La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 16 - El Barro de la Galia Céltica #2
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Capítulo 16 - El Barro de la Galia Céltica #2

Sexto se apartó unos pasos del grupo y se sentó sobre una roca plana. Sacó una tablilla encerada y el punzón. La luz de la hoguera cercana iluminaba su rostro serio, concentrado.

Lucio se acercó despacio.

—¿Qué escribes ahora?

—Un informe para Viridio —respondió Sexto sin levantar la vista—. Sobre la marcha. Sobre las bajas. Sobre el estado de la centuria.

—¿Y sobre ti?

Sexto detuvo el punzón un instante.

—Sobre mí no se escribe. Se actúa.

Lucio no insistió. Sabía que para Sexto, las palabras eran un deber, no un refugio.

La noche avanzaba cuando un relincho desgarró el silencio. Los hombres se incorporaron de golpe. Un caballo, desatado, corría entre las tiendas, arrastrando una cuerda rota.

—¡Agarraos! —gritó alguien.

El animal pasó a pocos pasos del contubernium , levantando tierra y chispas. Marco rodó por el suelo para apartarse. Servio soltó una maldición. Los Vibio se empujaron entre sí, sin saber si correr o quedarse quietos.

Aulo se levantó con calma y tomó la cuerda al vuelo. El caballo se encabritó, pero el veterano aguantó el tirón con una firmeza que no parecía humana.

—Tranquilo —murmuró—. Ya pasó.

El animal se calmó poco a poco. Aulo lo acarició en el cuello, como si fuera un viejo compañero, justo cuando un decurión de las alas auxiliares apareció entre las sombras, sin casco, resoplando por la carrera y maldiciendo la estampa de su montura fugitiva mientras tomaba las riendas que le tendía el veterano.

—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Marco, aún en el suelo, mirando a Aulo.

—He visto hombres más asustados que este caballo —respondió Aulo—. Y a esos también los calmé.

Cuando por fin se acostaron, el campamento quedó envuelto en un silencio extraño, casi sagrado. Lucio miró el cielo. Las estrellas parecían más frías que nunca.

—¿Crees que esto termina aquí? —preguntó Marco desde su manta.

Lucio tardó en responder.

—No. Esto solo es el principio.

Y mientras el sueño lo vencía, el eco lejano de los lobos en la espesura le recordó que el verdadero peligro no acechaba en los mapas, sino en el silencio hostil de aquellas tierras desconocidas.

La marcha hacia el este comenzó al amanecer, cuando el campamento aún olía a humo frío y a sueño interrumpido.

Nadie hablaba ya de Bibracte. Nadie mencionaba la victoria.

La Décima avanzaba con un silencio que no era cansancio, sino expectación.

Como si todos sintieran que la tierra misma estaba cambiando bajo sus pies.

El camino se estrechaba entre bosques densos, donde la luz apenas penetraba y el aire tenía un olor húmedo, casi metálico.

Lucio caminaba atento, con la sensación de que cada sombra podía esconder un par de ojos.

No eran los Helvecios lo que inquietaba ahora a la legión. Era lo que venía después.

—Dicen que vamos hacia los Germanos —murmuró Marco, ajustándose la correa del scutum .

—Dicen muchas cosas —respondió Servio—. La mitad son mentiras. La otra mitad, exageraciones.

—Las exageraciones suelen venir de alguien que sobrevivió —replicó Marco.

Aulo caminaba unos pasos por delante, escuchando sin intervenir. Cuando habló, lo hizo sin girarse.

—Los Germanos no luchan como los Galos. No gritan para asustarte. No cargan para impresionar. Vienen en silencio. Y cuando llegan, ya es tarde.

Los Vibio dejaron de discutir un instante. Incluso Servio guardó silencio. Nicandro murmuró algo en aqueo, una frase breve, casi un susurro.

— σκιά βαθεῖα —dijo—. Una sombra profunda.

Sexto, que caminaba con el punzón guardado y la tablilla envuelta en cuero, añadió sin levantar la voz: —Ariovisto [201] no es un jefe tribal. Es un rey. Y un rey que ha vencido a los Galos no se impresiona por nuestras águilas.

Lucio lo miró de reojo.

—¿Lo has visto?

—No. Pero he leído lo que otros escribieron sobre él. Y a veces, lo que se escribe pesa más que lo que se ve.

El bosque se abrió de pronto, dejando paso a una llanura amplia, cubierta de hierba alta que se movía como un mar verde bajo el viento.

La columna se extendió, serpenteando entre colinas suaves.

Desde lo alto de una de ellas, Lucio vio la magnitud del ejército en marcha: miles de hombres, miles de pasos, miles de respiraciones que avanzaban como un solo organismo.

Y al frente, muy lejos, la figura de César, montado, conversando con sus legados.

—¿Qué crees que piensa? —preguntó Marco.

Aulo respondió antes que nadie.

—Piensa en cómo ganar. Siempre piensa en cómo ganar.

—¿Y si no se puede? —preguntó uno de los Vibio.

Aulo se detuvo un instante y los miró a todos.

—Entonces pensará en cómo hacer que parezca que sí se puede.

La marcha continuó durante horas. El sol subió, cayó, volvió a subir entre nubes bajas.

El cansancio se acumulaba en los hombros, en las rodillas, en la espalda.

Pero había algo más: una tensión nueva, distinta a la de la persecución Helvecia.

