Capítulo 16 - El Barro de la Galia Céltica
«De los Helvecios, tras trabar batalla, se dice que mataron a unos cien mil… Después de esto, cruzó el Rin para enfrentarse a Ariovisto, cuyo ejército fue exterminado».
— P LUTARCO , Vidas Paralelas: César , XVIII
Lucio sentía el peso de la sarcina clavándose en los hombros, el scutum rozándole el costado, el gladius golpeando rítmicamente contra el muslo mientras se posicionaban a toda prisa en las colinas cercanas a la ciudad.
Cada paso era un recordatorio de que la guerra no empezaba en el combate, sino en la marcha.
— ἄνδρες γίνονται ἐν πόνῳ —murmuró Nicandro—. Los hombres se hacen en el esfuerzo.
—Pues yo ya estoy hecho —gruñó Servio—. Si sigo esforzándome, me deshago.
Marco soltó una carcajada breve.
—Si te deshaces, que sea lejos de mí. No quiero pisar tus restos.
Aulo caminaba en silencio, atento al horizonte. Los Vibio discutían entre ellos sobre quién cargaba más peso. Y Sexto… Sexto avanzaba con el ceño fruncido, como si cada paso fuera una cuenta pendiente.
Lucio lo observó un instante.
—Sigues sin dormir —dijo en voz baja.
Sexto no lo negó.
—No es el cansancio —respondió—. Es lo que no hice.
Lucio entendió al instante. El mensaje. La tablilla escrita a toda prisa en la orilla del Ródano, cuando los Helvecios atacaron antes de tiempo. La orden de Viridio. La imposibilidad de enviarlo. La tablilla guardada, inútil, como un peso muerto.
—No era culpa tuya —dijo Lucio.
—Era mi deber —respondió Sexto, sin levantar la voz.
El sonido llegó entonces desde las colinas: un bramido metálico, profundo, que parecía surgir de la garganta de un animal mitológico.
—¿Qué es eso? —preguntó uno de los Vibio.
—Un cuerno de guerra galo —respondió Nicandro, de forma pausada—. Y no uno amistoso.
—Parece que se vuelven hacia nosotros —dijo Aulo.
Lucio sintió un escalofrío. No era miedo. Era la certeza de que la persecución estaba llegando a su fin.
La batalla tuvo lugar cerca de Bibracte, cuando los Helvecios, agotados y hambrientos, decidieron plantar cara. El sol caía oblicuo sobre las colinas cuando la orden llegó, transmitida por los cuernos romanos como un latigazo de bronce.
—¡Formación! —gritó Viridio—. ¡Escudos al frente!
La centuria, y toda la cohorte, se desplegó con precisión.
Lucio sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho.
Marco respiraba hondo; Servio murmuraba una plegaria; los Vibio discutían incluso en ese momento; Aulo observaba el horizonte con la calma de quien ya ha visto demasiadas guerras.
Y Sexto… Sexto ajustó el scutum con un gesto firme, sin temblor.
Los Helvecios aparecieron entonces: carros de guerra que descendían por la ladera con estrépito [199] , infantería pesada, jinetes que gritaban en su lengua áspera. Y entre ellos, avanzando a pie, un guerrero alto, con el rostro pintado de negro y azul. El mismo que Lucio había visto en el Arar.
—El de los ojos pintados —susurró Marco.
— ὁρᾷ ὁ θεός —murmuró Nicandro—. El dios observa.
El choque fue brutal. Los carros Helvecios se estrellaron contra la línea romana, pero el muro de escudos resistió. Lucio sintió el impacto en todo el cuerpo, como si una montaña hubiera intentado atravesarlo. El aire se llenó de gritos, hierro, madera astillada.
Un guerrero Helvecio se abalanzó sobre él, blandiendo una espada larga. Lucio levantó el scutum , desvió el golpe y estocó. Sintió la resistencia de la carne, el retroceso del hueso. El hombre cayó a sus pies.
—¡Lucio! —gritó Servio.
El Helvecio de los ojos pintados estaba a pocos pasos, avanzando entre los cuerpos como un espectro. Sus ojos se clavaron en los de Lucio. No había odio. Solo reconocimiento.
—Ese es tuyo —dijo Aulo.
Pero el guerrero no atacó. Se detuvo. Levantó dos dedos. Un gesto lento. Deliberado. Y se retiró entre los suyos.
—¿Qué significa eso? —preguntó uno de los Vibio.
—Que volverá —respondió Nicandro.
La batalla duró horas. Cuando por fin los Helvecios cedieron, el campo quedó cubierto de cuerpos, armas rotas y carros volcados. El olor a sangre y hierro era tan denso que parecía un manto.
Esa noche, mientras el campamento improvisado se levantaba entre susurros y cansancio, Sexto se acercó a Viridio.
—Centurión —dijo, con la voz más firme de lo que sentía—. Debo decirle algo.
Viridio lo miró sin sorpresa.
—Habla.
—El mensaje… el que me ordenó escribir en el Ródano. No pude enviarlo. Lo escribí. Pero no pude enviarlo.
Viridio guardó silencio un instante.
—Si hubieras muerto enviándolo —dijo al fin—, habría perdido a mi escriba. Y yo no pierdo hombres por un mensaje. Lo que importa es que cruzamos. Y que estás aquí.
Sexto bajó la mirada.
—Aun así…
—Aun así nada —interrumpió Viridio—. La guerra no premia a los que cumplen órdenes al pie de la letra. Premia a los que sobreviven para cumplir la siguiente.
Al día siguiente, César recibió a los líderes helvecios.
El aire estaba quieto, como si incluso el viento aguardara el desenlace.
