Capítulo 15 - Sangre sobre el Ródano #5
El guerrero de las espirales azules.
El cazador de exploratores .
El perro viejo de Divico.
Lucio levantó su gladius .
—Ahora sí —dijo—. Que empiece.
La oleada helvecia chocó contra la línea romana con un estruendo que hizo vibrar las vigas del puente. Los legionarios retrocedieron medio paso, pero Viridio estaba allí, empujando con el scutum , gritando órdenes que se perdían entre los golpes.
—¡No cedáis! ¡Si caemos aquí, el puente se pierde!
Aulo recibió un impacto en el hombro que habría derribado a otro hombre. Él respondió con un empujón brutal que lanzó al helvecio hacia atrás. Marco, a su lado, hundió el gladius bajo un escudo enemigo y lo retiró cubierto de sangre.
Servio, el más joven del contubernium , estaba justo detrás de Lucio. Sujetaba su scutum con ambas manos, los nudillos blancos, los ojos muy abiertos. No era cobardía: era su primer encuentro con un ataque frontal de verdad.
—Respira, muchacho —le dijo Lucio sin girarse—. Y mantén el escudo alto.
Los Helvecios no buscaban romper la línea. Buscaban empujarla. Poco a poco, paso a paso, hacia el río.
—¡Lucio! —gritó Sexto—. ¡El flanco izquierdo!
Lucio giró la cabeza. Tres helvecios habían logrado colarse entre los Vibio. Uno llevaba una maza corta, otro una lanza rota, el tercero una antorcha.
—¡Aulo, conmigo!
El gigantón cargó como un toro. Su scutum golpeó al de la maza con tal fuerza que lo levantó del suelo. Lucio remató al de la lanza. El de la antorcha retrocedió… y Servio, temblando, dio un paso adelante y lo atravesó con su lanza.
El helvecio cayó de rodillas, sorprendido. Servio se quedó inmóvil, respirando con dificultad.
—Bien hecho —dijo Lucio, sin tiempo para más.
Pero entonces, un grito helvecio se elevó por encima del combate. Un grito largo, sostenido, que no era de ataque, sino de señal.
El helvecio de los ojos pintados levantó su espada. Sus hombres se abrieron a los lados.
—¿Qué demonios…? —murmuró Marco.
Lucio lo entendió un instante antes de que ocurriera.
—¡Viridio! ¡Van a lanzar jabalinas!
Demasiado tarde.
Una lluvia de lanzas cortas cayó sobre la línea romana.
Los scuta se alzaron, pero algunas encontraron huecos.
Uno de los hermanos Vibio recibió un impacto en la clavícula y cayó de rodillas, aturdido pero vivo.
El otro Vibio gritó cuando una jabalina le rozó la pierna, pero se mantuvo en pie, apoyándose en su hermano para no perder la formación.
Servio gritó cuando una jabalina rozó su casco y lo hizo tambalearse. Aulo lo agarró por el brazo y lo devolvió a la formación.
—¡Cambio de línea! —gritó un optio unos pasos más allá.
Los hombres agotados de la primera fila retrocedieron un paso mientras otros ocupaban su lugar casi sin romper la formación.
El movimiento duró apenas unos instantes, pero Lucio comprendió la importancia de aquel relevo.
Los Helvecios peleaban hombre contra hombre; los romanos peleaban como una máquina.
—¡No te mueras todavía, crío! —gruñó Aulo, empujando a Servio—. ¡Aún no sabes ni afeitarte!
Los Helvecios cargaron de nuevo, aprovechando el caos.
El primer guerrero que alcanzó la línea recibió el borde curvo de un scutum en pleno pecho. El impacto lo hizo retroceder un paso y bastó para abrir un hueco. Varios legionarios avanzaron al unísono, empujando con los escudos como si formaran una sola criatura de hierro y madera.
Lucio sintió el golpe recorrerle el brazo hasta el hombro. No estaba luchando solo contra un hombre, sino empujando junto a toda la centuria. El helvecio perdió pie en el barro y desapareció bajo una maraña de piernas y escudos.
—¡Aguantad! —rugió Viridio—. ¡Aguantad o moriremos todos!
Lucio sintió el barro ceder bajo sus sandalias. El río estaba a menos de diez pasos. Si la línea retrocedía un poco más, se rompería.
Entonces, desde el puente, un ingeniero gritó:
—¡Señor! ¡La estructura está lista! ¡Podemos cruzar!
Viridio abrió los ojos como si hubiera recibido una revelación.
—¡Lucio! ¡Marco! ¡Aulo! ¡Cubrid la retirada ordenada! ¡Vamos a cruzar el río!
—¿Retirada? —gruñó Aulo.
—Retirada no —corrigió Viridio—. Maniobra.
El helvecio de los ojos pintados comprendió lo que ocurría. Gritó una orden. Sus hombres redoblaron el ataque.
—¡Sexto! —gritó Lucio—. ¡Corre al puente! ¡Avisa a los ingenieros de que empiecen a pasar!
Sexto corrió, esquivando golpes, con la tablilla bajo el brazo. Servio lo siguió unos pasos, pero Lucio lo detuvo.
—Tú conmigo. No te separes.
Los Vibio comenzaron a retroceder en formación, cubriendo a los ingenieros que cruzaban primero. Marco y Lucio se quedaron en la primera línea, conteniendo a los Helvecios con golpes rápidos y precisos.
Aulo se plantó como una muralla viva.
—¡Si quieren pasar, tendrán que matarme!
El helvecio de los ojos pintados avanzó hacia él, apartando a sus propios hombres. Sus ojos negros brillaban con una mezcla de furia y desafío.
Servio tragó saliva.
—Lucio… ¿va a morir?
—No mientras estemos aquí —respondió Lucio.
