Capítulo 15 - Sangre sobre el Ródano #6
—Nada de antorchas. Nada de hablar. Si alguien hace ruido, lo dejo atrás. ¿Entendido?
La centuria asintió como un solo hombre.
Salieron del campamento cuando el cielo era ya una franja oscura sobre las colinas. El camino hacia el norte se estrechaba entre bosques densos, donde las ramas parecían dedos que intentaban atrapar los cascos. El aire olía a humedad y a tierra removida.
Lucio avanzaba en cabeza. Podía oír su propia respiración, el roce de la túnica contra la coraza, el latido en los oídos. Nada más. Ni un pájaro. Ni un insecto. Ni un susurro.
—¿Cuánto falta para el Arar [191] ? —susurró Servio, apenas audible.
—Horas —respondió Lucio sin girarse—. Y cuando lleguemos, no habrá tiempo para pensar.
La columna avanzó durante toda la noche. A veces, el terreno descendía y el sonido lejano del agua les recordaba que el río estaba cerca. Otras veces, subían por lomas desde las que podían ver, a lo lejos, las brasas del convoy helvecio extendido como una serpiente roja en la oscuridad.
—Ahí están —murmuró Marco—. Los Tigurinos. Los que mataron al cónsul Casio hace treinta años, cuando su legión cayó en una emboscada y los supervivientes tuvieron que pasar bajo el yugo [192] .
Lucio no respondió. Sabía lo que significaba para César. Sabía que esa noche no era solo una maniobra. Era una cuenta pendiente.
Cuando la luna comenzó a desvanecerse tras las nubes, Viridio levantó el puño. La centuria se detuvo. Delante de ellos, entre los árboles, se oía el murmullo profundo del Arar. Y más allá, sombras moviéndose: carros, mujeres, ganado, guerreros adormilados junto a hogueras casi apagadas.
—Están cruzando —susurró Nicandro—. Pero no todos han pasado.
Viridio asintió.
—Exacto. Y nosotros vamos a caer sobre los que quedan en esta orilla.
Lucio sintió que el aire se tensaba. No era miedo. Era la certeza de que estaban a un paso de algo irreversible.
—Lucio —dijo Viridio, en voz baja—. Tú y Marco abrís la línea. Los Vibio detrás. Servio contigo. No quiero sorpresas.
Lucio asintió. Desenvainó el gladius . El metal no hizo ruido.
El cielo estaba negro. El río murmuraba. Los Tigurinos dormían.
Y César, en algún punto detrás de ellos, esperaba el primer grito.
El primer resplandor del amanecer apenas era una línea gris sobre el horizonte cuando Viridio dio la orden. No hubo grito, ni señal de cuerno. Solo un gesto seco con la mano. La centuria avanzó entre los árboles como una sombra compacta, deslizándose hacia el campamento Tigurino adormecido.
Lucio sentía el pulso en la garganta. El aire olía a humo frío y a lana mojada. A lo lejos, el Arar murmuraba como si quisiera advertirles de algo. Pero ya no había vuelta atrás.
—Ahora —susurró Viridio.
La línea romana irrumpió entre los carros con una violencia silenciosa. El primer Tigurino apenas tuvo tiempo de incorporarse antes de que el gladius de Marco le atravesara la garganta. Otro cayó bajo el escudo de Nicandro. Los Vibio avanzaban como un solo cuerpo, golpeando, empujando, rematando.
El caos estalló en segundos. Mujeres gritaban. El ganado embestía contra las cuerdas. Los guerreros helvecios salían de sus mantas con los ojos aún turbios por el sueño, buscando armas que no encontraban a tiempo.
Lucio se abrió paso entre dos carros volcados. Un Tigurino se abalanzó sobre él con un hacha corta, pero Lucio lo esquivó y hundió la hoja en su costado. El hombre cayó de rodillas, sorprendido, como si no entendiera cómo había llegado allí.
—¡A la izquierda! —gritó Marco.
Lucio giró justo a tiempo para ver a un grupo de Tigurinos reorganizándose junto a un carro grande, cubierto con pieles. Uno de ellos llevaba pintura negra en la cara, no como el helvecio de los ojos pintados, sino como un guerrero menor que imitaba su estilo. Aun así, la visión le heló la sangre.
Y entonces lo vio.
Un cuerpo atado a la parte trasera del carro. Un hombre grande, con la cabeza gacha, el torso desnudo y lleno de moretones. El cabello oscuro, enmarañado. Las muñecas sujetas con correas de cuero.
Aulo.
Lucio sintió que el mundo se estrechaba en un punto. No oyó los gritos, ni el choque de armas, ni el mugido del ganado. Solo vio a su amigo, respirando con dificultad, pero vivo.
—¡Marco! —rugió—. ¡Aulo está aquí!
Marco no preguntó. No dudó. Se lanzó hacia el carro con la ferocidad de un animal acorralado. Los Vibio lo siguieron, abriendo paso a golpes de escudo.
Los Tigurinos reaccionaron tarde. Uno intentó cortar las correas del carro para huir con él, pero Nicandro lo derribó de un empujón. Otro levantó una lanza, pero Servio —temblando, pero firme— le clavó el pugio [193] en el vientre.
Lucio llegó al carro y cortó las ataduras con un movimiento brusco. Aulo cayó hacia adelante, pero Lucio lo sostuvo antes de que golpeara el suelo.
—Tranquilo, hermano —murmuró—. Ya estás con nosotros.
Aulo abrió un ojo. Apenas un hilo de voz salió de su garganta.
—Creí… que tardaríais más.
Lucio sonrió, aunque tenía los ojos ardiendo.
