Capítulo 15 - Sangre sobre el Ródano #2
La noche cayó sin aviso, como si el sol hubiera sido arrancado del cielo de un solo tirón.
Los ingenieros seguían trabajando a la luz temblorosa de las antorchas, y cada golpe de maza parecía más fuerte en la oscuridad.
La centuria permanecía en silencio, alineada frente al río, con los escudos clavados en el suelo húmedo.
Lucio no sabía cuánto tiempo llevaba allí, con las piernas entumecidas y la vista fija en la línea de árboles de la orilla opuesta. El bosque era ahora una masa negra, impenetrable. El carnyx no había vuelto a sonar, pero eso no tranquilizaba a nadie.
—No me gusta —murmuró Marco—. Cuando hacen ruido, al menos sabes dónde están.
—Calla —dijo Aulo, sin dureza, pero sin apartar la vista del bosque.
Viridio recorrió la línea despacio, como un lobo inspeccionando a su manada.
—Escuchad —dijo—. Esta noche habrá turnos de guardia [182] .
Primera vigilia: Aulo, Marco, los Vibio.
Segunda: Nicandro, Servio, Lucio. Tercera: Druso, Fadio, Quinto.
Cuarta: los hombres del contubernium de Cayo y los de Manio.
Nadie duerme más de lo que debe. Nadie se aleja de la línea.
Si veis algo, no gritáis: avisáis al de al lado.
La primera vigilia comenzó con un silencio tenso. Los ingenieros seguían trabajando, pero más despacio, como si el cansancio se hubiera mezclado con la oscuridad. El río, en cambio, parecía más vivo que nunca: chapoteos, remolinos, sonidos que podían ser peces… o no.
Lucio se sentó junto a su escudo, intentando no pensar en el frío que se filtraba por las sandalias. El olor a resina quemada y a madera húmeda se mezclaba con el del sudor seco. Marco, en la línea de guardia, no dejaba de mover los dedos sobre la empuñadura del gladius .
—No me gusta —murmuró Marco—. Cuando hacen ruido, al menos sabes dónde están.
—Calla —dijo Aulo, sin dureza, pero sin apartar la vista del bosque.
Un crujido. Leve, casi imperceptible. Luego otro. Y otro. Como ramas pisadas. Como pasos.
—Atentos —susurró Aulo.
El sonido se repitió, esta vez más claro. No venía del bosque. Venía del agua.
Lucio sintió un escalofrío recorrerle la espalda. El Ródano, oscuro y profundo, ocultaba más que su corriente. Algo se movía en él. Algo que avanzaba despacio, sin romper la superficie más de lo necesario.
—¿Qué es eso? —preguntó uno de los Vibio.
—Nadadores —dijo Aulo—. O exploradores. O ambos.
Viridio apareció detrás de ellos, silencioso.
— ¡Scuta! —ordenó.
La centuria levantó los scuta en un movimiento casi unánime. El agua se agitó. Una sombra emergió a pocos pasos de la orilla, seguida de otra, y otra más. Hombres. Galos. Mojados hasta el pecho, con los cabellos pegados a la frente y los ojos brillando como los de animales nocturnos.
Uno de ellos lanzó una jabalina.
El proyectil golpeó el escudo de un Vibio con un chasquido seco. El legionario retrocedió, tambaleándose.
—¡Firmes! —ordenó Viridio.
Los Galos avanzaron un paso más, pero no salieron del agua. Se quedaron allí, a medio cuerpo, como si el río fuera parte de ellos. Uno levantó un cuerno corto y sopló. No era el carnyx . Era un aviso.
—Están midiendo nuestras defensas —dijo Aulo.
—Pues que midan —respondió Marco, apretando el gladius .
Otro proyectil voló desde la oscuridad. Esta vez no era una jabalina, sino una piedra lanzada con honda. Golpeó el casco de Servio, que cayó de rodillas con un gemido.
Lucio sintió que algo se encendía dentro de él. No era miedo. Era una mezcla de rabia y claridad. El mundo se redujo a la orilla, al agua, a las sombras que avanzaban.
—¡A la línea! —gritó Viridio.
El signifer avanzó hasta colocarse junto a Viridio. Sostenía el signum centuriae con ambas manos y las phalerae de metal tintinearon suavemente al detenerse.
Lucio fijó la vista en él. Mientras el estandarte permaneciera en pie, la línea seguía existiendo. Mientras la línea existiera, Roma seguía allí.
—¡Preparad los pila ! —rugió Viridio.
Lucio soltó el pilum pesado que llevaba sujeto tras el escudo y lo empuñó por el asta. A ambos lados, los hombres de la centuria repitieron el mismo movimiento con una precisión adquirida a fuerza de castigos y entrenamiento.
Las sombras de la otra orilla avanzaban entre los juncos. Algunos Helvecios agitaban sus armas y lanzaban gritos de desafío. Estaban lo bastante cerca.
—¡Ahora!
Una lluvia de hierro surcó el aire.
Los pila atravesaron la niebla del amanecer con un silbido grave.
Lucio vio el suyo golpear de lleno un escudo ovalado.
La larga varilla de hierro lo perforó y se dobló por el impacto, arrancando un grito de sorpresa al guerrero que lo sostenía.
A su alrededor, otros proyectiles se clavaron en escudos, brazos y piernas.
Un helvecio cayó al agua con el pecho atravesado; otro intentó arrancar el hierro incrustado en su escudo y descubrió demasiado tarde que el peso lo volvía inútil.
Durante un instante, la línea enemiga vaciló.
