Capítulo 16 - El Barro de la Galia Céltica #3
Los hombres se alinearon como pudieron. César detuvo su caballo frente a la Décima. No levantó la voz; no lo necesitaba. Su tono bastaba para que todos escucharan.
—Hombres de Roma —dijo—. Los Heduos nos han pedido ayuda. Ariovisto amenaza sus tierras, sus familias y su libertad. Y un enemigo que amenaza a nuestros aliados, nos amenaza a nosotros. Marcharemos hacia él. Y lo haremos con la disciplina que os ha traído hasta aquí.
Hubo un murmullo contenido. No era miedo. Era la aceptación de lo inevitable.
—No despreciéis a esos paganos germanos —continuó César—. Son duros, rápidos y feroces. Pero no conocen nuestra disciplina. No conocen nuestro orden. Y no conocen nuestra voluntad. Les enseñaremos todo eso.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito. César dio media vuelta y se alejó, seguido por sus oficiales. La columna empezó a moverse de nuevo, esta vez con un ritmo distinto, más tenso, más compacto.
—Pues ya está —dijo Servio—. Vamos a por los Germanos.
Nicandro lo miró con una mezcla de paciencia y resignación.
— ἄνδρες ἐν κινδύνῳ δοκιμάζονται —dijo.
Servio levantó las manos.
—¡Otra vez!
Nicandro suspiró y tradujo, despacio, como si hablara con un niño pequeño: —Los hombres se ponen a prueba en el peligro.
—Eso sí lo entiendo —respondió Servio—. Y no me gusta.
Lucio sonrió, pero su mirada seguía fija en el horizonte. El nombre de Ariovisto parecía haberse quedado suspendido en el aire, como una sombra que se alargaba con cada paso. Y mientras la Décima avanzaba hacia el este, Lucio sintió que la campaña acababa de cambiar de forma.
El día avanzó con una luz indecisa, filtrada por nubes bajas que parecían arrastrarse sobre las colinas.
La Décima marchaba en silencio. Los exploratores iban y venían con una frecuencia que inquietaba incluso a los veteranos, y cada regreso traía un gesto más tenso, una frase más corta, un murmullo que se apagaba antes de llegar a la tropa.
Lucio caminaba atento, sintiendo que algo invisible se movía por delante de ellos, algo que no tenía forma pero sí peso.
—Dicen que los Germanos son gigantes —murmuró uno de los Vibio, mirando el horizonte como si esperara verlos aparecer de un momento a otro.
—Dicen que beben sangre —añadió el otro, con un tono que no sabía si era broma o miedo.
Servio resopló, irritado.
—Dicen demasiadas tonterías. Si fueran tan grandes, no cabrían en sus propias tiendas.
Nicandro, que caminaba con las manos cruzadas a la espalda, murmuró en aqueo sin mirar a nadie: — ὁ κίνδυνος ἀνδρῶν φύσιν δείκνυσι . El peligro revela la naturaleza de los hombres.
Servio giró la cabeza con una mueca.
—Y dale. ¿No puedes decirlo en latín? ¡Eres un legionario de Roma!
Nicandro suspiró con paciencia infinita.
—Muy bien. Periculum naturam hominum ostendit . ¿Contento?
—No —gruñó Servio—. Ahora suena peor.
Los Vibio rieron, pero la risa se apagó rápido. Aulo, que había escuchado en silencio, intervino con voz grave.
—Ya lo había dicho. No subestiméis a los Germanos. No luchan como los Galos. No cargan para impresionar. No gritan para asustar. Vienen en silencio. Y cuando llegan, ya están encima.
Marco tragó saliva.
—Tú los has visto. Sabes algo que nos ocultas…
Aulo asintió despacio.
—En mi primera campaña. No eran gigantes, pero parecían más grandes de lo que eran. No por el tamaño, sino por la forma en que avanzaban. Como si nada pudiera detenerlos.
—¿Una campaña anterior? —intervino Servio, caminando con paso pesado mientras ajustaba la furca [202] sobre su hombro, buscando un respiro para el músculo castigado por el peso de la sarcina —.
Tras lo de Divico ya no somos unos tirones [203] que se asustan con el brillo del acero, pero tú hablas como si llevaras media vida en las fronteras.
Si ya has servido, ¿qué haces aquí empezando de cero?
Aulo guardó un silencio pesado, mirando el horizonte cubierto de polvo bajo el sol de la Galia.
—Mi padre fue un veterano de las legiones de Hispania —respondió al fin, con voz monótona—.
Cuando me alisté siendo un muchacho en la guarnición de la Narbonense, él aún mantenía amigos entre los oficiales.
Allí, en la frontera, tuvimos roces con bandas de germanos que cruzaban el Rin al servicio de los jefes galos.
No eran ejércitos, eran sombras. Cuando mi madre enfermó, necesitaba volver para hacerme cargo de la tierra de mi familia.
Mi centurión, por gratitud hacia mi padre, movió contactos y me permitió licenciarme para volver a casa.
Pero la tierra se perdió de todos modos y el honor…
el honor pesa más que el hambre. Me alisté de nuevo con otro nombre para no levantar sospechas de favoritismo; quería ganar mi pan sin deudas del pasado.
Servio asintió, conforme con la explicación.
En el ejército de César, muchos hombres buscaban enterrar una vida anterior bajo el uniforme de lana roja.
