Capítulo 15 - Sangre sobre el Ródano #8
Lucio regresó a la tienda de los heridos. Aulo dormía, pero su respiración era más profunda, más firme. Los Vibio estaban sentados cerca, limpiando armas con movimientos lentos. Marco afilaba su gladius con expresión ausente.
Nicandro recitaba algo en voz baja, en aqueo, como si fuera un conjuro para espantar malos espíritus.
—No empieces —gruñó Servio, sin levantar la vista—. Que ya hemos tenido bastante tragedia por hoy.
Nicandro sonrió sin dejar de murmurar.
—Esto no es tragedia. Es agradecimiento. Los dioses también escuchan cuando uno les da las gracias.
—Pues dales las gracias en latín —replicó Servio—. Que si no, no se enteran.
Lucio se sentó junto a Aulo. Le apartó un mechón de cabello de la frente. El hombre abrió los ojos un instante.
—¿Seguimos vivos? —susurró.
—Por ahora —respondió Lucio—. Y mañana también, si haces caso a los médicos.
Aulo sonrió débilmente.
—¿Y el de los ojos pintados?
Lucio sintió un nudo en el estómago.
—No ha aparecido. Pero lo hará.
Aulo cerró los ojos de nuevo, como si esa certeza fuera más tranquilizadora que el silencio.
Viridio entró en la tienda, sacudiéndose el polvo de la capa.
—Lucio. César ha dado la orden. Mañana cruzamos el Arar. Dejamos atrás a los Tigurinos y seguimos la persecución. Quiere que tu contubernium esté listo al amanecer.
Lucio asintió.
—¿Y Aulo?
—Vendrá con nosotros. No está para luchar, pero tampoco lo dejaremos atrás. César lo ha dicho claro: Roma no abandona a los suyos.
Marco levantó la vista.
—¿Y qué hay del helvecio ese? ¿El cazador?
Viridio apretó la mandíbula.
—César cree que volverá a aparecer. Y que no lo hará por casualidad.
Nicandro dejó de recitar. Sus ojos, siempre tranquilos, tenían un brillo distinto.
— Ὁ ἄνθρωπος ὁ διώκων, ἤδη ἐδίωχθη· —dijo—. El que persigue, ya ha sido perseguido.
Servio suspiró.
—¿Y eso qué significa ahora?
Nicandro se encogió de hombros.
—Que no somos los únicos que avanzamos hacia algo. Algo también avanza hacia nosotros.
Lucio miró hacia la entrada de la tienda. El bosque, más allá del campamento, era una masa oscura y silenciosa. No vio nada. Pero sintió algo. Una presencia. Una promesa.
Viridio se volvió hacia él.
—Descansa, Lucio. Mañana empieza otra marcha. Y no será como esta. El barro de la Galia no perdona a nadie.
Lucio asintió. Miró a Aulo, a sus compañeros, al bosque. Y supo que tenía razón. Lo que había ocurrido en el Arar no era un final. Era un comienzo.
El viento sopló desde el norte, trayendo olor a tierra húmeda. A barro. A camino largo.
Lucio cerró los ojos un instante.
—Que venga —murmuró—. Estoy listo.
Un rato más tarde, cuando el sol comenzó a hundirse tras los árboles y el campamento romano se asentaba tras la jornada, un pequeño grupo de jinetes helvecios apareció en el borde de las líneas, avanzando despacio, con una rama de abeto en alto como señal de parlamento.
—Divico —murmuró Viridio—. El mismo que derrotó a Casio hace treinta años.
Lucio sintió un estremecimiento. Aquel hombre era historia viva. Y ahora venía a hablar con César.
El procónsul lo recibió en un claro junto al Arar, rodeado de tribunos y centuriones. No había trono, ni estandartes, ni ceremonia. Solo la presencia de César, que bastaba para llenar el espacio.
Divico se detuvo a pocos pasos. No inclinó la cabeza.
—Has vencido a los Tigurinos —dijo con voz grave—. Pero no a los Helvecios. Venimos a negociar el paso. Déjanos continuar hacia el oeste y no habrá más sangre.
César lo observó con una calma que helaba.
—Hablas como si tu pueblo no hubiera atacado primero. Como si no hubierais saqueado tierras aliadas de Roma. Como si no hubierais matado a un cónsul y obligado a sus hombres a pasar bajo el yugo.
Divico apretó la mandíbula.
—Roma también ha cometido excesos.
César dio un paso adelante.
—Roma recuerda. Y Roma responde.
Hubo un silencio tenso. Lucio sintió que el aire vibraba entre ambos hombres.
—No habrá paso —continuó César—. No mientras yo mande aquí. Volveréis a vuestras tierras. Entregaréis rehenes. Y devolveréis lo que habéis tomado. Esa es mi oferta.
Divico alzó la barbilla.
—Los Helvecios no dan rehenes.
César sonrió, pero no había humor en su gesto.
—Entonces no tendréis piedad.
Divico lo miró largo rato. En sus ojos había orgullo, pero también cansancio. Finalmente, asintió con un gesto mínimo.
—Transmitiré tus palabras.
Se volvió para marcharse. Pero antes de alejarse, sus ojos se cruzaron con los de Lucio. Fue un instante, pero suficiente para que Lucio sintiera un escalofrío: en aquella mirada había reconocimiento… y advertencia.
Cuando los Helvecios desaparecieron entre los árboles, César habló sin volverse.
—Recordad este día. No todos los enemigos se doblegan con la espada. Algunos lo hacen con la memoria.
Viridio inclinó la cabeza.
—¿Qué haremos ahora, señor?
César señaló hacia el norte, donde el cielo se oscurecía.
—Perseguirlos. Hasta que comprendan que Roma no retrocede.
Lucio miró el bosque, el río, el camino que se abría ante ellos. Sintió el peso del cansancio, del miedo, de la responsabilidad… y también algo más: una determinación nueva, más dura, más afilada.
El viento del norte trajo olor a lluvia. A tierra mojada. A barro.
El barro de la Galia Céltica [196] .