— Scuta tollite! —ordenó Viridio [183] .
La centuria dio un paso adelante, escudos juntos, formando un muro. Los Galos retrocedieron un instante, sorprendidos por la rapidez del movimiento. Luego uno de ellos lanzó un grito agudo, casi un chillido, y se lanzó hacia adelante.
El choque no llegó a producirse. Los Galos se detuvieron a un palmo de la orilla, como si una orden invisible los hubiera frenado. Se miraron entre ellos. Luego, sin aviso, se sumergieron en el agua y desaparecieron bajo la superficie.
El silencio volvió de golpe.
—Primera vigilia, atrás —ordenó Viridio—. Segunda, adelante.
Lucio tomó su posición. El frío era más intenso ahora, como si el río hubiera robado el calor del aire. El bosque seguía siendo una sombra inmóvil, pero el agua… el agua no dejaba de moverse.
La segunda vigilia transcurrió entre susurros, respiraciones contenidas y el sonido lejano de los ingenieros que aún trabajaban. De vez en cuando, un pez rompía la superficie, y cada vez que ocurría, tres o cuatro legionarios tensaban los escudos.
En la tercera vigilia, el cansancio se volvió un enemigo más. Algunos cabeceaban, otros parpadeaban demasiado lento. Viridio caminaba entre ellos sin descanso, golpeando con el vitis los escudos de quienes se distraían.
—Si dormís ahora —decía—, no despertaréis mañana.
Lucio no sabía cuánto tiempo había pasado cuando el cielo empezó a aclararse apenas, un gris pálido que anunciaba el final de la noche. El río seguía rugiendo. El bosque seguía en silencio. Pero algo había cambiado.
Ya no eran sombras en la distancia. Ya no eran figuras entre los árboles. Ya no eran nadadores que probaban la orilla.
Ahora sabían que estaban allí. Que vigilaban. Que esperaban.
Y aún faltaba mucho para que llegara el alba.
El amanecer llegó apagado. No hubo colores rosados ni promesas de calma. Solo una franja gris que empujó la oscuridad hacia atrás, revelando rostros cansados, ojos enrojecidos y escudos cubiertos de rocío. El Ródano seguía rugiendo, indiferente al esfuerzo humano.
Los ingenieros, que apenas habían dormido, reanudaron el trabajo con una disciplina que rozaba la obstinación. El esqueleto del puente había crecido durante la noche: más pilotes, más cuerdas tensadas, más troncos alineados como costillas de un animal gigantesco.
Viridio observaba todo desde la línea de guardia, con los brazos cruzados y el vitis apoyado en la cadera. Parecía más despierto que todos los demás juntos. A su lado se erguía Marco Ateyo Crispo, pilus prior de la Tercera Cohorte.
—Segunda Centuria —ordenó Ateyo al fin—, relevad a los ingenieros en el transporte de troncos.
Primera Centuria, mantened la línea. Y vosotros…
—señaló a los Vibio y al contubernium de Cayo— procurad no destriparos entre vosotros antes de que lo hagan los Helvecios.
Viridio ya me ha advertido de vuestras continuas rencillas.
Los Vibio bufaron. Cayo, un legionario de mandíbula cuadrada y orgullo aún más duro, sonrió con desdén.
—Si los de tu contubernium cargaran los troncos como hombres —dijo uno de los Vibio—, no tendríamos que hacer el trabajo dos veces.
—Si los de tu contubernium supieran contar —respondió Cayo—, no habríais confundido la pila de troncos con la de estacas. Aún estamos arreglando vuestro desastre.
Marco soltó una carcajada.
—¿Veis? Ya empiezan. Y todavía no hemos desayunado.
Viridio golpeó el suelo con el extremo del vitis .
—Silencio. Si queréis pelear, lo haréis cuando crucemos el río. Allí sobran voluntarios.
Los hombres se dispersaron a regañadientes. Lucio, Servio y Nicandro se unieron al grupo encargado de arrastrar troncos desde la zona de tala. El bosque cercano estaba lleno de marcas de hacha, ramas rotas y montones de corteza húmeda.
—No puedo con mi alma —murmuró Servio, levantando un tronco por un extremo.
—Pues imagina cuando tengamos que cruzar ese puente —respondió Lucio—. Si no se cae, será un milagro.
Nicandro, que cargaba el otro extremo del tronco, sonrió apenas.
—Los romanos no creen en milagros. Creen en ingenieros.
Un grito llegó desde la orilla. No era alarma, pero sí urgencia. Viridio levantó la cabeza como un perro de caza.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Un optio se acercó corriendo.
—Señor, un mensajero. Viene de la retaguardia. Trae órdenes del legatus .
Viridio asintió, sin sorpresa.
—Claro que trae órdenes. Siempre las trae cuando más trabajo tenemos.
El mensajero apareció entre los árboles, cubierto de polvo, con el manto empapado de rocío. Se detuvo ante Viridio, respirando con dificultad.
— Ave Centurión… el legatus quiere un informe inmediato del avance del puente. Y… —miró a la centuria, a los rostros cansados, a los troncos apilados— …quiere saber si la orilla está asegurada.
Viridio sonrió. No era una sonrisa amable.
—Dile al legatus que la orilla está tan asegurada como puede estarlo con Helvecios al otro lado. Y que el puente avanzará más rápido si deja de enviarme mensajeros y me envía más manos.
El mensajero tragó saliva.
—¿Debo… transmitirlo así?
—No —respondió Viridio—. Transmíteselo con más respeto. Pero no cambies nada.