La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 15 - Sangre sobre el Ródano #7
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Capítulo 15 - Sangre sobre el Ródano #7

—Lucio —dijo el centurión—. Este hombre quiere hablar contigo.

El recién llegado levantó la cabeza. Era un exploratore de la Octava, con la mirada hundida y los labios agrietados.

—Tú… —murmuró—. Tú encontraste a mi compañero.

Lucio sintió un escalofrío. El claro. El cadáver. La sangre seca en la hierba.

—Sí —respondió—. Lo hallamos hace días. ¿Qué hacíais tan lejos de vuestra zona?

El exploratore tragó saliva, como si las palabras le costaran.

—Seguíamos un rastro. No de un grupo… sino de un hombre.

Lucio sintió que el aire se tensaba.

—¿Un hombre?

El exploratore asintió.

—Un helvecio. Alto. Fuerte. Con el rostro pintado de negro y azul. Se movía solo, como un cazador. No dejaba huellas… salvo cuando quería que las viéramos.

Viridio frunció el ceño.

—¿Os estaba guiando?

—Nos estaba probando —respondió el exploratore —. Nos dejaba acercarnos… y luego desaparecía. Mi compañero cayó en una emboscada. Yo escapé por poco. Intenté volver al campamento, pero me perdí entre los barrancos. He estado escondido desde entonces.

Lucio miró hacia la tienda donde Aulo descansaba.

—Ese hombre… ¿lo viste cerca del Ródano?

—Sí —dijo el exploratore —. Y no estaba solo. Había Tigurinos con él. Parecía… dirigirlos.

Lucio sintió un nudo en el estómago.

—Aulo dijo que le habló. Que lo eligió.

El exploratore lo miró con una mezcla de miedo y respeto.

—Ese no es un guerrero cualquiera. Es un cazador de hombres. Y creo que os ha marcado.

Viridio respiró hondo.

—Esto hay que llevarlo a César.

El exploratore negó con la cabeza.

—Ya lo sabe. Me presenté ante él hace un momento. Pero dijo que tú —miró a Lucio— debías oírlo también.

Lucio sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No sabía si era miedo, rabia… o una mezcla de ambos.

César se seguía acordando de él. Aquel niño de Gades al que había estrechado la mano en Herakleion; el joven que lo había visto pasar por el Foro como si fuera un dios entre hombres; el recluta que, años después, se alistó en la legión porque una chispa encendida por él nunca se apagó.

Nicandro, que observaba la escena con los brazos cruzados, murmuró en aqueo: — Μνήμη βραχεῖα, ἀνὴρ μέγας· [194] .

Servio bufó, rodando los ojos.

—¿Otra vez con tus proverbios griegos? ¿No puedes decir las cosas como la gente normal?

Nicandro sonrió sin apartar la vista de Lucio.

—Lo digo como lo diría Homero. Si no te gusta, puedes taparte los oídos.

—Me los taparía —gruñó Servio—, si no fuera porque siempre acabas teniendo razón, maldita sea.

Lucio apenas los oyó. Su mente seguía atrapada en una idea peligrosa: si César lo recordaba… ¿qué esperaba de él ahora?

Viridio puso una mano en su hombro.

—Vamos. El procónsul quiere verte.

Lucio respiró hondo, miró una última vez a Aulo —que dormía, pero respiraba con más calma— y siguió a Viridio hacia el puesto de mando.

El bosque, al otro lado del Arar, seguía en silencio. Pero Lucio no pudo evitar la sensación de que unos ojos pintados lo observaban desde la sombra.

El puesto de mando de César se había levantado sobre una pequeña elevación junto al Arar. No era más que una mesa de campaña, un mapa extendido y un par de estacas clavadas en el suelo, pero la presencia del procónsul lo convertía en el centro de gravedad de todo el ejército.

Lucio llegó acompañado de Viridio y de algunos miembros de su contubernium . Los guardias apartaron las lanzas sin preguntar. César estaba inclinado sobre el mapa, trazando líneas con el extremo de un bastón. A su lado, Labieno [195] escuchaba en silencio.

