La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 15 - Sangre sobre el Ródano #3
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Capítulo 15 - Sangre sobre el Ródano #3

El mensajero asintió y se marchó. Lucio observó a Viridio un instante. Había algo en él, una mezcla de dureza y lucidez, que hacía que incluso el cansancio pareciera una herramienta más.

—¿Crees que cruzaremos hoy? —preguntó Servio.

Viridio, que había oído la pregunta sin necesidad de estar cerca, respondió sin volverse.

—Hoy no. Pero los Helvecios tampoco cruzarán. Y eso, por ahora, es suficiente.

El sol terminó de asomar sobre el horizonte, iluminando el río como una hoja de bronce pulido. El día comenzaba. Y con él, la certeza de que la noche había sido solo el primer aviso.

A media mañana el legatus Quinto Trebonio Léntulo apareció en la orilla, escoltado por dos jinetes y un portaestandarte.

Su manto rojo ondeaba con una elegancia que contrastaba con el barro, el sudor y las ojeras de la centuria de Viridio.

Los ingenieros se apartaron para dejarle paso, aunque ninguno dejó de trabajar.

Viridio se adelantó, rígido como una estaca recién clavada.

— Ave , legatus .

El oficial devolvió el saludo con un gesto mínimo, casi impaciente.

—Centurión Viridio. He recibido tu informe. Quiero ver el puente.

Viridio señaló la estructura que avanzaba sobre el río: troncos alineados, cuerdas tensadas, pilotes hundidos en el barro como dientes de un animal gigantesco.

—Avanza según lo previsto, señor. Más rápido, si contamos con que los Helvecios no nos han dejado dormir.

El legatus frunció el ceño.

—He oído rumores de una escaramuza.

—No rumores —respondió Viridio—. Hombres en el agua. Exploradores. Probando nuestras defensas.

El legatus paseó la mirada por la centuria. Vio los ojos cansados, los scuta marcados, los cascos abollados. Vio también a los Vibio discutiendo en voz baja con los hombres del contubernium de Cayo.

—¿Y esto? —preguntó.

Viridio ni siquiera miró.

—Competencia sana, señor.

—Parece más bien indisciplina.

—Si fuera indisciplina —dijo Viridio, con una calma que rozaba la insolencia—, ya habría sangre en el suelo. Esto es solo orgullo. Y el orgullo, bien dirigido, construye puentes más rápido.

El legatus lo observó un instante, como si intentara decidir si aquello era insolencia o sabiduría. Finalmente, habló: —El procónsul quiere el puente terminado cuanto antes. Los Helvecios se mueven. No podemos permitir que crucen antes que nosotros.

—No lo harán —respondió Viridio—. No mientras yo esté aquí.

El legatus asintió, aunque no parecía del todo convencido.

—Muy bien. Quiero una patrulla en la orilla antes del mediodía. Y otra al caer la tarde. Si los Helvecios vuelven a acercarse, quiero saberlo antes de que toquen el agua.

Viridio hizo un gesto a Lucio, Marco y Nicandro.

—Vosotros tres, con los Vibio. Y que vengan también dos hombres del contubernium de Cayo. Que aprendan a trabajar juntos, aunque sea por un rato.

Los Vibio gruñeron. Los hombres de Cayo bufaron. Marco sonrió.

—Esto va a ser divertido.

—No lo será —corrigió Viridio—. Pero será necesario.

El legatus montó de nuevo a caballo. Antes de marcharse, lanzó una última mirada al puente.

—Centurión… si ese puente cae, caeremos todos con él.

Viridio no parpadeó.

—Entonces no caerá, señor.

Antes de montar, el legatus añadió algo más, casi en voz baja, como si no quisiera que los ingenieros lo oyeran.

—El procónsul cree que los Helvecios avanzan más despacio de lo que deberían. No por falta de guerreros, sino por su convoy. Carros, ganado, familias enteras. Una nación en marcha. Si encontramos ese convoy, encontraremos su punto débil.

Viridio asintió, aunque no apartó la vista del puente.

—Un ejército que arrastra su casa a cuestas no puede moverse rápido.

—Ni esconderse —respondió el legatus —. Si lo localizáis, avisad de inmediato.

El oficial espoleó al caballo y se alejó por el sendero. La Segunda Centuria, y toda la cohorte, volvió al trabajo. El río seguía rugiendo. Y al otro lado, entre los árboles, algo se movió apenas, como una sombra que esperaba su momento.

Las sombras se movieron entre los árboles con la rapidez de animales salvajes.

Lucio apenas tuvo tiempo de levantar el escudo cuando el primer helvecio salió del matorral, lanzando un grito agudo que heló la sangre de todos.

Iba armado con una lanza corta de asta oscura y una espada larga de hierro, más pesada y tosca que el gladius romano [184] .

El choque fue brutal. El galo embistió con un escudo ovalado de madera reforzada con cuero, más ligero que el scutum pero más ancho.

Lucio desvió el golpe por puro instinto y respondió con un tajo rápido.

El helvecio retrocedió, sorprendido por la velocidad del gladius .

Marco llegó a su lado, hundiendo la hoja en el costado del atacante.

—¡A la línea! —gritó Lucio.

Los Vibio se colocaron a su izquierda, los hombres del contubernium de Cayo a la derecha. Pero la formación era estrecha, irregular, y el bosque no perdonaba errores.

Otro helvecio apareció por la retaguardia, blandiendo una espada de antenas, larga como un antebrazo y diseñada para golpes amplios. Se lanzó sobre uno de los Vibio, que cayó al suelo rodando entre hojas y barro.