El gigantón dio un paso adelante.
—¡Ven, espirales! ¡Ven a por mí!
El choque entre ambos fue como el de dos troncos lanzados en un río embravecido.
—¡Lucio! —gritó Marco—. ¡El puente!
Lucio retrocedió, cubriendo a los últimos ingenieros. Servio lo imitó, aunque sus piernas temblaban. Sexto ya estaba al otro lado, gritando órdenes que no eran suyas pero que nadie discutía.
Viridio cruzó el puente. Era el último de los oficiales.
—¡Lucio! ¡Ahora, por los dioses!
Lucio dio un paso atrás. Luego otro. El helvecio de los ojos pintados intentó alcanzarlo, pero Aulo lo bloqueó con un empujón que hizo temblar la pasarela.
—¡Cruza, Lucio! —rugió Aulo—. ¡Cruza o te mato yo mismo!
Lucio cruzó, arrastrando a Servio con él.
En cuanto sus sandalias tocaron la ribera romana, los ingenieros descargaron los últimos hachazos. Las vigas cedieron. La pasarela se inclinó y cayó al río con un estruendo, arrastrando a varios Helvecios que intentaban cruzar.
Aulo quedó aislado en la orilla enemiga, rodeado de guerreros. El helvecio de los ojos pintados avanzó hacia él, con la espada en alto.
Lucio sintió un vacío en el pecho.
—Aulo…
Pero ya no podían ayudarlo.
El estruendo de la pasarela hundiéndose aún resonaba en el valle cuando la centuria se reagrupó en la ribera romana. El Ródano fluía entre ambos bandos como una frontera recién nacida. Los Helvecios rugían al otro lado, frustrados, incapaces de cruzar sin un puente propio.
Lucio respiraba con dificultad. Servio, a su lado, tenía el escudo manchado de barro y sangre, pero seguía en pie. Sexto llegó corriendo desde el extremo del puente destruido, con la tablilla aún bajo el brazo.
—Señor —dijo Sexto, jadeando—. La corriente se lleva los restos. No podrán cruzar en masa por aquí.
Viridio asintió, sin apartar la vista de la ribera enemiga.
—No por aquí, no. Pero han cruzado en grupos pequeños, y pueden intentarlo de nuevo. Si nos quedamos, nos atraparán contra el río. Tenemos que movernos ya.
Los hermanos Vibio se incorporaron a la formación, uno apoyándose en el otro. Ambos heridos, pero vivos. Marco se colocó junto a Lucio, limpiando el gladius con un trapo empapado.
—¿Y Aulo? —preguntó Servio, con la voz quebrada.
Lucio no respondió. Miraba al otro lado del río.
El helvecio de los ojos pintados seguía allí, inmóvil, con la espada baja y el pecho subiendo y bajando con respiraciones profundas. No había rastro de Aulo entre los cuerpos. Ni movimiento. Ni señal.
El helvecio levantó la espada hacia Lucio. No era un gesto de victoria. Era una promesa.
Lucio le sostuvo la mirada.
—Volveremos —murmuró.
Viridio se giró hacia la centuria.
—¡Formad! Seguiremos la ribera hacia el norte. Si el legatus está donde debe, alcanzaremos el campamento principal antes del anochecer.
Sexto señaló el camino con la tablilla.
—El terreno es firme, señor. Y hay un claro más adelante donde podremos reagruparnos.
—Bien —dijo Viridio—. Lucio, Marco, en cabeza. Los hermanos Vibio, retaguardia. Servio contigo, Lucio. No quiero perder a nadie más hoy.
Servio tragó saliva, pero asintió.
La centuria inició la marcha. El sol comenzaba a elevarse sobre el Ródano, iluminando la niebla que se deshacía entre los árboles. El río corría tranquilo, como si no hubiera sido testigo de sangre ni de gritos.
Nicandro se acercó a Lucio mientras avanzaban.
—¿Crees que Aulo…?
Lucio negó lentamente.
—No lo sé. Pero si alguien puede sobrevivir a eso, es él.
Marco añadió, en voz baja:
—Y si no… ese helvecio de los ojos pintados va a pagar cada gota.
Lucio no respondió. Miraba el río, pensativo.
—Viridio tiene razón —dijo al fin—. Si César está cerca, la campaña va a cambiar. Y rápido.
Servio, que escuchaba en silencio, preguntó:
—¿Qué hará el procónsul?
Lucio sonrió, cansado.
—Lo que siempre hace. Algo que nadie espera.
Y mientras la centuria avanzaba hacia el norte, el helvecio de los ojos pintados seguía observándolos desde la otra orilla, sin apartar la vista de Lucio.
La campaña helvética acababa de cambiar de rumbo.
Habían dejado atrás el Ródano hacía tres días.
Tres días de polvo, de marchas rápidas y de silencio tenso, siguiendo la columna principal del ejército mientras César reorganizaba sus fuerzas para la persecución.
La centuria de Viridio avanzaba ahora entre miles de legionarios, pero Lucio sentía que seguían siendo los mismos hombres que habían cruzado aquel puente derrumbado.
Al caer la tarde del tercer día, la orden llegó sin ceremonia: marcha nocturna [190] . No hubo trompetas ni pregoneros. Solo mensajeros que recorrían las calles del campamento murmurando la consigna a cada centuria. El rumor se propagó como un escalofrío.
—Si César quiere moverse de noche —dijo Marco mientras ajustaba el cinturón del gladius —, es que alguien va a morir antes del amanecer.
Servio no respondió. Los hermanos Vibio revisaban sus vendajes en silencio. Nicandro comprobaba la correa del escudo. Sexto guardaba la tablilla bajo la túnica para que no reflejara la luz.
Viridio pasó revista sin levantar la voz.