Capítulo 15 - Sangre sobre el Ródano #4
—Bien. Esto cambia las cosas. Si los Helvecios están cazando exploratores , es que saben que estamos preparando algo. Y si la Octava tiene hombres moviéndose sin informar, alguien está actuando por su cuenta.
Se volvió hacia Marco.
—¿Heridos?
—Uno grave, señor. Flecha en el muslo. Los demás, contusiones.
Viridio asintió.
—Llevadlo al médico de la cohorte. Y que nadie hable de esto fuera de la centuria. No quiero rumores.
Luego miró a Lucio, fijamente.
—¿Viste al líder?
Lucio dudó un instante.
—No sé si era el líder, señor. Pero había un helvecio observándonos desde un tronco caído. Ojos pintados de negro. Torque de bronce. Escudo con espirales azules.
Viridio escupió al suelo.
—Conozco ese tipo. Los Helvecios lo llaman «el que vuelve». Un perro viejo de Divico. Si está aquí, no es por casualidad.
Los hombres se removieron. El nombre de Divico pesaba como una piedra.
—Escuchadme bien —dijo Viridio, alzando la voz por encima de todos—. Si ese bastardo está rondando la ribera, significa que los Helvecios saben que estamos construyendo el puente. Y si lo saben, intentarán destruirlo antes de que esté terminado.
Se volvió hacia el bosque, como si pudiera ver a través de los árboles.
—A partir de ahora, doble vigilancia. Quiero dos patrullas constantes en la ribera. Una al amanecer, otra al anochecer. Y si veis a ese helvecio de los ojos pintados… no lo dejéis escapar.
Marco sonrió con una mezcla de cansancio y desafío.
—¿Vivo o muerto, señor?
Viridio respondió sin dudar.
—Vivo. Quiero saber qué sabe. Y quién se lo ha dicho.
Lucio tragó saliva. El bosque parecía más oscuro que antes. El río rugía como si presintiera lo que estaba por venir.
Viridio se giró hacia la patrulla.
—Llevad al muchacho al medicus y descansad lo que dura una clepsidra [189] . Luego volveréis a salir. Esta vez, no para patrullar. Para cazar.
Aulo cargó al herido sobre sus hombros como si fuera un saco de grano, aunque el muchacho pesaba casi tanto como él.
El gigantón avanzaba con la mandíbula apretada, sin decir palabra, mientras la sangre le resbalaba por la espalda.
Sexto caminaba a su lado, sosteniendo el escudo del herido y murmurando plegarias que nadie había oído nunca en boca de un escriba.
El puesto médico de la cohorte era una tienda baja hecha con lonas tensadas y estacas clavadas en el barro.
Dentro olía a vino agrio, sudor y hierbas machacadas.
El medicus , un hombre enjuto con manos sorprendentemente firmes, ya tenía preparado su instrumental: cuchillos curvos, pinzas de hierro, agujas de hueso y un brasero donde ardían carbones rojos.
—En el suelo —ordenó el medicus —. Y sujetadlo bien.
Aulo dejó al muchacho con una delicadeza impropia de su tamaño. Sexto se arrodilló junto a él, temblando, pero sin apartar la vista. Los Vibio se colocaron a los lados para sujetarlo.
El legionario herido, pálido como la cal, tenía la flecha clavada en el muslo. La punta triangular había entrado limpia, pero al intentar sacarla se había astillado dentro.
—No mires —murmuró Marco.
Lucio no obedeció. Aulo tampoco.
El medicus vertió vino sobre la herida. El muchacho gritó. Luego tomó un cuchillo curvo y abrió la carne con un movimiento rápido y preciso. La sangre brotó en un chorro oscuro.
Sexto tragó saliva, pero no se apartó. Observaba cada gesto, cada herramienta, como si quisiera grabarlo todo en su memoria.
—La punta está dentro —dijo el medicus —. Si la dejo, morirá en dos días. Si la saco… quizá viva.
Introdujo las pinzas. El muchacho se arqueó como si lo atravesara un rayo. Aulo lo sujetó por los hombros, con una fuerza que habría roto a otro hombre.
—Aguanta, pequeño —murmuró el gigantón—. Aguanta.
El medicus tiró. Un sonido húmedo, repugnante. La punta salió, negra de sangre. Pero la hemorragia aumentó de inmediato.
—Demasiado daño —dijo el medicus , con la voz tensa—. Si no amputo, se desangrará.
Sexto abrió los ojos de par en par.
—¿Aquí? ¿Ahora?
—Aquí. Ahora —respondió el medicus —. O muere.
Lucio sintió un nudo en el estómago.
—Hazlo —dijo Marco.
El medicus tomó una sierra corta de hierro. La calentó en el brasero. El olor a metal ardiente llenó la tienda. Los hombres se miraron, tensos, sabiendo lo que venía.
—Sujetadlo —ordenó.
Aulo apretó los brazos del muchacho contra el suelo. Los Vibio sujetaron las piernas. Sexto le tomó la mano, temblando.
—Respira conmigo —susurró—. Respira…
La sierra tocó la carne. El grito del muchacho fue desgarrador. Luego vino el sonido: un crujido húmedo, áspero, que se clavaba en el alma. Aulo apretó los dientes con tanta fuerza que se le marcaron las venas del cuello.
Cuando la pierna cayó al suelo, el medicus cauterizó el muñón con un hierro al rojo. El olor a carne quemada llenó la tienda. El muchacho perdió el conocimiento.
—Vivirá —dijo el medicus , limpiándose las manos—. Si los dioses quieren.
Sexto se levantó tambaleándose. Aulo permaneció arrodillado, respirando como un toro furioso.
Lucio salió de la tienda sin decir palabra. Marco lo siguió.