Los jefes galos avanzaron entre sus propios supervivientes: hombres exhaustos, mujeres que cargaban a los niños, ancianos que apenas podían sostenerse.
Y al frente de todos, Divico, erguido, orgulloso incluso en la derrota.
Su porte no había cambiado desde la víspera de la batalla: caminaba como quien no entrega nada, ni siquiera cuando ya lo ha perdido todo.
Lucio lo observó desde la distancia. El viejo galo se detuvo ante César sin inclinar la cabeza. Sus ojos, hundidos por el cansancio, conservaban un brillo acerado. Cuando habló, su voz resonó con una firmeza que desmentía el estado de su pueblo.
—Hemos luchado —dijo Divico—. Hemos caído. Pero no hemos suplicado.
César lo escuchó sin mover un músculo. Solo cuando el silencio se hizo demasiado largo, respondió: —Roma no exige súplicas. Exige orden.
Divico apretó la mandíbula. Por un instante, Lucio creyó ver en él la sombra de un guerrero joven, el mismo que décadas atrás había humillado a un cónsul romano. Pero aquel tiempo había pasado. Y ambos lo sabían.
—Nuestros hijos no olvidarán esta marcha —dijo Divico—. Ni lo que hemos perdido.
—Tampoco mis hombres olvidan a los suyos —replicó César—. Pero la guerra termina aquí. Volved a vuestras tierras. Reconstruidlas. Roma no quiere un desierto en la frontera.
Hubo un murmullo entre los Helvecios. Divico no respondió. Solo asintió una vez, con la dignidad de quien acepta un destino que no ha elegido. Luego se retiró entre los suyos, caminando con la misma firmeza con la que había llegado.
Cuando la reunión terminó, César hizo un gesto a Sexto, que se le había ordenado estar cerca.
—¿Eres el escriba de la Segunda Centuria, Tercera Cohorte de la Décima? ¿Uno de los muchachos de Viridio?
—Sí, procónsul.
—Viridio me habló de ti. No fallaste. La guerra no se gana enviando mensajes. Se gana sobreviviendo para escribir el siguiente.
Sexto tragó saliva.
—Aun así, señor…
César sonrió apenas, un gesto leve, casi imperceptible.
—Un escriba que vive vale más que diez mensajes que llegan.
Los Helvecios entregaron rehenes. César ordenó que regresaran a sus tierras [200] . La guerra, al menos esta parte, había terminado.
Pero Lucio sabía que no era un final. Era un umbral. Y al otro lado, la Galia seguía esperando y acechando.
El día después de Bibracte amaneció sin gloria.
No hubo discursos, ni trompetas, ni celebraciones.
Solo cuerpos cansados, heridas vendadas a medias y un silencio espeso que acompañaba a la Décima mientras reanudaba la marcha.
El barro se pegaba a las sandalias como si quisiera retenerlos, y cada paso parecía más pesado que el anterior.
Lucio avanzaba con la mirada fija en el camino. El combate aún vibraba en sus músculos, como un eco que no terminaba de apagarse. A su lado, Marco caminaba encorvado, con el scutum apoyado en el hombro y la respiración corta.
—Creí que después de una victoria uno se sentía mejor —murmuró.
—Eso dicen los que no han estado en una —respondió Aulo, sin girarse.
Servio soltó un bufido.
—Yo me siento vivo. Y eso ya es bastante.
Los Vibio discutían por una cantimplora, como si la batalla no hubiera cambiado nada en ellos. Nicandro caminaba en silencio, con la mirada perdida en las colinas, murmurando palabras en aqueo que nadie alcanzaba a entender. Y Sexto avanzaba con el paso medido de quien piensa demasiado.
Lucio lo observó un instante.
—¿Qué escribes en tu cabeza ahora?
Sexto no sonrió.
—Lo que falta por hacer. Lo que falta por entender. Lo que falta por recordar.
—¿Aún piensas en el mensaje?
—Pienso en todo —respondió Sexto—. En lo que hicimos. En lo que no hicimos. En lo que vendrá.
Lucio no insistió. Había aprendido que Sexto hablaba solo cuando quería, y que sus silencios eran más densos que las palabras de otros.
Cuando el sol empezó a caer, la orden de detener la marcha llegó como un alivio. Los hombres se dejaron caer donde pudieron, sin esperar a que se levantaran todas las tiendas. El cansancio era tan profundo que parecía una enfermedad.
Lucio se sentó en un tronco caído y dejó que el aire frío le llenara los pulmones. El olor a humo, sudor y tierra mojada se mezclaba con el de la carne que algunos empezaban a asar sobre pequeñas hogueras.
Marco se dejó caer a su lado.
—Si mañana me dicen que hay que volver a luchar, me tumbo en el suelo y que me arrastren.
—No te arrastrarían —dijo Servio—. Te dejarían ahí. Más ligero para todos.
—Ojalá —respondió Marco—. Así no tendría que cargar con esto.
Golpeó la sarcina con el pie. El cuero estaba endurecido por la lluvia y el barro.
Aulo se acercó con paso lento, como si cada articulación protestara.
—En mi primera campaña —dijo—, después de la primera batalla, pensé que no podría seguir. Que el cuerpo no aguantaría. Pero el cuerpo aguanta. Lo que se rompe es otra cosa.
—¿Qué cosa? —preguntó uno de los Vibio.
Aulo se sentó sin responder. El silencio fue suficiente.
Nicandro, que había estado observando el cielo, murmuró: — ἄλγος διδάσκει . El dolor enseña.
—Pues yo ya soy un sabio —dijo Marco.
Lucio sonrió por la ocurrencia de Marco.