio añadió, más bajo:
—No todos reciben esto de manos del propio César. No lo olvides.
Lucio asintió. No confiaba en su voz. La tablilla era ligera, pero sentía que le cambiaba el peso del cuerpo, como si lo obligara a mantenerse más erguido. No era orgullo. Era responsabilidad.
Lucio no dijo nada. Solo asintió. Viridio añadió: —Y acostúmbrate. No será tu último ascenso.
La noche cayó sobre el campamento. El fuego de la pira aún olía en el aire. El contubernium tenía dos nuevos miembros. Y dos ausencias que pesaban más que cualquier escudo.