La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 15 - Sangre sobre el Ródano
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Capítulo 15 - Sangre sobre el Ródano

«Flumen Rhodanus, qui provinciam nostram ab Helvetiis dividit». (El río Ródano, que separa nuestra provincia de los Helvecios).

E L AMANECER NO trajo discursos ni solemnidades. Trajo frío, aliento blanco y el crujido de las correas cuando la cohorte se echó al hombro la sarcina una vez más. Esta vez no era una marcha de instrucción. Esta vez no volverían al campamento al final del día.

Viridio los esperaba junto a la empalizada, con el vitis apoyado en el hombro y la lorica hamata ya ceñida al cuerpo. No habló al principio. Solo los contó con la mirada, uno por uno, como si comprobara que ninguna pieza de la máquina faltaba.

—Hoy salimos del castra —dijo al fin—. Hoy dejamos de marchar en círculos. A partir de ahora, cada paso nos aleja de Roma.

Lucio sintió un nudo en la garganta. No era miedo. No exactamente. Era la conciencia de que, cuando cruzaran la empalizada, ya no habría marcha atrás posible.

El aquilifer se adelantó, el águila de plata envuelta en un paño para protegerla del polvo. Aun así, el metal dejó escapar un destello cuando el paño se movió con el viento. La cohorte se irguió sin que nadie diera la orden.

Un toque grave de tuba recorrió el campamento. Las puertas se abrieron. El mundo exterior los esperaba.

—Centuria, en marcha —ordenó Viridio.

El primer paso fuera del campamento sonó distinto. La tierra no estaba apisonada por miles de pies, sino blanda, irregular, salpicada de piedras. El aire olía a hierba húmeda y a humo lejano. Lucio ajustó el scutum sobre el costado y sintió el peso familiar del gladius contra el muslo.

Marco, a su lado, murmuró:

—Pues ya está. Ahora sí.

—Ahora sí —repitió Lucio.

El camino descendía en suaves ondulaciones.

A medida que avanzaban, el paisaje se abría: campos trabajados, viñas desnudas, olivares dispersos.

De vez en cuando, alguna casa de piedra aparecía en lo alto de una loma, con el humo de un hogar que parecía demasiado frágil frente a la columna de hombres armados que avanzaba por el valle.

—¿Crees que nos miran? —preguntó Servio.

—Siempre nos miran —respondió Aulo—. Aunque no los veas.

Lucio alzó la vista. En efecto, distinguió figuras pequeñas en la distancia: campesinos detenidos junto a los campos, mujeres en las puertas, niños encaramados a los muros. No gritaban. No saludaban. Solo miraban pasar a la legión como se mira pasar una tormenta.

Nicandro caminaba en silencio, con la vista fija en el horizonte. De vez en cuando, sus labios se movían, como si contara algo que solo él conociera.

—¿Qué ves, griego? —preguntó uno de los Vibio.

Nicandro señaló hacia el norte, donde una línea oscura cortaba el paisaje.

—El río —dijo—. El Ródano. Los Galos lo llaman de mil formas. Para Roma es una puerta. Y una frontera [179] .

Lucio entrecerró los ojos. Aún no veía el agua, pero sí la franja de árboles que la delataba: un trazo verde más denso, más vivo, que seguía el curso invisible del río.

—¿Lo has cruzado antes? —preguntó Servio.

Nicandro negó con la cabeza.

—He cruzado otros ríos. Ninguno era el mismo. Pero todos cambiaban a los hombres que los cruzaban.

Viridio, que parecía oír incluso lo que no se decía, levantó la voz sin volverse.

—Menos conversación y más paso firme. El río no se cruza con palabras.

La columna avanzó durante horas. El sol fue ganando altura, arrancando destellos de los cascos y de las anillas de las cotas de malla. El polvo se pegaba al sudor, formando una segunda piel áspera. El ritmo era constante, implacable, como el latido de un corazón gigantesco.

En un recodo del camino, Lucio vio algo que le heló la sangre más que el aire de la mañana.

Un caserío, o lo que quedaba de él. Las casas de madera estaban ennegrecidas por el fuego. Los techos se habían derrumbado. El corral estaba vacío, la valla rota. No había cuerpos. Solo silencio.

—Helvecios [180] —murmuró Marco.

—O alguien que quiere que parezcan Helvecios —añadió Nicandro.

Viridio no se detuvo. Solo miró de reojo las ruinas.

—No somos jueces —dijo—. Somos la respuesta.

Lucio sintió un escalofrío. Hasta ese momento, la guerra había sido una palabra, un horizonte, una promesa. Aquellas vigas quemadas, aquel silencio, la convertían en algo tangible.

Servio tragó saliva.

—¿Y si nos hacen eso a nosotros?

—Si nos hacen eso a nosotros —respondió Aulo—, es que hemos fallado mucho antes.

La marcha continuó durante horas, bajo un sol que subía implacable. Cuando el día empezaba a declinar, la columna divisó por fin la franja de árboles que anunciaba el Ródano.

Cuando por fin alcanzaron la ribera del Ródano, el día había perdido su filo.

El sol descendía hacia el oeste, tiñendo el agua de un tono cobrizo que parecía moverse con vida propia.

El río no era un simple obstáculo: era una presencia.

Ancho, rápido, oscuro en sus remolinos, como si arrastrara en su corriente la memoria de todas las tierras que había atravesado.

