La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 16 - El Barro de la Galia Céltica #4
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Capítulo 16 - El Barro de la Galia Céltica #4

—He entrado en tierras de aliados de Roma —respondió César—. Y Roma protege a sus aliados.

Ariovisto dio un paso adelante.

—La Galia oriental me pertenece por derecho de conquista.

—La Galia no te pertenece —replicó César—. Te fue concedido un asentamiento, no un reino.

Los guerreros germanos tensaron las mandíbulas. Los legati romanos intercambiaron miradas rápidas.

—No reconozco la autoridad del Senado —dijo Ariovisto—. Ni la tuya.

—La reconocerás si quieres seguir respirando —respondió César, con una calma que no dejaba espacio a la duda.

Ariovisto sonrió, pero no era una sonrisa amable.

—He vencido a los Galos. Puedo vencer a Roma.

—Roma no es un pueblo —dijo César—. Es un destino. Y tú estás en su camino.

Hubo un silencio breve. El viento movió las capas de ambos séquitos. Ariovisto habló de nuevo, más bajo: —No abandonaré estas tierras.

—Entonces habrá guerra —respondió César.

No hubo más palabras. Ambos jefes se dieron la espalda al mismo tiempo, como si la conversación hubiera terminado antes incluso de empezar.

En la hondonada, la Décima vio regresar al séquito. No venían al galope, pero sí con prisa. César no desmontó al llegar. Los legati se reunieron a su alrededor. Hablaron rápido, sin gestos amplios.

—No ha ido bien —dijo Aulo.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Servio.

—Porque César no desmonta —respondió Aulo—. Y porque los jinetes no miran atrás.

Los centuriones empezaron a transmitir órdenes. La columna se reorganizó con rapidez. Hombres recogiendo equipo, jinetes moviéndose entre las filas, voces breves, pasos acelerados.

Lucio se colocó el escudo y ajustó la correa del gladius . El sol empezaba a caer, alargando las sombras. La Décima se puso en marcha sin ceremonias, siguiendo al procónsul.

Nadie preguntó nada más.

La marcha se reanudó con un ritmo más rápido del habitual.

No era una carrera, pero sí una presión constante, como si cada paso tuviera que cubrir un poco más de terreno del que el cuerpo estaba dispuesto a dar.

Los hombres avanzaban en silencio, concentrados en mantener la formación mientras el sol empezaba a caer hacia el oeste.

Lucio notó que los centuriones hablaban menos. Las órdenes eran breves, casi secas. Los exploratores pasaban con frecuencia, siempre hacia adelante o hacia atrás, sin detenerse. El polvo se levantaba en nubes bajas que se pegaban a la piel y al sudor.

—Esto no es una marcha normal —dijo Marco, ajustándose la correa del escudo por tercera vez.

—No —respondió Aulo—. César quiere llegar antes de que Ariovisto se mueva. O antes de que piense que puede moverse.

Los Vibio caminaban un poco por detrás, murmurando entre ellos. De pronto, uno de ellos tropezó con una raíz y estuvo a punto de caer, pero el otro lo sujetó del brazo.

—¿Quieres que nos maten por romper la formación? —le susurró el que lo había sostenido.

—Quiero que el suelo deje de atacarme —respondió el otro, sacudiéndose el polvo.

Servio soltó una carcajada breve.

—Si los Germanos no nos matan, lo hará vuestra torpeza.

—Al menos damos conversación —replicó uno de los Vibio—. Tú solo das quejas.

Servio abrió la boca para responder, pero Sexto intervino antes, con un tono tranquilo que sorprendió a todos.

—Callaos y escuchad —dijo—. ¿Oís eso?

Los hombres se detuvieron un instante, afinando el oído. No era un sonido claro, sino una vibración lejana, como un rumor que venía desde las colinas. No era viento. No era agua. Era algo más pesado.

—¿Qué demonios es eso? —preguntó Marco.

Sexto entrecerró los ojos, como si intentara medir la distancia.

—No lo sé. Pero no es natural. O no es habitual.

Aulo asintió despacio.

—Podrían ser los carros de Ariovisto. O su gente moviéndose. O nada. A veces el terreno engaña.

—A veces no —murmuró uno de los Vibio, más serio que antes.

La columna siguió avanzando. El rumor se desvaneció, pero la inquietud quedó flotando. Lucio notó que Sexto caminaba con la mirada fija en el horizonte, como si intentara anticipar algo. No escribía, no murmuraba, no hacía anotaciones mentales visibles. Solo observaba.

—¿Qué piensas? —le preguntó Lucio en voz baja.

Sexto tardó en responder.

—Pienso que César no nos ha dicho todo —dijo al fin—. Y que Ariovisto tampoco ha dicho todo lo que piensa. Cuando dos hombres hablan y ninguno dice lo que quiere, la guerra se adelanta a las palabras.