—¿Estás bien? —preguntó.
Lucio miró hacia el bosque, donde los Helvecios se ocultaban como lobos.
—No —respondió—. Pero ellos van a estar peor.
La nueva patrulla avanzó al amanecer, cuando la niebla aún reptaba entre los árboles. Lucio iba en cabeza, con Marco y Nicandro a los lados. Los Vibio cerraban la formación. Nadie hablaba. La amputación del muchacho había dejado un silencio espeso en la centuria.
—Ojos abiertos —susurró Lucio—. Si ese helvecio de los ojos pintados está cerca, no nos pillará por sorpresa.
El bosque estaba inquietantemente quieto. Ni pájaros. Ni insectos. Nada.
Hasta que Nicandro levantó la mano.
—¿Oís eso?
Un sonido grave, rítmico, como madera golpeando madera. Luego otro. Y otro. Y un murmullo profundo, como el rumor de un mercado lejano.
—No son guerreros —dijo Marco—. Es demasiado… constante.
Lucio avanzó entre los árboles y se detuvo en seco.
Ante ellos, en una hondonada oculta, se extendía una columna interminable de carros. Cientos. Quizá miles. Carros de madera cargados con pieles, herramientas, vasijas, ganado, mujeres, niños, ancianos. Un pueblo entero en movimiento.
—Por todos los dioses… —susurró Nicandro.
Los Helvecios no eran solo guerreros. Eran una nación en marcha.
—Esto… esto es su convoy —dijo Marco—. El que mencionó el procónsul. El que ralentiza su avance.
Lucio asintió, comprendiendo al instante la importancia del hallazgo.
—Si destruimos esto, los Helvecios no podrán seguir avanzando. Sin comida, sin carros, sin familias… tendrán que rendirse o luchar desesperados.
Un movimiento llamó su atención. En lo alto de una roca, observando la columna, estaba el helvecio de los ojos pintados. El mismo torque. El mismo escudo azul. El mismo gesto de desprecio.
—Ahí está —murmuró Marco.
El helvecio levantó una mano. No en saludo. En desafío.
Luego desapareció entre las rocas.
Lucio apretó el gladius .
—Tenemos que informar a Viridio. Esto… esto puede cambiar toda la campaña.
—O empezar una masacre —dijo Nicandro.
Lucio no respondió. El convoy seguía avanzando, lento, vulnerable, enorme. Un objetivo perfecto. Un objetivo terrible.
—Volvamos —ordenó—. Y que Marte nos acompañe.
Viridio escuchó el informe del convoy sin moverse, como si cada palabra fuera un clavo que se hundía en su mente. A su alrededor, los ingenieros seguían trabajando en el puente, ajenos al peso de la noticia. El río rugía, impasible.
—Una columna de carros —repitió Viridio—. El convoy que mencionó el procónsul. Y lo habéis visto con vuestros propios ojos.
—Sí, señor —respondió Lucio.
Aulo estaba detrás, con los brazos cruzados, aún manchado de la sangre del muchacho amputado. Sexto, más pálido que de costumbre, sostenía una tablilla encerada donde había anotado detalles del convoy: número aproximado de carros, dirección, ritmo de avance.
Viridio tomó la tablilla y la examinó con atención.
—Esto… esto es oro. Si César recibe esta información, puede cortarles el paso. O forzarlos a negociar. O destruirlos.
Marco intervino:
—Señor, el helvecio de los ojos pintados estaba allí. Observándonos. Sabe que los hemos visto.
Viridio levantó la vista.
—Entonces no tenemos tiempo. Si ese perro corre hacia su jefe, Divico sabrá que conocemos su punto débil.
Los hombres se tensaron al oír el nombre. Aulo escupió al suelo.
—Ese cabrón estaba disfrutando —gruñó—. Como si supiera que nos iba a doler más ver el convoy que luchar contra sus guerreros.
Sexto añadió, con voz baja:
—Señor… si destruyen el puente antes de que avisemos al procónsul, estaremos aislados. Y ellos podrán mover el convoy sin oposición.
Viridio asintió lentamente.
—Exacto. Por eso vamos a actuar ya.
Se volvió hacia Lucio.
—Quiero un mensajero montado. Uno rápido. Uno que no se pierda. Llevará tu informe, Sexto, directamente al legatus . Y de ahí, al procónsul.
Sexto tragó saliva.
—Lo escribiré limpio, señor.
—Hazlo ya.
Lucio respiró hondo.
—¿Y nosotros, señor?
Viridio sonrió. Una sonrisa dura, afilada.
—Vosotros vais a mantener la ribera. Si los Helvecios quieren destruir el puente, tendrán que pasar por encima de mi centuria.
Aulo golpeó su puño contra el scutum .
—Que lo intenten.
Pero entonces, un sonido cortó el aire. No un grito. No una flecha.
Un cuerno.
Un cuerno helvecio.
Grave. Lento. Inconfundible.
Los hombres se quedaron helados. Viridio giró la cabeza hacia el bosque.
—No… —murmuró—. No tan pronto.
El segundo toque del cuerno resonó como un trueno. Luego el tercero. Y entonces, desde la espesura, surgieron sombras. Muchas. Demasiadas.
—¡A las armas! —rugió Viridio—. ¡Formad línea! ¡Proteged el puente!
Los Vibio corrieron a sus posiciones. Marco desenvainó el gladius . Aulo levantó su scutum como si fuera una muralla. Sexto guardó la tablilla en su túnica y tomó una lanza, aunque sus manos temblaban.
Lucio sintió cómo el suelo vibraba bajo sus sandalias.
Los Helvecios no venían en silencio esta vez.
Venían en masa.
Y al frente, avanzando entre los árboles con el torque brillando y los ojos pintados de negro, estaba él.