En la orilla, los ingenieros de la legión trabajaban desde hacía horas.

Habían levantado un pequeño campamento de apoyo: montones de troncos recién cortados, estacas afiladas clavadas en el barro, cuerdas tensadas entre postes improvisados.

El aire olía a resina, a madera húmeda y al sudor de los hombres que golpeaban sin descanso con mazas y hachas.

Lucio se detuvo un instante, incapaz de no mirar.

Nunca había visto construir un puente militar.

No así. No con esa urgencia. Los ingenieros gritaban órdenes breves, casi siempre ahogadas por el estruendo de los golpes.

Algunos hombres se adentraban en el agua hasta la cintura para fijar los primeros pilotes, mientras otros arrastraban troncos enteros como si fueran ramas.

Viridio levantó el brazo y la centuria se detuvo en orden perfecto.

—Aquí —dijo—. Esta será nuestra posición.

Los legionarios clavaron los escudos en el suelo húmedo, formando una línea irregular pero firme. El río rugía a pocos pasos. Al otro lado, la franja de bosque parecía más oscura que en la distancia, como si ocultara algo que prefería no mostrarse todavía.

—Ojos abiertos —ordenó Viridio—. Hasta que estemos al otro lado, esta orilla es tierra de nadie.

Lucio tragó saliva. El viento traía un olor extraño desde la otra ribera: humo, cuero, algo metálico. No sabía si era su imaginación o si realmente había alguien allí, observándolos. El rumor del agua no bastaba para ahogar la sensación de que el bosque entero contenía la respiración.

El puente apenas era un esqueleto de madera, pero crecía. Cada golpe de maza, cada estaca hundida en el barro, cada cuerda tensada lo acercaba un poco más a la otra orilla. Y con cada avance, la tensión parecía aumentar, como si el propio río se resistiera a ser domado.

El puente avanzaba a un ritmo que parecía imposible. Nuevos pilotes surgían del agua, las cuerdas crujían bajo la tensión y los ingenieros trabajaban sin descanso para arrancarle terreno al río. Pero no fue eso lo que llamó la atención de los novatos.

Fue un sonido. Lejano al principio, casi confundido con el viento. Un bramido metálico, áspero, que no se parecía a nada que Lucio hubiera oído antes. No era una tuba romana, ni una buccina . Era algo más antiguo, más salvaje.

—¿Qué demonios es eso? —murmuró Marco.

Nicandro entrecerró los ojos, como si buscara el origen en el aire.

—Un carnyx —dijo al fin—. Un cuerno de guerra galo [181] .

El sonido volvió a resonar, esta vez más claro. Un rugido metálico que parecía surgir de la garganta de un monstruo. Algunos de los legionarios se tensaron. Servio dio un paso atrás sin darse cuenta.

Viridio no se volvió, pero su voz cortó el aire como un látigo.

—Nadie se mueve.

Lucio sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho. El sonido del carnyx se repetía a intervalos irregulares, como si respondiera a un ritmo que solo los Helvecios entendían. No era una llamada ordenada. Era un desafío.

—Están cerca —dijo Aulo, con la calma de quien ya ha visto demasiadas guerras.

—¿Cuánto de cerca? —preguntó uno de los Vibio.

Nicandro señaló hacia la línea de árboles de la orilla opuesta.

—Lo suficiente para que quieran que los oigamos. No lo suficiente para que quieran que los veamos.

Lucio tragó saliva. El río parecía más ancho de repente, más oscuro. El viento traía olores nuevos: humo, tierra húmeda, y algo más difícil de describir, como cuero viejo y resina quemada.

—¿Crees que nos observan? —preguntó Servio.

—Claro que nos observan —respondió Marco—. Y se están riendo.

Viridio levantó el brazo. La centuria se tensó al instante.

—Escuchad bien —dijo—. Los Helvecios no son bárbaros desorganizados. Son un pueblo en marcha. Llevan carros, familias, ganado. Y guerreros. Muchos guerreros. No subestiméis a quien toca ese cuerno. Si lo oís, es porque quiere que lo oigáis.

El carnyx sonó de nuevo, más largo, más profundo. Lucio sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era miedo. Era la sensación de que algo estaba a punto de romperse.

—¿Y si cruzan antes que nosotros? —preguntó Servio, con la voz demasiado alta.

Viridio se volvió. Sus ojos parecían dos piedras afiladas.

—Si cruzan antes que nosotros —dijo—, no habrá puente que salvar. Habrá lucha.

El silencio cayó sobre la centuria. Incluso el río pareció contener la respiración.

Entonces, entre los árboles de la orilla opuesta, algo se movió.

Una sombra. Luego otra. Figuras altas, envueltas en pieles, con escudos ovalados y lanzas largas. No avanzaban. Solo estaban allí, inmóviles, observando.

Lucio sintió que el mundo se estrechaba en un punto: la mirada de uno de aquellos hombres, fija en él desde la distancia.

—Ya están aquí —susurró Marco.

Viridio no levantó la voz.

—Formad.

Los legionarios se alinearon sin pensar. El carnyx sonó una última vez, como un rugido de despedida o de promesa.

Y entonces las sombras desaparecieron entre los árboles.

—No os preocupéis —dijo Viridio, con una calma que helaba más que el río—. No se han ido. Solo están esperando.