—No sabes lo pesado que se puso Marco.
Un rugido helvecio estalló a pocos pasos. El guerrero de la pintura negra cargó contra ellos con un hacha de dos manos. Marco lo interceptó con un choque brutal de escudo, desviando el golpe por un pelo.
—¡Lucio, llévatelo! —gritó Marco—. ¡Nosotros cubrimos la retirada!
Lucio cargó a Aulo sobre el hombro, sintiendo el peso familiar, aunque más ligero, más frágil. Los Vibio formaron un muro a su alrededor mientras retrocedían hacia la línea romana, donde otras centurias ya estaban rematando la masacre.
El sol asomó por fin sobre el Arar, tiñendo de rojo el agua y los cuerpos caídos. El ataque había durado menos de un cuarto de hora.
Viridio apareció entre el humo, con la espada aún goteando.
—¿Está vivo?
Lucio asintió.
—Lo está. Pero no sé por cuánto.
Viridio miró el campamento Tigurino, ya reducido a un caos de carros rotos y cuerpos inmóviles.
—Entonces movámonos. Esto no ha terminado. Y César querrá verlo.
El avance había sido rápido; la retirada, aún más.
La centuria de Viridio se replegó hacia la ribera del Arar mientras otras unidades tomaban posiciones para asegurar el terreno.
El aire olía a sangre fresca y a humo húmedo.
El sol, todavía bajo, iluminaba los cuerpos Tigurinos esparcidos entre los carros rotos.
Lucio avanzaba con Aulo sobre el hombro, sintiendo cada respiración del hombre como un recordatorio de que seguía vivo. Los Vibio abrían paso, golpeando a cualquier helvecio que aún se moviera. Marco cubría la retaguardia, jadeando, con el escudo abollado y la espada manchada hasta la empuñadura.
—¿Cómo está? —preguntó Servio, acercándose mientras caminaba.
—Respira —respondió Lucio—. Eso es lo único que importa ahora.
Aulo murmuró algo, pero su voz era apenas un roce de aire. Lucio no pudo distinguir las palabras.
Cuando alcanzaron la línea romana, un grupo de auxiliares se apresuró a recibirlos. Uno de ellos señaló una tienda improvisada junto a la ribera.
—Ahí —dijo—. Los heridos van allí.
Lucio dejó a Aulo con cuidado sobre una manta extendida en el suelo. El hombre gimió al tocar la tela, como si incluso la suavidad le doliera.
—Aulo —susurró Lucio, inclinándose—. Ya estás a salvo. ¿Me oyes?
Los ojos de Aulo se abrieron apenas un instante. Había miedo en ellos, pero también un brillo de reconocimiento.
—Lucio… —murmuró—. No… no era mi hora.
Lucio apretó los dientes para contener la emoción.
—No lo será mientras yo esté aquí.
Un silencio tenso se extendió cuando un grupo de jinetes apareció entre los árboles. En su centro, montado en un caballo oscuro, venía César. Su mirada recorrió el campo de batalla con una mezcla de cálculo y satisfacción fría.
Viridio se adelantó y saludó con el puño sobre el pecho.
—Procónsul. La orilla está asegurada.
César asintió sin detener el paso.
—Bien. ¿Bajas?
—Mínimas, señor. Los Tigurinos estaban dormidos.
César detuvo el caballo junto a la tienda de los heridos. Sus ojos se posaron en Aulo, que respiraba con dificultad.
—¿Quién es?
Lucio dio un paso adelante.
—Aulo, señor. De nuestra centuria. Quedó atrapado al otro lado del Ródano cuando cayó el puente.
César lo observó un instante, evaluando, como si midiera el valor de un objeto recuperado.
—Vivo, pese a todo —dijo al fin—. Eso habla bien de él. Y de vosotros.
Marco, aún cubierto de sangre, se cuadró con una sonrisa cansada.
—No íbamos a dejarlo en manos de esos perros, señor.
César no sonrió, pero su mirada se suavizó apenas.
—Roma no abandona a los suyos. Recordadlo.
Se volvió hacia Viridio.
—Quiero un informe completo antes del mediodía. Y que los exploratores vigilen la otra orilla. Los Helvecios no tardarán en reaccionar.
Lucio siguió la mirada del procónsul hacia el otro lado del Arar. Entre la bruma matinal, creyó ver una figura inmóvil sobre una roca: un guerrero alto, con el rostro pintado de negro y azul, observando en silencio.
El helvecio de los ojos pintados.
Lucio sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No sabía si aquel hombre buscaba venganza, reconocimiento… o algo más oscuro.
—Lucio —susurró Aulo, apenas audible—. Él… él estaba allí…
Lucio se inclinó sobre él.
—¿Quién? ¿El de los ojos pintados?
Aulo asintió débilmente.
—Me… me habló. Dijo que… que volveríamos a vernos.
Lucio sintió que el aire se volvía más frío, pese al amanecer.
—Pues que venga cuando quiera —murmuró—. Esta vez no estarás solo.
El sol terminó de alzarse sobre el Arar, bañando el campo de batalla en una luz dorada que no lograba ocultar la sangre derramada. La victoria era clara, pero la guerra apenas comenzaba.
El campamento romano bullía con actividad. Los legionarios recogían armas, clasificaban botines y arrastraban los cuerpos Tigurinos hacia una pira improvisada. El humo se elevaba en columnas oscuras que el viento empujaba hacia el bosque.
Lucio permanecía junto a la tienda de los heridos, vigilando a Aulo, cuando oyó pasos apresurados. Viridio apareció acompañado de un hombre cubierto de barro hasta las rodillas, con la capa desgarrada y un vendaje improvisado en el brazo.