Pero Marco seguía mirando a Aulo con una mezcla de respeto y miedo, comprendiendo que aquel hombre no había regresado por la gloria, sino porque sabía que el único lugar donde un romano podía mirar de frente a sus demonios era en el campo de batalla.
Lucio escuchaba sin intervenir. Había algo en el aire, una tensión que no venía de las palabras, sino del modo en que los exploratores evitaban cruzar miradas con la tropa.
Cada vez que uno regresaba, hablaba en voz baja con un optio o con un centurión, y luego se alejaba sin mirar atrás.
Eso no era normal. Eso significaba que habían visto algo que no querían describir.
—¿Qué crees que pasa? —preguntó Marco, acercándose a Lucio.
—No lo sé —respondió—. Pero no me gusta cómo caminan los que vuelven.
—A mí tampoco —dijo Servio—. Parecen hombres que han visto un fantasma.
Nicandro murmuró otra frase en aqueo, más baja, casi un susurro.
— οὐδὲν δεινότερον ἀνθρώπου . Nada es más terrible que el hombre.
Servio levantó las manos, exasperado.
—¡Por los dioses, Nicandro! ¿Puedes dejar de hablar en ese idioma de pescadores?
Nicandro lo miró con una calma que solo podía irritar más al joven.
—Muy bien. Nihil homine terribilius . ¿Mejor?
—No —respondió Servio—. Pero al menos entiendo que hablas de hombres y no de cabras.
Aulo sonrió apenas, un gesto mínimo que desapareció enseguida.
La columna se detuvo un instante mientras los centuriones recibían órdenes.
Más adelante, Lucio vio a varios legati reunidos alrededor de César.
No discutían mapas. No señalaban rutas. Solo escuchaban, tensos, como si cada palabra del procónsul pesara más que un escudo.
—Eso no me gusta —dijo Marco.
—A mí tampoco —respondió Lucio.
Los legati se dispersaron con rapidez. Los centuriones empezaron a transmitir órdenes. La marcha se reanudó, pero el ritmo había cambiado: más compacto, más silencioso, más alerta. Como si todos hubieran entendido algo sin necesidad de que nadie lo dijera.
—¿Crees que los Germanos están cerca? —preguntó Servio, intentando sonar valiente.
Nicandro respondió antes que nadie, esta vez en latín desde el principio, quizá por compasión.
— Prope sunt qui timentur . Aquellos a quienes tememos están cerca.
Servio abrió la boca para protestar, pero no dijo nada. Porque en ese momento, un exploratore regresó al galope, cubierto de polvo, con el rostro pálido. No habló con nadie. Fue directo hacia César.
El exploratore frenó su caballo violentamente y entregó su informe en mano a César. El procónsul escuchó sin mover un músculo. Luego hizo un gesto breve con la mano, y los centuriones empezaron a transmitir órdenes a lo largo de la columna.
La Décima ajustó el paso. Los hombres se recolocaron en silencio, como si cada uno hubiera entendido lo necesario sin que nadie lo explicara. El sonido de los cascos y de las caligae [204] sobre la tierra volvió a imponerse, constante, regular.
Lucio se acomodó el escudo en el hombro y siguió caminando con los demás.
La columna llevaba horas avanzando cuando llegó la orden de detenerse en una hondonada amplia.
No era un descanso formal, solo una pausa tensa.
Los hombres aflojaron correas y bebieron agua, pero nadie se relajó del todo.
Los legati se reunieron cerca del procónsul, hablando en voz baja.
La Décima permanecía en formación abierta, como si esperara algo que aún no se había dicho.
—César va a encontrarse con Ariovisto [205] —dijo Aulo, sin apartar la vista de la vanguardia.
Servio abrió mucho los ojos.
—¿Aquí mismo?
—No aquí —respondió Nicandro—. Pero cerca. Lo suficiente para que ambos puedan venir sin escoltas grandes.
Los Vibio murmuraban entre ellos, inquietos. Marco ajustó el escudo.
—¿Y si Ariovisto intenta algo?
Aulo negó con la cabeza.
—No lo hará. Si toca a César, su pueblo desaparece. Lo sabe.
Pero nadie parecía convencido del todo.
El procónsul salió poco después, acompañado solo por algunos legati , dos tribunos y un pequeño grupo de jinetes. La Décima observó en silencio cómo se alejaban hacia una colina baja, donde el terreno era abierto y sin árboles. Un lugar elegido para que nadie pudiera ocultarse.
Lucio siguió la marcha del grupo hasta que se perdió tras un pliegue del terreno. Luego volvió a su posición. El contubernium se sentó en círculo, compartiendo pan duro. Nadie hablaba demasiado.
—Ojalá pudiéramos oír lo que dicen —murmuró uno de los Vibio.
—Ojalá no —respondió el otro—. Si empiezan a gritar, será mala señal.
Sexto, que había permanecido en silencio, añadió: —No gritarán. Los hombres que mandan ejércitos no gritan cuando negocian. Guardan la voz para cuando ya no hay nada que negociar.
La frase quedó flotando. No era una sentencia, solo una observación.
Mientras tanto, en la colina, César desmontó y avanzó unos pasos. Ariovisto lo esperaba de pie, rodeado por un pequeño séquito de guerreros altos, de mirada dura. El germano no sonreía. César tampoco.
—Has entrado en tierras que no te pertenecen —dijo Ariovisto sin preámbulos.