—¡Cubrid la espalda! —rugió Marco.

Los hombres de Cayo dudaron un instante. Solo un instante. Pero en combate, un instante es una eternidad.

Un tercer galo surgió de un tronco hueco, blandiendo un hacha de hierro de hoja ancha [185] . Nicandro lo interceptó, pero el golpe fue tan fuerte que lo arrojó contra un árbol.

—¡Nicandro! —gritó Lucio.

El galo levantó el hacha para rematarlo. Uno de los hombres de Cayo, quizá por orgullo, quizá por miedo, se lanzó hacia adelante y clavó su lanza en el costado del atacante. El helvecio cayó de rodillas, escupiendo sangre.

—No me debes nada —dijo el hombre de Cayo, respirando con dificultad.

—Y yo no te lo voy a recordar —respondió Nicandro, poniéndose en pie.

El bosque volvió a crujir. Más sombras. Más movimiento. Pero esta vez no atacaron. Se retiraron entre los árboles, rápidos como lobos.

—No se van —dijo Marco—. Se reagrupan.

Lucio asintió. El aire olía a sudor, hierro y hojas rotas. El silencio era peor que el combate.

—Avanzad —ordenó—. No dejéis que nos rodeen otra vez.

La patrulla avanzó con cautela, esquivando raíces y troncos caídos. El claro se abrió ante ellos como una herida en el bosque. Y allí, en el centro, encontraron la razón de la emboscada.

Un cadáver romano.

No era de su cohorte. Ni siquiera de su legión. El cuerpo llevaba días muerto, pero aún conservaba parte del equipo: un escudo astillado, un casco abollado y un gladius clavado en el suelo a su lado.

—Un exploratore [186] —dijo Nicandro, arrodillándose junto al cuerpo.

—¿De quién? —preguntó Marco.

Nicandro señaló el escudo. En él, apenas visible bajo la sangre seca, se distinguía un emblema.

—De la Octava.

Los Vibio intercambiaron miradas inquietas.

—¿Qué hacía un hombre de la Octava Legión tan lejos de su posición? —preguntó uno de ellos.

Lucio no respondió. Se agachó y examinó el suelo. Había huellas. Muchas. No solo de los Helvecios que los habían atacado. También de otros hombres. Romanos. Y no parecían huellas de retirada.

—Esto no es una emboscada aislada —dijo Lucio—. Están cazando exploratores . Y lo hacen bien.

Marco frunció el ceño.

—¿Crees que saben del puente?

Lucio miró hacia el bosque, donde las sombras parecían moverse aún.

—Creo que saben más de lo que deberían.

Un silbido cortó el aire. Una flecha se clavó en el tronco junto a la cabeza de Lucio. Era una flecha larga, con punta de hoja triangular y plumas teñidas de negro [187] .

—¡Atrás! —gritó Marco.

Otra flecha. Y otra. Los Helvecios disparaban desde la espesura, invisibles. Los Vibio levantaron los escudos. Los hombres de Cayo hicieron lo mismo, aunque uno de ellos recibió un impacto en el muslo y cayó al suelo.

—¡Retirada al sendero! —ordenó Lucio—. ¡Cubrid al herido!

La patrulla retrocedió paso a paso, escudos en alto, mientras las flechas seguían cayendo. El bosque rugía con gritos en una lengua áspera y salvaje.

Cuando por fin alcanzaron el sendero, los disparos cesaron. El silencio volvió, espeso y amenazante.

Lucio respiró hondo.

—Tenemos que informar a Viridio. Esto no es una patrulla enemiga. Es un grupo de caza. Y no están solos.

Marco miró hacia el bosque, con el gladius aún en la mano.

—No. No están solos.

Y mientras la patrulla emprendía el camino de regreso, una figura helvecia los observaba desde lo alto de un tronco caído, con los ojos pintados de negro y una sonrisa que no presagiaba nada bueno.

Llevaba un torque de bronce y un escudo decorado con espirales azules: un guerrero de rango, quizá un hombre cercano a Divico [188] .

Viridio estaba supervisando el avance del puente cuando vio a la patrulla regresar. No necesitó palabras para entender que algo había ido mal: el ritmo, las miradas, el herido apoyado en dos hombres. Su expresión se endureció como una piedra.

—Lucio —dijo, sin levantar la voz—. Habla.

Lucio se adelantó, aún con el gladius manchado de barro seco.

—Emboscada en la ribera, señor. Un grupo de caza helvecio. Bien organizados. No eran campesinos armados. Sabían lo que hacían.

Viridio frunció el ceño.

—¿Cuántos?

—Entre seis y diez. Quizá más. No se quedaron a luchar. Atacaron, midieron nuestras defensas y se retiraron.

Marco añadió:

—Y no estaban solos. Había rastros de otros hombres moviéndose por la zona. Romanos. Encontramos a un exploratore muerto, de la Octava. Llevaba días allí.

Viridio apretó la mandíbula. Los exploratores operaban en parejas o tríos, moviéndose rápido, sin dejar rastro. Que uno apareciera muerto significaba que algo había fallado en cadena.

—¿La Octava? —preguntó, incrédulo—. Están desplegados al norte. ¿Qué demonios hacía un hombre suyo aquí?

Lucio negó con la cabeza.

—No lo sabemos, señor. Pero no murió solo. Había huellas romanas cerca. No de retirada. De avance.

Los Vibio intercambiaron miradas inquietas. Los hombres de Cayo guardaron silencio, tensos.

Viridio respiró hondo, como si intentara contener un incendio interior.