—Aquí —dijo César, sin levantar la vista—. Los Helvecios que han cruzado están aquí. Los que quedan en esta orilla, muertos o dispersos. Y los Tigurinos…

Alzó la mirada. Sus ojos se clavaron en Lucio.

—…han perdido a su jefe de vanguardia.

Lucio sintió que el aire se volvía más denso. No era miedo. Era algo más antiguo, más profundo. La sensación de estar ante un hombre que había marcado su vida sin saberlo.

—Procónsul —dijo Viridio—. El exploratore ha dado su informe.

César asintió.

—Ya lo he oído. Pero quiero escucharlo de ti, Lucio. Tú encontraste el cadáver. Tú viste al prisionero. Tú rescataste a tu compañero. Habla.

Lucio tragó saliva. No sabía si César lo recordaba o no, pero la forma en que lo miraba hacía que cada palabra pesara el doble.

—Señor —dijo—. Ese helvecio… no es un guerrero cualquiera. Se mueve solo. Rápido. Como si conociera el bosque mejor que los suyos. Y no ataca al azar. El exploratore dice que los estaba probando. Y Aulo…

—¿Qué dijo Aulo? —interrumpió César.

Lucio respiró hondo.

—Que le habló. Que lo eligió. Que volverían a verse.

Labieno frunció el ceño.

—¿Un desafío?

César negó con la cabeza.

—No. Un mensaje.

Se acercó a Lucio. No había dureza en su mirada, pero sí una intensidad que hacía que el mundo alrededor pareciera desvanecerse.

—Ese hombre no busca a Roma —dijo César—. Te busca a ti.

Lucio sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

La misma sensación que había tenido de niño, en Gades, cuando César —entonces solo un cuestor ambicioso— le corrigió el nombre de su propia ciudad y le dijo que los nombres importaban, que eran la mitad del camino hacia el poder, y que solo en Roma se sabía quién era uno de verdad.

Aquella frase, tan simple, le había abierto una puerta que no sabía que existía.

—¿Por qué yo? —preguntó, sin poder evitarlo.

Antes de que César respondiera, Nicandro apareció por detrás, con los brazos cruzados y expresión grave.

— Ἀνὴρ τὸ πεπρωμένον οὐ φεύγει· —dijo—. El hombre no huye de su destino.

Servio bufó.

—¿Otra vez? ¿No puedes decir algo que no suene a tragedia griega?

Nicandro ni siquiera lo miró.

—No cuando la tragedia ya ha empezado.

César esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible.

—Tu hombre tiene razón, Viridio. Este helvecio no actúa por instinto. Actúa por propósito. Y si ha marcado a uno de los nuestros…

Se volvió hacia el mapa.

—…entonces lo encontraremos antes de que él nos encuentre a nosotros.

Lucio sintió que algo se cerraba dentro de él. No era miedo. No era rabia. Era la certeza de que su vida acababa de cambiar de rumbo, como un barco que vira por un viento inesperado.

César señaló el bosque al otro lado del Arar.

—Hoy hemos ganado una batalla. Pero mañana empezará otra. Y quiero que estés preparado, Lucio. Cuando ese hombre vuelva a aparecer… no quiero que lo haga por sorpresa.

Lucio asintió, sintiendo el peso de la responsabilidad caer sobre sus hombros como una coraza nueva.

—Lo estaré, señor.

César lo observó un instante más, como si buscara algo en su rostro. Luego asintió.

—Bien. Id a descansar. El día será largo.

Lucio se retiró con Viridio, Nicandro y Servio. El sol ya estaba alto, pero el bosque seguía en sombras. Y aunque no podía verlo, Lucio sabía que, en algún punto entre los árboles, unos ojos pintados seguían observándolo.

La tarde cayó sobre el campamento romano con su paso cíclico. Tras la victoria, el ejército había levantado tiendas, encendido hogueras y comenzado a preparar la marcha. El Arar seguía murmurando, indiferente a la sangre que había arrastrado esa mañana.