Servio lo miró sorprendido.

—¿Eso lo has leído en algún sitio?

—No —respondió Sexto—. Lo he visto hoy en la cara de César.

Nicandro, que había escuchado en silencio, añadió una sola frase, breve, sin solemnidad: — Silentium inter duces grave est . El silencio entre jefes pesa.

Servio no protestó esta vez. Ni siquiera hizo un gesto. La frase cayó como una piedra en el agua y se hundió sin ruido.

La marcha continuó. El terreno empezó a elevarse, suave al principio, luego con más decisión. Los hombres respiraban más fuerte. El polvo se mezclaba con el olor a pino y a tierra seca. Los centuriones ordenaron cerrar filas. La Décima obedeció sin preguntas.

—¿Crees que llegaremos a los Vosgos antes de que anochezca? —preguntó Marco.

—No —respondió Aulo—. Pero llegaremos lo bastante cerca como para que Ariovisto sepa que no vamos a detenernos.

Uno de los Vibio señaló hacia adelante.

—Mirad. Los jinetes.

Un grupo de caballería regresaba a buen paso. Se detuvieron junto a un optio , hablaron unos segundos y siguieron hacia la vanguardia.

—Eso tampoco es buena señal —dijo Servio.

—No lo es —admitió Aulo.

El sol empezaba a caer detrás de las colinas, alargando las sombras. La columna no redujo el ritmo. Nadie lo esperaba.

El rumor lejano no volvió, pero todos caminaban como si pudiera regresar en cualquier momento.

El amanecer llegó sin colores. Una luz gris, plana, se extendía sobre las laderas de los Vosgos mientras la Décima ascendía en silencio. El aire olía a humedad y a hierro. Los centuriones ordenaron cerrar filas. Nadie preguntó por qué. Todos lo sabían.

Los exploratores regresaban con el rostro tenso. Ariovisto había movido a su gente durante la noche. Los Germanos ocupaban la cresta del monte, formando una línea oscura que parecía crecer entre la niebla. No gritaban. No golpeaban escudos. Solo esperaban.

—No me gusta cómo están colocados —murmuró Aulo.

—A mí tampoco —respondió Marco.

Los Vibio caminaban juntos, hombro con hombro, más serios que nunca. Servio intentaba mantener la compostura, pero sus manos temblaban ligeramente. Lucio lo vio y le dio un leve empujón con el codo.

—Respira —le dijo.

—Estoy respirando —respondió Servio, aunque no lo parecía.

La orden llegó sin ceremonia. Las tubae sonaron. La Décima avanzó. El terreno era empinado, irregular, cubierto de piedras sueltas. Los Germanos esperaron hasta que los romanos estuvieron a mitad de la pendiente. Entonces cargaron.

El choque fue brutal. No hubo tiempo para pensar. Solo para resistir. Los Germanos descendían como una avalancha, enormes, rápidos, con lanzas largas y escudos de madera que golpeaban como arietes. La línea romana se dobló, pero no se rompió.

Lucio sintió el impacto de un cuerpo contra el suyo, el crujido de un escudo astillado, el olor a sudor y sangre. A su derecha, uno de los Vibio lanzó un grito y hundió el gladius en el costado de un germano. A su izquierda, el otro hermano bloqueó un golpe que habría partido a Servio en dos.

—¡Manteneos juntos! —gritó Aulo.

Pero la pendiente hacía imposible mantener la formación perfecta.

Los Germanos empujaban con furia, intentando abrir huecos.

Uno de ellos, enorme, con el torso desnudo y pintado, se abalanzó sobre el Vibio que estaba más adelantado.

El golpe fue tan rápido que Lucio apenas lo vio.

La lanza entró por debajo de la clavícula y salió por la espalda.

El Vibio cayó sin un sonido.

Su hermano lo vio. Y algo se rompió dentro de él.

—¡NO! —rugió, con una voz que no parecía humana.

Se lanzó hacia adelante con una violencia que descolocó incluso a los Germanos. Golpeó, cortó, empujó, derribó. No había técnica, solo furia. Aulo intentó detenerlo, pero era inútil. El Vibio avanzaba como un toro herido, abriendo un camino de sangre.

—¡Atrás! ¡Atrás, maldita sea! —gritó Aulo.

Pero el Vibio no escuchaba. Y la pendiente no perdona. Un germano aprovechó su desequilibrio y le lanzó una piedra del tamaño de un puño. Le dio en la sien. El Vibio cayó de rodillas, aturdido. Otro germano levantó el hacha.

Lucio llegó a tiempo de bloquear el golpe. Marco remató al atacante. Pero el Vibio no se levantó. Respiraba, pero no veía. Su mirada estaba perdida.

—¡Servio, ayúdame! —gritó Lucio.