No era urgencia. Era anticipación. Como si la tierra misma estuviera conteniendo el aliento.

Al caer la tarde, la columna se detuvo junto a un arroyo estrecho.

Los hombres se dejaron caer donde pudieron, pero el ambiente no era el de la noche anterior.

Había menos bromas, menos quejas, menos ruido.

Lucio se sentó en una roca y observó el horizonte.

Las colinas del este parecían más oscuras que las del oeste, como si pertenecieran a otro mundo.

Sexto se acercó y se sentó a su lado.

—He visto a César hablar con los exploratores —dijo—. No le gusta lo que han encontrado.

—¿Qué han encontrado?

Sexto tardó en responder.

—Movimiento. Mucho movimiento. Demasiado para ser casual.

Lucio sintió un nudo en el estómago. No era miedo. Era la certeza de que algo grande se acercaba, algo que haría que Bibracte pareciera un simple preludio.

Nicandro se unió a ellos, mirando el cielo que empezaba a oscurecerse.

— ὁ πόλεμος οὐ παύεται —dijo—. La guerra no descansa.

—Pues yo sí —gruñó Marco, dejándose caer sobre su manta—. Si los Germanos quieren matarme, que esperen a mañana.

Servio rió a pleno pulmón.

—Si vienen esta noche, te encontrarán roncando.

—Mejor. Así pensarán que no me impresionan.

Lucio sonrió, pero su mirada seguía fija en el este. La luz se apagaba lentamente, y con ella, la frontera entre lo conocido y lo desconocido. La Décima se preparaba para dormir, pero el aire tenía un peso distinto, como si la oscuridad trajera consigo un mensaje que nadie quería escuchar.

Cuando por fin se tumbó, Lucio cerró los ojos con dificultad. El murmullo del arroyo, el crujido de las ramas, el susurro del viento entre la hierba… todo parecía anunciar algo. Algo que se acercaba despacio, inevitable, como una marea que nadie podía detener.

Y mientras el sueño lo envolvía, supo que la sombra de Ariovisto ya estaba allí, al otro lado de la noche.

La mañana siguiente amaneció con un cielo bajo y gris, como si la luz dudara antes de caer sobre la llanura.

La Décima avanzaba despacio, no por cansancio, sino porque los exploratores iban y venían con una frecuencia inquietante.

Cada regreso traía un murmullo nuevo, una sombra más larga sobre el ánimo de los hombres.

Lucio notaba la tensión en el aire, una vibración sorda que recorría la columna como un rumor de tormenta.

—Dicen que César ha convocado a todos los legati —comentó Marco, ajustándose la correa del gladius .

—Dicen muchas cosas —respondió Servio, que parecía más irritable que de costumbre—. Y ninguna buena.

Nicandro, que caminaba a su lado con la serenidad de quien ha visto demasiadas guerras, murmuró en aqueo: — ὁ φόβος ταχὺ βαδίζει . El miedo camina rápido.

Servio resopló.

—Otra vez con tus palabras raras. ¿No puedes hablar como una persona normal?

Nicandro lo miró con calma, como si evaluara la edad del muchacho.

—Muy bien —dijo—. En latín, para que no te me pierdas: Timor celeriter ambulat . ¿Mejor así?

—No —gruñó Servio—. Ahora suena peor.

Los Vibio rieron, y por un instante la tensión se aflojó.

Pero solo un instante. Porque en la distancia, sobre una pequeña elevación del terreno, se veía el grupo de oficiales reunidos alrededor de César.

No era una reunión habitual. Había demasiados gestos contenidos, demasiadas miradas hacia el este.

Sexto observaba la escena con atención, como si intentara descifrar un texto invisible.

—No es una simple consulta —dijo—. Están discutiendo algo que no les gusta.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Lucio.

—Porque nadie señala mapas. Y cuando no señalan mapas, es que el problema no está en el papel, sino en lo que viene hacia nosotros.

Lucio siguió la mirada de Sexto. César hablaba con los brazos cruzados, el rostro tenso. Labieno asentía con gravedad. Craso el Joven parecía inquieto. Y más atrás, los tribunos intercambiaban palabras rápidas, como si intentaran ponerse de acuerdo antes de que alguien les pidiera opinión.

—Ariovisto —dijo Aulo, sin levantar la voz—. Se confirma lo que predijo Sexto.

El nombre cayó como una piedra en el agua. Servio dejó de caminar. Marco tragó saliva. Incluso los Vibio guardaron silencio.

—¿Qué sabes tú de él? —preguntó Servio, intentando sonar desafiante.

Aulo no respondió de inmediato. Caminó unos pasos más, como si buscara las palabras exactas.

—Sé que no es un galo —dijo al fin—. Y que los Germanos no luchan por gloria, ni por botín, ni por orgullo. Luchan porque creen que el mundo les pertenece. Y porque no temen morir.

Nicandro añadió, esta vez en latín para evitar otra protesta de Servio: — Fortes fortuna adiuvat . La fortuna ayuda a los valientes.

—Pues que la fortuna nos ayude a nosotros —replicó Marco—, porque valientes o no, vamos directos hacia él.

La reunión de oficiales terminó de forma abrupta. César montó de nuevo y avanzó hacia la columna. Los centuriones recibieron órdenes rápidas, transmitidas con la urgencia de quien no quiere perder tiempo. Viridio pasó junto al contubernium sin detenerse.

—¡Formad! —ordenó—. El procónsul hablará.